VENEZUELA

Mejor les advierto antes de seguir con la farsa. En el texto que se expone a continuación no hay más referencias a la situación política del país caribeño, a Maduro, a Capriles, a Chaves o a Leopoldo López que las que su imaginación quiera desplegar a partir del título con el que sólo pretendo captar su atención.

Es un truco de trilero, lo reconozco, basado en el poderoso atractivo que la sola mención al nombre de esa República despliega en la tribuna política patria que, como saben, diviso desde la lejanía británica.

No es, sin embargo, ni un fenómeno nuevo, ni estrictamente español. A la hora de soltar escombro sobre el adversario ideológico doméstico, se han construido territorios míticos por igual, a izquierda y derecha, para azotar al enemigo interno y su toma de partido o su silencio respecto de tiranos foráneos. Siempre a beneficio de inventario. Siempre extendiendo un velo de propaganda que, irónicamente, terminan pagando los más débiles en el país cuyo nombre invoca asociado al martirio. Antes fueron Vietnam, Checoslovaquia, Chile, Camboya, Ucrania y el que venga.

Lo importante de esta tendencia es cosificar la causa que se dice defender. Objetivarla, banalizarla, para usarla a conveniencia frente al enemigo doméstico y no por un sincero compromiso con la parte que se percibe como una víctima.

En una interminable guerra de agit-pro, de desgaste basado en la percepción de que la lluvia fina termina calando hasta los huesos y cortando trajes a medida para fulminar al adversario, la derecha española se ha entregado con pasión nunca vista a la defensa de la democracia allende los mares. Sus medios, voceros del apocalipsis caraqueño, amplifican la caja de resonancia con el objetivo de alimentar la Reacción. Pero no allí, a orillas del Caribe. Sino en la España que ven peligrar a manos de coaliciones posibles que alimentan la pesadilla de un nuevo Frente Popular.

Al hacerlo, al optar por la exageración deforme, no sólo fulminan la posibilidad de un entendimiento pacífico en la Venezuela por la que tanto dicen temer. Obligan a tomar partido. Dibujan un escenario binario, maniqueo y frentista, del que siempre sacan provecho los mediocres que viven del conflicto porque no saben hacer otra cosa.

Poco importa cuando lo que se ventila es la construcción de un relato basado en las lealtades bastardas de Podemos con el chavismo. Un flanco débil en el que  no sirve ni el señalamiento de las incongruencias propias de un gobierno que pacta acuerdos comerciales y venta de armas con dictaduras salvajes regidas por la sharia en la península Arábiga o que mantiene una extraña luna de miel con la Turquía involucionista de Erdogan, en cuyo nombre se detiene a periodistas críticos en Barcelona sin levantar ruido.

La exageración grotesca conduce al absurdo esperpéntico de ver a una diputada popular de nombre Guarinos, empleando tres cuartas partes de su intervención -en una comisión de presupuestos de un parlamento autonómico- en señalar las conexiones venezolanas de un partido al que acusa de estar infectado de corrupción y pederastas.

Todo al servicio de una táctica de trazo grueso, cainita en la mejor tradición política española basada en la necesidad de agrupar en bandos, de acotar en granjas de pensamiento bifocal al servicio de intereses bastardos para hacer digerible el mensaje a las mentes más simples.

La identificación de la tierra por la que esta diputada es parlamentaria, Castilla La Mancha, con la martirizada Venezuela, a costa de la entrada en el gobierno de dos consejeros de Podemos,  sirve a tal fin y encuentra un precedente  aún más explícito en la estúpida declaración que días antes hizo uno de sus compañeros, Francisco Núñez, en la tribuna de oradores; que sin el menor recato, extendió la asociación de ideas Podemos-Castilla La Mancha-Venezuela a un nivel de absurdo difícilmente igualable.

A fin de cuentas, ninguno de los voceros son responsables de las consecuencias de sus actos. Actos, palabras, exageraciones, hipérboles, deformaciones, que se pierden como las lágrimas en la lluvia del androide de Blade Runner, pero que calan en una opinión pública presta a entregar sus oídos al que la diga más gorda.

Diría lo mismo cuando la exageración viniera de la izquierda, que nadie se lleve a engaño. Hace muchos años que estoy vacunado de simplismos que traen causa en la dialéctica heredada más allá del muro de Berlín, el imperialismo yanqui o la conspiración de las multinacionales, que hastía y alimenta por igual la pira funeraria de los muertos en campos ajenos a costa de elevar las conciencias en los predios propios.

Me abruma, eso sí, ese apasionamiento tan español.

Ese «echarse al monte», expresión que no tiene traducción en otros idiomas y que es tan inequívocamente ibérica como la guerra de guerrillas que practicaron nuestros antepasados sin distinción ideológica en un alarde de dramatismo trágico incapaz de percibir matices allí donde siempre hubo una compleja policromía.

Puede que sea el sino de España. Y nunca faltarán a tal fin los Guarinos y los Núñez para ofrendar en el altar de la idiotez irresponsable sus palabras cargadas de ignorancia y mala fe.

BONO

El autobús nos esperaba a las afueras del pueblo.

Yo tenía entonces 23 años, y era el candidato suicida a la alcaldía de La Roda por el PSOE. Enfrente, un alcalde consolidado del PP en un pueblo sociologicamente conservador, con doce años en el cargo y a la búsqueda de una tercera mayoría absoluta que se antojaba hecha a la vista del oponente. Un crío sin experiencia, candidato por descarte, más conocido en el pueblo por servir copas los fines de semana que por haber terminado la carrera de Derecho con beca compensatoria.

Si hay algo que apabulla en la figura de José Bono es su mirada. Profunda, escrutadora, inquisitiva.

Cuando subí al vehículo, aguardaba junto a él la guardia de corps que había ensanchado su leyenda en tierras manchegas. Yo no los conocía entonces, pero habría de tratarlos tiempo después. Sabios de verbo afilado y consignas de impacto para llegar al corazón y a la cabeza del público objetivo. Un «equipo de targeting electoral» rudimentario en los tiempos en que los algoritmos y las redes sociales todavía estaban por llegar a la política.

Me sudaban las manos.

Siempre he tenido ese problema, sin importar la temperatura ambiente. Pero no tenía miedo ni nervios. Mi arma secreta, que hoy puedo revelar sin pudor, era visualizar la imagen de mis padres a mi lado. Los perdí muy joven, de modo que en cada situación apabullante, en cada debate a cara de perro o en cada discurso ante una concurrencia nutrida, hacía presente su imagen en un rincón de la memoria. Una defensa natural contra la adversidad, una especie de recordatorio perenne de que ya has pasado lo peor y lo que está por venir es pan comido en comparación. Así se relativiza el impacto de hablar en un auditorio delante de 400 personas por primera vez.

Me sequé la mano derecha y estreché la de Bono aguantándole la mirada todo lo que pude.

Lo había leído en las Memorias de Azaña, un libro que estaba terminando por entonces y sin cuya lectura, jamás me hubiera metido en política. Don Manuel, siendo Ministro de la Guerra en el primer gobierno provisional de la República, adquirió esa costumbre para escrutar las intenciones ocultas de los generales a los que recibía en audiencias o juntas de altos mandos. Queriendo adivinar a través de los ojos si su lealtad al nuevo régimen era sincera o impostada.

Me dije a mí mismo que Bono estaría hecho de la misma pasta, y que una mirada temblorosa y huidiza sería aún peor que una mano sudorosa.

La reunión en el autobús era breve. De hecho su única finalidad era hacer entrada en el recinto del acto público juntos, reforzando la imagen icónica de que la sombra protectora de quien iba a ser reelegido seguro presidente, cobijaba bajo su manto de carisma a los alcaldables de la región; incluso a aquéllos como yo, que no aspiraban a rascar bola en territorio hostil.

Han pasado casi veinte años, y si les cuento todo esto, no es por ceder al impulso tentador de la nostalgia, sino por contrastar los recuerdos del pasado con un presente con sabor a la carbonilla que amarga el espíritu de quienes nos seguimos diciendo socialistas.

Bono y el autobús siguieron ruta. Luego llegaron las elecciones. Luego los destinos inverosímiles que la fortuna me guardaba en Madrid y en Toledo. Luego el sinsabor de la derrota. Y luego la huída hacia adelante, con la espalda aguijoneada de puñaladas dialécticas que nunca sanaron del todo.

Las glorias y las miserias de la política al servicio de un relato circular de auge y caída, con la sombra de Bono presente en un rincón de mi memoria.

Ahora, desde una orilla del mismo continente, dos países y un trozo de océano de por medio, veo a José Bono haciendo su campaña de andar por casa en la efervescencia de las primarias y no puedo por menos que evocar a Manrique en la idea de que la muerte -política- a todos nos iguala, aunque a unos más que a otros.

La altura intelectual de Bono sigue intacta. Tal como lo conocí -ágil en el verbo, conciso en la respuesta y directo al mentón en la réplica- lo sigo viendo en la distancia. Y tal como lo admiré, lo sigo haciendo como un arquetipo de político azañista en la fina ironía, aunque ideológicamente se asemeje a un Besteiro despojado de la melancolía del triste don Julián.

Es el cuadro en su conjunto lo que me provoca rechazo.

Tengo la sensación de que se vive un cambio de era en la que lo viejo no termina de hacerse a un lado ni lo nuevo por romper del todo. Una de esas escenas inverosímiles en las que conviven nobles con la vestimenta propia del Ancient Regime y apasionados liberales de estética romántica.

La presencia de José Bono haciendo campaña por Susana Díaz en las primarias socialistas me devuelve esa imagen. La de una generación que tuvo ya su 18 Brumario, allá por los setenta, y que cede a la tentación de los focos y los actos públicos para interpretar el papel de sempiternos demiurgos y guardianes de los esencias, estando como estamos a la vuelta de la segunda década del tercer milenio.

Quizás por ser quien son -Bono y otros campeones de nuestra memoria- la apelación al orden conocido frente al abismo del sanchismo tenga todavía cierta resonancia en los cuarteles de la militancia zaherida por el griterío de las redes.

A mí me cuesta creerlo a estas alturas.

Nada, que quede claro, ni las contradicciones de la madurez, ni los devaneos de papel cuché me van a derribar la imagen que de alguien como José Bono construyó el recuerdo de quienes, si acaso tangencialmente, estuvimos cerca de su séquito en momentos capitales de su gloria y el asalto a los cielos que murió en fase de tentativa por 14 votos frente a Zapatero. Talento y carisma al servicio de políticas que cambiaron España en un momento complejo, más allá de la querencia por el verso suelto que tanto ejerció.

Pero es el sabor añejo de estar fuera de encuadre, de tiempo, lo que me avinagra el trago. Por mucho que su figura siga siendo valiosa a los ojos de esa veta que se dice socioliberal, moderada en las formas y centralista a carta cabal, hecha para pescar apoyos en caladeros centrados y a la diestra moderada.

No es un problema de ascendente y autoridad moral. Sino de aparcar el relato de que el partido se rompe en pedazos sin la tutela de los sabios de antaño. Algo que su propia generación ya hizo al finiquitar la esquizofrénica lucha entre el PSOE del exilio, memoria doliente de la guerra perdida y el interior, luminoso y futurista.

En la ausencia de referentes contemporáneos, en la voracidad con la que se han liquidado cuadros de relevo, radica la tragedia de un partido que no sabe cómo dirigirse a los votantes que cumplen 18 en los próximos cinco años, y que decidirán la España de la próxima década sin el recuerdo fresco de nuestros héroes de antaño. Desdibujada su figura con reapariciones otoñales que saben a destiempo.

Cada generación tiene su tiempo de ruptura. Y en la presente, hay un vacío espiritual que no pueden llenar los estandartes de nuestros mayores por elocuente que sea su verbo y fino su análisis. Ese no es lugar para los sabios de la tribu.

Con todo el afecto, Presidente.

De parte de aquél crío de 23 años al que le sudaban las manos en el autobús de campaña mientras le aguantaba la mirada con el recuerdo de Azaña en mi cabeza.

 

 

 

 

DE IMPRESCINDIBLES Y RESENTIDOS

¿Cuándo perdiste el favor del aparato?

¿Cuándo te diste cuenta?

¿Fue acaso en los eventos del poder institucional, en los vinos de honor, en las inauguraciones, en los pequeños fastos de provincias?

Ahora lo ves todo más claro. Los silencios repentinos en los corrillos, en cuanto hacías acto de presencia. O el mal disimulado cambio de tema entre las élites que un día lejano te hicieron partícipe de sus confidencias. Súbitas miradas huidizas,  torpes e improvisados cambios de tema. La extraña inconveniencia de tu presencia donde antes eras bienhallado.

La gloria, como en el consulado romano, es efímera. Y sólo un puñado selecto consigue el favor del líder para prevalecer contra viento y marea. En la derrota, y en la victoria.  Son los primeros en clamar cuando corresponde que hay que reflexionar cuando vienen mal dadas y que agarran papel y lápiz en la noche electoral venturosa para dibujar el reparto del poder cuando la victoria todavía está caliente, ajenos a la felicidad mundana de la tropa reunida delante de la televisión que confirma el triunfo.

Son los imprescindibles.

Son pocos. Muchos menos de los que los ciudadanos, azorados por sus cuitas cotidianas, creen. No ocupan ministerios y, en muchos casos, subsisten en cargos de poco lustre, alejados de departamentos ministeriales autonómicos o a la cabeza de organigramas masivos. El poder no se mide por la cantidad de nóminas que dependen del consejero, o el número de altos cargos que tiene derecho a nombrar en su equipo.

De hecho, a muchos de ellos, el equipo le viene configurado de serie, con la intermediación de esos terminales invisibles en provincias. Invisibles para todos, excepto para el nombrado, a quien se le recuerda desde el principio a quién debe su nombramiento.

Los imprescindibles no yerran nunca.

Ni cuando descabalgan alcaldes incómodos a mitad de legislatura, para situar a un futuro perdedor al frente con el argumento de que las encuestas internas -ese animal mitológico- le eran hostiles al caído, ni cuando apuestan por referentes estelares del momento que devienen enanos de plastilina una vez cumplen su función de adecentar una lista con el mantra de la renovación.

Los imprescindibles capitalizan el recuerdo de la victoria.

Y ofrecen un espejismo vaporoso de  orden cósmico que les hace útiles en todo trance. Casi una quimera imaginar la vida orgánica sin ellos, que lo han sido todo. Que lo siguen siendo y que, inasequibles al desaliento, incluso en edad de jubilación tienen hilo directo con los pasillos enmoquetados para canalizar gestiones y promover discípulos que perpetúen su recuerdo.

No los busquen encabezando listas.

Sólo en tiempos de auténtica penumbra, cuando no queda más remedio ni hay alcaldable con trazas de mirlo blanco que asuma el papel de seguro perdedor, pondrán su cuerpo y su rostro en lo alto del cartel que cuelga en las farolas de la precampaña.

Culparán de la segura derrota, si esta llega, a la «situación nacional».

A «la ola contra la que era imposible luchar». Apelarán esa misma noche a la necesidad de una reflexión profunda, a que no hemos sabido comunicar el mensaje y a que no se pueden individualizar culpas. Que eso sería mezquino y no ayudaría al partido. Luego esbozarán la idea de una necesaria actualización programática y al ineludible debate de las ideas en un congreso o en una conferencia política.

El argumento de «la ola contra la que era imposible luchar«, deviene en excusa de perdedor cuando lo utiliza el enemigo interno al que hay que liquidar. En tal escenario, no habrá variables exógenas que valgan. La secuencia de los hechos conduce, invariablemente, a la pérdida de la portavocía del candidato y al realineamiento del grupo político con el imprescindible que tanto hizo por guardarse un puesto en la candidatura.

Es ahí donde tienen que buscar a los imprescindibles.

En algún lugar de una candidatura municipal, entre el segundo y el séptimo puesto, dependiendo del número de concejales que elige el municipio y que, razonablemente, serán el seguro suelo del partido en las elecciones. No tan alto como para asumir el golpe de la derrota si se produce, ni tan bajo como para quedar fuera del reparto.

No es cierto que los imprescindibles no tengan principios.

De hecho, tienen uno que suple todos los demás. Son leales. Mimetizan su esencia con el partido hasta asumir, en una secreta comunión mística, que no hay futuro sin ellos en la organización. Se lo creen, y eso les honra. La autoconvicción, ya dijo Sun Tzu, es la clave de la victoria en la guerra.

Llámenme resentido.

Lo asumo.

Si lo fuera, soy un resentido que pone su pluma y su blog, que es lo único que le ata en la distancia a la política, a las siglas y las ideas a las que he sido leal, aunque me haya cansado de adorar ídolos caídos. He azotado, muchas veces con espíritu inmisericorde, a los rivales a diestra y siniestra. Con lealtad al gobierno en todo trance, con aquélla convicción de la que hacía gala Adolfo Marsillach para ilustrar su fidelidad de voto socialista. «No porque se funda una bombilla voy a dejar de creer en la electricidad».

Pero  cansa la omnipresencia de los imprescindibles.

Porque son una anomalía histórica en estos tiempos en los que todo se ha hecho fugaz excepto su persistente presencia.

Veo en la distancia como envejece mi ciudad, la erosión imperceptible del paso del tiempo en edificios, calles y negocios que cambian de manos.

Sólo los imprescindibles, los contingentes, me reconcilian con la utopía infantil de la inmortalidad. De la subsistencia contra modas y liderazgos pasajeros que avalan con la misma fiereza con la que abjuran.

Sin piedad.

Su estampa en los medios se me hace pétrea, sólida. Más calvos y más gordos. Pero siempre en la segunda línea del poder, lanzando a la infantería al combate y guardando la ropa en la seguridad de la trinchera.

Una infantería que muere dichosa. Dulce et decorum est pro patria mori.

Te preguntaba, compañero, en qué momento te diste cuenta de que no eras un imprescindible. De que no pertenecías a la casta de los brahmanes inmortales.

Puede que la respuesta esté ahí. En las pequeñas desatenciones a tu vanidad herida pero voluntariamente reprimida, queriendo consolarte en el hecho de que en las listas seguirías estando, como siempre.

Ignorando las señales que no quisiste ver para evitar confrontar la realidad. En reuniones en las que de repente, dejaste de ser un referente comarcal. En el silencio cada vez más espaciado del teléfono móvil o en la mueca de hastío con la que se recibía tu concurso en actos en los que comparecías por sorpresa y sin invitación, en vinos de honor por donde corre la sangre del Poder.

Conviene que asumas que la cofradía de los imprescindibles es mucho más que un clan cerrado a tu concurso. Y que la fortuna, que hoy te sonríe, te dará la espalda algún día, cuando el viento helador de la derrota derribe tu puerta.

Por más que apeles a antiguas complicidades. No se te perdonará la tibieza. Y como a Fredo en El Padrino, la venganza te alcanza en mitad del lago, sentado en la barca.

Sólo entonces te abrirán la puerta en la cofradía de los resentidos.

Tú, que tan cerca estuviste del Sol.

LO QUE YO HARÍA, EMILIANO

Podemos vota en contra de los presupuestos de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha para el año 2017, y nos pone delante de un escenario impensable para todos los que somos de allí. Y especialmente para los que hemos tenido alguna responsabilidad institucional en el pasado que nos hace ver la situación con otros ojos, casi desde el abismo de lo inimaginable.

La vena más punk de Podemos sale cuando sale. Es lo que tiene «haber nacido para cambiarlo todo», aun sin saber muy bien que poner en lugar de ese todo. Pero esta no es la cuestión. No quiero convertir este post en otra epístola más de mi evangelio de incomprensión en el altar de la Podemología que tantas visitas reporta a este blog de tarde en tarde.

Es más. Este post va destinado al victimario del voto sorpresa a los presupuestos. Al Gobierno de Castilla La Mancha.

Leyendo la nota de prensa de García Molina, el totem podemita en la región, no hay que esperar ni al tercer párrafo para ver una alusión directa a las venas abiertas del socialismo español, que tienen en nuestra región uno de sus más truculentos campos de batalla. Sin recato, Molina apela «a los socialistas de corazón» para que detengan la espiral neoliberal, cospedaliana y pepera del gobierno regional.

Insisto. Ni estoy allí, ni puedo juzgar desde el terreno. Todo lo que pienso y opino proviene de lo que me llega en las redes sociales, la prensa y las conversaciones apresuradas con buenos amigos que están en el gobierno a través del Messenger.

Pero así, a bote pronto, podría decir que este gobierno se conduce con mucha más decencia, talante y decoro de los que conocí, no sólo en la etapa de Cospedal, sino en la de Barreda. Y hablo por conocimiento de causa. La que da el haber estado dentro.

Podemos quiere meter una afilada cuña en las carnes abiertas del socialismo, revueltas en estos tiempos de primarias incendiarias en salivazos de 140 caracteres y muy poco fondo argumental, dicho sea de paso.

Y no hablo de la marca castellano manchega, sino de la estatal, que actúa con determinación jacobina en los territorios que domina sin contestación anticapi, errejonista (en extinción) o lo que sea. La condena pablista del modelo taifal tiene sus virtudes. Y estas son evidentes en el caso que nos ocupa, donde no hay empacho en vestir el santo del voto en contra con cuatro referencias concretas al terrruño pero extendiendo al tiempo como principal argumento, la filiación susanista para pescar en las huestes desnortadas en la guerra de las primarias.

Si me pidieras opinión, Presidente, te diría que lo que plantea Podemos es un órdago nacional envuelto en papel celofán manchego. Y poco más. Te diría que el lunes anunciaras tu intención de someter a votación una vez más, los mismos presupuestos, sin tocar una coma. Incorporando las ideas -buenas, que también las tiene- del Podemos sinfónico que actúa en el interludio de los guitarrazos punkarras de Iglesias y su tropa.

Que la derrota parlamentaria, si se produce, te obliga a presentarlos una vez más. Y otra. Y las veces que haga falta hasta que a Iglesias se le aclaren los sentidos, que andan obnubilados cada vez que se acerca el estreno de una nueva temporada de Juego de Tronos, a lo que se ve.

Que al tiempo, presidente, los heraldos en redes templaran gaitas para vender la idea de una región en positivo que no se utiliza como moneda de cambio para estrategias monclovitas ni cuñas en carne ajena.

Que Castilla La Mancha, a fuerza de ser región inventada en torno a cinco cuencas hidrográficas y alma levantina, aragonesa, andaluza, madrileña, castellana y manchega, es mucho más que un peón en el tablero de los aprendices de maquiavelos de Malasaña.

A los demás, susanistas-pedristas-patxistas o lo que fuere, les pediría que cerraran filas con el gobierno como siempre se hizo en los mejores tiempos. Hay muy buena gente en este ejecutivo. En todos los niveles. Y su acción de gobierno, una vez más desde la distancia, transita a años luz de la huella dejada por quien hoy dirige los ejércitos de tierra, mar, aire, la secretaría general del PP y la dirección a tiempo marginal del partido en una región que, unos y otros, coinciden en utilizar como peón de poca valía en guerras miserables y que pueden traer de vuelta a los que querían cerrar consultorios de salud a poco que sigáis con el empeño.

Lo siento por vosotros, amigos de Podemos. Cuánto lo siento. Y no porque no me guste el punk -suavecito, eso sí, a lo Green Day-. Lo que no me gusta en me escupan en la cara, como si de un John Lydon de cuarta se tratara tocando en un bareto de Shoreditch.

Y mucho menos que utilicéis el nombre de esta región en guerras subterráneas para pescar en caladero ajeno con las artes más miserables de la vieja política que decís querer combatir.

Qué putada que esto no sea Madrid, mis devotos urbanitas. La revolución es más hermosa cuando hay bocata contestatario en el Palentino que gachas con tocino en una mañana de febrero cuando hay que sarmentar en la viña. Pero es lo que tiene esta región.

Y necesita gente que la defienda. No patanes que la utilicen con la sintonía de Juego de Tronos de fondo.

Pd. Estimado Presidente. No hace falta que te diga que ciertas derrotas parlamentarias son el preludio de grandes victorias políticas por venir. Esta bien puede ser una de ellas.

 

CONFIESO QUE PERDÍ. LA DERROTA EN POLÍTICA.

La política es una carrera de fondo y en los márgenes abundan los cuerpos medio sepultados de quienes la conciben como un sprint en el que hay que darlo todo en diez segundos.

Es una lección que me costó años entender, pero que uno termina por interiorizar cuando tiene la edad suficiente para mirar atrás sin el miedo a quedar petrificado en sal por el atrevimiento.

Antes de que sigan, les diré que este post tiene mucho de autobiográfico. Más bien todo. Y no es que un servidor tenga un bagaje de excelencia que le haga acreedor del autoelogio y la vanagloria, que no es el caso. Aquí no encontrarán las memorias de un hombre de estado, como si de un insigne José Bono se tratase, de quién más adelante hablaré, como comprobarán más abajo, si tienen paciencia para llegar a ese punto.

A los 24 años, yo fui diputado nacional. A los 28, director general en un gobierno regional; cargo que ocupé durante siete años, hasta la derrota del PSOE en las autonómicas de 2011. Por el camino, candidato a alcalde en dos ocasiones, y miembro de candidaturas al Congreso de los diputados y hasta a unas Europeas. Llegué muy pronto en un tiempo en el que, a diferencia de lo que ocurre ahora, la política no era un país para jóvenes.

El impacto emocional de encontrarte recién terminada la universidad en el Hemiciclo nunca desapareció.

El día que tomaba posesión, sin ir más lejos, me perdí en las tripas del edificio. En eso que los veteranos llaman la M-30, y que es una circunvalación perimetral de la Cámara. Que Joaquín Almunia y Alfonso Guerra te ayuden a encontrar la entrada, era todo un presagio del vértigo que precede al impacto.

A decir verdad, deambulé por ese espacio cargado de historia con la conciencia adquirida, día a día, de que todo me había llegado demasiado pronto, por una sucesión de carambolas en las que el factor decisivo no fue otro que estar en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Fue así -por intermediación de la fortuna- como uno de los políticos más extraordinarios que he conocido, José Bono, me bendijo en una primavera de 1999. Debió gustarle mi atrevimiento al hombre, propio de la temeridad del momento y de mi historia personal, que no viene al caso. Y además, adornar las listas con sangre joven siempre sienta bien a la hora de pontificar la renovación.

No he conocido a un líder capaz de articular un relato con la inteligencia emocional de Bono. Más allá de ciertas posiciones políticas en determinados ámbitos, de las que empecé a discrepar pronto, lo que me sigue atrayendo es su magnetismo, su agilidad mental, su capacidad para interpretar el entorno -el zeitgeist del momento- con un puñado de frases entendibles por todo hijo de vecino. Uno de esos líderes que, delante de un auditorio, es capaz de hilvanar un discurso que cada receptor piensa dirigido y pensado exclusivamente a él.

Hoy lo llamaríamos populismo. Entonces era un arma de destrucción masiva que devoraba adversarios y escupía sus huesos en cada confrontación electoral, a base de ripios y tocar la fibra sensible de los parroquianos de cada rincón de una región con 919 municipios.

Con todo, y aunque las habilidades de un Bono sólo están al alcance de pocos elegidos, en general en política hacen falta muy pocas cualidades para triunfar.

La más valiosa, la ambición. Olvídense del talento, la prudencia o la formación. Si a la ambición acompaña la fortuna, tendrán la receta de la gloria.

Si eres obediente en exceso, en cambio, te llega tarde o temprano la degradación del rango.

Yo no lo percibí entonces como tal, pero pasar del Congreso de los Diputados a ser director general en un gobierno autonómico, es como descoser los galones de capitán para vestir la guerrera de subteniente.

No hay diputado nacional que quiera dejar el escaño allí, en el Congreso. De hecho, desde el ecuador de la legislatura, la pretensión única de cada parlamentario se resume en conjugar obsesivamente un único verbo.

Repetir.

Para repetir en un puesto de salida hay que dar cera y pulir cera, como en Karate kid. A los líderes regionales, de quienes depende esencialmente la tarea de conformar la lista, y a los líderes en Ferraz, que tienen la última palabra para hacer y deshacer llegado el momento oportuno, incluso imponiendo su criterio sobre las baronías territoriales.

A mí el proceso me pilló a paso cambiado.

Demasiado obediente hacia el perdedor del 35 Congreso, José Bono, el hombre que me había situado en aquel escenario de ensueño.

Pero discretamente seducido por aquélla generación de jóvenes turcos que habían llegado de la mano de Zapatero para redefinir un proyecto que olía a naftalina y héroes caídos de la transición y el felipismo.

Pasé tres años doliente en silencio en mi tierra,  por las críticas en foros provinciales a un Zapatero por el que nadie daba un duro, y siendo en Madrid un diputado raso de territorio Bono para las estrellas ascendentes de aquél 35 Congreso que se solventó por siete votos. Atrapado en No Man´s Land, en el fuego cruzado de las trincheras.

Allí, en Madrid, estaban Carme Chacón, Caldera, López Aguilar, Trinidad Jiménez o Jordi Sevilla. Gentes por las que sentía una afinidad ideológica que confrontaba con un bonismo inesperadamente derrotado, en el que sólo el hombre que daba nombre al bando seguía siendo atractivo para mí.

Quedarse en tierra de nadie en política es peor que engrosar las filas de una compacta opción derrotada. Al menos en este caso, se está en la reserva activa y, con suerte, en el cupo de la integración para que, llegado el momento, la caída en desgracia del líder triunfante te devuelva el favor de los focos.

En la persecución del Fuego del poder a que hace referencia Ignatieff -el canadiense que pudo ser Troudeau y se consumió en el camino- hay un evidente riesgo a quedar reducido a cenizas en el proceso.

Tejer lealtades, redes de confianza y apoyos en cada puerto, exige de una habilidad más propia de Fouché, un político más maquiavélico que el propio Maquiavelo, que en su vida pasó del sacerdocio al jacobinismo, de ahí a la moderación girondinista y de ahí al caudillismo bonapartista para terminar respaldando a los Borbones en la caída de Napoleón.

Conocer las interioridades del partido, los atajos estatutarios y los rituales consuetudinarios de la organización -para los que tanto curten las juventudes de los grandes partidos por las que un servidor nunca pasó- otorgan valor añadido para medrar, prevalecer y resistir con la virtud de un camaleón que se hace imprescindible para quien sea la estrella ascendente del momento.

Si careces de tales virtudes y habilidades aprendidas, prepárate para la derrota.

La derrota en política es el silencio repentino del teléfono móvil. La soledad del exilio interior y la purga de la agenda, demasiado sobrecargada de contactos que desaparecen de la noche a la mañana.

No hay, sin embargo, ni amargura ni rencor. Si acaso la incapacidad de recuperar la ilusión porque anticipas los recovecos y las miserias del lenguaje y los tiempos políticos con una antelación que mata cualquier misterio. Sabes que no hay reyes magos, y que la infancia termina de modo prematuro cuando te sabes un ser finito, como el villano de El Cuervo cuando descubre que es mortal.

Diez años en política te convierten en un anciano, aunque sigas siendo joven por haber llegado tan pronto.

Pero no en un viejo sabio chamán de la tribu, sino en un veterano de mil batallas en las que el débil, el carente de ambición, el escrupuloso en exceso, el prudente por vocación, queda reducido a cenizas persiguiendo el fuego del Poder.

Puro darwinismo social servido en el cáliz eterno de la ambición y las miserias humanas.

Así fue en el pasado, y así será siempre, aunque la nueva política prometa el asalto a los cielos embridando el corcel de la supuesta Fraternidad que, a su pesarse alimenta de las mismas pasiones de antaño.

Fuego y cenizas.