MACHOTES

Hace casi siete años tomé la decisión de marcharme de España.
No fue fácil. Ni por perfil profesional ni por edad, era sencillo tomar un camino que habían decidido emprender cientos de miles de jóvenes atrapados en el túnel sin salida de la crisis.
Mi destino fue Inglaterra. Quizás porque aquel país se había convertido en una tabla salvavidas, con su libra y su economía resiliente. Aunque para ser sincero, la motivación esencial fuera aprender inglés, como casi todo el mundo.
Los comienzos fueron duros; no voy a recrearme en ellos. Ya hay suficientes textos que abundan en las trabas burocráticas, la odisea de encontrar habitación y el dichoso, National Insurance Number con el que todo emigrante británico estará sobradamente familiarizado.
Lo que me importa hoy no es tanto relatar la experiencia del emigrante retornado y —en cierto modo afortunado con su desempeño actual— como describir algo de lo que fui testigo y que empiezo a ver en España.

Pongámonos en situación.

Un autobús de la línea 15, que cruza Londres al norte del Tamesis, de oeste a este, desde el bullicio de Trafalgar Square hasta el viejo East End, antiguo refugio de emigración yiddish, más tarde paquistaní y hoy poblado de europeos llegados allí con la gran recesión.
Voy con tres amigos polacos en el bus, dos chicas y un chico. Una de las chicas es una recién llegada, con un inglés todavía precario. Es la razón por la que sus tres compatriotas pasan del inglés, lengua franca común que nos une a todos, al polaco.
Jarek, el chico polaco, es homosexual. Le cuesta reconocerlo, pero confiesa que una de las razones por las que está aquí es esa: el infierno de ser gay en su país. Me escandaliza en ese momento —mucho más de lo que lo haría hoy— saber que en la Unión Europea alguien como él pueda sentirse hoy perseguido por su condición sexual.
Estamos a finales de 2013, hace seis años. La fragilidad los derechos humanos cuando se vinculan a la ciudadanía, la moral o la tradición, sorprende si se pone ese dato en contexto.

Hoy soy más consciente que entonces de que dos hombres cogidos de la mano en una capital de provincias en Polonia podrían llevarse un botellazo en la cabeza sin que la policía moviese un dedo con mucho empeño.
Cerca de donde estamos sentados, en la parte trasera de la planta superior del autobús, hay un hombre de aspecto huraño que vuelve la mirada de cuando en cuando. Su hostilidad se va haciendo cada vez más notoria. Primero son los rasgos eslavos de mis acompañantes los que llaman su atención; y el mío intuyo, mediterráneo por los cuatro costados. Luego, nuestro inglés poco académico y precario, lengua común para gentes de las dos esquinas del continente a las que el azar y el trabajo reúnen en aquel lugar.
El tono de voz de Jarek, discretamente afeminado, espanta a aquel hombre. Como si además de profanar con su mera presencia ese pedazo de Inglaterra, no pudiera reprimir el asco que siente al ver el idioma de sus antepasados mancillado por un maricón polaco.
Las dos chicas perciben la hostilidad.

Me conmueve su indiferencia sumisa, diplomática, natural. Pienso que se debe a la aceptación del destino trágico de un país sometido y mutilado, en el que uno de cada siete de sus habitantes fue exterminado durante la Segunda Guerra Mundial.

Cerca de la estación de Poplar, el tipo de la mirada hostil se levanta de su asiento. Aprovecha la cercanía a su parada para, desde el borde de la escalera que le conduce al nivel inferior del autobús, escupir toda la ira contenida.
No puede contenerse por más tiempo.
You, faggot fuck, blody polish, stupid spanish…y una larga retahíla de insultos acelerados entre los que destaca, por encima de todos ese “maricón de mierda” destinado a Jarek.
No es resentimiento de clase; ni la furia del hombre blanco dejado atrás por el sistema, el famoso ecosistema redneck y white trash que dio la victoria a Trump. Es algo más salvaje, acunado en las tripas de aquel animal que se besa el pin de la bandera de Inglaterra —blanca con la cruz de San Jorge— prendido en la solapa mientras escupe y brama de rabia como un acto de liberación.
Es algo más primario.

Es odio puro en toda su expresión, en toda su miserable grandiosidad. Un odio incondicional, primario, animal, instintivo, seminal. Toda la infamia de la humanidad, reprimida por siglo y medio de civismo, de repente desbocada en un torrente incontenible de ira.
El resto del pasaje calla. Nadie quiere líos. Hago un amago, pero Jarek me contiene. Me conmueve su aceptación del dolor.
Han pasado los años, pero aún guardo el sabor amargo de la humillación. Sólo quien ha sido inmigrante económico, y no un expatriado ocasional con trabajo y buena posición en una gran compañía, sabe lo que se siente.
Yo lo fui durante un periodo breve de mi vida. Y aunque —como todos los malos recuerdos— este viva agazapado en un lugar casi oculto del subconsciente, me niego a olvidar el poder de la experiencia.
La experiencia me sirve para empatizar con ese ejército de latinos con los que comparto vagón cada día desde la estación de metro de Cuatro Caminos. No soy un buenista. No muestro empatía porque me lo haya impuesto una imaginaria dictadura progre, viva en la mente enferma de un ejército patético de conspiranoicos.

No soy producto de una moral adoctrinada por el globalismo y el rechazo a lo español. Si acaso, soy lo que soy porque mi madre me educó así, y por el poder de la experiencia propia.
Amo a España con toda mi alma. Con el amor incondicional que sienten quienes se han alejado de ella contra su voluntad. Y, si me esfuerzo en mostrarme amable con los extranjeros en mi tierra, es porque yo mismo lo he sido.
Puede que cuando usted esté leyendo esto ya haya votado el domingo. Si es así, espero que la España que se abre ante nosotros sea reconocible como lo que hoy todavía es. Un país tolerante, acogedor y abierto al mundo.
Si no es así, si lee esto antes del domingo, haga uso de esta historia para reflexionar sobre lo que está en juego.
Piense en su hijo. En el pequeño; de cuya homosexualidad sospecha, aunque usted se empeñe en negarlo ignorando las señales más obvias.
Piense en su hija, la mayor; la que tiene que fingir que está hablando por el móvil, de camino a casa tras una noche de fiesta, cuando enfila un callejón en el que se atisba una presencia amenazante, a ver si así espanta su miedo y ahuyenta al potencial acosador.
Piense en su otro hijo, el mediano; el que a estas horas está sentado en la última fila del autobús en Londres, volviendo a su piso compartido en un suburbio de la ciudad después de un día agotador de trabajo.
Piense en él; y no olvida que, a su lado, muy cerca de él, hay un tipo fornido con mirada torva que recela de su aspecto. Que detesta su idioma. Que siente asco ante su sola presencia. Que, si pudiera, la insultaría, le escupiría a la cara o le recriminaría su presencia allí.

Piense en ese machote envalentonado y que se alimenta del discurso putrefacto del odio.
Piense en él y en todos los machotes que juegan a ser valientes con los miedos ajenos.
Y, antes de hacerlo, antes de depositar la papeleta, mírese al espejo.

Y piense si de verdad espera que alguien como Espinosa de los Monteros, de los Espinosas-de-los-Monteros-de-toda-la-vida, va a hacer algo por usted y por los suyos.

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AMADO GRANELL O LA ODISEA DEL HÉROE OLVIDADO

“Si la Legión de Honor fue creada por Napoleón para premiar a los bravos, nadie se la merece más que usted”, le dijo el general Leclerc al imponerle la condecoración.

La historia de Amado Granell, como la de todos los héroes olvidados, es la de una sucesión de victorias magras y derrotas crueles. Ganó batallas, perdió las guerras. Y cargó sobre sus hombros el peso de una leyenda que merece ser contada, aún con el lápiz afilado por la conciencia de la derrota, que diría Enzo Traverso.

La vida de este castellonense tiene más requiebros que la de un Rick en Casablanca. Con el añadido de que la suya es real. Arranca con su alistamiento en la Legión, en 1921. Quizás llevado por el idealismo, o la apelación patriótica al desquite de Annual, Granell se embarca con destino al matadero del Rif, donde miles de españoles se dejan las tripas en una guerra que lleva en las entrañas el germen de la nuestra, la del 36. Allí en el Tercio hará carrera hasta que, ya sargento, deja el ejército en 1927 y reaparece en Orihuela como civil para montar una tienda de motocicletas.

La experiencia militar era oro molido a la hora de elegir jefes en el bando republicano al comienzo de la guerra. Alguien tenía que mandar las precarias columnas de milicianos con las que frenar el golpe que venía de Marruecos. Granell sabe a qué y quienes se enfrenta. Él mismo ha sido legionario. Y se afana en poner orden en el caos de un Ejército que quiere hacer la guerra y la revolución al tiempo. Normal que perdiera ambas.

Su desempeño en el frente hará de él un oficial digno de confianza. Tanto como para terminar mandando una brigada. Siendo oficial de milicias, los vencedores le guardan un sitio en el paredón de fusilamiento. Así que toca salir de aquella ratonera en que se ha convertido España para salvar el pellejo y buscar otras banderas desde las que seguir en la brecha.

Acodado en la borda del atestado buque, Granell, el pasajero 2.073 del Stanbrook, escruta el horizonte en la oscuridad de la noche. Se arranca a llover y arrecian los llantos de los críos a bordo. Caen un par de bombas junto al muelle. A sangre y fuego hasta el final, que no haya paz para los malditos. Zarpa el viejo carbonero, mandado por un galés justo entre los justos, y sobrecargado con más de 2.600 almas. Seis meses más tardes de aquello, también aquel navío valiente, su capitán y toda su tripulación terminarán en el fondo del mar, hundidos por un submarino de Hitler.

A los piojos del campo de concentración en el que lo internan, junto a miles de republicanos más, los llaman trimotores debido a su tamaño. Penas y palos tras las alambradas. Los guardianes, pronto esbirros de Vichy, controlan la Argelia francesa y se las ven con esa recua de miserables rojos apátridas.

No hay españoles fuera de España, braman los heraldos del franquismo, desentendiéndose de ese ejército invisible de exiliados. Muchos acabarán en Mathausen. Otros, víctimas de la furia caníbal las SS, como los 25 refugiados españoles en el pueblo mártir de Oradour, entre ellos dos bebés con menos de un año de vida. También a ellos se los tragará el olvido.

Con dos guerras a cuestas, Granell no le hace ascos a una tercera. Aún se ve joven, a sus 45. Es un tipo atlético, endurecido por el sol africano, la trinchera y el internamiento en el Sáhara. Y si hay que volver a dar barrigazos para salir del agujero argelino, mejor hacerlo con la gente de De Gaulle, que llega pidiendo voluntarios con ganas de jugarse el cuello por la marsellesa, que a fin de cuentas era como la Internacional antes de que existiera la Internacional. La guerra aún no está clara y escasean los franceses que quieran morir por Francia. Pero no los españoles que quieren ajustar cuentas con los alemanes.

Tercera travesía africana del héroe. Esta vez de salida, con destino a la campiña inglesa.

Pese a haber mandado una brigada en España, los franceses le dan una sección. Si pudo mandar sobre 2.000 tíos, podrá apañarse para poner orden entre 40, todos de casa, en una compañía más española que un carajillo de coñac peleón.

La Nueve la llaman. Tercer batallón, Regimiento de Marcha del Chad, Segunda División Blindada.

La manda un tal Dronne, que aprende a respetar a esos españoles de piel oscura y cerrada barba. Gente bregada en el combate; ocho años dando tiros son el pasaporte para ser vanguardia de la división. Casi todos tienen la mirada torva y huidiza. Se han llevado tantos golpes y humillaciones que recelan. Como perros apaleados, desconfían de quien osa ponerles la mano en el lomo. Difíciles de mandar, dirá el francés. Pero fieros en la pelea, como si tuvieran que demostrarle algo al mundo.

El día 22 de agosto de 1944 Dronne le pide a Granell que avance con su sección desde la Place d´Italie en dirección a la Place Pinol. Que coja la Rue Esquirol en paralelo al Sena y busque con los enlaces de la Resistencia el modo de plantarse en el Ayuntamiento de París antes de que acabe el día. Al pasajero 2.073 del Stanbrooke; al joven legionario del Rif; al comandante de la 49 Brigada del Ejército de la República, le cae en gracia ser el primer oficial en poner un pie en el corazón de la ciudad.

Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento, despliega a su sección. Dos blindados para proteger las esquinas. Y el grueso de la tropa cubriendo la orilla del Sena, donde más expuestos están por la proximidad con el cuartel general alemán, en el Hotel Meurice de la Rue Rivoli. Allí se atrinchera Chotlitz, el general alemán que, horás más tarde, no podrá atender la llamada de Hitler preguntando obsesivamente: “¿Arde París?”. Entre otras cosas, porque en ese momento un extremeño y un sevillano lo tienen encañonado y con ganas de llenarle la barriga de balas.

Liberation lleva su imagen –la del oficial Granell- a la portada. A su lado, Bidault y otros líderes de la Resistencia, emisarios de De Gaulle en la capital. Que la realidad no te machaque un titular épico. Y si hay que decir que ese rostro enjuto y curtido por el sol es el de un capitán francés, así sea en el pie de foto. «Alternative facts», que diríamos hoy. Tener que dar explicaciones sobre por qué hay españoles librando esa guerra no ha lugar en el altar del relato heroico con el que purgar la Francia miserable de Petain y Vichy.

Con su Legión de Honor prendida en el pecho, Granell aún se ve con fuerzas para una última quimera. Acaba de perder su última guerra: la caída de Franco, que no llega, como epílogo en el ocaso de los dioses del nazismo.

Al menos esta vez se ha dado el gusto de ganar una batalla.

Esa quimera le lleva a militar en el campo de la reconciliación con antiguos enemigos. Habrá de verse con emisarios de don Juan de Borbón para explorar, por encargo de Prieto, la restauración de una monarquía parlamentaria en España. La democracia a cualquier precio. Incluso sacrificando el ideal republicano que dio sentido a su vida para no tener que ver a su país convertido en coche escoba del fascismo en la nueva Europa.

Será la última derrota. Y de esa no se repondrá. Monta un restaurante en París, donde encontrarse con viejos camaradas. Pocos quedan. De los 145 de Normandía, menos de 20. Cuesta no imaginarles rememorando hazañas para ahogar la mala sangre del exilio y el olvido.

Cruza de vuelta la frontera de camino a España cuando el régimen suaviza su fiereza para atraer divisas y turistas. Lo imagino humillado, apretando los puños en silencio cada vez que pasa delante de algún símbolo de esa España  que sestea en la paz de los cementerios y sembrada de camposantos clandestinos en las cunetas.

Y aquí se deja morir, descreído de todo. Él, temerario motociclista de joven; que ha cruzado los campos de minas alemanes de la Lorena en jeeps y semiorugas; que ha surcado mares sobre bañeras flotantes al límite de su capacidad; se deja la vida en un anodino accidente de tráfico. Ironías del destino, se dirigía a Valencia a gestionar la pensión a la que tenía derecho como antiguo oficial francés.

Granell casi no tiene quien le llore ni recuerde sus gestas. Es una nota a pie de página en el olvidado siglo XX. Un figurante inesperado en el teatro de la Historia de esta España acostumbrada a glorificar medianías y enterrar quijotes bajo el peso del olvido.

Mientras losas de sobrio mármol cubren con honores los mausoleos de carniceros de mil raleas, un nicho discreto en el cementerio de Sueca cobija los restos de un soldado que luchó por la libertad de Europa. Su memoria se pierde en la niebla del tiempo, en un país hecho a racanear la gloria a quien más la merece.

Flanquean su lápida, sufragada por el gobierno francés, una palma de plata y la insignia de Caballero de la Legión de Honor. Y bajo su nombre grabado, un lacónico epitafio que parece advertirnos contra la injusticia del olvido de su odisea: “Los que te quieren…”.

Amado Granell Mesado entró en París un 24 de agosto de 1944 junto a un puñado de españoles de la 9ª compañía, tercer batallón del regimiento de Marcha del Chad, 2ª División Blindada de la Francia Libre.  Hoy, a los 75 años de aquella gesta, ya es hora de que España despierte de su amnesia autoimpuesta y honre la memoria de unos valientes que, con su lucha, nos redimieron a todos en mitad de los años bárbaros.

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CAYETANA

Cuentan las biografías que a Cayetana le corre por las venas la sangre de don Fadrique Alvarez de Toledo, duque de Alba azote de herejes holandeses en tiempos de Felipe II.

Cuentan que tuvo infancia royal, de colegio británico en Argentina y tránsito universitario inglés, donde los hijos e hijas de la élite hacen carrera al ritmo que marca la elegancia innata. La que da el pertenecer una estirpe que, escarbando veinte generaciones hacia atrás, no ha conocido ni el hambre ni las penalidades.

Lo de ser depositario de ilustres genes no es baladí. Es como el tumbao de los guapos y guapas al caminar. No se imposta; se tiene o no se tiene, como el acierto a la hora de combinar el calzado que te hará triunfar en la City de Londres o en ese privilegiado espacio que se extiende entre las calles Juan Bravo y Goya de Madrid. Si eres uno de los nuestros, príncipe o princesa, heredarás la tierra, posición en una de las Big Four o en alguna de las fundaciones con las que los nuestros se cobijan cuando se pierde lo que, por derecho, nos pertenece —jodida democracia—: el poder.

En el debate, disfraza su gesto de retórica mourinhista, para empatizar con el proletariado de gruesas manos y poca querencia por las guerras culturales de la izquierda. Sale a repartir estopa como aquél central, Vinnie Jones de rostro feroz y malas artes, pero enfundando el puñal en la sedosa languidez que sólo puede dar la cuna.

Patadas a la espinilla desde el primer minuto, para romper el ritmo de un rival acostumbrado a la posesión de balón al calor de las encuestas. Interrupciones groseras, tabernarias, impropias de quienes crecieron elevando el meñique 32 grados y medio exactos al sujetar la tacita en los salones de postín de Myfair.

La posmodernidad era esto, y nosotros nunca lo supimos. Que tus genes atraigan al populacho con la misma querencia con la que los gañanes desenganchaban el carruaje de Fernando VII para sentir el peso de las cadenas anudado a sus cuellos. Cuellos poco hechos a la libertad, desnudos ante el abismo de un orden constitucional convertido en herejía.

En el Gatopardo de Lampedusa, un burgués enriquecido en la Sicilia del XIX, busca obsesivamente el casamiento de su hija con un noble, venido a menos, pero noble al fin y al cabo. Un título para camuflar la riqueza sobrevenida con la industria, la del nuevo rico, la que mancha las manos. No la otra, la heredada con el mayorazgo latifundista y vinculada con la pureza de sangre y los apellidos ilustres.

En la España de hoy los vástagos de la aristocracia metidos a política, como Cayetana, repiten la jugada del Príncipe de Salina y buscan congraciarse con el vulgo a cambio del voto. El de todos los que se sientan perdedores de la globalización; el de los currantes marginados por guerras culturales en las que creen no tener ni arte ni parte; el de las gentes situadas en los márgenes de un debate que siempre parece orillar sus demandas por ser demasiado banales, demasiado simples, demasiado convencionales.

La posmodernidad era esto. Un juego de espejos cóncavos en los que nada es lo que parece. Las aristócratas de voz aflautada ya no quieren ser musas de escritores de postín. Vienen repartiendo estopa, con el machete entre los dientes y pasión por la bronca. Adalides de esta nueva derecha golfa que sermonea desde la atalaya de la incorrección política y juega a los contrastes luciendo Armanis y Diors y bebiendo calimocho a morro con esa España viva de timbre carajillero y fantasías de reconquista.

La gran impostura al servicio del poder terrenal de esta democracia que iguala a través del voto, al pobre con el rico. Al noble con el plebeyo. Al García, al Sánchez, al Martínez con los Alvarez de Toledo-de-toda-la-vida.

Mañana, cuando te vendan la burra de la falsa meritocracia, dime querido García, si te habrá merecido la pena. Si a tu hijo le sirvió de algo cuando al profesor de lengua nadie lo sustituyó en un mes porque las tres derechas decidieron seguir podando la educación pública. Si la cojera en tu rodilla maltrecha se hubiera podido evitar de haber tenido el hospital el personal necesario para atenderte antes de que esa lesión fuera a más. Si a tu mujer, en el tiempo que dedicó a cuidar de su madre con alzheimer, no le hubiera venido bien que la Seguridad Social hubiera cotizado para tener derecho a una pensión.

Mañana, cuando todo pase, dime si Cayetana era realmente de los tuyos.

Dime qué tenías en común, además del ardor patriótico, que nadie censura. Dime si de verdad te creíste que eras igual a los que vienen a este mundo a mesa puesta y sin necesidad de abrir las puertas que los tuyos tendrán siempre cerradas, por no haber pisado la calle Serrano más que para ir de turismo ocasional.

Mejor no me lo cuentes a mí. Explícaselo a tu hija, cuando tenga que lidiar con el mundo que le dejas en heredad.

Cuéntale lo que hizo su padre por ella; en qué estaba pensando, cuando votó aquel domingo de abril por una aristócrata llamada Cayetana Alvarez de Toledo.

Y cuando le digas que lo hiciste por España, mírala a los ojos, aguántale la mirada y le recuerdas otra vez cuánto te reíste aquella noche con aquel sí, sí, sí… al hablar de violación y consentimiento.

 

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ARRIMADAS, PUIGDEMONT Y MACHADO

Domingo 24 de febrero, mediodía.

El Presidente del Gobierno participa en un homenaje a la memoria de dos españoles insignes. Dos españoles cuyos huesos merecerían descansar en la tierra que les vio nacer y que les expulsó de su ser para dejarse morir en la otra ladera del Pirineo.

A ambos, Antonio Machado y Manuel Azaña, la muerte les salvó de una humillación postrera. Anduvo la Gestapo rondando la figura del antiguo Presidente de la República, ya en la Francia ocupada y humillada del traidor Petain, para devolverlo a las fauces sedientas de sangre de la nueva España franquista. Por las plazas de Montauban, última morada del viejo presidente, merodeaban los agentes de Franco, como hienas. Cuenta la historia que ni aún de cuerpo yacente, permitieron que el féretro fuera cubierto con la bandera republicana, ya ilegal en aquella Francia nazi. Y que un héroe inesperado, cónsul de México de Toulouse, cubrió el ataúd con la bandera de ese país en señal de desafío, para que al menos una patria lejana reclamara al ahora apátrida Azaña.

A Machado, muerto un año antes que el viejo Presidente, le pilló la muerte en la Francia desnortada pero aún democrática de antes de la invasión alemana. Su entierro, igual de austero, se libró de la procesión de buitres carroñeros del viejo Presidente de la República. Permitieron incluso que doce soldados del ejército republicano fueran liberados fugazmente para llevar el ataúd del viejo poeta hasta su última morada, en el pueblecito costero de Collioure.

 

A la misma hora en que el Presidente del Gobierno, evoca la memoria de Azaña y Machado, Inés Arrimadas estará aterrizando en Bruselas, donde los acólitos la esperan para llevarla a Waterloo, esa aldea donde antaño tronaron los cañones que hicieron Europa tal como la conocemos y que hoy alberga los aposentos de la corte imaginaria de un President imaginario de la República imaginaria y virtual de Cataluña.

Inés Arrimadas perdió el vuelo que la llevaba a Colón hace unas semanas. Una forma elegante y poco original al tiempo de evitar que su imagen quedara contaminada en el encuadre por la presencia de Abascal y el eructo reaccionario de Vox. Es de suponer que a Puigdemont no le haga tal desplante y ponga más empeño en escenificar su contrarrevolución posmoderna, de pose y figuración contestataria, en una visita tan simbólica como estúpida.

Arrimadas luce sonrisa angelical. Es la Marianne de la revolución naranja. No tiene el rostro avinagrado que ya luce Albert, avejentado desde que tuvo que compartir plano con la ultraderecha de ínfulas imperiales y mentón apuntado al cielo, con el empaque marcial -acrecentado por la culpa- que tienen que lucir los que no hicieron la mili porque tenían los pies planos. Ardor guerrero de pulserita y glosa a los Tercios de Flandes.

Contaba Daniel Gascón en su “golpe posmoderno”, que el independentismo nutre sus actos de escenificaciones simbólicas para llenar el vacío y las contradicciones de su propia propuesta. La presencia de Arrimadas en Waterloo es la prueba del triunfo de esa estrategia de vacuidad, de gestualidad impostada. Y transversal, por cierto, de la que participa también cierta izquierda de pose, gesto y performance, como la que lució bebés en el hemiciclo para “visibilizar” no-se-qué en uno de los pocos espacios laborales de España que tienen guardería.

Lo que va a hacer Inés a Waterloo la iguala en la estupidez posmoderna a los indepes que montan  congas en Berga; o a lo que hacían los abstencionistas de las elecciones americanas tras el triunfo de Trump, reunidos en lo alto de un rascacielos para gritar al mundo su frustración por la victoria electoral del millonario americano. Mejor que hubieran ido a votar, en lugar de gritar con rabia, como dice Bernabé en su “Trampa de la diversidad”.

El caso es que Inés pierde una oportunidad única para descolocar a diestro y siniestro al optar por la vía de la contrarrevolución posmoderna en Waterloo en lugar de pisar los espacios de la memoria en los que miles de españoles purgaron la derrota de la democracia. Al ir a Bélgica a hacer lo que precisamente más motiva a los indepes; a externalizar el conflicto con una bufonada posmoderna que muestra la obsesión de algunos por meter a Puigdemont en campaña.

Cada uno elige sus amigos y sus espacios de homenaje. Arrimadas pudo elegir Colliure y eligió Waterloo. Pudo elegir Machado y Azaña, y eligió Puigdemont. Pudo elegir sensatez, y eligió bronca.

La sonrisa de la contrarrevolución nunca será la misma. Puede que nunca comparta escenario con Abascal. Puede que nunca la vean agitando banderas con la extrema derecha en plazas cargadas de ira. Pero, a la hora de la verdad, como ya ha dicho su todavía jefe, no dudará en elegir compañero de viaje para la España que ha de surgir tras el 28 de abril.

Arrimadas, Ciudadanos y Puigdemont se necesitan. Para esa foto, aún metafórica a las puertas del palacio de la no-república, si hay tiempo. Ojalá esa derecha tuviera tiempo para la otro foto. La que se perderán en el cementerio de Colliure. La primera ilustra la bronca que necesitan para vivir. La segunda un acto de justicia con la historia que algunos siempre tienen razones para postergar.

 

 

 

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LA ESPAÑA QUE NO CABE EN COLON

Cuando estén colmadas de muertos las cuencas, muchos creerán haber engendrado una nueva patria; o lo dirán, para que la sangre de sus manos parezca la sangre de un parto. Se llaman a sí mismos padres de la patria; y no son más que matarifes.

Azaña escribe estas palabras en su diario, un 26 de julio de 1937. Esa mañana, su amigo Casares Quiroga le ha hecho entrega de un informe confidencial en el que se relatan las matanzas que se están cometiendo en las retaguardias de ambos bandos. De unas, en el bando sublevado, se tiene constancia por el empeño de la prensa extranjera, sobrecogida por las masacres de Badajoz y Andalucía. De las otras, quedan los ecos de las sacas infames de la Modelo y los paseos por los ribazos de los pueblos en los que se ejerce la justicia proletaria para reparar afrentas que nada tienen que ver, en muchos casos, con la lucha de clases sino con el odio atávico sin más.

Azaña, el mismo que en su juventud rechazó esa concepción de patria, asociada a la geografía física de la tierra, el arroyo y el monte, abraza con pesar esa idea en la amargura del final de sus días. En su idea de patria sigue viva la herencia del espíritu de la Revolución, como empoderamiento de un nuevo sujeto hasta entonces invisible, el pueblo, frente al soberano de la monarquía absoluta. Pero ya no reniega de la imagen de lo terrenal, porque detesta la visión de los que invocan a los cuatro vientos el nombre de una España que alumbran con sangre en las manos.

Ya no reniega de la imagen de esa España polvorienta a la que sus salvadores sempiternos no han hecho más que someter a fuerza de repartir miseria y consolidar privilegios. Es una España de la que Azaña no quiere huir, pese a que intuye el camino de la deserción a la que se verán forzados los suyos por culpa de la deriva de la guerra. Pero también por la apropiación indebida que está maquinando la derecha.

De España desertó una generación entera de españoles.

Deserción física con el exilio y la represión. Y también deserción moral. La de quienes bajaron los brazos y aceptaron el relato impuesto por un franquismo deseoso de patrimonializar la idea, el nombre y la verdadera esencia de España.

Ese fue el auténtico triunfo de esa dictadura. El de obligar a creer a una generación entera de españoles que no tenían autoridad moral para evocar el nombre de España; para si quiera sentir como propio un país que, paradójicamente, nace a la modernidad desde el Cádiz liberal y progresista de 1812.

El relato de la anti España se cosió con la letra de una tradición inventada. La de Numancias y Lepantos, Navas de Tolosa, y hazañas en Nápoles y Flandes, que glosaban la historia de un país que ni existía como realidad política en ese momento. Luego se adhirieron el casticismo espiritual y el repliegue nacional católico, con el báculo y la mitra como complementos de la España pía de tizonas y Contrarreforma. Y ya en el propio franquismo se perfiló aquella patria inventada en la hombría testicular de quienes mueren por ella defendiendo su honor en lo alto de un blocao o desde la cofa de un barco que se hunde cargado de honra.

Pero que se hunde, a fin de cuentas.

Lo de menos es que las derrotas tuvieran por causa la misma que alimenta a patriotas del presente: la corrupción que obligaba a calzar alpargatas a la tropa o a navegar en cascarones podridos.

La honra dichosa, que tanto da de comer a espíritus deseosos de seguir la silueta del toro de Osborne dentro de la rojigualda.

La honra dichosa que tanto alimenta a quienes son incapaces de entender que la mejor forma de mutilar una patria es negar el derecho de la mitad de los suyos a sentirla como propia. O a empujar a una esquina de sí misma a la desafección creciente. Eso sí es felonía.

Este es el momento de reivindicar esa otra España posible que no se cierra en erizo, que no se hace pequeña a costa de renunciar a la mitad de los suyos. La España que no renuncia a Cataluña, como de facto proponen las tres derechas. La España liberal e ilustrada —liberalismo del de Cádiz de 1812, y no del de la Escuela de Chicago— que despierta del sueño al que la confinaron quienes alumbraron esa patria nueva, levantada con el eco por el vacío del exilio, pero también por la deserción emocional de cierta izquierda todavía zaherida.

Por eso, contra quienes quieren alumbrar una patria ahogando en mares de banderas, más España y no menos.

Contra quienes se niegan a abrir esta patria a otras formas de amarla que no necesariamente sean las suyas, más España y no menos.

Contra quienes tiene por compañeros de viaje a idólatras de la mentira histórica y el machismo más rancio, más España y no menos.

Pero, por encima de todo, además de más España, otra España posible, mejor y que no  necesita contar cabezas en una manifestación para medir su fuerza, para sentirse grande mientras se cuenta a sí misma, pasando lista con mirada torva. 

Esta España, la nuestra, desborda la suya por el sentido común y la razón. No cabe en Colón ni falta que le hace, porque es mil veces menos acomplejada que la suya. Es abierta, plural, europea, tolerante, instruida y risueña. Tiene rostro de mujer y un par de ovarios por bandera con los que plantar cara a quienes quieren mandar sobre su cuerpo y su alma.

En esa España, que no necesita tentarse la ropa bajo un mar de banderas, habita el futuro de un país curado de espantos y de salvapatrias. Un país que no quiere más bronca ni más gallitos de pelo en pecho, porque ha aprendido a hablar sin necesidad de levantar el mentón cada vez que algún chusquero reenganchado a la incorrección política, grita su nombre con aire marcial y ardor guerrero.

Esa España, la nuestra, se parece mucho a la que imaginó Manuel Azaña. Por eso es mil veces más limpia y menos sombría.

Que digan ellos a quién se parece la suya.

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