Alemanes del sur. El viejo sueño de la derecha española

Se acerca el final del año 2012, y si la profecía de los mayas sobre el fin del mundo no lo remedia, España volverá a cerrar el año con un déficit situado por encima del objetivo marcado, pese a los intentos del gobierno por hacer cuadrar las cifras a base de tajos indiscriminados al estado del bienestar y materializar una subida real –IVA e IRPF- y otra encubierta –tasas y copagos- que estrangula cualquier indicio de recuperación.

Mucho se ha escrito sobre la obsesión de los gobiernos por el cumplimiento del déficit, y no sólo desde la izquierda militante. Como prueba, el excelente post de Luis Garicano. En nuestro país, tanto el presidente del gobierno como el Ministro de economía asocian de forma explícita esta condición con la recuperación de la confianza en los mercados de deuda, ese invisible Matrix en el que un programa de ordenador decide al cabo del día cuánto vale un país. Y su gente.

A quién se le presta, en qué condiciones y a cambio de qué. Y a quién se liquida política y socialmente, hasta hacer aullar de dolor al pueblo que ha tenido la desgracia de vivir bajo esas fronteras, como la Grecia de nuestros días.

En una frenética carrera por agradar a Bruselas, Francfort y Berlín, el gobierno español no escatima esfuerzos ni gesto; mejor cuánto más explícitos y humillantes sean. Mejor cuánto más ayuden las órdenes recibidas, no tanto a impulsar la economía, sino a reforzar políticamente a aquéllos de los que mendigamos un gesto de ternura.

Y como en política es muy difícil ser original, Rajoy se esfuerza por copiar de forma mimética los tiempos, para él  y su partido memorables, del primer gobierno Aznar. Y en ese manual de retorno al pasado, aun a pesar de las notorias diferencias entre uno y otro periodo en términos políticos y económicos, hay un elemento esencial. Que desde fuera nos vean como los alemanes del sur”. 

Con todas las reservas que puede sugerir la expresión, incluso cómicas, la pretensión de la derecha española por asemejar nuestro país al gigante centroeuropeo tiene connotaciones históricas evidentes. Y motivaciones políticas más claras, a poco que se repasa la historia.

La derecha  guarda en la retina el éxito de la entrada de España en la zona euro, en 1999. En un reto que hoy no parece tan osado, Aznar consiguió que nuestro país cumpliera los cuatro criterios de convergencia exigidos por Maastricht, hasta situarnos en línea de salida para formar parte de un club de élite en el que acabaría entrando hasta la Grecia de las falseadas cuentas, allá por el año 2002.

El recuerdo de este logro, pomposamente pregonado a los cuatro vientos, se consiguió a base de la venta de las joyas de la corona del estado a precio de saldo y que, aun en esas condiciones, reportaron al gobierno un volumen de ingresos suficientes para equilibrar las cuentas públicas,  no tan alejadas de tal horizonte cuando el último gobierno socialista entregó el testigo al primer gobierno Aznar, en el que ya tomaba asiento Rajoy. Junto a otras medidas estrella, aquél gobierno escenificó una puesta en escena basada en la disciplina, el férreo control del gasto y otros conceptos que enmarcaron -utilizando el esquema de Lakoff- esa etapa de gobierno como siempre había soñado la derecha española: orden típicamente germánico, prusiano.

Aquélla expresión –España como los alemanes del surde Europa– tuvo cierta relevancia en ambientes europeos. Y el gobierno jugó con la misma, por comparación con el resto de manirrotos latinos, los famosos PIGS que estaban en nuestra liga, la que se juega a orillas del Mediterráneo pobre y subsidiado.

Y es que Alemania siempre fue el país al que la derecha española quiso que se pareciera el nuestro. No tanto por la excelencia académica o potencia industrial, sino por ese marco conceptual de Orden, con mayúsculas que sigue irradiando Berlín. Además, optar por Alemania implicaba rechazar la tutela francesa, país de exiliados y rojos, del que tantas revoluciones e ideas perniciosas habían partido para subvertir las viejas tradiciones y costumbres. La laica Francia, revuelta y turbulenta, siempre fue un rival al que encasillar con simpleza en la categoría de enemigo atávico. No hay mayor ejemplo que el que ofrece el deporte, en el que el gabacho es estereotipado como perverso enemigo del Nadal y Contador de turno.

El otro polo de atracción, el del mundo anglosajón, siempre fue igualmente desechado por razones históricas. Al margen de la fascinación por Thatcher, que obnubiló a una generación de neoliberales españoles, el peso de la historia es relevante. Y entre otros hitos, se llama Gibraltar. Prueba evidente, es que el año termina con un recrudecimiento del contencioso. Y más evidente todavía, el reflejo que del mismo hace la prensa más conservadora, conciencia espiritual de una derecha que se esfuerza por mantener la llama de una reivindicación cada vez más pintoresca.

No quedaba, pues, más camino que Alemania. Y Rajoy, testigo de las hazañas aznarísticas de la carrera por la entrada en el euro, ha optado por el mismo recetario, en el que la afinidad ideológica con la actual canciller es una valor añadido.

Ganar la confianza de los mercados es, para el gobierno español, ganar el aprecio de Alemania. Y si para agradar hay que recortar, hágase. Y no sólo por motivaciones económicas. Cuentan, y mucho, las ganas de agradar; de testimoniar la inquebrantable lealtad a Angela Merkel, que se juega su futuro político en unos meses. Es el peaje político que le exige la canciller al gobierno español para poder ofrecer a su electorado la imagen de una nueva Alemania, que no sólo se define por lo que Es, sino por lo que consigue que otros Sean o dejen de Ser. Esos otros que se permiten un estado del bienestar casi sin merecerlo. Que constituyen un mal ejemplo para el electorado propio, la Alemania laboriosa y ordenada que comparte moneda con parásitos del sur.

Y así, desprovista de complejos, la nueva Alemania convierte a los esforzados españoles en meritorios agradecidos que mendigan un elogio, una sonrisa, una migaja. Y si para ello tienen que cobrar el transporte sanitario, las muletas o las sillas de ruedas, la ofrenda se hace con gusto en el altar de la nueva potencia dominante. Pobre ahorro económico para el estado hay en ello. Pero el recorte, cuánto más simbólico, visible y doloroso, más refuerza a la canciller. Rajoy lo sabe, y reza para que una victoria electoral de Merkel haga que ésta levante el pie del acelerador y le permita respirar.

 Nunca como en la actualidad había estado nuestro país tan sometido en política exterior.  Y en política interior, nunca como en estos días, había estado más cerca de una abierta ruptura interna, por las tensiones nacionalistas azuzadas con la gasolina de ministros incendiarios.

Los dos tótem de la vieja derecha española, fortaleza exterior y unidad interior, son la prueba evidente del fracaso de un gobierno empeñado en ser débil y sumiso con los poderosos; fuerte, chulesco y arrogante con los débiles.

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2 comentarios en “Alemanes del sur. El viejo sueño de la derecha española

  1. Muy bueno, Jesús! Hasta me ha arrancado una sonrisa cuando por la cabeza se me pasaba ese Torrente con su «español o de nadie», un Trillo «con fuerte viento de Levante» aliñando el orgullo patrio con perejil y guindilla. Y no hablemos de los fetiches históricos de doña Agustina de Aragón, las Isabeles católicas endulzadas en tv… Ay, capa de caspa y espada roma! País.. pero mío! (Ya sabes qué pasadoble me suena ahora mismo en los oídos)

  2. Hola, amigo.
    No sé cómo han sido las otras españas del pasado, más que a través de la historia. Pero esta que nos ha tocado vivir resulta ser un lugar extraño, en el que nadie se atreve a gravar las sociedades de valores con una fiscalidad justa, por temor a que cuatro ricos desmonten tal chiringuito financiero y lleven a otros paraísos tributarios las migajas por las que se les cobra un 1% del beneficio. Y mientras, los patriotas de bandera y soflama reparten credenciales de españolía, aun a riesgo de quedarse solos. Desmontándola por dentro y por fuera. Jugando a ser lo que no podemos ser y entregando lo que queda de autoridad soberana por cuatro palmaditas en el lomo en el próximo consejo europeo. Gracias por comentar, aunque servidor haya tardado tanto en responder

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