Aeropuertos, fábricas de coches y la Coca Cola

Sigo estos días con estupor la historia de las dudas que genera la multinacional del automóvil que va a instalarse, presuntamente, en Almansa, con la presencia en los fastos, de contenido netamente preelectoral, del ministro Soria, la presidenta Cospedal y el alcalde del municipio.

Y casi, por pura asociación de eventos, no puedo evitar acordarme de la experiencia de La Roda y su aeropuerto de mercancías, casi una década atrás, cuando mercachifles y charlatanes recorrían casas consistoriales y aturdían a alcaldes crédulos con cifras mareantes sobre proyectos quiméricos.  Proyectos que aquéllos «vende humos» vestían de realidad al alcance de un acuerdo plenario y cuatro trámites burocráticos que se solventaban en poco tiempo si había buena voluntad de todas las instituciones implicadas.

Daba igual que se tratara de un aeropuerto, un centro logístico, una planta de automóviles o la sempiterna planta de la Coca Cola, de la que todo munícipe que se precie ha oído hablar que busca suelo para montar una planta embotelladora, precisamente en su pueblo, porque los estudios señalan que  su pueblo, sí el suyo,  es nudo de comunicaciones del global.

Lo de la Coca Cola, no lo nieguen, queridos alcaldes, es como lo de la chica de la curva. Hay versiones en cada pueblo, de parroquianos que juran haberla visto.

El proceso de ensoñación colectiva comienza, ya se trate de una multinacional de refrescos, centro logístico o aeropuerto,  con misteriosos hombres, indudablemente de ciudad,  asaltando a labradores en mitad de la faena para preguntarles por cuánto estarían dispuestos a vender el «majuelo». Puesto en alerta por el interés de los trajeados, cuando este inquiere a los forasteros por la razón de su interés en semejante baldío de secano, los misteriosos «men in black» -es un decir, porque  su estética es elegantemente rural,  para mimetizarse con el entorno- se miraban entre sí y respondían como el astronauta de la segunda parte de 2001, Una Odisea en el espacio, con un lacónico: «lo que va a suceder aquí es algo maravilloso… pero por el momento no le podemos contar más». Terminada la inquietante conversación, el agricultor vuelve a su tractor. Observa la estela de polvo que el todoterreno de los capitalinos deja en su paso, mientras se rasca la frente, aturdido ante la nueva de que el bancal que heredó de su padre va a ser el epicentro de algo «muy, muy grande».

Así era como, en medio de la intriga, los misteriosos emisarios empezaban la labor de recolección de los terrenos, ofreciendo opciones de compra a mansalva, con la premisa de una pronta formalización de la oferta en cuanto se removieran los nimios obstáculos administrativos -nimios por su puesto- que ralentizaban el proyecto.

Llega a continuación el turno de las instituciones. Los contactos informales se iniciaban justo a continuación de las visitas de incógnito de los hombres de negro.  Nunca lo suficientemente lejos en el tiempo un evento de otro, para que el alcalde no tuviera la percepción de que se jugaba a sus espaldas, ni lo suficientemente cerca como para que no se extendieran los cotilleos en medio de una nebulosa de expectación que tenía que crecer razonablemente antes del primer encuentro oficial con el alcalde y los concejales del gobierno local.

Había que generar suspense, y nada mejor que convertir a los dueños de los terrenos en susurradores de la buena nueva.

En esta nueva fase, los vendedores del megaproyecto empiezan por calentar el ego de los políticos locales. Amparados en la nueva religión de la alfombra roja al emprendimiento, los promotores empiezan a sentar las bases del castillo de naipes. Se excusan ante el alcalde por haber empezado los contactos con los agricultores a sus espaldas, pero es que lo que está a punto de venir es tan grande, tan inmenso, que los inversores exigen acciones desde ya. No tienen tiempo de cauces formales, porque se corre el riesgo de que la inacción derive el dinero a otros megaproyectos o, vade retro, a pueblos vecinos más dispuestos.

Esta última alusión a las rivalidades vecinales es un factor clave. Tocan la fibra de un alcalde que, por encima de su cadáver, va a consentir que el maná fluya en dirección a los odiados vecinos de al lado. Demasiados años de piques con los toros, las fiestas, los carnavales y los conciertos como para no aprovechar este regalo de los dioses.

El alcalde forma parte de un universo más complejo, pero imprescindible. Orbita como el satélite de un planeta principal, que sería la Diputación. Y ésta, en torno a un sistema planetario, que sería el gobierno regional. El charlatán buscará la conjunción planetaria, para terminar invocando al mismísimo sol, que es el ministerio, generalmente de Fomento o Industria, uno más en la galaxia gobernada por un Presidente que, misteriosamente, está al tanto de lo que se cuece en aquél pueblo perdido de la mano de Dios. Aparece su nombre entre susurros, como el tótem del que emana toda la quimera, la mano invisible que no puede dar la cara, pero que administra los tiempos en connivencia con fondos de inversión de misteriosa procedencia. Hasta aparecen de pasada los chinos y los saudíes en la conversación, copartícipes de la trama.

Llega el momento del  dinero. La sabiduría cachazuda castellana, siempre tan de Sancho Panza, nos previene contra quijotadas quiméricas. Pero, cúan grande ha de ser la ínsula prometida, que hasta el pobre escudero ve enajenados sus sentidos cuando se enfrenta a las cifras de un proyecto ricamente encuadernado, avalado por estudios económicos, hidrogeológicos, de rentabilidad y de mercado. La felicidad en 200 páginas con tapa dura y el nombre de mi pueblo en la portada.

En medio de la ensoñación, el alcalde se acuerda de la oposición. No habrá problema. Nadie en su sano juicio puede negarse a la creación de 5.000 puestos de trabajo en un pueblo con 2.000 demandantes de empleo. Y el que ponga trabas administrativas o sea un leguleyo de las ordenanzas, está cometiendo la peor de las maldades del imaginario rural: está traicionando al pueblo. Porque no sólo vamos a acabar con el paro del pueblo. Vamos a conseguir ese inconfesable objetivo tantas veces ansiado en eróticos delirios de grandeza. Ensombrecer no ya a los pérfidos vecinos de nuestro particular Selbyville de al lado, sino incluso a la capital de provincia.

Lo que se van a crear no son empleos de mozo de almacén. Se necesitan ingenieros, aeronáuticos, expertos en termodinámica, energías alternativas o automoción, dependiendo de la naturaleza de la quimera. De ahí, que uno de los puntales del proyecto sea la creación de centros de enseñanza universitaria.

Obviamente, en el pueblo.

Se acabó la inmigración.

Se acabó el paro.

Se acabó mirar con sentimiento de inferioridad a los vecinos del pueblo de al lado, con sus infraestructuras envidiadas y tan injustamente otorgadas por un sistema solar que nos condenaba a ser satélite secundario de un planeta de tercera.

Ahora brillaremos con luz propia.

Hasta que la fábula se reveló como tal. Demasiados intermediarios del absurdo, charlatanes de la nada y embaucadores de tabla excel, pastorearon las tierras de España en busca de víctimas propiciatorias, sembrando los bulevares de sueños rotos. Víctimas, en muchos casos, guiadas por la buena fe. Víctimas que contaron con la complacencia -servidor, aquí el que suscribe- de oposiciones demasiado cobardes como para ponerse en pie y gritar que el traje nuevo del emperador era tan falso como real su desnudez.verkami_3db88a38362cfdcf275dc07387a2e371

Me da la sensación de que la fiebre vuelve a recorrer ahora, en tiempos preelectorales, tierras que me son queridas por paisanaje provincial y amistad construida a lo largo de los años, como en la Almansa que algunos imaginan como  el Detroit del sureste ibérico. Ojalá me equivoque y el sueño se convierta en realidad.

Pero el hecho de que esto suceda siempre en periodo preelectoral pone en cuarentena el argumento previo de la buena fe. Siempre con un Presidente de Diputación de por medio. Siempre con actores de turbia procedencia, que intermedian en la nada para prometer pesadillas de ladrillo podrido e ilusiones rotas, y la intermediación de un ministro de turbias políticas y oscuros episodios pasados, presto a darle enjundia a la oscura apuesta.

Antes pasó en La Roda con su aeropuerto no nato.

Y en tantos y tantos pueblos con urbanizaciones fantasma, que dejaron una huella infame en términos municipales ahora grotescamente afeados por rotondas a medio hacer, cajas de registro de las que brotan cables amputados y farolas cadavéricas que nunca llegaron a alumbrar con su luz la mísera negrura que oscurece la década perdida para la España herida y traicionada por vendedores de la nada.

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