El triunfo de Hollande y la derrota de los viejos engranajes internos
Por Jesús Javier Perea - Política - 8 mayo 2012
Escribo en pleno escrutinio; aún sigue el recuento en las urnas francesas para confirmar la noticia que más anhela, no sólo la izquierda europea, sino buena parte de los estadistas de las economías europeas más golpeadas por la talibanización del déficit y la contención del gasto suministrados ambos criterios con metódica determinación a partir del binomio Merkozy y la locomotora solitaria alemana.
Curiosa paradoja la de los gobiernos conservadores de España, Italia o el que se va a estrenar en el engendro griego, deseosos de que el nuevo inquilino del Elíseo francés equilibre una balanza demasiado escorada hacia las políticas de ajuste que estrangulan el crecimiento, impuestos por una Merkel que antes de que acabe el año, al paso que conduce el timón del barco averiado, puede terminar probando su propio veneno en forma de tibia recesión y destrucción de empleo en su propia casita.
Pero hoy, con las urnas aún calientes, me apetece centrar el foco en Hollande, el líder socialista que va a obrar el milagro de la resurrección de un Partido Socialista hundido y desnortado desde mediados de los 90.
Político de perfil aparentemente bajo, casi gris. En lo opuesto a la tradición de una izquierda francesa que enaltece el carisma como capital esencial desde los tiempos de Mitterrand. Hará unos meses que quien firma estas letras expuso las virtudes de un liderazgo construido a partir de la ruptura de viejos esquemas internos, en clave de partido. Hollande se ganó el derecho a competir con el inefable Sarkozy en unas primarias abiertas, en la que la consulta sobre el liderazgo se abrió a la ciudadanía, sin excusas estatutarias ni límites internos. Dando el derecho a decidir a franceses que no tenían carné de partido; que no podían esgrimir su condición de patanegras de siglas para patrimonializar su derecho a decidir en exclusiva quién debía encabezar el proyecto de un partido socialdemócrata anclado en resortes internos ideados en el siglo pasado y que chirrían como ruedas desdentadas en una situación como la actual, con la brutal crisis económica, el descrédito de la política y el hartazgo ciudadano hacia los grandes partidos que tradicionalmente han ocupado el poder desde el final de la segunda guerra mundial en Europa.
Fue así como el hombre gris, el alcalde de una ciudad de provincias con escasa proyección internacional y situado a la sombra de figuras carismáticas como las de Royal, Aubrey, DSK, o Jospin, alcanzó el derecho a batirse el cobre con un Sarkozy empeñado en disfrazar sus miserias con el uso y el abuso de la tricolor; con el guiño perenne al electorado de Le Pen; y el, si se me permite, vomitivo abuso de las desgracias ajenas, a este lado del Pirineo para alentar el miedo en una Francia que vuelve a marcar el camino a seguir para sus vecinos.
Y ese camino no es sólo el de los eurobonos, la agenda de crecimiento o la defensa del estado del bienestar.
Es el de la conquista de la legitimidad democrática desde la calle. Sin miedo ni excusas de procedimiento, estatutos y hándicaps. La victoria de Hollande no sólo abre el camino a una Europa distinta a la que hemos sufrido en los últimos cinco años. Es también la victoria contra el desánimo interno; contra el inmovilismo y la falta de imaginación; contra los viejos resortes que lastran a la izquierda con mucha más fuerza que a la derecha.
Digo y repito, como hace seis meses. Los ciudadanos castigan más la apariencia de democracia interna, que la ausencia de democracia interna en los grandes partidos. Y mucho más en un momento como el actual, en el que el populismo de uno y otro lado, amenaza con llevarse por delante lo construido con tanto esfuerzo en décadas. El socialismo español tiene ante sí el reto ineludible de modernizar sus estructuras internas. Ya no hay marcha atrás. Los que se conforman con cerrar censos y limitar cuerpos electorales internos para hacer más manejables los procesos de elección no podrán volver a levantar nunca la bandera de lo asambleario de procedimientos como el que Hollande impulsó en Francia y que terminará imponiéndose en nuestro país.
Porque ya no es obra de utópicos; ni de resentidos por las batallas internas.
Lo ha puesto en marcha nada menos que el nuevo Presidente de la República Francesa. Porque el día en el que dos millones de franceses, sin carné de partido, se pronunciaron sobre su idoneidad para entablar combate con Sarkozy, Hollande empezó a ganar una batalla que le ha llevado al Elíseo.
Toca extraer lecciones cuanto antes y actuar en consecuencia. Sin demora.
La crisis de Repsol según el apostolado liberal patrio
Por Jesús Javier Perea - Política - 18 abril 2012
Sí, ya sé que soy un masoquista. Que hay algo autodestructivo en devorar tertulias en ciertas emisoras episcopalianas, dejarse caer por El gato al agua de Intereconomía y ceder a la tentación de leer columnas de opinión (me sigo negando a llamar a esto post o entradas en un blog) de insignes autores que pasean su talento en medios de comunicación teoricamente serios.
En mi bestiario particular Salvador Sostres, bloguero de El Mundo y habitual en tertulias variopintas de la derecha-liberal-politicamente-incorrecta y -por tanto- sumamente valiente por decir lo que muchos piensan pero no se atreven a decir, ocupa un lugar de honor.
En su última y sesuda aportación al debate sobre la nacionalización de Repsol, el insigne Sostres ilustra la respuesta de manual que cabe exigir a todo analista que observa el mundo desde el balcón de la incorrección política; desde el atril al que se encarama para escupir a las masas españolas su indolencia pacifista, visceral antiamericanismo y repugnante judeofobia, epítetos tras lo que cabe identificar la raíz de la afrenta repsoliana en Argentina, criticable, cierto es, desde muchos ángulos.
Porque es usted, progresista del tres al cuarto; amigo de la corrección política que se esconde tras las propaganda socialista sobre la educación, la sanidad y demás milongas sobre el estado del bienestar; iluso bonachón que sigue creyendo en Alianzas de Civilizaciones Imposibles con moros y negros; enfermizo enemigo de la Iglesia católica y su doctrina de virtud; intervencionista del mercado, autorregulado con juiciosa virtud por manos invisibles que sus gobiernos se empeñaron en amputar hasta pervertirlo…
Es usted infame ciudadano español de izquierdas, el responsable último de la afrenta kirchneriana sobre Repsol, contra la joya empresarial española de una corona demasiado grande, por cierto, para tan poca cabeza como la que muestra algún reciente Borbón.
El insigne Sostres nos desvela en su artículo cómo hay que tratar a Argentina. Mano dura, flotas de guerra, expediciones de castigo al otro lado del mundo para tratar de evitar afrentas con repúblicas bananeras envalentonadas cuando no hay capacidad de disuasión militar, como la mostrada por su admirada Thatcher en 1982 con el asunto de las Malvinas.
Ya sé que el lenguaje figurado y la exageración como metáfora literaria son recursos al servicio de todo propagandista que, en último término, dirá que sus palabras no ilustran un sincero afán belicista, sino un simple recurso para hacer más inteligible su mensaje o llegar a la gente con la fuerza que da un titular amarillo. Pero como el propio Sostres sostiene, si escribir es meterse en problemas, habrá de ser necesariamente consecuente con lo que publica, y más si lo hace en un medio de gran difusión en internet. Es más, cabe exigir a dicho medio la cordura que parece faltarle a sus insignes plumíferos.
Una última reflexión. Sostres, ese inveterado liberal acaba asumiendo que los intereses empresariales en terceros países se salvaguardan y defienden, en último término, con las fuerzas armadas de un país. Con las que pagan todos los contribuyentes y se convierten, de ese modo, en un elemento más de lo público. Cuyo personal computa en el capítulo 1 del presupuesto, esa lacra a la que hay que combatir porque afea nuestro déficit y engorda el tamaño del Estado perverso.
Moraleja; si no tienes flota, no vayas. Y si tienes, empléala para lo único que los liberales quieren al estado: para defender multinacionales en los cinco continentes. Para eso sí que les sirve el estado y lo público a los apóstoles de la incorrección política. Para lo demás, pagar libros de texto escolar a familias, reducir listas de espera en la sanidad pública, perseguir el fraude fiscal… para eso y todo lo demás, mejor la mano invisible del mercado que todo lo puede.
Y si no puede… qué le vamos a hacer.
Así es la vida.
El día en que la Constitución perdió su C mayúscula
Por Jesús Javier Perea - Política - 18 abril 2012
En la Facultad de Derecho me enseñaron a reverenciar el texto constitucional casi con la misma mística con la que Moisés debió dirigirse a los israelitas para contar a los cuatro vientos los mandatos que Dios, guiando su mano, le había hecho esculpir en piedra para el buen gobierno moral de su elegido pueblo.
No exagero cuando afirmo que todo lo que tenía que ver con la Norma Fundamental era revestido por cuantos profesores de constitucional pasaban por el estrado, de un halo de intangible infalibilidad. Hasta en la obligación de escribir la primera letra de cada palabra que mentaba la sagrada norma con reverendísima mayúscula. Como se escribe la D de Dios, vamos.
El dogma, cuestionable en algunos preceptos, era tal dogma a fuerza de intangible, invariable, inmutable y, no obstante, en su ubicua perfección, adaptable a los tiempos cambiantes con inusitada gracia, la que le otorgaba el haber nacido de un consenso urdido por mentes preclaras de la Transición.
Mentes que arrancaban consensos imposibles para desmantelar un régimen y construir una democracia, con la sola argamasa de la buena voluntad y la visión de futuro de sabios que vestían traje gris, pantalón acampanado y camisas de picos imposibles, mientras intercambiaban ducados en eternas discusiones de las que salían con el nudo de la corbata caído. Estaban desmantelando el régimen e introduciendo al país en la modernidad. En Europa, se entiende.
Una Europa que se erigía ante el mundo -la occidental- como el baluarte de las libertades públicas y el bienestar ininterrumpido. El binomio perfecto: democracia y prosperidad.
Lástima que una misma generación haya tenido que contemplar el auge y la caída del concepto.
Por cierto, no se cuestionan en estas líneas la idoneidad de la medida, sino la forma en que se articula y la ironía en que incurrimos todos al modificar, por vía de urgencia, lo que casi no se puede modificar. La inmaculada inmutabilidad de la constitución se nos viene abajo por arte de magia. O mejor, por arte de la mano invisible que mece el Mercado y que nos manda escribir en la sagrada norma la obligación de no gastar más de lo que se tiene.
Las gallinas que entran por las que salen, que dirían en mi pueblo. Constitucionalizar el buen gobierno económico, convertir en anatema el déficit y en blasfemia la deuda. Adam Smith, superándose a sí mismo.
Porque no sólo no es necesario regulador alguno del Mercado: es el propio Mercado quien regula el sistema; modifica constituciones, sacrifica programas políticos, humilla naciones…
Y es que ahora veo que mii catedrático de constitucional estaba equivocado. La sacralización laica de la Norma Fundamental, no le otorga a una ley de 176 artículos el privilegio de ser escrita con mayúscula -la C de Constitución- en los textos escritos hasta el fin de los tiempos. Ni la imbuye de la mística necesaria para ser respetada su palabra como lo es la Palabra del Señor en las sagradas escrituras.
Era el Mercado. Siempre fue el Mercado, o Los Mercados, los que merecieron la M mayúscula a la hora de escribir su sacrosanto nombre en el papel inmaculado. Porque a ellos pertenece la soberanía nacional e internacional.
Hagan la prueba. Sustituyan la palabra constitución de los artículos 2, 6, 7, 8 y 9 del sacrosanto texto por la palabra Mercados y entenderán que siempre estuvimos equivocados. Que nos engañamos a nosotros mismos. Y que donde dijimos constitución, siempre quisimos decir Mercados.
¿O alguien piensa que esto es idea de Merkel y Sarkozy? Inocentes criaturas….
PD: Para que no haya malos entendidos. Creo que añadir al texto constitucional una mención a la contención del déficit puede ser hasta positivo. No se discute. Pero me duele que la iniciativa sea de los mismos mercados que provocaron esta crisis, precisamente por la inacción de los reguladores públicos que tenían que medir los riesgos bancarios y de sus productos financieros, auténticas estafas piramidales. Que los poderes públicos terminen aceptando sus dictados para “calmar a los mercados”, y no adopten esta decisión por voluntad propia -cosa que sí se habría podido escenificar en un debate sereno a partir de la nueva legislatura que empieza en diciembre- es la evidencia de que no sólo dictan el QUÉ hacer, sino el CÓMO y el CUÁNDO hacerlo.
Vamos a hacer algo más que modificar la Constitución española. Por vía de urgencia se modifica la Ley de Caza o la de Montes de Utilidad Pública. Pero no una Constitución.
Porque con ello, estamos matando su mística.
De vuelta
Por Jesús Javier Perea - Política - 6 abril 2010
De nuevo me animo a darle vida a esta criatura desamparada que es este blog dejado de la mano de Dios, que sufre presencias puntuales y ausencias prolongadas de su autor a la hora de actualizar contenidos.
Intentaré volver a darle vidilla a esta ventana de reflexiones que nació como un divertimento, creció con ciertas polémicas en forma de comentarios afilados, bienintencionados, perversos, dolientes –sean todos bienvenidos- a entradas que tocaban asuntos más o menos espinosos y entró en periodo de hibernación al tiempo que el autor de sus días decidía centrarse en la vida real, la que no se escribe con unos y ceros y no entiende de códigos binarios ni adeseeles. Leer el resto de la entrada »
ANTONIO VEGA
Por Jesús Javier Perea - Política - 12 mayo 2009
Esto me ha jodido mucho.
Pero no por ello os voy a castigar con un lapidario epitafio sobre la vida y obra de un genio de la música.
No merece la pena. A estas horas una legión de cronistas de lágrima póstuma están alzando el pedestal que coronarán con la figura frágil y enjuta de un ídolo más. A estas horas están buceando en rumores y leyendas de sus años de plomo, los primeros 90 en los que Antonio Vega se despeñaba por la oscuridad, y el deterioro físico empezaba a forjar su leyenda, como si quisiera dar la razón a los que le llamaron ese chico triste y solitario. Fue entonces cuando, lejos de Nacha Pop, inició una carrera en solitario llena de grandes creaciones, repletas de melancolía y sentimiento.
Hace unos meses pude verlo por última vez en concierto, en Toledo. Débil, pálido, encorvado sobre sí mismo y su guitarra, aferrándose a su música como un poeta guerrero, nunca derrotado pero tantas veces dado por muerto. Cuánto me alegro de haberlo visto por última vez
Queda su música. Menudo legado.
Os dejo con un clásico de Serrat con voz de Antonio Vega. Aparte de gran compositor y creador, era un gran intérprete, y esta es la prueba.
Ahora tú, no dejes de hablar.
Somos, coordenadas de un par.
Incógnita que aún falta por despejar.
LA SOLEDAD DE LOS NÚMEROS PRIMOS
Una de libros para recuperar el tracto sucesivo que pretendía tener esta página y que he tenido que interrumpir durante bastante tiempo, mucho más del deseado.
Se llama “La soledad de los números primos”, una de esas sorpresas editoriales que de cuando en cuando aparecen de la nada para convertirse en referente de la actualidad narrativa.
Lo acabo de leer, y no me resisto a hablar de él, porque se trata de un magnífico ejemplo de narrativa contemporánea condensada en doscientas y pico páginas que se despachan con un interés que ya echaba en falta en lecturas recientes.
En un tiempo dominado por las tramas ahistóricas, la narrativa de suspense criptográfico o el manejo al antojo de las tramas conspiranoicas pseudobíblicas –cuánto daño ha hecho el Código da Vinci- la aparición de libros como este del que os hablo es toda una sorpresa. Mejor dicho. La sorpresa es que se conviertan en éxito editorial y sean carne de reedición, porque hay grandes títulos que pasan de largo por las estanterías de librerías y bibliotecas, ajenos a la suerte de que el establishment literario ose poner su atención en ellos.
Que no suene esta reflexión a desaire antisistema porque, como Umbral, he venido a hablar de mi libro. O del libro de Paolo Giordano. Mis disculpas, pero siento un ansia terrible por apropiarme de lo que ha escrito este chaval de 27 años.
La contraportada, excesivamente extensa para mi gusto, nos da la clave para identificar el título con el contenido. Ciertos números primos –aquéllos divisibles sólo por uno y por sí mismos- sólo están separados por un número entre ellos. Son los llamados primos gemelos. Es el caso del 17 y el 19, por ejemplo, sólo separados por un simple 18.
Con esta premisa matemática, el autor construye un relato basado en la afinidad de seres tan extraños, tan distintos, tan especiales como los números primos más cercanos entre sí, condenados a una cercanía próxima a otro igual a ellos pero sin que exista el roce de la proximidad inmediata. Sólo una pequeña distancia los separa.
Hay una extraña familiaridad en la narración. Mucha gente se sentirá identificada con unos personajes en los que la soledad encubre el tormento de ser diferente por lo que somos y por lo que hemos vivido.
Suenan los Cure, Pictures of you, y veo a Alice caída en la nieve, boca arriba, mientras Mattia se esfuerza en calcular la distancia a la que se encuentra la línea del horizonte por el grado de inclinación de los tejados que puede ver desde su ventana.