ESPAÑA BIEN VALE UNA MISA, PABLO.

Piensa por un momento en la sala de televisión de una Residencia de Mayores en un pueblo cualquiera de la España profunda. Piensa en ellos un domingo por la mañana, reunidos en el tedio matutino, viendo la misa que ponen a esas horas por La 2.

Si te digo que nací a finales de los setenta, Pablo, podríamos hilvanar una larga secuencia de referentes culturales e imaginarios televisivos comunes para ambos.

La Bola de Cristal, los sábados, es un clásico por el que estoy seguro que compartimos una sincera afinidad. Luego los dibujos de después del telediario. Dragones y mazmorras, David el Gnomo…menos Los puñeteros Fruitis -a quién se le ocurriría la idea- llenaban los fines de semana de la reducida oferta que brindaban los dos canales de televisión que teníamos en esa infancia y pubertad que se extiende de Naranjito del Mundial del 82 al Coby de Barcelona 92.

La misa de los domingos ya estaba allí, en las mañanas de La 2. Con el preludio, creo recordar, de Pueblo de Dios, que todavía se sigue emitiendo. De aquéllos años recuerdo la sintonía -muy del gusto de los reformadores del Concilio Vaticano II- y al sempiterno Martín Descalzo.

La mañana del domingo me huele a Cola Cao y magdalenas o galletas cuétara. Más estas últimas,  que aunque se quedaban hechas una piedra al mojarlas en la leche eran un recurso más habitual en la despensa austera y proletaria de mi casa. Y a Martín Descalzo impartiendo cristología de buena mañana, así sin paños calientes, con parábolas de pastores de la Mancha de la que era el hombre y referencias a los evangelios, las epístolas y las andanzas de los eremitas del Nuevo Testamento.

En mi casa no había tradición política, pero tampoco religiosa. A ti, me cuentas, te pusieron Pablo para honrar la memoria del socialista Iglesias con tu nombre. A mi me clavaron un Jesús porque era el nombre de mi padre y punto.

Y sin embargo, a pesar de las diferencias, los dos elegimos transitar desde bien pronto por la acera izquierda de la vida. Permíteme que te diga, salvando las distancias, que no es lo mismo ser de izquierdas en Vallecas que en La Roda, provincia de Albacete. En mi pueblo manchego hemos visto a un alcalde socialista desde que el Infante don Juan Manuel nos diera Carta Puebla, allá por 1310. Un alcalde que lo fue durante cuatro años, y que encima tuvo menos votos que el de Alianza Popular. Y te hablo de 1982, cuando el PSOE ganó hasta en Valladolid.

Cuatro años entre setecientos diecisiete. Siete si contamos los de la guerra, aunque eso tiene su miga.

Si te cuento esta película es para reflexionar sobre la oportunidad de la última iniciativa que habéis llevado al Congreso de los Diputados en torno a la supresión de la misa de los domingos en La 2 de TVE.

Vaya por delante mi ateísmo militante. Confeso y practicante, aunque condicionado por eso que los modernos llamarían «background» y que, sintéticamente, te he descrito con la parábola de Vallecas vs La Roda de Albacete, y que sirve para que ilustrar el hecho de que tú camines por el extremo izquierdo del arcén y yo me haya acomodado en el mismo carril, pero bastante más centrado, más aburrido, convencional y socialdemócrata.

Creo que te equivocas profundamente con estas iniciativas, macho. Perdona la familiaridad, pero asumo que la coincidencia generacional y la identidad en los referentes culturales de la infancia me ampara en esta licencia.

En política, hay una línea tan delgada como la roja de Malick que separa lo atrevido de lo grotesco. Y con vuestra propuesta o lo que fuera, entras de lleno en ese terreno que te garantiza, te lo anticipo, la incomprensión de esa España que podrá estar ya medio vacía o en vías de vaciarse, pero que sigue acunando la memoria espiritual de esta Península Histérica.

Martín Descalzo, Pueblo de Dios, la misa del domingo por la mañana son parte de la memoria sentimental de mucha gente. Una memoria profundamente inofensiva, por cierto. Y, por si acaso este argumento no te sirve, la reunión de ancianos en la mañana del domingo en la sala de televisión de un pueblo perdido de ese gran vacío interior de España que no es Madrid, debería hacerte reflexionar sobre la oportunidad de ciertas ocurrencias.

Volvamos a los ochenta.

El sábado, imaginario esotérico de la Bruja Avería, Alaska y un puñado de bandas que son ya historia del rock, muchos de cuyos miembros tan pronto se ponían ciegos de caballo en fiestas llenas de travestis y contracultura como ponían banda sonora a la primera generación de chavales que se hacía mayor con el invento de la democracia, el colacao, las cuétara y el fulano del Tulipán en el helicóptero.

El domingo,  contrapunto religioso de la misa en un pueblo perdido de la España interior, con los feligreses vistiendo sus mejores galas, sabiendo que la tele se había dejado caer por ese rincón dejado de la mano de Dios para retransmitir una liturgia que elevaba al párroco local a estrella de la televisión por una mañana.

Lo quieras ver o no, en ese contrapunto hay más enjundia que en las obras completas de Slavo Zizek, Lacan,  Laclau o todos los pensadores que has hecho popular con tus referencias dogmáticas. Es un equilibrio cutre, me dirás. Pero es lo que cabía y cabe hacer en este país del demonio en el que el catolicismo, practicante o no, convive con una de las legislaciones más avanzadas de Europa en términos de derechos de los homosexuales.

En ese péndulo esquizofrénico, en ese crepúsculo bipolar sobre una Meseta casi vacía habita la paradoja de un país que tiene que pisar freno y acelerador casi al tiempo para evitar que el carro se nos despeñe en otra hostiacina a garrotazos como la que tan bien ilustró Goya.

La negación de esa España, que a mí tampoco me seduce, conduce al redil de lo grotesco en el que se ubican quienes desconocen su alma. El alma de un país que ni es pura, ni blanca, ni limpia de polvo y paja.

A mí no me hace daño la misa de los domingos. Ni siquiera el hecho de que la televisión pública ampare y de cobertura en su programación a una liturgia que podrás considerar arcaica y sometida a las tensiones viperinas de una jerarquía que se niega a ver la modernidad con tus mismos ojos. Por ejemplo, en la forma en que dos personas del mismo sexo eligen amarse.

Pero como lo que yo opine te importará un comino -socialista de casta y trama que soy- piensa al menos, egoistamente, en los ancianos que se arremolinan en torno a la salita de la televisión de esa residencia de mayores. O mejor aún. Piensa en sus hijos o en sus nietos. Y en qué daño hace la dichosa misa.

Quizás así entiendas mejor que no hay peor forma de pegarse un tiro en el pie que desconocer el país al que dices querer redimir valiéndote de la frialdad del BOE antes que buceando en el alma bifronte de eso que llamamos España.

Y que tanto te cuesta descifrar.

 

 

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Un comentario en “ESPAÑA BIEN VALE UNA MISA, PABLO.

  1. Un sentimentalismo exagerado y nostálgico sobre la misa católica de los domingos que me parece un despropósito. A ver si vamos a reclamar todas las tradiciones católicas, ayuno,los viernes, películas religiosas en semana Santa, el rosario en familia y has ir a misa y comulgar los domingos por si las moscas. Perdona pero este es un país aconfesional y laico. No podáis que es pecado.

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