“Alios ego Vidi ventos, alias prospexi animo procellas”

“He visto otros vientos; he afrontado otras tempestades”

Son palabras de Cicerón, padre de la oratoria y gloria de la República romana en los años finales de la misma.

Creo que todos hemos visto otros vientos y afrontado otras tempestades mucho peores que la vivida en estos días de amagos de declaraciones de independencia, amenazas recentralizadoras y esperpénticas imágenes de cruceros con piolines, orgías de banderas y repúblicas independientes de mi casa.

Aunque lo cierto es que hacemos tal juicio ahora, cuando el cielo parece escampar y no cuando vimos los negros nubarrones que presagiaban la balcanización de esta España a la que algunos siempre quisieron dar hechuras de Yugoslavia fragmentada con la invocación de la retórica serbia de los tanques y vías kosovares y eslovenas.

Lo hemos pasado mal. De hecho, si no caemos en la ceguera de la euforia, todavía lo estamos pasando mal.

Puigdemont, que siempre quiso ser Companys y puede terminar pareciéndose al imaginario capitán Khan del caso Roldán, jugó con el fuego de los sentimientos desbocados hasta alimentar un incendio del que no supo bajarse a tiempo, por muchas garantías que le dieran todos aquéllos dedicados a abrirle un ventanal de última hora.

Debajo, a los pies del palacio a cuyo balcón se asomaba el President, la masa desbocada  ya no quería volver al tedio de lo conocido, extasiada con el perfume de la épica de Els Segadors y las esteladas que rasgaban el paisaje anodino de la Barcelona infestada de turistas, Airbnb y los tenderetes de pakistaníes vendiendo imanes con forma de guitarra española, flamenca y españolía.

Un lehendakari vasco, que al parecer viste mucho la retórica de las mediaciones cuando se habla de cosas serias, abrió el ventanal de la estancia. Él y algún que otro amigo con seny -a esas horas todavía conseller de su Govern- le pedían  que no fijara su vista en el abismo, sino en la cornisa que prometía una retirada digna.

No mires a la calle; no escuches el griterío. Agárrate con firmeza al muro y camina por la cornisa, pegado a la pared. En siete pasos, siete, serás libre para seguir en la partida, que al fin y al cabo es lo que cuenta.

Es fácil decirlo cuando no escuchas el griterío desde la ventana, debió pensar Puigdemont.

Recientes estaban las imágenes de los mossos acordonando la sede de su partido frente a quienes se revolvían con la palabra Botiflers en la boca dirigidas a los suyos, a los antiguos convergentes, catalanes de alta cuna, tan pronto como en aquél jueves de autos se filtró la posibilidad de un acuerdo que parase el 155.

Catalanes, los suyos, criados en las alturas que dominan la ciudad, en barrios de la burguesía acomodada que siempre vio la Barcelona anarquista y arrabalera desde los balcones de las colinas que abrazaban el descenso suave a un litoral cargado de charnegos. Esa chusma -venida del sur, agitanada y trapichera- del Rabal y los callejones oscuros que lindan con el puerto, que tanto señorito había puesto en vereda desde los tiempos de la Ley de Fugas y Durruti.

Con mano temblorosa, agarró el marco del ventanal entreabierto. La palma sudorosa dejó la huella de sus dedos en la cristalera al tiempo que plantaba un pie en el quicio para impulsar el otro en la fina cornisa.

El ruido en la calle se hizo más fuerte. ¿Qué iban a hacer ahora todos los creyentes en la religión de la independencia? ¿Cómo volver a los quehaceres cotidianos después de tanta épica derramada en repúblicas imaginarias?

La masa bramó enfebrecida y aquél Presidente por accidente cayó víctima de la maldición del pobre Bardone que se creyó general Della Rovere, como en la Anatomía de un Instante de Cercas.

El espíritu de Companys, el Della Rovere de este entuerto, poseyó a Puigdemont por última vez en este viaje a los mitos de nuestros antepasados. Y como el gringo viejo de Ambroce Bierce, se vio a sí mismo diciéndole a la posteridad aquello de “morir por Pancho Villa, eso es eutanasia”.

El todavía President giró la cabeza y, con la paz momentánea del griterío reprimido por el cristal del ventanal ya cerrado, se volvió hacia quienes tanto le habían animado a tomar la cornisa para decirles con un hilo de voz un patético “No puedo….”.

Así muere la cordura.

Entre el miedo de los que no saben enfrentar los monstruos que ellos mismos han creado y la sobreabundancia de los halcones que, al otro lado del país, huelen sangre fresca para hacer olvidar cuitas más humanas que quedan a la sombra de bacanales rojigualdas o esteladas.

Cuando canceló aquélla comparecencia en prensa, cuando dirigió sus pasos al Parlament, el dinosaurio ya estaba allí, como en el cuento de Monterroso. Esperando a los pies de la cama a que el pueblo despertara de un sueño con el que los mitos de antaño envenenaron de nacionalismo las conciencias más proclives.

El procés no murió aquél día. Todavía hubo bacanal de fuegos de artificio, más cánticos patrióticos y apelaciones a la república que, a falta de reconocimiento internacional, era un estado mental que vivía en las cabezas y los corazones de gentes con la razón narcotizada.

El dinosaurio, que no estaba muerto pero estaba de parranda, se hizo presente a las pocas horas, dinamitando la épica de una resistencia que habría de durar un semestre y que terminaba en algo tan prosaico como unas autonómicas en vísperas del Gordo, el Madrid-Barcelona y la cena de Nochebuena.

De ahí a Bruselas vía Marsella, sólo quedaba la expectativa de un último arreón de euforia, buscando la complicidad internacional que nunca habría de llegar, para poner un final delirante a un viaje que arranca con un hombre devorado por las dudas delante de un ventanal entreabierto.

PD.: Tendrán la tentación los cónsules de entrar en Roma al son de la fanfarria del general victorioso. De entregar a la plebe la visión igualmente épica de las legiones escoltando al caudillo rebelde, maniatado y humillado, y gritándose a sí mismos como salvadores de la patria. Absténganse de tales euforias quienes así razonan. Que recuerden que el autor de las palabras con las que arranca este parlamento, Cicerón, alcanzó su gloria con el proceso al corrupto gobernador de Sicilia Cayo Verres.

A él le cupo la gloria, y al corrupto el exilio.

No hay Roma, ni España -ni Cataluña- en la que la gloria de la victoria sea tan grande como para hacer olvidar la vergüenza de la corrupción.

Y siempre habrá un Cicerón que recuerde que hoy mayores tempestades que afrontar en el horizonte.

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