BARONES

En todos los diccionarios de la nobleza, los barones se sitúan entre los hidalgos y los condes.

Mirando arriba a estos últimos, a los condes, a uno se le representan imaginarios oropeles versallescos de cortesanos con solar propio -por pequeño que sea el poblacho que da nombre al título-.

Mirando abajo en el escalafón, aparece el hidalgo. Un Alonso Quijano que ilumina su magra existencia con la grandeza espiritual de quien se sabe cristiano viejo, limpio de sangre y poco más. Con poca hacienda y mucha altanería espiritual, que no da para comer pero viste en las misas y domingos de guardar delante de la pedestre plebe contaminada de sangre judía y morisca.

En medio, entre el hidalgo y el conde, se ubica el barón. Un cristiano viejo de posibles, que ha hecho carrerilla del título de hidalguía para asentar sus reales sobre un dominio cierto, que le proporciona rentas y un relativo poder para maniobrar en la corte.

Hay algo profundamente siniestro y notoriamente contradictorio en la forma en que mi partido ha abrazado la figura del barón para referirse a los juegos de poder que los líderes territoriales maniobran en las penumbras. No somos los primeros en este ámbito. También en la Rusia soviética al líder del politburó del partido lo catalogaban en la periferia del imperio como el zar rojo, siempre rodeado de una corte de notables que veraneaban como lo hacían las élites de la nobleza imperial, en las dachas de verano del Mar Negro, donde una nueva legión de cortesanos revivían las viejas tradiciones en los mismos salones de palacio por donde pululaba antaño la zarina y sus rasputines.

La aristocracia roja, la llamaban.

Quizás en el abuso de esa contradicción, en el hecho de que la izquierda abrace categorías heredadas del viejo feudalismo, haya que encontrar algunas razones para la sangría de votos que acusa el partido convocatoria tras convocatoria. Entregado a una dialéctica de igualdad radical entre españoles pero sometido a las viejas formas de vasallaje, conciliábulos de notables y, sobretodo, prelación del elemento territorial sobre el humano. En esas condiciones es harto complicado decirle a la gente que el cambio se construye sobre un lenguaje y unos modos que tanto deben al pasado que este partido juró combatir.

Las baronías no se construyen necesariamente sobre victorias. O mejor dicho, no en estos días de magros resultados electorales. Sí lo fue en el pasado, cuando la sobreabundancia de poder autonómico, local y provincial ofrecía una variada panoplia de liderazgos territoriales superpuestos que rivalizaban en muestras de cariño por el jefe. Hoy basta con un triunfo parcial, aupado en coaliciones que en otros ámbitos resultan imposibles, para que una baronía sea algo más exclusivo de lo que lo fue en el pasado, en los años dorados de la mayoría por aplastamiento. Con todo, la mengua del poder, eleva el peso de los vencedores parciales.

Es como el que se empeña en ver un imperio africano en las Chafarinas, después de haber perdido Cuba.

Me gustaría decir que hemos aprendido la lección. Que con los años, hemos enterrado las guerras civiles personalistas, siempre disfrazadas de falsos dilemas ideológicos para darles empaque y que siempre contaban con el perejil de los barones en la salsa espesa de la matanza a cara de perro.

Pero me temo que no es así.

Bajo las falsarias premisas de querer salvar el país de la canalla independentista o de mirar hacia el futuro con altura de miras y sin andar pendiente de los sillones, hay quien se patrimonializa un sentido de estado que casa muy mal con lo hecho y dicho en los últimos diez meses. Como cuando, en febrero, el secretario general intentó armar un pacto con el centro derecha más decente, y  que hoy nos sonaría a gloria bendita.

Era entonces y no ahora, cuando los barones, las fuerzas que dicen perseguir la estabilidad de España y medios como El Pais, debieron empujar con firmeza en pos de la abstención de otras fuerzas, con el objetivo de formar un gobierno de amplio espectro, repleto de independientes y con la serena vocación de rescatar mi país del pudridero moral en el que la han sumido años de corrupción depravada y parálisis política.

Era entonces cuando los barones podían haber puesto sobre la mesa la estabilidad de gobiernos autonómicos que dirigimos con el concurso o el apoyo de fuerzas emergentes para que mi país, nuestro país, tuviera por primera vez en cuarenta años, un ejecutivo deliberadamente débil frente a un parlamento fuerte. Un parlamento que se convirtiera en el verdadero corazón del sistema democrático, demasiado escorado durante décadas a la Moncloa, Ferraz, Génova, las taifas y las baronías.

Ahí también residía el sentido de estado y la responsabilidad ante la Historia. Ahí también residía la voluntad de anteponer los intereses de la nación sobre los del partido.

Pero, a lo que se vio por la tibieza de los barones, nadie quiso jugarse el feudo propio por un rey que no era de su completo agrado, por justa que fuera su causa y muy positivos hubieran sido sus efectos para España. Antes al contrario, las hostias empezaron a llover desde el momento en que aquél pacto contemplaba la revisión/supresión de las diputaciones provinciales.

Y por eso, por las sacrosantas diputaciones, si hubo quien puso pie en pared desde bien pronto, como si en la pervivencia de la obra y espíritu de Javier de Burgos y su decimonónica división departamental de España descansara la auténtica línea roja que ningún barón quería ver traspasada. La de la provincia como alfa y omega, principio y fin de operaciones congresuales y conteo de delegados en congresos por venir.

El PSOE tiene una larga tradición en prescindir de inteligencias sólo porque el calendario no le cuadra a algún barón o baronesa que se cree llamado a mayores designios. Ya ocurrió con Borrell, que vendría a ser lo que para los británicos fue Gaitskell en los sesenta, un laborista que nunca llegó a Downing Street y al que todavía por allí se le recuerda como el mejor primer ministro que nunca tuvimos.

No tengo ni idea de si Pedro Sánchez está destinado al mismo altar de mártires bendecidos por la posteridad, en el que también descansan gentes como el mencionado Borrell, absueltos por la Historia con una tardía reparación moral ante los agravios sufridos en su momento de manos de los que zarandearon la escalera que debían sujetar con firmeza.

Lo que sí tengo claro es que el rumor de las noblezas impostadas y las baronías con sabor a Taifa mora, si con algo no mezclan bien, es con un sincero sentimiento socialdemócrata. Es más. Es un pura antítesis, porque prioriza territorios sobre individuos y sacraliza aristocracias territoriales allí donde sólo debería contar la opinión de la mayoría, y no la de un consejo de notables.

Y es que nada hay menos socialista que un partido socialista construido sobre los cimientos feudales de un sistema de baronías.

 

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