El 15 de abril de 1944, Nikolay Fiodorovitch Vatutin exhala su último aliento en un hospital de Kiev.

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Ultimo adios al general Vatutin

Rodeado de sus  fieles desde los días de la batalla de Kursk, el gran general soviético, superviviente de las purgas del ejército de los 30, ha lidiado con lo peor de la gran guerra patriótica contra el invasor alemán de la Madre Rusia. La retirada inicial ante el avance nazi, las intrigas de los aduladores del líder, o la patológica desconfianza de un psicópata llamado Stalin, ansioso por encontrar cabezas de turco para expiar los desastres del Ejército Rojo en los primeros meses de guerra.

Y tiene que ser ahora, precisamente ahora, cuando los alemanes se retiran caóticamente hacia la Prusia Oriental de cuyos cuarteles salieron tres años antes para la operación Barbarroja, cuando la muerte sorprende a Vatutin, héroe de la Unión Soviética.

Será uno de sus subalternos, Zukov, al que le quepa la gloria de entrar en Berlín; de pasear a lomos de un caballo blanco en el desfile de la victoria, dentro de un año, en la Plaza Roja, ante las mismas narices de Stalin. Será Zukov el hombre cuyo recuerdo perviva en los libros de historia y relegue a Vatutin, el héroe de la mayor batalla de tanques de la historia, a un papel de secundario en el teatro de la gran epopeya.

A Nikolay Fiodorovitch le quita la vida la sepsis, la infección en la sangre provocada por las heridas causadas en un ataque perpetrado por nacionalistas ucranianos, seis semanas antes, en el oblast de Rivne, en la Ucrania Occidental, la que linda con Polonia y Bielorrusia y ha sido históricamente hostil con la rusificación de esa tierra.

Durante tres años ha estado expuesto a los stukas, los pánzer, las minas, los francotiradores o la élite de las divisiones SS. Pero tiene que ser una panda de partisanos antibolcheviques ucranianos los que liquiden el sueño de Nikolay de entrar en un Berlín. Son una fuerza abigarrada que ha matado por igual nazis, polacos y rusos. Se hacen llamar Ukrayins’ka Povstans’ka Armiya, UPA o Ejército lnsurgente Ucraniano, y muchos años más tarde, el Presidente Yuschenko, padre de la revolución Naranja y antecesor de Yanukovich, establecerá el 14 de octubre como fiesta nacional para honrar a sus integrantes.

Kiev, 28 de febrero de 2014.

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Protestas prorrusas en Simferopol, Crimea

Hoy, precisamente hoy, se cumplen 70 años del atentado contra Vatutin. Al viejo héroe de la Unión Soviética se le recuerda en una estatua situada en Marilyinski Park, justo delante de la Rada, el Parlamento ucraniano. De allí sale el acuerdo de destitución de Yanukovich, el Presidente prorruso, líder del Partido de las Regiones que ha intentado pactar una salida al caos generado por la división de un país en el que dos almas opuestas conviven de forma maniquea, negándose la una a la otra.

En unas horas, Yanukovich está en Rusia y tropas rusas salen de sus cuarteles para ocupar militarmente Crimea. Precisamente hoy, 28 de febrero.

Nada es casual en el universo de Putin. Ha mantenido el silencio mientras los acontecimientos se precipitaban y estallaban inoportunamente mientras cerraba los Juegos de Sochi.

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Putin y el patriarca Kiril.

También en el verano del 36, mientras Hitler cerraba los juegos en Berlín, firmaba en los entreactos de las pruebas atléticas el envío de aviones y armas a los sublevados de Franco. También en Los Angeles, en el 84, Reagan agilizaba los envíos de armas a la Contra mientras asistía a la orgía de metales de Carl Lewis.

Ahora en Sochi, mientras el líder de esta nueva Rusia imperial asistía a los fastos olímpicos, cerraba con su estado mayor la operación de rusificación de la península de Crimea. Tiene que ser allí, en la tierra de Yalta, donde se selló el destino de 200 millones de europeos tras la Segunda Guerra Mundial. A orillas del Mar Negro,  sobre el que se acunó siempre la obsesión zarista por el sur de Europa. La puerta al Mediterráneo, a los Dardanelos. A la vieja Constantinopla que representa la Roma de los ortodoxos rusos, cuyo pope Kiril bendice ahora la intervención de Putin en Crimea.

En lenguaje diplomático, en el que el idioma francés ha dejado su impronta, estamos asistiendo a una concatenación de faits accompli”, hechos consumados.Ya no hay alternativa posible, y en esa clave hay que entender los movimientos de Putin. Exhibe músculo y nadie puede pararle, porque hacerlo exige de alternativas impensables que conducen al caos.

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Monumento a los ingleses muertos en Crimea

Delante de la estatua de Vatutin, el general al que partisanos ucranianos le arrebataron el sueño de entrar en Berlín, se consuma 70 años después el retorno del oso ruso a la vieja Crimea.

Me detengo al final de Regent Street, en Waterloo Place. Delante de mis narices se alza la estatua de tres soldados silentes, que prenden rifle y bayoneta en posición de descanso. Son el recuerdo a la aventura británica en Crimea, hace siglo y medio.Son la delgada línea roja, la carga de la brigada ligera. Balaklava. Errol Flynn cabalgando hacia la muerte.

Una aventura, la inglesa, para frenar las aspiraciones rusas sobre Estambul, la llave a las cálidas aguas del británico Mar Mediterráneo. La obsesión rusa que explica cosas como la de Siria. La obsesión occidental que explica tantas otras cosas.

Allí, a orillas del Mar Negro. Otra vez en el punto en que Oriente se encuentra con Occidente y la geopolítica dibuja con trazo grueso siglos de batallas olvidadas. Es allí donde Europa y el mundo se asoman al abismo.

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One thought on “Ucrania, Crimea y el olvidado general Vatutin

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