Bárcenas y la marca España. Crónica de un día en el vertedero.

En un día como el de hoy, en pleno terremoto Bárcenas, uno diría que Rajoy es un cadáver político, desacreditado por los escándalos internos, percibido en el exterior como un líder gris, aislado por sus aliados ideológicos naturales y rodeado de ministros que se han quemado con tanta rapidez que los golpes que reciben afectan por elevación al propio Presidente del gobierno.

Ante un panorama como este, ni la holgura que presta una mayoría absoluta, ni la lejanía en el tiempo de próximas citas electorales pueden tener el efecto balsámico que debieran en liderazgos asolados por una caída en popularidad e intención de voto tan pronunciada como la que anuncian las encuestas.

Son esos factores –fortaleza parlamentaria y tiempo- los que suelen apuntalar las remontadas que conducen en volandas hacia un segundo mandato.

El problema de Rajoy es que él no encarna la esperanza de un segundo mandato ni para su partido. Acumula dos derrotas electorales -2004 y 2008- antes de llegar a La Moncloa más por desplome ajeno que por méritos propios. Y tanto el vértigo de los acontecimientos cotidianos como la situación económica han terminado por convertir un ya de por sí poco ilusionante mandato gubernamental en una sucesión de frustraciones que, a estas alturas, ni la promesa de una tierra prometida en forma de débil remontada anualmente pospuesta de 2012 a 2013 y a 2014 puede remediar. Lo cual, dicho sea de paso, permite pensar en que detrás de tantas revelaciones haya algo de más alcance: una despiadada batalla interna por la carrera sucesoria del amortizado Rajoy.

Es cierto que en la historia hay muchos líderes sepultados anticipadamente, para desgracia de los adversarios que se frotaban las manos ante el deceso inminente. No creo que sea el caso. El affaire Bárcenas promete muchos días de portadas escandalosas como las de hoy, lo cual garantiza que asistamos a uno de esos escándalos sostenidos en el tiempo, alimentado con todos los ingredientes del folletín de la vergüenza ajena, el que más subleva en un país en depresión económica profunda y graves indicios de fractura social.

Pero, ¿cómo afecta este desastre a la imagen de España?

De la catarata de tweets y mensajes que han dado cuenta del malestar ciudadano en este día, me quedo con uno  que carece del habitual formato de cita proverbial pegadiza, con pinta de sabio refrán que habitualmente triunfa en estos mundos de 140 caracteres. Y que además, está en inglés: Spain is uninvestible. Mejor no invertir en esta España, en resumidas cuentas.

Cinco palabras que, en un día como hoy, sintetizan la imagen que traslada España al mundo en este momento. Un país en el que no se dan las condiciones para invertir. En el que no hay ni seguridad jurídica, ni estabilidad económica ni solvencia institucional que garanticen que este sea un lugar apto para que a alguien se le ocurra poner sus dineros a generar beneficios por estos lares.

Si me quieren considerar un antipatriota por decir esto, asumo con resignación el calificativo. Pero, sinceramente, hay días en los que no se tiene ganas ni de fingir o aparentar un optimismo ya bastante forzado como el que algunos gurús y creativos pretenden insuflar a golpe de campañas basadas en sentencias como confianza, este es un gran país o esto lo arreglamos entre todos. Permítanme que recuerde en este punto  el último spot navideño de Campofrío, con el matiz de que ahora entiendo el verdadero significado del anuncio: tenemos chorizos para repartir, ciertamente. Basta con un vistazo a la prensa extranjera en el día de hoy para vernos ante el espejo de un mundo que nos empeñamos en ignorar. Porque así es como realmente nos ven.

He empezado este breviario depresivo analizando la figura disminuida de un presidente como Rajoy, atrapado por la imagen del eterno indolente y diletante que busca en el pausado tránsito de las manecillas del reloj la solución a los problemas que le aquejan a él y a su partido. Siempre a la espera de que la atención se desvíe en cualquier otro asunto o, si hay suerte, con algún desliz de los de la acera contraria. Es hora de reaccionar.

La gente percibe con toda crudeza, que hay que cambiarlo todo. Romper con las frases hechas y las sentencias vacías del tipo el normal funcionamiento de las instituciones, una de mis favoritas. Porque hace mucho tiempo que las instituciones no funcionan como debieran.

Basta de pasteleos y repartos de poder en órganos que deben fiscalizar con rigor, como el Tribunal de Cuentas, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España o el Tribunal Constitucional. Ya conocen, quienes me hayan seguido hasta ahora, del tono crítico que mantengo sobre instituciones de rancio abolengo, abotargadas en  el sistema por pura inercia más que por sentido práctico. Mantenidas por pura costumbre. Y ya se sabe que para muchos, la costumbre es la antesala de la ley, de modo tal que el legislador termina cortando trajes articulados a instituciones y procedimientos que están y permanecen inalterados porque sí.

La ruptura con este escenario sólo podrá venir de quien tenga la valentía de renunciar a más prebendas pactadas. De quien aborde con valor una regeneración política que rompa con deudas de honor que se ventilan al inicio de cada legislatura en las trastiendas del poder, fuera de todo control y al margen del conocimiento público. De quienes estén dispuestos a renunciar a las prebendas del ahora para conquistar la credibilidad del mañana.

Hoy en España, el problema no es la corrupción en sí. Ni su insoportable omnipresencia, con puntualidad diaria. El problema es que nos estamos acostumbrando a ella.

Y esa tolerancia es la que requieren las únicas inversiones que se atisban en el horizonte, las que están cómodas con ese hedor.

 Por eso viene Adelson con Eurovegas. Hoy por hoy, es lo único a lo que podemos aspirar.

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