Y EUROPA MURIÓ EN UN REFERENDUM

Dijo Napoleón una vez que lo que más le jodía era haber sido derrotado por una nación de tenderos, como él definía a los ingleses que se mantuvieron desafiantes frente al corso durante dos décadas. Agazapados en su isla, protegidos por la Royal Navy, y financiando a cualquiera -prusianos, austriacos o rusos- para que desangrara con dinero británico a la Francia napoleónica.

Dejó dicho también el hombre que venció al mismo corso en Waterloo, el duque de Wellington, que junto a una batalla perdida, no hay nada más triste que una batalla ganada, reflexión hecha después de caminar sobre la loma de Mont San Jean entre varias decenas de miles de cadáveres de soldados.

No sé a ciencia cierta cuántos cadáveres deja este referendum que termina en salida del Reino Unido de la Unión Europea. Por lo pronto me salen el propio convocante, Cameron -al que finalmente se le marchitó la flor en el culo que arrastraba desde hace siete años- y de forma más etérea, pero no menos dramática, el propio ideal europeo o el mismísimo Reino Unido del futuro más inmediato.

Por encima de lo que digan a estas horas los mercados, que no es poco, lo que han hecho los ingleses es darse un tiro en el pie. Han votado, legitimamente, y sólo cabe respetar su decisión. Pero cabe preguntarse cuántas emociones han pesado en el sentido del voto; cuánto han pesado las tripas, o el corazón, por ser menos escatológico, que la cabeza en una elección que dinamita muchas de las certezas en las que se basa la globalización.

La nostalgia del imperio, del “splendid isolation” victoriano, no puede omitirse. El sentimiento acendrado, enraizado en la cultura británica, de independencia respecto de lo que ellos llaman el “continente” ha tenido su peso. Y ese factor ha sido fácil de excitar en un electorado al que se oponía un Leviatán que ha hecho mucho por despeñar su crédito en los últimos años. No diré que los alemanes de ahora son gafes o que se guían por los mismos tics autoritarios que los alemanes de hace setenta años, sustituyendo las divisiones pánzer por el Bundesbank. Pero sí me quedo con la idea de que han liderado con enorme torpeza la posición de liderazgo que su poderosa economía les ofrecía. Han laminado la política a cambio de la dictadura de una hoja de excel. Y en el camino, han empeñado toda la legitimidad acumulada por un proyecto, el europeo, que era más digerible cuando había un partenariado franco-alemán equilibrado.

Inglaterra nunca estuvo cómoda en la Unión Europea.

A decir verdad, nunca estuvo cómoda en Europa, a la que vieron en el pasado como un gigantesco y potencial campo de batalla en el que derramar sangre, y al que veían en el presente como un gigantesco monstruo de burocracia inhibidora del espíritu emprendedor del que son deudores los padres del liberalismo clásico. Los ingleses, esos tenderos avispados que veía Napoleón.

No fue la CEE un acelerador democrático, como lo fue para España, Portugal o Grecia, porque ellos ya tenían democracia consolidada. No fue un gigantesco nuevo mercado de bienes y servicios, porque ellos han mantenido una relación privilegiada con sus excolonias mucho más inteligente que la nuestra o la de los franceses. El hecho de que estos últimos se fueran a hostia limpia de sus excolonias -Argelia, Vietnam, Centroáfrica- contrasta con la indolora flema con la que los británicos renunciaron a su imperio. Sin pegar un tiro en guerras estúpidas como las de los galos, y dejando a cambio una Commonwealth sembradita de corporaciones coronadas por la guinda de una City financiera con terminales en la interminable lista de paraísos fiscales en islas remotas del antiguo Imperio.

Los ingleses se van de Europa porque no la entendieron, ni la quisieron desde la perspectiva superestatal de Delors y su “even closer union”, como un camino trazado hacia el destino final de los Estados Unidos de Europa.

En el fondo, lo que muere hoy es la certeza de que la globalización era irreversible. Y a ello contribuye la falta de respuesta de la izquierda en todo el continente, desconcertada por la huída en masa de sus votantes hacia la extrema derecha como ha ocurrido en las cuencas mineras del noreste del país. Por poner un ejemplo, es como si de la noche a la mañana, toda Asturias, cuna tradicional del obrerismo español, se despertase siguiendo a los frikis de Vox al grito de que estos van a imponer una moratoria sobre el establecimiento de kebabs turcos para fomentar las sidrerías tradicionales.

Por supuesto, hay una inmensa legión de iletrados que han comprado este discurso. Pero es la incapacidad de acercar el discurso de unas élites, concebidas y presentadas como profundamente europeístas por sus intereses económicos, con un pueblo dejado al alcance de la carnaza que le ofrecía ese fascista llamado Farage, cuyos vídeos en youtube vosotros, -si, vosotros, malandrines- compartíais con pasión desmedida porque por fin veíais a alguien decirle las verdades del barquero a los arquitectos de la austeridad en Bruselas.

Al final, en este cuento de final incierto, la masa de ratones ensimismados por la melodía, han comprado el discurso de este y otros flautistas embaucadores, como Boris Johnson. Un personaje que tolera, en aras de la libertad que tanto invocan los populistas de todo signo, que haya edificios en Londres con dos entradas. Una para ricos, con vestíbulo, portero y mármol, y otra para pobres, junto a los contenedores de basura del edificio.

Pasen por Comercial Road 1, a la entrada de Withechapel, y comprueben por sí mismos.

A los populistas de todo signo les queda el consuelo de que se ha abierto una hoja de ruta que cristaliza en el delirante suicidio colectivo de una economía que va a entrar en recesión, y que va a arrastrar a otras en su camino al absurdo. Una economía que, con esa masiva llegada de emigrantes inclusive, vivía con un 7 por ciento paro y más de 40 millones de ocupados. Y que va a terminar arrastrando por la senda de la incertidumbre a países enormemente expuestos, como la propia España, en este delirio.

El camino está marcado. Basta con apelar al referendum, a los revocatorios y a demás artificios de hermosa épica, para emprender la senda de la destrucción, y no precisamente de la destrucción creativa de Schumpeter, sino de la que termina en la cola del paro para la gente real, la que sufre los caprichos de la masa cuando se enardecen sus bajos instintos, como el miedo o el odio al inmigrante y al diferente.

Por eso me asustan tanto los apóstoles de la democracia deliberativa y de referendum. Porque son esos mismos apóstoles los que deciden con un sí o con un no. Entre blanco y negro, sin dejar espacio a los matices, o a la conveniencia de la pregunta,  cómo se formula o qué se pregunta. Como el producto de una ofrenda al dios maniqueo que juzga entre dos opciones, limitando la infinita riqueza cromática de una sociedad a la que se condena a la uniformidad de bloques.

Como siempre quiso hacer el fascismo.

A todos los que hoy se frotan las manos pensando que este es un golpe a la Europa austericida  alemana, más les vale recordar que lo que hoy muere no es la doctrina de la contención del déficit fiscal en Europa.

Es Europa misma la que se deshace, por muy odioso que fuera ese Leviatán al que todos, incluida la propia izquierda, ha matado con esa retórica pueril, reduccionista y, una vez más, profundamente maniquea.

 

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