ARRIMADAS, PUIGDEMONT Y MACHADO

Domingo 24 de febrero, mediodía.

El Presidente del Gobierno participa en un homenaje a la memoria de dos españoles insignes. Dos españoles cuyos huesos merecerían descansar en la tierra que les vio nacer y que les expulsó de su ser para dejarse morir en la otra ladera del Pirineo.

A ambos, Antonio Machado y Manuel Azaña, la muerte les salvó de una humillación postrera. Anduvo la Gestapo rondando la figura del antiguo Presidente de la República, ya en la Francia ocupada y humillada del traidor Petain, para devolverlo a las fauces sedientas de sangre de la nueva España franquista. Por las plazas de Montauban, última morada del viejo presidente, merodeaban los agentes de Franco, como hienas. Cuenta la historia que ni aún de cuerpo yacente, permitieron que el féretro fuera cubierto con la bandera republicana, ya ilegal en aquella Francia nazi. Y que un héroe inesperado, cónsul de México de Toulouse, cubrió el ataúd con la bandera de ese país en señal de desafío, para que al menos una patria lejana reclamara al ahora apátrida Azaña.

A Machado, muerto un año antes que el viejo Presidente, le pilló la muerte en la Francia desnortada pero aún democrática de antes de la invasión alemana. Su entierro, igual de austero, se libró de la procesión de buitres carroñeros del viejo Presidente de la República. Permitieron incluso que doce soldados del ejército republicano fueran liberados fugazmente para llevar el ataúd del viejo poeta hasta su última morada, en el pueblecito costero de Collioure.

 

A la misma hora en que el Presidente del Gobierno, evoca la memoria de Azaña y Machado, Inés Arrimadas estará aterrizando en Bruselas, donde los acólitos la esperan para llevarla a Waterloo, esa aldea donde antaño tronaron los cañones que hicieron Europa tal como la conocemos y que hoy alberga los aposentos de la corte imaginaria de un President imaginario de la República imaginaria y virtual de Cataluña.

Inés Arrimadas perdió el vuelo que la llevaba a Colón hace unas semanas. Una forma elegante y poco original al tiempo de evitar que su imagen quedara contaminada en el encuadre por la presencia de Abascal y el eructo reaccionario de Vox. Es de suponer que a Puigdemont no le haga tal desplante y ponga más empeño en escenificar su contrarrevolución posmoderna, de pose y figuración contestataria, en una visita tan simbólica como estúpida.

Arrimadas luce sonrisa angelical. Es la Marianne de la revolución naranja. No tiene el rostro avinagrado que ya luce Albert, avejentado desde que tuvo que compartir plano con la ultraderecha de ínfulas imperiales y mentón apuntado al cielo, con el empaque marcial -acrecentado por la culpa- que tienen que lucir los que no hicieron la mili porque tenían los pies planos. Ardor guerrero de pulserita y glosa a los Tercios de Flandes.

Contaba Daniel Gascón en su “golpe posmoderno”, que el independentismo nutre sus actos de escenificaciones simbólicas para llenar el vacío y las contradicciones de su propia propuesta. La presencia de Arrimadas en Waterloo es la prueba del triunfo de esa estrategia de vacuidad, de gestualidad impostada. Y transversal, por cierto, de la que participa también cierta izquierda de pose, gesto y performance, como la que lució bebés en el hemiciclo para “visibilizar” no-se-qué en uno de los pocos espacios laborales de España que tienen guardería.

Lo que va a hacer Inés a Waterloo la iguala en la estupidez posmoderna a los indepes que montan  congas en Berga; o a lo que hacían los abstencionistas de las elecciones americanas tras el triunfo de Trump, reunidos en lo alto de un rascacielos para gritar al mundo su frustración por la victoria electoral del millonario americano. Mejor que hubieran ido a votar, en lugar de gritar con rabia, como dice Bernabé en su “Trampa de la diversidad”.

El caso es que Inés pierde una oportunidad única para descolocar a diestro y siniestro al optar por la vía de la contrarrevolución posmoderna en Waterloo en lugar de pisar los espacios de la memoria en los que miles de españoles purgaron la derrota de la democracia. Al ir a Bélgica a hacer lo que precisamente más motiva a los indepes; a externalizar el conflicto con una bufonada posmoderna que muestra la obsesión de algunos por meter a Puigdemont en campaña.

Cada uno elige sus amigos y sus espacios de homenaje. Arrimadas pudo elegir Colliure y eligió Waterloo. Pudo elegir Machado y Azaña, y eligió Puigdemont. Pudo elegir sensatez, y eligió bronca.

La sonrisa de la contrarrevolución nunca será la misma. Puede que nunca comparta escenario con Abascal. Puede que nunca la vean agitando banderas con la extrema derecha en plazas cargadas de ira. Pero, a la hora de la verdad, como ya ha dicho su todavía jefe, no dudará en elegir compañero de viaje para la España que ha de surgir tras el 28 de abril.

Arrimadas, Ciudadanos y Puigdemont se necesitan. Para esa foto, aún metafórica a las puertas del palacio de la no-república, si hay tiempo. Ojalá esa derecha tuviera tiempo para la otro foto. La que se perderán en el cementerio de Colliure. La primera ilustra la bronca que necesitan para vivir. La segunda un acto de justicia con la historia que algunos siempre tienen razones para postergar.

 

 

 

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