Amnesia europea, miopía política y deserción ciudadana.

Todos echamos pestes de Europa en estos tiempos turbulentos.

No sólo los que sufrimos los embates de una crisis que a orillas del Mediterráneo ya es depresión económica, política y moral, sino también aquéllos que se consideran lastrados por los países del sur, responsables según los del norte, de arrastrar a la moneda única con sus problemas estructurales y las propias debilidades que contagian a los que sí son aplicados alumnos en este consorcio de los horrores en que se ha convertido el euro.

Hubo un tiempo en que todos quisimos ser europeos. Aquí en el sur, por razones obvias. Europa implicaba modernidad, progreso, democracia, crecimiento y desarrollo, en una perfecta ecuación entre integración política e impulso económico articulada sobre la base del respeto a los derechos humanos y la superación de los viejos odios nacionales que habían llenado las fosas de Flandes de millones de cadáveres en dos guerras mundiales. Allí, en el norte, porque algunos, como Churchill o De Gaulle, barruntaban la sincera pequeñez de sus desvencijadas naciones una vez despojadas de los imperios coloniales que les dieron su grandeur en los dos últimos siglos. Todo ello en medio de la emergencia de nuevas superpotencias globales que amenazaban con liquidar a los pequeños reinos europeos, tan cargados de historia como faltos de fuerzas.

En este relato, la Historia nos habla de un pacto de cesiones mutuas para alcanzar el ideal de la construcción de un espacio de paz e imperio del estado de derecho, en el que bajo la coartada de la construcción de un mercado único que dinamizara e interconectara las economías, se fueran tendiendo sólidos puentes para la verdadera unión, la política, que terminaría pariendo a un gran actor global a partir de la suma de todos.

En esencia, el negocio sería la coartada para la creación de una unión política que, en último término, desterrase no sólo el peligro sino el recuerdo de las guerras de los abuelos y bisabuelos de la actual generación gobernante. Pero tan exitoso fue el empeño que hoy, a las puertas de la defección británica o con el rechazo en las calles de los países del sur a esta Europa alemana, hemos olvidado las verdaderas razones que impulsaron la creación de este invento que una vez fue definido como patrimonio de la humanidad por alguien tan respetado como Lula da Silva.

La miopía de los líderes del presente no solo se circunscribe a las recetas económicas para salvar un euro amenazado, como una panda de niños malcriados que abrazan la pelota para que los más desharrapados no jueguen con ella, como si la fueran a romper de tan torpes que son. Se focaliza en el olvido de las lecciones de la Historia como hilo conductor entre nuestro tiempo y el lugar del que venimos. Porque no venimos de la negociación de la PAC, de los fondos estructurales, de Maastricht, del programa Erasmus, de Angela Merkel o de Durao Barroso. Tampoco venimos de la apelación a un territorio mítico, cargado de la razón que otorga creernos herederos de los viejos griegos, de Roma, de Descartes, Newton, Locke o Tomas Moro.

Venimos de un lugar mucho más sombrío y oscuro.

Ese lugar está trufado de cruces blancas que recuerdan el sacrificio de generaciones pasadas de alemanes, franceses, italianos, ingleses, belgas o polacos. A este lado del continente, en Flandes y Picardía, las cicatrices de la historia nos recuerdan las estúpidas matanzas de la Gran Guerra del 14. Nos recuerdan el odio insano de pueblos apenas separados por un río, guiados por el recelo mutuo a partir de generaciones de políticos que excitaron los peores instintos para perpetrar una carnicería que se llevó por delante a casi 10 millones de hombres.

Son los mismos campos en los que una generación posterior caminó hacia la muerte en medio de la segunda parte de aquélla matanza europea, esta vez bajo la sombra de la esvástica.

Ahora, en medio de la deserción masiva del ideal europeo, el relativismo más absurdo está a punto de llevarnos nuevamente al desmantelamiento de un proyecto que surgió del fango de las trincheras, alimentado del recuerdo de todo aquello que debía evitarse a toda costa. Y, aunque a nadie se le ocurra pensar en una reedición de los viejos enfrentamientos armados entre estados que han amortiguado el peso del odio que corría por sus venas, asistimos a la peor de las deserciones en el ideal europeo: la de la ciudadanía.

No se trata de apelar al peso de la historia, al miedo al pasado como factor esencial en el ideal europeo. Se trata de construir una identidad histórica basada en el territorio de lo concreto, de aquello por lo que realmente nació como idea superadora de un territorio de barbarie en el que se conjugaron términos aquí acuñados, en la sabia y refinada Europa, y que hoy en día dormitan en algún lugar olvidado de nuestra conciencia secuestrada por primas de riesgo y diferenciales de deuda. Términos como genocidio, bombardeos en masa, limpiezas étnicas o utilización de armas químicas.

Se trata, en definitiva, de recuperar el lado sombrío de una historia menos presentable y amable, pero que se encuentra en el verdadero germen de un proyecto de integración política del que la ciudadanía se exilia, alentada por líderes de cartón piedra ahogados por la inmediatez del momento e incapaces de ver la magnitud de una obra que supera, con mucho, su limitada capacidad de acción.

Y no para fustigarnos con el miedo al pasado o para vivir atenazados por su recuerdo, sino para tener la perspectiva necesaria que nos ayude a todos, a los del norte y a los del sur del continente, a reconquistar al pueblo como protagonista esencial de un ideal que se nos muere entre los dedos.

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2 comentarios en “Amnesia europea, miopía política y deserción ciudadana.

  1. Muy interesante el post, Jesús. Estoy de acuerdo que el negocio no puede ser la razón suficiente para una unión política y, como dices, tampoco puede ser el miedo al pasado. Para mí, es el fracaso de los líderes políticos de Europa para centrarse suficientemente en la necesidad de una integración social verdadera. Una Unión Europea en que sus ciudadanos no se entiende por falta de conocimientos lingüísticos y en que muy pocos están dispuestos a mudarse a otro país de la Unión, es una Unión vacio. Ya existe una crisis de legitimidad democrática. Me temo que cualquier intento de forzar una unión política sin la base de empatía que solo puede aportar una identidad europea profunda está destinado al fracaso. Y hablando de conocimientos lingüísticos, como inglés, ¡no soy nadie para dar lecciones!
    Un saludo
    James

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