AMADO GRANELL O LA ODISEA DEL HÉROE OLVIDADO

“Si la Legión de Honor fue creada por Napoleón para premiar a los bravos, nadie se la merece más que usted”, le dijo el general Leclerc al imponerle la condecoración.

La historia de Amado Granell, como la de todos los héroes olvidados, es la de una sucesión de victorias magras y derrotas crueles. Ganó batallas, perdió las guerras. Y cargó sobre sus hombros el peso de una leyenda que merece ser contada, aún con el lápiz afilado por la conciencia de la derrota, que diría Enzo Traverso.

La vida de este castellonense tiene más requiebros que la de un Rick en Casablanca. Con el añadido de que la suya es real. Arranca con su alistamiento en la Legión, en 1921. Quizás llevado por el idealismo, o la apelación patriótica al desquite de Annual, Granell se embarca con destino al matadero del Rif, donde miles de españoles se dejan las tripas en una guerra que lleva en las entrañas el germen de la nuestra, la del 36. Allí en el Tercio hará carrera hasta que, ya sargento, deja el ejército en 1927 y reaparece en Orihuela como civil para montar una tienda de motocicletas.

La experiencia militar era oro molido a la hora de elegir jefes en el bando republicano al comienzo de la guerra. Alguien tenía que mandar las precarias columnas de milicianos con las que frenar el golpe que venía de Marruecos. Granell sabe a qué y quienes se enfrenta. Él mismo ha sido legionario. Y se afana en poner orden en el caos de un Ejército que quiere hacer la guerra y la revolución al tiempo. Normal que perdiera ambas.

Su desempeño en el frente hará de él un oficial digno de confianza. Tanto como para terminar mandando una brigada. Siendo oficial de milicias, los vencedores le guardan un sitio en el paredón de fusilamiento. Así que toca salir de aquella ratonera en que se ha convertido España para salvar el pellejo y buscar otras banderas desde las que seguir en la brecha.

Acodado en la borda del atestado buque, Granell, el pasajero 2.073 del Stanbrook, escruta el horizonte en la oscuridad de la noche. Se arranca a llover y arrecian los llantos de los críos a bordo. Caen un par de bombas junto al muelle. A sangre y fuego hasta el final, que no haya paz para los malditos. Zarpa el viejo carbonero, mandado por un galés justo entre los justos, y sobrecargado con más de 2.600 almas. Seis meses más tardes de aquello, también aquel navío valiente, su capitán y toda su tripulación terminarán en el fondo del mar, hundidos por un submarino de Hitler.

A los piojos del campo de concentración en el que lo internan, junto a miles de republicanos más, los llaman trimotores debido a su tamaño. Penas y palos tras las alambradas. Los guardianes, pronto esbirros de Vichy, controlan la Argelia francesa y se las ven con esa recua de miserables rojos apátridas.

No hay españoles fuera de España, braman los heraldos del franquismo, desentendiéndose de ese ejército invisible de exiliados. Muchos acabarán en Mathausen. Otros, víctimas de la furia caníbal las SS, como los 25 refugiados españoles en el pueblo mártir de Oradour, entre ellos dos bebés con menos de un año de vida. También a ellos se los tragará el olvido.

Con dos guerras a cuestas, Granell no le hace ascos a una tercera. Aún se ve joven, a sus 45. Es un tipo atlético, endurecido por el sol africano, la trinchera y el internamiento en el Sáhara. Y si hay que volver a dar barrigazos para salir del agujero argelino, mejor hacerlo con la gente de De Gaulle, que llega pidiendo voluntarios con ganas de jugarse el cuello por la marsellesa, que a fin de cuentas era como la Internacional antes de que existiera la Internacional. La guerra aún no está clara y escasean los franceses que quieran morir por Francia. Pero no los españoles que quieren ajustar cuentas con los alemanes.

Tercera travesía africana del héroe. Esta vez de salida, con destino a la campiña inglesa.

Pese a haber mandado una brigada en España, los franceses le dan una sección. Si pudo mandar sobre 2.000 tíos, podrá apañarse para poner orden entre 40, todos de casa, en una compañía más española que un carajillo de coñac peleón.

La Nueve la llaman. Tercer batallón, Regimiento de Marcha del Chad, Segunda División Blindada.

La manda un tal Dronne, que aprende a respetar a esos españoles de piel oscura y cerrada barba. Gente bregada en el combate; ocho años dando tiros son el pasaporte para ser vanguardia de la división. Casi todos tienen la mirada torva y huidiza. Se han llevado tantos golpes y humillaciones que recelan. Como perros apaleados, desconfían de quien osa ponerles la mano en el lomo. Difíciles de mandar, dirá el francés. Pero fieros en la pelea, como si tuvieran que demostrarle algo al mundo.

El día 22 de agosto de 1944 Dronne le pide a Granell que avance con su sección desde la Place d´Italie en dirección a la Place Pinol. Que coja la Rue Esquirol en paralelo al Sena y busque con los enlaces de la Resistencia el modo de plantarse en el Ayuntamiento de París antes de que acabe el día. Al pasajero 2.073 del Stanbrooke; al joven legionario del Rif; al comandante de la 49 Brigada del Ejército de la República, le cae en gracia ser el primer oficial en poner un pie en el corazón de la ciudad.

Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento, despliega a su sección. Dos blindados para proteger las esquinas. Y el grueso de la tropa cubriendo la orilla del Sena, donde más expuestos están por la proximidad con el cuartel general alemán, en el Hotel Meurice de la Rue Rivoli. Allí se atrinchera Chotlitz, el general alemán que, horás más tarde, no podrá atender la llamada de Hitler preguntando obsesivamente: “¿Arde París?”. Entre otras cosas, porque en ese momento un extremeño y un sevillano lo tienen encañonado y con ganas de llenarle la barriga de balas.

Liberation lleva su imagen –la del oficial Granell- a la portada. A su lado, Bidault y otros líderes de la Resistencia, emisarios de De Gaulle en la capital. Que la realidad no te machaque un titular épico. Y si hay que decir que ese rostro enjuto y curtido por el sol es el de un capitán francés, así sea en el pie de foto. «Alternative facts», que diríamos hoy. Tener que dar explicaciones sobre por qué hay españoles librando esa guerra no ha lugar en el altar del relato heroico con el que purgar la Francia miserable de Petain y Vichy.

Con su Legión de Honor prendida en el pecho, Granell aún se ve con fuerzas para una última quimera. Acaba de perder su última guerra: la caída de Franco, que no llega, como epílogo en el ocaso de los dioses del nazismo.

Al menos esta vez se ha dado el gusto de ganar una batalla.

Esa quimera le lleva a militar en el campo de la reconciliación con antiguos enemigos. Habrá de verse con emisarios de don Juan de Borbón para explorar, por encargo de Prieto, la restauración de una monarquía parlamentaria en España. La democracia a cualquier precio. Incluso sacrificando el ideal republicano que dio sentido a su vida para no tener que ver a su país convertido en coche escoba del fascismo en la nueva Europa.

Será la última derrota. Y de esa no se repondrá. Monta un restaurante en París, donde encontrarse con viejos camaradas. Pocos quedan. De los 145 de Normandía, menos de 20. Cuesta no imaginarles rememorando hazañas para ahogar la mala sangre del exilio y el olvido.

Cruza de vuelta la frontera de camino a España cuando el régimen suaviza su fiereza para atraer divisas y turistas. Lo imagino humillado, apretando los puños en silencio cada vez que pasa delante de algún símbolo de esa España  que sestea en la paz de los cementerios y sembrada de camposantos clandestinos en las cunetas.

Y aquí se deja morir, descreído de todo. Él, temerario motociclista de joven; que ha cruzado los campos de minas alemanes de la Lorena en jeeps y semiorugas; que ha surcado mares sobre bañeras flotantes al límite de su capacidad; se deja la vida en un anodino accidente de tráfico. Ironías del destino, se dirigía a Valencia a gestionar la pensión a la que tenía derecho como antiguo oficial francés.

Granell casi no tiene quien le llore ni recuerde sus gestas. Es una nota a pie de página en el olvidado siglo XX. Un figurante inesperado en el teatro de la Historia de esta España acostumbrada a glorificar medianías y enterrar quijotes bajo el peso del olvido.

Mientras losas de sobrio mármol cubren con honores los mausoleos de carniceros de mil raleas, un nicho discreto en el cementerio de Sueca cobija los restos de un soldado que luchó por la libertad de Europa. Su memoria se pierde en la niebla del tiempo, en un país hecho a racanear la gloria a quien más la merece.

Flanquean su lápida, sufragada por el gobierno francés, una palma de plata y la insignia de Caballero de la Legión de Honor. Y bajo su nombre grabado, un lacónico epitafio que parece advertirnos contra la injusticia del olvido de su odisea: “Los que te quieren…”.

Amado Granell Mesado entró en París un 24 de agosto de 1944 junto a un puñado de españoles de la 9ª compañía, tercer batallón del regimiento de Marcha del Chad, 2ª División Blindada de la Francia Libre.  Hoy, a los 75 años de aquella gesta, ya es hora de que España despierte de su amnesia autoimpuesta y honre la memoria de unos valientes que, con su lucha, nos redimieron a todos en mitad de los años bárbaros.

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