El autobús nos esperaba a las afueras del pueblo.

Yo tenía entonces 23 años, y era el candidato suicida a la alcaldía de La Roda por el PSOE. Enfrente, un alcalde consolidado del PP en un pueblo sociologicamente conservador, con doce años en el cargo y a la búsqueda de una tercera mayoría absoluta que se antojaba hecha a la vista del oponente. Un crío sin experiencia, candidato por descarte, más conocido en el pueblo por servir copas los fines de semana que por haber terminado la carrera de Derecho con beca compensatoria.

Si hay algo que apabulla en la figura de José Bono es su mirada. Profunda, escrutadora, inquisitiva.

Cuando subí al vehículo, aguardaba junto a él la guardia de corps que había ensanchado su leyenda en tierras manchegas. Yo no los conocía entonces, pero habría de tratarlos tiempo después. Sabios de verbo afilado y consignas de impacto para llegar al corazón y a la cabeza del público objetivo. Un “equipo de targeting electoral” rudimentario en los tiempos en que los algoritmos y las redes sociales todavía estaban por llegar a la política.

Me sudaban las manos.

Siempre he tenido ese problema, sin importar la temperatura ambiente. Pero no tenía miedo ni nervios. Mi arma secreta, que hoy puedo revelar sin pudor, era visualizar la imagen de mis padres a mi lado. Los perdí muy joven, de modo que en cada situación apabullante, en cada debate a cara de perro o en cada discurso ante una concurrencia nutrida, hacía presente su imagen en un rincón de la memoria. Una defensa natural contra la adversidad, una especie de recordatorio perenne de que ya has pasado lo peor y lo que está por venir es pan comido en comparación. Así se relativiza el impacto de hablar en un auditorio delante de 400 personas por primera vez.

Me sequé la mano derecha y estreché la de Bono aguantándole la mirada todo lo que pude.

Lo había leído en las Memorias de Azaña, un libro que estaba terminando por entonces y sin cuya lectura, jamás me hubiera metido en política. Don Manuel, siendo Ministro de la Guerra en el primer gobierno provisional de la República, adquirió esa costumbre para escrutar las intenciones ocultas de los generales a los que recibía en audiencias o juntas de altos mandos. Queriendo adivinar a través de los ojos si su lealtad al nuevo régimen era sincera o impostada.

Me dije a mí mismo que Bono estaría hecho de la misma pasta, y que una mirada temblorosa y huidiza sería aún peor que una mano sudorosa.

La reunión en el autobús era breve. De hecho su única finalidad era hacer entrada en el recinto del acto público juntos, reforzando la imagen icónica de que la sombra protectora de quien iba a ser reelegido seguro presidente, cobijaba bajo su manto de carisma a los alcaldables de la región; incluso a aquéllos como yo, que no aspiraban a rascar bola en territorio hostil.

Han pasado casi veinte años, y si les cuento todo esto, no es por ceder al impulso tentador de la nostalgia, sino por contrastar los recuerdos del pasado con un presente con sabor a la carbonilla que amarga el espíritu de quienes nos seguimos diciendo socialistas.

Bono y el autobús siguieron ruta. Luego llegaron las elecciones. Luego los destinos inverosímiles que la fortuna me guardaba en Madrid y en Toledo. Luego el sinsabor de la derrota. Y luego la huída hacia adelante, con la espalda aguijoneada de puñaladas dialécticas que nunca sanaron del todo.

Las glorias y las miserias de la política al servicio de un relato circular de auge y caída, con la sombra de Bono presente en un rincón de mi memoria.

Ahora, desde una orilla del mismo continente, dos países y un trozo de océano de por medio, veo a José Bono haciendo su campaña de andar por casa en la efervescencia de las primarias y no puedo por menos que evocar a Manrique en la idea de que la muerte -política- a todos nos iguala, aunque a unos más que a otros.

La altura intelectual de Bono sigue intacta. Tal como lo conocí -ágil en el verbo, conciso en la respuesta y directo al mentón en la réplica- lo sigo viendo en la distancia. Y tal como lo admiré, lo sigo haciendo como un arquetipo de político azañista en la fina ironía, aunque ideológicamente se asemeje a un Besteiro despojado de la melancolía del triste don Julián.

Es el cuadro en su conjunto lo que me provoca rechazo.

Tengo la sensación de que se vive un cambio de era en la que lo viejo no termina de hacerse a un lado ni lo nuevo por romper del todo. Una de esas escenas inverosímiles en las que conviven nobles con la vestimenta propia del Ancient Regime y apasionados liberales de estética romántica.

La presencia de José Bono haciendo campaña por Susana Díaz en las primarias socialistas me devuelve esa imagen. La de una generación que tuvo ya su 18 Brumario, allá por los setenta, y que cede a la tentación de los focos y los actos públicos para interpretar el papel de sempiternos demiurgos y guardianes de los esencias, estando como estamos a la vuelta de la segunda década del tercer milenio.

Quizás por ser quien son -Bono y otros campeones de nuestra memoria- la apelación al orden conocido frente al abismo del sanchismo tenga todavía cierta resonancia en los cuarteles de la militancia zaherida por el griterío de las redes.

A mí me cuesta creerlo a estas alturas.

Nada, que quede claro, ni las contradicciones de la madurez, ni los devaneos de papel cuché me van a derribar la imagen que de alguien como José Bono construyó el recuerdo de quienes, si acaso tangencialmente, estuvimos cerca de su séquito en momentos capitales de su gloria y el asalto a los cielos que murió en fase de tentativa por 14 votos frente a Zapatero. Talento y carisma al servicio de políticas que cambiaron España en un momento complejo, más allá de la querencia por el verso suelto que tanto ejerció.

Pero es el sabor añejo de estar fuera de encuadre, de tiempo, lo que me avinagra el trago. Por mucho que su figura siga siendo valiosa a los ojos de esa veta que se dice socioliberal, moderada en las formas y centralista a carta cabal, hecha para pescar apoyos en caladeros centrados y a la diestra moderada.

No es un problema de ascendente y autoridad moral. Sino de aparcar el relato de que el partido se rompe en pedazos sin la tutela de los sabios de antaño. Algo que su propia generación ya hizo al finiquitar la esquizofrénica lucha entre el PSOE del exilio, memoria doliente de la guerra perdida y el interior, luminoso y futurista.

En la ausencia de referentes contemporáneos, en la voracidad con la que se han liquidado cuadros de relevo, radica la tragedia de un partido que no sabe cómo dirigirse a los votantes que cumplen 18 en los próximos cinco años, y que decidirán la España de la próxima década sin el recuerdo fresco de nuestros héroes de antaño. Desdibujada su figura con reapariciones otoñales que saben a destiempo.

Cada generación tiene su tiempo de ruptura. Y en la presente, hay un vacío espiritual que no pueden llenar los estandartes de nuestros mayores por elocuente que sea su verbo y fino su análisis. Ese no es lugar para los sabios de la tribu.

Con todo el afecto, Presidente.

De parte de aquél crío de 23 años al que le sudaban las manos en el autobús de campaña mientras le aguantaba la mirada con el recuerdo de Azaña en mi cabeza.

 

 

 

 

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One thought on “BONO

  1. Hola Jesús,

    Cuanto siento que seas uno de los personajes de esos cuadros de relevo liquidados. No por mi, por nuestra sociedad. Cuanta razón llevas y cuanto daño hace el miedo, no se ya bien ni a qué. Un placer haber estado cerca en aquellos tus 23 años, muchos años después y confío que sigas siendo muchos los años que compartamos, amigo.

    Un abrazo,
    Braulio

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