BANDERAS, PATRIAS, ESTADOS

Domingo por la mañana, camino de la Cuesta de Moyano, en Madrid.

Doy un rodeo largo desde Chamberí. Cruzando todas las rotondas abiertas, esquinadas las bocacalles  por edificios señoriales del Madrid del primer ensanche burgués, el de los nuevos ricos que traen apellidos de la periferia industriosa a la capital que vive su momento jacobino y centralizador.

Coronan los edificios azoteas almenadas, delirios neorrománticos hijos de un tiempo de ostentación en las alturas  con filigranas y torreones que rivalizan con las agujas de las iglesias. Es el poder de la arquitectura civil, henchido del capital de familias vascas y catalanas, desafiante frente al decadente de la Iglesia que se lame las heridas de la grandeza perdida por culpa de masones y políticos de mente clara como Mendizábal.

Por todas partes, bien visibles, banderas rojigualdas adornan ilustres balconadas.

Me da por fantasear en los herederos de los palacetes levantados en aquél Madrid de Pérez Galdós; de Espartero; de Cánovas. En el hilo temporal que ata a los pioneros de aquéllas fortunas primigenias con los moradores del presente. Y en la desmedida pasión española que se exhibe en los balcones de tan alta cuna.

Tres día antes de este domingo. Parada de Las Suertes, en Vallecas. La parada del Ikea del sur, en el corazón del Ensanche de Vallecas, a ver si me agencio algún ingenio coqueto para el mobiliario del baño. Manzanas de extrarradio, levantadas en el límite de la ciudad, de la que cuelgan como el extremo precario del hilo de una cometa en este Madrid concéntrico, que reproduce para sí mismo lo que es para toda la España radial, vertebrada de norte a sur a partir de una estrella de seis puntas.

Aquí casi no hay banderas en los balcones, entre otras cosas porque además de ser menudos, guardan su espacio para la colada que en el otro Madrid, el señorial y de las banderas, no se exhibe. Nobleza y elegancia obligan.

La patria y la bandera son cosa de ricos en esta España cuarteada por la misma periferia ibérica que antaño llevó sus capitales y sus apellidos a esta capital.

Una patria que no precisa del estado, que eso es cosa de pobres, y que siempre fue débil en la España que se gobernaba mejor desde los cuarteles y las iglesias que desde los ministerios, esa invención de masones y liberales.

El estado es la cola del paro; es la gestión laberíntica para pedir una no contributiva; es la fila de las ocho en el Centro de Salud del barrio; es la ventanilla del servicio de empadronamiento. Y es un artefacto relativamente reciente en España, en comparación con su avance en otras partes del continente casi un siglo antes.

A la derecha en España, el estado le huele a pobreza, a beneficencia. Es por eso por lo que buscó como representación de lo colectivo el amor desmedido por una bandera que, en buena parte de nuestro entorno, ha tenido la significación opuesta a lo que ocurre en nuestro país. 

Aquí, más patria que estado. Allí, más estado que patria.

Una bandera que luego colonizó con soberbia y avaricia, frente a la izquierda que se dejó arrebatar la propia idea de España en la renuncia del amor no correspondido del republicanismo del exilio.

Es la misma derecha que se queja amargamente de que el común de los mortales no sienta el mismo apego por los colores de la bandera, por la exhibición orgullosa de la misma, con el sentido devoto y patriótico que se tiene en Francia, Reino Unido o Estados Unidos. La que se queja de ser la única que sostiene el símbolo patrio frente a la desidia de una izquierda acomplejada en el particular.

Las gentes que viven en el barrio de Salamanca no precisan del estado. No al menos del modo en que se echa en falta en el ensanche de Vallecas. No llevan a sus críos a la escuela pública; el seguro médico les aparta del sistema de cobertura sanitaria universal; y para gestionar la burocracia, tienen gestores y abogados que hacen cola por ellos en las ventanillas de las administraciones.

Esa derecha enamorada de la rojigualda, exhibicionista hasta el exceso de estandartes en barandillas de edificios de alcurnia, no precisa de lo público como se le echa en falta en Vallecas cuando las aulas están masificadas, cuando hay que esperar seis meses a un especialista o cuando la ayuda para la dependencia no llega en un plazo decente.

Ojalá fueran capaces de entender que un símbolo adquiere toda su fuerza cuando hay una realidad tangible que lo sustenta. Y lo cierto es que en la historia de España, durante demasiado tiempo la única presencia del estado fue la de las fuerzas del orden. La guardia civil patrullando caminos infestados de bandoleros y contrabandistas.

Dónde si no en nuestro país, o en el miserable Mezzogiorno italiano, pudo si no arraigar con más fuerza que en ningún otro lugar la doctrina anarquista negadora de un Estado que no estaba ni era esperado.

El poder de un símbolo necesita de un relato creíble para ser integrador. En Francia o en Estados Unidos, la bandera arranca con una revolución que integra en sus colores la apelación al pueblo. De hecho, el último Borbón con aspiraciones más que reales de ocupar el trono francés, rechazó el mismo en cuanto las autoridades le negaron su exigencia de renegar del pendón tricolor de la revolución de 1789 como bandera oficial. En Alemania, la bandera negra roja y amarilla es la bandera del Weimar de entreguerras, la inspiradora república de libertades y filósofos que quiso emular el republicanismo ilustrado español, krausista y orteguiano.

La gran tragedia del relato simbólico de nuestra bandera no está, sin embargo, en su origen como pabellón naval reconvertido a enseña patria por las Cortes de Cádiz.

Sino en el hecho de que quienes más abusen de su exhibición sean los mismos que menos precisan de la idea colectiva de una España que se preocupe de lo que más importa.

Su propia gente.

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