Como repartir el dolor

En un ring de boxeo imaginario, el Rajoy de estos días parecería un púgil molido a golpes que busca desesperadamente las cuerdas para no caer a la lona. La crisis no da tregua, como certifican los indicadores que miden la situación de la economía real. Los vaticinios sobre el futuro inmediato del país, formulados por ocurrentes gurús en algún caso, arrastran las cifras optimistas con las que se cuadran las cuentas de 2013, muertas antes de echar a andar. Y por si fuera poco, en educación y sanidad, las protestas de los profesionales encuentran el respaldo más sonoro de la ciudadanía.

La justicia como artículo de lujo tras el tasazo de Gallardón dibuja un panorama al que se asoman las reivindicaciones de policías, jubilados, dependientes, bomberos, trabajadores de los servicios de limpieza, afectados por las hipotecas, etc. Y en la UE, el gobierno cosecha fracaso tras fracaso en sus intentos por implicar al BCE en la estrategia de solidarizar al conjunto de la unión con los problemas de la deuda soberana, lo que congela el diferencial de la prima de riesgo en los 400 puntos y espanta la confianza de los mercados.

Pareciera que no queda palo por sacudir en un ejecutivo que aparenta torpeza, matonismo y mala baba a un tiempo, como bien relata el gran Marías en su última columna.

Volvamos a la escena del boxeador molido a golpes.

Sabemos que Rajoy busca desesperadamente las cuerdas a las que asirse para no caer. No encuentra apoyo en ningún ministro de su gobierno, completamente plano y quemado en sólo 12 meses. Sólo escucha el ruido ensordecedor de un público cada vez más enconado, incluso entre muchos de los que son sus apoyos naturales.

Aunque la lluvia de golpes sigue cayendo sobre el maltrecho presidente, no acertamos a ver con claridad a quién pertenece el brazo ejecutor del castigo. En sí, eso no es malo. A fin de cuentas, en la comunión de intereses del sinfín de colectivos que toma la calle contra las medidas del gobierno, cualquiera puede verse representado. Se sea padre, paciente, pensionista, funcionario, desempleado, dependiente o consumidor, cualquiera puede ser partícipe de una indignación aparentemente generalizada, que es tanto como apelar al pueblo en su conjunto.

Parece claro, pues, que Rajoy se cobija en el guión clásico del sistema democrático contemporáneo. Resumido en algo así como que el mundo se acaba cada cuatro años, y poco importa lo que ocurra en el intervalo. Cuenta la memoria reciente y la altura a la que quede situado el imaginario umbral de la aceptación ciudadana. Un guión basado en tres pasos:

1.- el primer año es el de las decisiones dolorosas y los incumplimientos sobrevenidos del programa electoral; la herencia recibida y la lejanía de la próxima consulta juegan a favor en esta fase, en la que el adversario está desnortado por una derrota todavía reciente.

2.- el segundo y tercer año son los de la consolidación; se hacen los guiños precisos a la base electoral propia y se empieza a apelar al discurso de la necesaria segunda legislatura para afianzar los logros alcanzados. Lo importante aquí es salir airoso de la cita electoral de turno que se presenta en este tramo. Salir en volandas  de las europeas o las autonómicas que toquen, proporciona la inercia vencedora para el trance final

3.- el cuarto año es el de la recogida del fruto; ya no existe programa ni tiempo material para conquistar a un electorado que ya se habrá decantado hacia uno u otro lado. La prioridad es no cometer errores. Que no aparezca un escándalo de clamorosa corrupción –más allá de la que la gente se ha acostumbrado, tristemente, a tolerar y asumir- y que  esté la retaguardia en paz.

Rajoy encaja los golpes jugando con ese calendario. Y no le importa quemar a sus ministros en el empeño, ni ser flagrante incumplidor de las promesas electorales que lo llevaron al poder. Situando al país al borde del estallido en su primer año, el margen de mejora que puede obtener, por pura comparación, sólo puede ser creciente en los años que le restan de mandato, salvo una catastrófica coyuntura exterior.

Cuando Gallardón habla de repartir dolor, cumple al dictado con la misión. A fin de cuentas, un pueblo anestesiado por el dolor responderá mejor a los estímulos, por tibios que sean, y aunque tengan por fin mutar la miseria extrema en miseria a seca.

Y a este horizonte está fiando Rajoy su suerte. Sabe que el combate dura cuatro años; que la memoria colectiva es dolorosamente débil; y que enfrente, no hay un púgil definido en torno al que aglutinar a la pléyade de cabreados por sus medidas. Esta es nuestra democracia.

Una democracia siniestramente próxima al ideario católico de la contrarreforma. Y es que, a diferencia de los protestantes, que tienen que ganarse su entrada en el reino de los cielos obrando con rectitud durante toda su vida tomada en conjunto, a un católico le basta el arrepentimiento último y postrero para esquivar el infierno, sin que el balance global cuente demasiado. Como en nuestro sistema.

Por eso es tan importante abrir el debate sobre la calidad de nuestra democracia, un juego de poder en el que la rendición de cuentas se limita a lo formal y se diluye en los tiempos de la legislatura, que administran los fontaneros del gobierno y el partido, para que el boxeador llegue con opciones al último asalto. Por mucho dolor que haya repartido.

 

 

 

 

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