EL CURIOSO CASO DEL REFERENDUM DE INNERVILLGRATEN

El pueblo austriaco de Innervillgraten está perdido en las montañas del Tirol de Sur, junto a la frontera italiana que corta a dentelladas la cordillera de los Alpes Dolomitas.

En ese remoto rincón alpino, sucedió un hecho bastante peculiar allá por 1938. A resultas de la ocupación por parte alemana de la inestable y débil república austriaca, Hitler convocó a las tres semanas de la invasión un referéndum  en el país para legitimar el Anschluss o unión – mejor dicho anexión- entre Alemania y Austria.

Las SS, ya en plena faena por el país, se esmeraron en el empeño.

Purgaron el censo, eliminando a los indeseables del mismo; imprimieron unas grotescas papeletas en las que el espacio destinado a poner el sí era mucho mayor que el reservado a un eventual no; se las apañaron para meter con calzador el nombre de Adolf Hitler en la cuestión; y por último, en un alarde de cínica honestidad, idearon un procedimiento de voto según el cual los miembros de la misma SS, desplegados en cada colegio electoral de cada pueblo, aldea y villorrio del país, eran los encargados de recoger el voto, de manos de un votante que tenía que rellenar la casilla del Si o el No bajo su atenta mirada.

Con estas premisas, no extraña que la participación fuera del 99,73% del depurado censo; y que el Sí al Anschluss ganara con el 99,71%, en todos y cada uno de los pueblos del país….

….¿En todos?

Por desgracia, aquél 10 de abril de 1938 alguna pieza del metódico engranaje burocrático de las SS no estaba bien sincronizada. Y el jerarca regional del partido se olvidó de mandar el pertinente destacamento de Schutzstaffel (SS) a un aislado reducto habitado de las montañas del Tirol del Sur llamado Innervillgraten, para cumplir con el detallado papel que les correspondía a sus esbirros en esa parodia de referendum.

Sin su presencia intimidatoria, y con el retardo con el que las noticias llegaban desde Viena hasta las faldas remotas de los picos Dolomitas, la consulta terminó con el rechazo al Anschluss con un 95% de votos contrarios a la misma. El único puñetero pueblo del maldito país que cometió tal osadía.

Desconozco lo que sería de los pobres diablos de Innervillgraten, el precio que tendrían que pagar por su osadía en la nueva Austria, reducida a subdivisión administrativa del nuevo III Reich alemán. Sólo puedo intuir que la reacción no sería precisamente amable.

Los referéndum gozan de buena prensa entre quienes apelan a la democracia participativa, aunque se olvida frecuentemente que han sido los regímenes autoritarios y las dictaduras quienes más han hecho uso de una herramienta definida etimológicamente, como volver a llevar, se supone que al pueblo o a cualquier otro ente depositario de la soberanía, la capacidad decisoria sobre un asunto especialmente relevante.

El problema del referendum es que como cualquier otra lógica política, no escapa de los marcos de referencia tradicionales a los que está sujeto el poder. Siempre hay un ente o actor que decide qué se consulta; cuándo se consulta; en qué condiciones se consulta; cómo se formula la consulta; y qué efectos tiene la consulta.

Y ninguno de esos marcos conceptuales es neutro, indubitadamente puro. Siempre habrá agentes interesados en plantear la consulta en el momento en que crean que el resultado de la misma les será más propicio, teniendo en cuenta factores colaterales como la evolución de la economía o la concatenación de sucesos traumáticos. Del mismo modo, no será pacífico el modo en que se plantee la pregunta, como ya sucedió en la trampa lógica de la famosa consulta catalana de octubre de 2014.

Hay referendum inocentemente grotescos, como el que plantearon los suizos hace unos años sobre la altura que tenían que tener los minaretes de las mezquitas de nueva construcción en su país. Y otros susceptibles de desencadenar cataclismos, como el que ha sacudido al continente a cuenta del Brexit.

En medio de la conmoción provocada por el resultado de este último, cabe plantear si es lícito recurrir a este procedimiento como sustitutivo o complemento de la democracia representativa, tan sometida a cuestión por populistas de todo pelaje a lo largo y ancho del continente y más allá, como bien demuestra el efecto Trump. Nada sirve mejor a la causa de los extremos que la reducción de la democracia a un juego de disyuntivas divisivo, fraccionador y polarizador de los sentimientos.

Por eso la dictadura ha recurrido con notorio afecto al referendum para intentar llenar sus vacíos de legitimación, al tiempo que las democracias representativas mostraban un recelo aparentemente contradictorio con su naturaleza definitoria como poder emanado del pueblo y ejercido por el pueblo mediante sufragio universal, libre, directo y secreto.

Estos días me he acordado de la historia de Innervillgraten, y no por establecer un paralelismo con el Reino Unido que votó por la salida de la Unión Europea en referendum -este sí, desarrollado bajo todas las garantías democráticas y sin SS de por medio-. Sino por los dilemas que plantea el recurso reiterado al mismo en sistemas representativos como el propio de las democracias occidentales.

¿Hasta qué punto una foto fija del momento, captada en el día del referendum, puede condicionar el futuro de generaciones venideras? Ante la evidencia de que hay diversos grados en la forma en que se puede interpretar la respuesta mayoritaria –Leave– que los británicos dieron al referendum ¿quién mide cómo de fuera hay que estar de la Unión Europea? ¿Cómo Noruega, de facto un estado cuasi-miembro o cómo Suiza, una república independiente bancaria?

El gobierno representativo es reversible. Cada cuatro años votamos para juzgar, cambiar o prorrogar el mandato del poder que otorgamos a un gobernante -salvo en España, donde también se conjuga el verbo indultar, aunque esa es otra cuestión-. Es lícito preguntarse si el mandato de un referendum es igualmente reversible, o si hay que cargar con sus consecuencias a lo largo de generaciones venideras.

Igual eso es lo que se preguntaron los pobres infelices de Innervillgraten, cuando desafiaron, seguramente sin querer, a la más poderosa tiranía desde un rincón aislado de los Alpes.

Y EUROPA MURIÓ EN UN REFERENDUM

Dijo Napoleón una vez que lo que más le jodía era haber sido derrotado por una nación de tenderos, como él definía a los ingleses que se mantuvieron desafiantes frente al corso durante dos décadas. Agazapados en su isla, protegidos por la Royal Navy, y financiando a cualquiera -prusianos, austriacos o rusos- para que desangrara con dinero británico a la Francia napoleónica.

Dejó dicho también el hombre que venció al mismo corso en Waterloo, el duque de Wellington, que junto a una batalla perdida, no hay nada más triste que una batalla ganada, reflexión hecha después de caminar sobre la loma de Mont San Jean entre varias decenas de miles de cadáveres de soldados.

No sé a ciencia cierta cuántos cadáveres deja este referendum que termina en salida del Reino Unido de la Unión Europea. Por lo pronto me salen el propio convocante, Cameron -al que finalmente se le marchitó la flor en el culo que arrastraba desde hace siete años- y de forma más etérea, pero no menos dramática, el propio ideal europeo o el mismísimo Reino Unido del futuro más inmediato.

Por encima de lo que digan a estas horas los mercados, que no es poco, lo que han hecho los ingleses es darse un tiro en el pie. Han votado, legitimamente, y sólo cabe respetar su decisión. Pero cabe preguntarse cuántas emociones han pesado en el sentido del voto; cuánto han pesado las tripas, o el corazón, por ser menos escatológico, que la cabeza en una elección que dinamita muchas de las certezas en las que se basa la globalización.

La nostalgia del imperio, del «splendid isolation» victoriano, no puede omitirse. El sentimiento acendrado, enraizado en la cultura británica, de independencia respecto de lo que ellos llaman el «continente» ha tenido su peso. Y ese factor ha sido fácil de excitar en un electorado al que se oponía un Leviatán que ha hecho mucho por despeñar su crédito en los últimos años. No diré que los alemanes de ahora son gafes o que se guían por los mismos tics autoritarios que los alemanes de hace setenta años, sustituyendo las divisiones pánzer por el Bundesbank. Pero sí me quedo con la idea de que han liderado con enorme torpeza la posición de liderazgo que su poderosa economía les ofrecía. Han laminado la política a cambio de la dictadura de una hoja de excel. Y en el camino, han empeñado toda la legitimidad acumulada por un proyecto, el europeo, que era más digerible cuando había un partenariado franco-alemán equilibrado.

Inglaterra nunca estuvo cómoda en la Unión Europea.

A decir verdad, nunca estuvo cómoda en Europa, a la que vieron en el pasado como un gigantesco y potencial campo de batalla en el que derramar sangre, y al que veían en el presente como un gigantesco monstruo de burocracia inhibidora del espíritu emprendedor del que son deudores los padres del liberalismo clásico. Los ingleses, esos tenderos avispados que veía Napoleón.

No fue la CEE un acelerador democrático, como lo fue para España, Portugal o Grecia, porque ellos ya tenían democracia consolidada. No fue un gigantesco nuevo mercado de bienes y servicios, porque ellos han mantenido una relación privilegiada con sus excolonias mucho más inteligente que la nuestra o la de los franceses. El hecho de que estos últimos se fueran a hostia limpia de sus excolonias -Argelia, Vietnam, Centroáfrica- contrasta con la indolora flema con la que los británicos renunciaron a su imperio. Sin pegar un tiro en guerras estúpidas como las de los galos, y dejando a cambio una Commonwealth sembradita de corporaciones coronadas por la guinda de una City financiera con terminales en la interminable lista de paraísos fiscales en islas remotas del antiguo Imperio.

Los ingleses se van de Europa porque no la entendieron, ni la quisieron desde la perspectiva superestatal de Delors y su «even closer union», como un camino trazado hacia el destino final de los Estados Unidos de Europa.

En el fondo, lo que muere hoy es la certeza de que la globalización era irreversible. Y a ello contribuye la falta de respuesta de la izquierda en todo el continente, desconcertada por la huída en masa de sus votantes hacia la extrema derecha como ha ocurrido en las cuencas mineras del noreste del país. Por poner un ejemplo, es como si de la noche a la mañana, toda Asturias, cuna tradicional del obrerismo español, se despertase siguiendo a los frikis de Vox al grito de que estos van a imponer una moratoria sobre el establecimiento de kebabs turcos para fomentar las sidrerías tradicionales.

Por supuesto, hay una inmensa legión de iletrados que han comprado este discurso. Pero es la incapacidad de acercar el discurso de unas élites, concebidas y presentadas como profundamente europeístas por sus intereses económicos, con un pueblo dejado al alcance de la carnaza que le ofrecía ese fascista llamado Farage, cuyos vídeos en youtube vosotros, -si, vosotros, malandrines- compartíais con pasión desmedida porque por fin veíais a alguien decirle las verdades del barquero a los arquitectos de la austeridad en Bruselas.

Al final, en este cuento de final incierto, la masa de ratones ensimismados por la melodía, han comprado el discurso de este y otros flautistas embaucadores, como Boris Johnson. Un personaje que tolera, en aras de la libertad que tanto invocan los populistas de todo signo, que haya edificios en Londres con dos entradas. Una para ricos, con vestíbulo, portero y mármol, y otra para pobres, junto a los contenedores de basura del edificio.

Pasen por Comercial Road 1, a la entrada de Withechapel, y comprueben por sí mismos.

A los populistas de todo signo les queda el consuelo de que se ha abierto una hoja de ruta que cristaliza en el delirante suicidio colectivo de una economía que va a entrar en recesión, y que va a arrastrar a otras en su camino al absurdo. Una economía que, con esa masiva llegada de emigrantes inclusive, vivía con un 7 por ciento paro y más de 40 millones de ocupados. Y que va a terminar arrastrando por la senda de la incertidumbre a países enormemente expuestos, como la propia España, en este delirio.

El camino está marcado. Basta con apelar al referendum, a los revocatorios y a demás artificios de hermosa épica, para emprender la senda de la destrucción, y no precisamente de la destrucción creativa de Schumpeter, sino de la que termina en la cola del paro para la gente real, la que sufre los caprichos de la masa cuando se enardecen sus bajos instintos, como el miedo o el odio al inmigrante y al diferente.

Por eso me asustan tanto los apóstoles de la democracia deliberativa y de referendum. Porque son esos mismos apóstoles los que deciden con un sí o con un no. Entre blanco y negro, sin dejar espacio a los matices, o a la conveniencia de la pregunta,  cómo se formula o qué se pregunta. Como el producto de una ofrenda al dios maniqueo que juzga entre dos opciones, limitando la infinita riqueza cromática de una sociedad a la que se condena a la uniformidad de bloques.

Como siempre quiso hacer el fascismo.

A todos los que hoy se frotan las manos pensando que este es un golpe a la Europa austericida  alemana, más les vale recordar que lo que hoy muere no es la doctrina de la contención del déficit fiscal en Europa.

Es Europa misma la que se deshace, por muy odioso que fuera ese Leviatán al que todos, incluida la propia izquierda, ha matado con esa retórica pueril, reduccionista y, una vez más, profundamente maniquea.

 

PARÍS MARTIRIZADO

París outragé!!, París brisé!!, Paris martirysé… Anoche me acordé de estas palabras del general De Gaulle, pronunciadas el 25 de agosto del 44.

Anoche París fue una ciudad martirizada.
Como mucha gente, anoche no pude conciliar el sueño hasta la madrugada. Me enganché a twitter a medianoche, y por el efecto arrastre del impacto emocional que escupían las redes sobre lo que estaba pasando en París, no pude caer dormido hasta las dos o las tres.
Escribo en pretérito cuando quizás debería hacerlo en presente. A estas horas, hay gente luchando por su vida, con el cuerpo destrozado a balazos o por los efectos de las explosiones, en la densa humareda de confusión que queda tras un atentado tan brutal como premeditado, estudiado y macabro en su ejecución.
Igual que no debería utilizar el tiempo pasado, tampoco debería utilizar el concepto atentado terrorista. Se libra una guerra abierta. En las calles, en el extrarradio de las nuevas grandes ciudades estado de nuestro tiempo -Londres, París, Nueva York…- espacios inabarcables, laberínticos, impersonales, en los que las semillas del odio prenden con brío ante la incapacidad de los mecanismos convencionales del estado para proporcionar a los habitantes de las grandes urbes la sensación de vivir seguros.
Ese es el gran objetivo de esta nueva vieja guerra. Decía Sun Tzu que las guerras son conflictos morales que se libran en los templos antes que en los campos de batalla. Siendo así, el enemigo, si es que se pueden utilizar conceptos convencionales como este, busca crear el pánico donde más seguro cree uno estar. En megalópolis habitualmente patrulladas por miembros de la policía y el ejército, sobretodo en instalaciones sensibles como aeropuertos, carreteras, estadios de fútbol, estaciones de metro y ferrocarril y centros comerciales.
Son parte del paisaje, tales guardianes, inadvertidos, con la música ambiente estridente que acompaña el ritual consumista del centro comercial, entre expositores de cosméticos, sofás reclinables con función de automasaje, el puesto de carcasas de móviles y un tipo con corbata, al que todo el mundo ignora, ofreciendo las virtudes de obtener una tarjeta con determinada entidad bancaria. En el decorado, en la entrada principal del Primark del centro comercial, los dos pipiolos, de la Brigada Paracaidista, el Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera Francesa o los fusileros del Royal Essex se integran en el paisaje de compradores compulsivos con sus uniforme de campaña, verde camuflaje, boina calada y gatillo presto.
Nada ilustra mejor la asimetría de la amenaza a la que las sociedades occidentales se enfrentan que esta imagen de impotencia ante lo imprevisible de una matanza como la que acaba de ocurrir en París. Como la que está ocurriendo a estas horas de la mañana, con las calles aún llenas de sangre de los muertos y los tanatorios cargados de padres sin hijos y de nuevos huérfanos.
Lo accesorio, lo irrelevante en este momento es reabrir eternos debates sobre las causas de esta guerra que libramos con armas inadecuadas. Con tanques, cazas y obuses del 105 para cazar lobos solitarios que se esconden en nuestro entorno.
Ya sé que Occidente tiene su parte de culpa, si no la exclusiva, en las causas profundas de los estallidos de locura que nos sobresaltan. Y también sé que son las nuestras sociedades olvidadizas y que relativizan la importancia de los muertos y de las bombas, dependiendo del lugar en el que ocurren. Que no es lo mismo cinco muertes en París que setenta y cinco en Bagdad. Que hay algo perverso en la forma en que asumimos el pánico de lo cercano, no sólo geográficamente, sino por similitud en hábitos y modos de vida, y alienamos el terror lejano, el que se lleva por delante a un centenar de personas en el mercado semanal de la capital del Punjab o delante de una madrasa en Kandahar.
Sentimos como propia la tragedia de París, no sólo porque está cerca geográficamente. Sino porque compartimos hábitos de vida. Patrones de conducta. Gente cenando un viernes por la noche en las terrazas de dos restaurantes; asistiendo a un partido internacional de fútbol; viendo un concierto de rock en una sala con solera. Son las identidades culturales las que nos acercan el drama. Las que nos hacen sentir como propio un golpe que percibimos lejano cuando algo similar ocurre en Argel, a dos horas en coche desde Alicante si se pudiera ir en línea recta.
Ciertamente, si ello nos convierte en hipócritas insensibles, asumo el cumplido como algo inherente a dichas identidades culturales.
A estas horas, consejo extraordinario de defensa en París. El Presidente de la República decidió, tras la matanza de Charlie Hebdo, enviar a su portaaviones a luchar contra el ISIS. Corre el riesgo Hollande de volver a caer en la tentación de asumir medidas convencionales para luchar contra una amenaza que no es sólo asimétrica. Está enraizada en la propia espina de la sociedad francesa.
Ante nosotros, ante el Occidente culpable -si se quiere-, atemorizado, impotente, biempensante y politicamente correcto, una disyuntiva dramática. Asumir que la guerra que enfrentamos nos coloca ante terribles dilemas morales: la Europa de las vallas fronterizas, o la Europa valladar de la libertad.

Esta vez no hay nadie enfrente con quien negociar politicamente. Es la locura. La maldad absoluta. La negación salvaje de la civilización y un modo de vida, que aun contradictorio y lleno también de perversión intrínseca, ha garantizado a la Humanidad las mayores cotas de libertad personal de su historia.

París martirizado. Como Madrid en 2004 o Nueva York en 2001. Como tantos lugares del planeta, en Siria, Yemen, Nigeria, Irak, Pakistán o Afganistán casi a diario.

Ojalá pudiéramos gritar un día, París liberado, con la misma facilidad con la que lo hizo De Gaulle y atestigua el video que abre este texto. Me temo que no será tan sencillo.

¿Quién teme a Lynton Crosby?

¿Sabe usted quien es Lynton Crosby?

Es el hombre que convirtió en realidad el milagro de los tories, los conservadores británicos, de conseguir una mayoría holgada en las últimas elecciones parlamentarias en Reino Unido, celebradas en mayo de este año. Un logro mayúsculo, si se tiene en cuenta que todas las encuestas limitaban las opciones de Cameron a seguir en Downing Street con el renovado apoyo de liberales demócratas o incluso una nada improbable derrota.

Si dedico unas líneas a hablar del personaje es por las similitudes que empiezo a percibir entre lo que pasó en mayo en Reino Unido y lo que puede pasar  en diciembre en España.

No consta que el poderoso Crosby esté detrás del equipo de campaña del PP en estas elecciones en España, aunque sí está acreditada la fascinación de este partido por la reciente campaña británica, a la que prestaron especial atención. Crosby ha hecho carrera en el mundo anglosajón, donde se mueve con soltura y solvencia garantizada, siempre al servicio de la derecha que pague por sus elevados honorarios. Ha dirigido campañas en Nueva Zelanda, Australia, Canada –su más reciente fracaso– y Reino Unido, donde se dio a conocer aupando a Boris Johnson a la alcaldía de Londres.

También contra pronóstico en su día, por cierto.

Encumbrar a Cameron con una mayoría impensable no era una tarea fácil. Cameron comparte con Rajoy la misma atonía del político gris, falto de carisma y capacidad para enamorar a las masas. Ambos llegaron al poder por demérito de sus oponentes, devorados por la crisis y, en el caso del británico, por  el fin del enamoramiento cinematográfico del público británico con el legado de Tony Blair. Alguien a quien en España asociamos torpemente con la foto de las Azores, pero que encarnó una regeneración kennediana en la Inglaterra depresiva post Thatcher.

Cameron no es un histrión como Boris Johnson. No es un político fácil de vender, en los términos en los que el marketing político reciente pone el foco. No es un orador brillante, tiene profundas divisiones en el seno de su partido y no le rodea ese aura de poder que irradian los líderes natos.

Rajoy, en muchos sentidos, comparte idénticas credenciales. Y por eso es por lo que veo un patrón muy similar en los, aparentemente ridículos videos de campaña con los que el presidente del gobierno en ejercicio en España está acaparando la atención de los medios.

A Rajoy  nos lo van a vender en esta campaña como un político anodino, aburrido, orgulloso amante de las perogrulladas y las ya famosas rajoyadas, del tipo «lo serio es ser serio».

Suena ridículo, pero no lo es.

Obedece a una estrategia que va a hacer de Rajoy un hombre común, ni tonto ni listo; ni guapo ni feo; ni malo ni bueno. Un español fofisano de provincias, con memorieta de opositor y notoria capacidad para no pretender ser más listo de lo que realmente es. Ni más joven de lo que es, lo cual tiene sentido en un país envejecido.

Algo que siempre le entró bien al común de mis compatriotas.

En una campaña marcada por la juventud y el evidente atractivo físico de muchos de los recientes cabezas de cartel, como Arrimadas, Pedro Sánchez, Rivera, Romeva, Garzón, Villlacís -es estúpido negar este hecho-, lo que harán los estrategas del PP es precisamente afirmar la aburrida normalidad de un candidato que se parece a la mayor parte de los mortales, y que carece del más mínimo sex-appeal.

No pretendo frivolizar con estas afirmaciones. Sólo señalar la estrategia y el por qué de la misma.

Riámonos todos juntos de las tautologías de Rajoy y de la simpleza intelectual de sus argumentos. Hagamos virales en las redes a cuenta de la pobreza racional de su argumentario y de los modos decimonónicos de un presidente que podría formar parte de un gabinete de Canalejas, allá por 1911 sin desentonar.

No soy un politólogo al uso, ni tengo detrás de mí una legión de expertos en big data captando la fotografía sociológica del momento. Me baso en la intuición, la que me dice a gritos que la campaña del PP  puede funcionar a menos que sus oponentes encuentren un antídoto inteligente.

No se trata unicamente de una apelación al grito del «o yo o el caos», basado en las incertidumbres de un resultado que ofrezca mayorías escuálidas a una de las dos grandes fuerzas políticas. Se trata de una apelación a esa mayoría silenciosa que historicamente tanto sedujo a una derecha enamorada de tal concepto desde que Nixon lo acuñara para ganar la presidencia, en mitad de la efervescencia revolucionaria en los Estados Unidos que quemaba banderas en los campus a cuenta de Vietnam.

¿recuerdan el nombre del personaje al que aludimos al principio de este post? Lynton Crosby. Puede que esta no sea una campaña de su estilo, agresiva y a cara de perro, en las que este Mourinho de la consultoría de estrategias electorales se mueve con brío y tino. Pero sí atino a ver su mano en el modo en que nos presentan a Rajoy, muy parecido al que usaron con Cameron en mayo de este año.

No se trata de esconder sus defectos. Sino todo lo contrario. De acentuarlos, para presentar a un candidato tan gris como el común de los mortales.

Como usted y yo. Como la inmensa mayoría de los votantes que ni son guapos, ni son sabios, ni son brillantes oradores.

«Abandonad toda esperanza….»

 

“Antes de mí, ninguna cosa fue creada

solo las eternas, y yo eternamente duro:

Vosotros que entráis,

¡Abandonad toda esperanza!”

Dante describe con estas palabras la inscripción cincelada en el dintel de la puerta de entrada al infierno en su viaje iniciático de La Divina Comedia. El mismo Dante que ilustra con su efigie las monedas de dos euros. Una divisa, el euro, convertida en yugo y penitencia para todos aquéllos que osan contradecir la doctrinaria senda austericida de la Alemania que condena a los griegos al infierno de la deuda perpetua.

Ellos ahora –y nosotros más pronto que tarde–, abandonan toda esperanza con el durísimo acuerdo alcanzado este lunes.

Hubo un tiempo en que Europa era la solución, cuando España -sustitúyase la mención a España por la de cualquier otro país del sur pobre, arcaico, atrasado y autoritario– era el problema. Era allí, al otro lado de los Pirineos, donde anidaba la virtud, en un continente que había abrazado la tolerancia y la democracia, el capitalismo de rostro humano del estado del bienestar y la superación de las inquinas de dos Guerras Mundiales a base de integración y diálogo institucional para construir un objeto político no identificado, así lo definió Jacques Delors, llamado: “Comunidad Europea”.

A orillas del Mediterráneo, en las frágiles democracias como la italiana o en las férreas dictaduras como la española, la griega o la portuguesa, las cabezas mejor amuebladas soñaban con el día de la integración en un club en el que el llamado “acervo democrático” y el respeto a los derechos humanos eran condición sine qua non para acceder.

Varias generaciones de españoles aporrearon la puerta de Bruselas con insistencia. Unos sabiéndolas cerradas, mientras Franco y su armatoste siguiera con vida; y otros con el empeño de quienes sabían que la negativa francesa de entrada, amenazada en su sector agrícola, obligaba a interminables negociaciones sobre cuotas de producción y dolorosas reconversiones industriales para formar parte del Mercado Único.

Para el común de los españoles, Europa era como una gigantesca vaca de generosas ubres de la que manaba leche en forma de subvenciones a mansalva para carreteras, centros culturales, alcantarillado y saneamiento en pueblos que jamás se plantearon tales lujos al alcance de una generación. La vaca en cuestión, los fondos estructurales y de cohesión, tenía mucho de transferencia de renta de las economías avanzadas del Norte hacia las del Sur. Tanto que hoy, con independencia de nuestra inquina justificada contra alemanes y tecnófobos austericidas, deberíamos recordar cuánto bien hizo aquéllo en nuestra economía.

Ahora, cuanto el viento abrasador del desierto económico ha convertido en baldíos todos los terrenos que se regaron con la abundancia de los 80, los 90 y los primeros dosmiles, nos cuesta recordar aquellos días de confiado devoción en el proyecto europeo. Pero a fe que existieron, y armaron de europeísmo a familias de la España interior, las que inclusomandaban a sus hijos a formarse a esa misma Europa cada vez más cercana, Erasmus de por medio, antaño destino sólo reservado para las élites de la élite y sus vástagos de apellidos compuestos.

Por todo ello, duele más ver cómo ese objeto político no identificado llamado Unión Europea ha crecido hasta convertirse en un monstruo frankenstiniano, en un gigantón articulado de pasos torpes que reniega de las lecciones de la Historia que asistieron a su nacimiento y se revuelve contra sus hijos más débiles para pisotear y humillar voluntades nacionales como la del orgulloso pueblo griego.

A fe que no soy un entusiasta de Tsipras y su gobierno. Vi desde el principio muchos agujeros negros en el mismo, como el pacto con una derecha nacionalista cerril, la convocatoria de un referéndum maniqueo o la cerrazón en su negativa a recortar gastos en defensa, un lujo suntuario en un país en el que unos y otros dejaron cuentas falseadas, estructuras podridas y oligopolios de capitalismo de amiguetes.

Pero cuesta entender que la resolución final a esta crisis se asiente sobre la necesidad de imponer más humillaciones a un pueblo entero, guste más o menos su gobierno, lo que vote o lo que deje de votar. La penosa actitud del Gobierno español en este asunto, del que ciertamente nadie esperaba nada, contribuye a reforzar la idea de que el gran capo de la Unión, Angela Merkel, ha construido un dique de contención contra las tentaciones populistas en otros estados de la zona euro, aquellos que sí son pieza mayor por volumen de sus economías y debilidad de sus cuentas.

Como España.

Lo que Alemania quería desde un principio era trasladar un mensaje a otras latitudes. Un mensaje político, que va más allá de las condiciones requeridas para formar parte de las fuentes de liquidez del Banco Central Europeo o de las necesarias reformas estructurales para crear las condiciones que refuercen un crecimiento equilibrado en un país cargado con una deuda impagable.

Un mensaje que se sintetiza en la advertencia a los electorados inquietos para que se abstengan de votar opciones no domesticadas. Porque no hay esperanza posible aunque así se haga. ¿Capisce, Podemos?

Lo que se ha impuesto a Grecia son las condiciones de una rendición incondicional. De un Versalles como el que levantó el odio alemán del periodo de Entreguerras y llenó las huestes de los camisas pardas de Hitler. Han convertido a Grecia en un rehén de la zona euro, en un sujeto inane en un campo de trabajos forzados, que arrastra un capitoste que le identifica como un indeseable y un paria social.

Los griegos, que orgullosamente se han ido alzando contra la dictadura de los miopes tecnócratas que sacralizan balances y tablas de Excel, enfilan ahora con la mirada perdida su reingreso en la paz del euro, a cambio de no tener corralito. Una cárcel a cuya entrada bien podría escribirse aquéllo de “abandonad toda esperanza”…

Cuesta entender que sean precisamente los alemanes –y generalizo conscientemente en ellos más que en su líder–, los que empujen hacia el precipicio a la Unión Europea o lo que queda de ella. Un sujeto político que fue concebido como un mecanismo superador de los egoísmos nacionales y que podría haber ejercido una salvífica influencia a la hora de embridar el caballo salvaje de la globalización por la senda de la decencia y el raciocinio.

Europa se muere en manos de contables miopes, lastrados por el cortoplacismo de gobernantes presos de arquetipos y estereotipos, deudores de electorados avejentados en la paz de una jubilación gozosa en las playas de esos mismos países del Sur a los que condenan a no levantar cabeza durante generaciones cargadas por el peso de una deuda ominosa que no podrán pagar nunca.