Contra toda bandera. A propósito de Cataluña

La bandera flameando al viento suele proyectar una alargada sombra de poderosos efectos hipnóticos.  Volvemos a verlo estos días en Cataluña, en medio de una campaña electoral en la que el independentismo ha lanzado el órdago más ambicioso de la historia reciente, el que embarca al nacionalismo pactista y moderado –si es que se puede conjugar nacionalismo y moderación- con la ruptura definitiva con España.

De nuevo la bandera, agitada con profusión, esconde y difumina preocupaciones más mundanas bajo la excusa de la construcción nacional, con la crisis económica como telón de fondo y el invocado agravio españolista como detonante de una situación económica que obliga a la Generalitat a emprender la senda de los dolorosos recortes en el estado del bienestar.

La música es tanto más atrayente como debilitado aparece el único baluarte político que ha servido como dique de contención a una deriva amortiguada durante décadas, gracias al papel moderador del PSC en Cataluña, capaz de lucir músculo electoral que se abastecía por igual de las señas de identidad catalanistas, el progresismo político y la Cataluña charnega como ejemplo de modernidad y mestizaje cultural. Que el PP pueda llenar este vacío político es pura ciencia ficción, por mucho que Alicia Sánchez Camacho intente ensortijar las banderas española y catalana en una sola composición tan surrealista como chapucera.

Que el PSC pueda encontrar su espacio y frenar la caída electoral que vaticinan las encuestas no sólo depende de la debilidad del proyecto político estatal o del desgaste provocado por los errores cometidos en el Gobierno de la Nación, todavía demasiado frescos en la memoria del votante. Depende de la capacidad de entroncar y conectar  con una ciudadanía a la que habría que alertar con tenacidad, insistencia y ahínco sobre los males intrínsecos que representan aquéllos que agitan con tanta generosidad banderas, escudos y blasones. Proliferan en las elecciones, y no solo aquí en España. Las vimos en las pasadas presidenciales francesas, con Sarkozy intentando cortejar a los votantes del xenófobo FN en la segunda vuelta de las elecciones que le enfrentaban a Hollande. O en las pasadas elecciones norteamericanas, en la que demócratas y republicanos pugnaban por cubrir de barras y estrellas los mítines multitudinarios de su campaña.

En medio de lo más profundo de la crisis, y con la aparente lapidación forzada del estado del bienestar en la Europa derrengada por la emergencia de nuevos actores globales, agitar la bandera nacional es la respuesta que esgrimen quienes miran al pasado para seducir por segunda vez a las masas.

Los socialistas catalanes tienen la obligación moral de apelar a otro territorio. Un territorio moral situado más allá, o a pesar, del descrédito y las contradicciones internas; más allá, o a pesar, del legado de Zapatero y los errores cometidos; más allá de la incapacidad para renovar una estructura interna anquilosada en los resortes de la Transición; más allá de la querencia a entronizar oráculos que se niegan a pasar al segundo plano.

Un territorio en el que a la bandera estelada no se combate con la española, ni con la pueril mezcla de ambas, para coger cuarto y mitad de sentimiento nacional según convenga por el perfil del electorado. Un territorio que no es territorio físico, sino moral. Que sean otros los que levante fronteras a partir de ideologías mortecinas, basadas en las milagreras virtudes terapéuticas de un trozo de paño agitado con brío al viento. Un territorio en el que ninguna bandera ondea en el horizonte, porque nadie puede ser reducido al absurdo de simplificar su existencia a la prevalencia de tal o cual pendón.

Que nos afrente este reduccionismo existencial; que nos duela el intento de manipular a la gente sencilla bajo enseñas y divisas, para ocultar las verdaderas causas que nos sublevan y nos hacen militar en la política. Que el hecho de que la banca y el capital fluyan sin limitaciones y los hombres se encajonen en territorios surcados por cicatrices imaginarias ofenda a la inteligencia. Porque de  esa ofensa surgirá la única respuesta posible al nacionalismo ramplón. El que alientan nacionalistas sin estado, pero también el que agitan los que lo tienen, como hace el PP en España.

Al nacionalismo no se le combate con más nacionalismo. Decía Renan que la mejor definición de nación es la que alude a la celebración de un plebiscito diario sobre la convivencia en comunidad de una determinada colectividad de individuos, más allá del idioma, la raza o el credo religioso que profesen sus miembros. Esta definición, que entronca con el patriotismo constitucional de Habermas, se opone a la construcción de identidades basadas en afinidades étnicas o idiomáticas. En definitiva, el ius soli de inspiración francesa frente al ius sanguini de tradición germánica.

Y yo en eso, como en casi todo, siempre he sido mucho más francés que alemán.

 

 

 

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