Austeridad hacia la nada

Al flamante nuevo Presidente del Gobierno de la maltrecha España le entregaron un mandato claro: recortes. Y reformas, que es la forma en que los tecnócratas europeos de consultoría fina aluden a las violentas modificaciones legislativas que reclaman a las economías periféricas para mejorar su competitividad.

Le dijeron que con una agenda clara de “reformas” –entrecomillemos el eufemismo-, en los ámbitos laboral, fiscal, financiero, de la administración y de los costosos servicios públicos esenciales, se obraría el milagro de acercar el dinero caliente de los inversores a los maltrechos emisores de deuda ibéricos: estados, autonomías y bancos.

Los inversores, maravillados por el milagro, aceptarían comprar deuda española, convencidos de la sostenibilidad de una economía fiable, construida a base de devaluaciones internas, pagando por esa deuda unos intereses más moderados que los que se exigían a países verdaderamente gamberros y poco cumplidores.

Le creyeron cuando argumentó su profético apostolado. Diría la verdad siempre, les dijo. No ocultaría facturas en los cajones; no le temblaría el pulso a la hora de tomar decisiones difíciles; no vacilaría a la hora de elegir entre popularidad pasajera y altura de miras.

Y fue entonces cuando apareció el auténtico Rajoy. El diletante. El que aplaza la toma de decisiones. El que espera a que el nublo escampe, escondiendo la cabeza a resguardo, aunque la techumbre tuviera tantas goteras que le empapasen el resto del cuerpo. El que dice una cosa y la contraria. El que tiene dificultad para entender su propia letra y sólo habla por y para la gente normal y decente. Y decidió aportar lo suyo al debate sobre la confianza y el crédito exterior con decisiones que, estas sí, no cabe achacar a Bruselas o Frankfurt.

Porque remolonear con el presupuesto a cuenta de las elecciones andaluzas fue su decisión. Suya y de nadie más. Y de tal calado, que a día de hoy 25 de mayo, siguen sin estar en vigor las cuentas para un ejercicio del que ya se ha consumido el 40%. Y con ellos, los de comunidades autónomas, ayuntamientos y demás organismos públicos que encontraron en esta parsimonia un balón de oxígeno para no dar cuenta de sus números hasta que la canícula veraniega ahogase los lamentos de queja de oposición y ciudadanos damnificados en las playas o con la Eurocopa en juego. El fútbol y su épica de distracción al rescate en este país.

Porque la chapuza política de Bankia sale de Génova. Y de las maniobras internas de barones y baronesas que se ajustaban cuentas pendientes con Rato de fondo.

Y porque los líderes más solventes, los que presumían de números, también salieron del armario de la ejemplaridad en las cuentas para decir lo peor que se puede decir en este momento. Que no es que uno tiene un déficit más o menos elevado. Es, sencillamente, no decir la verdad y mentir a los que nos vigilan obsesivamente.

Mariano Rajoy abrazó el canto a la austeridad merkeliano, con indisimulado entusiasmo. Convencido de que el círculo virtuoso del cumplimiento del objetivo de déficit pasaba por resultar creíble, adelgazar el gasto público y mostrar imagen de fuerza. Presupuestó ingresos y gastos con premisas draconianas. Confiando en que el coste de la deuda española minoraría conforme avanzara el año. Lo fió todo al crédito. A la confianza, tal como expresó en la campaña que le hizo presidente.

Pero la prima de riesgo amenaza con derribar su apuesta. De nada sirve la austeridad, los recortes masivos y la depresión momentánea si los inversores siguen dando la espalda. Porque si el presupuesto de gasto en intereses de deuda se dispara al ritmo actual, el resultado será dramático para España. Y para el Gobierno. De nada le habrán servido los recortes, más que para aportar un sacrificio estéril en el altar de una austeridad que no condujo a nada. Porque el valor de lo recortado lo acaba destinando a sanear un banco podrido, por un lado, y por otro a pagar el miedo del inversor externo a no recuperar sus bonos. Y es que eso es la prima de riesgo; el miedo del inversor a perder lo invertido.

La espiral diabólica de Rajoy amenaza con tumbar su crédito y con él, el de toda España. A nadie le importará que el país fuera capaz de acometer sacrificios dramáticos para cuadrar sus cuentas. A ningún Eurogrupo, supervisor europeo, Troika y demás jerga ad hoc construida al hilo de las turbulencias del euro, le importará demasiado la forma en que España se desvió del objetivo de déficit, y si fue injusto o no el resbalón, a causa de un castigo inmerecido de los mercados o de las calificaciones arbitrarias de las agencias de rating.

Lo que importa, en estos tiempos de pragmatismo mecánico germano, es el fondo, el resultado. Que no cumplimos. Y que no cumpliremos. Justa o injustamente es lo de menos.

Lo de más, que Rajoy se diluye en el camino de la austeridad más estéril. Estéril para él, que poco importa al común de los mortales. Pero estéril para los españoles, cuya economía se devalúa a sí misma con la certeza evidente de que ello no conducirá más que a la nada. Sangre, sudor y lágrimas, a cambio de nada.

 

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