RIVERA Y LA AZNARIDAD

El recuerdo de la Aznaridad me arranca en los años de crisis económica que siguen a los fastos del 92.

Me saben, politicamente aquéllos años, a enfado crónico en liderazgos emergentes que reniegan de las sonrisas. A regusto amargo por la inocencia robada a golpe de desencanto finisecular, empacho del relato beatífico de la Transición e incertidumbre en la izquierda desnortada tras la caída del Muro que anticipa el fin de la Historia.

Un tiempo que requería mala leche, porque la fiesta en política se había terminado y los jóvenes empezaban a migrar del idealismo estéril al realismo nihilista de la Ruta del Bakalao y su constelación de pastillas verdes, rojas y amarillas.

A Aznar y Anguita, los nuevos apóstoles de aquél tiempo, les une la pasión por el gesto adusto. Mola estar de mala leche y ser aguafiestas para reventar los mitos del socialismo crepuscular. Llegan a la España de la resaca olímpica con una ración de B12 en vena para despertarnos del coma etílico y gritar a los cuatro vientos que aquí no hay nada que celebrar. Lo que une el vello facial –mostacho y cejas pobladas, y barba califal- que no lo separe la ideología.

La piqueta se aplica con brío contra la obra del felipismo tardío, cincelada todavía en el magnetismo del carisma y un bel morir cargado de dulce derrota. Felipe cae con una risa póstuma, en forma de mayoría precaria de la aznaridad. Y eso tiene mérito, en un tiempo como aquél, en el que la sonrisa eterna de la socialdemocracia está proscrita por se cosa del diablo, como en los azares del envenenador dominico ciego de El nombre de la Rosa.

Los tipos duros no bailan, dice Norman Mailer. Y Aznar es uno de ellos. Representa el retorno de esa masculinidad que presume de ello. De que ni baila, ni puñetera falta que le hace para sujetar el poder tensando el gesto. Esa masculinidad cuartelera, provinciana y silenciosa, de las que crece en las 50 Vetustas de Clarín y que pueblan señores de orden que se visten por los pies, como Dios manda.

Entonces no lo intuimos, pero la Aznaridad terminaría subiendo los pies, con un par, a la mesita del café del tipo que juega con el botón nuclear y pasea siete portaaviones nucleares por los océanos.

¿Qué a qué huele la Aznaridad veintitantos años después?

Me huele a Albert Rivera.

No tanto por la estética sino por ese jenesisquoi que tienen los anarcoliberales cuando tienen que reprimir su verdadero yo en el armario de la corrección política del que se mueren por salir. Cuando al fin salgan, renegarán de sus veleidades socialdemócratas -exigencia del guion- y ladrarán la maldad del estado invasor que se atreve a multarnos por ir ciegos de vino por la carretera.

La aznaridad en Rivera vive en el populismo tributario de sus mensajes, cuando clama contra la larga mano del Leviatán-Estado aguijoneando los bolsillos de los españoles. A lo dicho en el Impuesto de Sucesiones nos remitimos.

Vive en la absolución con una mano de la derecha crepuscular madrileña y sus golferías. Mientras con la otra niega el pan y la sal a un tipo tan poco negable como Gabilondo. Aun a costa de darle un año a esa misma derecha para limpiar cajones, destruir discos duros y preparar una transición de pelillos a la mar y borrón y cuenta nueva.

Vive en el enfado perenne, impostado, con el que los mediocres creen adquirir hombría de estado a fuerza de mala leche apenas contenida y lenguaje conciso y un tanto tabernario.

Vive en las estridencias de la distorsión del pasado, alimentando el revisionismo histórico puesto en solfa por la escuela de Pio Moa para proyectar un relato que les haga ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro aunque no tengan vela ni él ni los suyos. Con esa doctrina, Clara Campoamor era de Ciudadanos antes de que existiera Ciudadanos, como Azaña fue del PP por obra y gracia de Aznar en su día.

Vive en la pasión por el lenguaje maniqueo, la exageración y el exabrupto. Porque…ay de aquél que coincide con los indepes;en el no al presupuesto, en el lado de la acera por el que camina o en el gusto infame por la pizza con piña. Porque aquél que así obra, no es más que otro golpista devorador de la patria.

Le pasa a Rivera como a la Amanda Gris de La flor de mi secreto, aquélla que queriendo escribir rosa, la novela le salía negra como el carbón. A Rivera, de tanto querer macronizar esta península del demonio, se le aznarizan gesto y retórica.

De nada sirve que las redes de captación recluten a golpe de nómina a talentos descreídos de la socialdemocracia. De nada sirve que la transversalidad urbanita recele de las Barbour de sus padres y de los cardados imposibles de las señoras de bien de toda la vida, y abracen el do it yourself, el emprendimiento digital, las charlas TED y la estética y gustos indie ma non troppo.

La aznaridad persiste, capaz de superar la barrera del tiempo. Y vive en la retórica de un Rivera que quisiera ser Macron y termina pareciéndose a un señor de Valladolid con bigote y muy mala uva.

Puede que no la vierais venir mientras, inocentemente, disertabais sobre slow food de diseño y menús de políticas a la carta, deliciosamente neutras; ideológicamente acrílicas.

Pero allí estaba el dinosaurio cuando despertasteis. En las estridencias y en el maniqueísmo. En la pose exagerada y en el afán de protagonismo desmedido. En los ataques a siniestra y la condescendencia obscena con la diestra.

En todo aquéllo que no visteis venir cuando el amanecer naranja nubló vuestros sentidos.

CRISTINA, SÉ FUERTE

Fuera de tiempo reglamentario, ahí sigue.

Braceando en mitad de la bronca. Agitando al viento certificados presuntamente absolutorios, sospechosamente condenatorios.

Ignorando en el barullo las tibias llamadas al orden de la Presidenta de la Asamblea para que concluya. Cómo no van a ser tibias, si le debe el puesto.

A la diestra de esta última, según el tiro de cámara, el vicepresidente y otros miembros de la mesa claman por la aplicación justa del reglamento para cortar el micro y retirar la palabra a Cifuentes, que fuera de sí, hincha los pulmones con el aire pútrido del ventilador puesto en marcha por su portavoz, un tal Ossorio que en mitad de su delirio, hasta echó mano del comodín del separatismo catalán para extender la cortina de humo hasta donde fuera preciso.

Gabilondo era Puigdemont, se decía el pobre hombre para sus adentros, como el banderillero que se ajusta la taleguilla con torería impostada para encandilar al tendido antes de ejecutar la suerte.

La escena recuerda a la composición renacentista de un pintor veneciano, de esas en las que el plano se reparte entre una caótica multitud de figurantes para alimentar la imagen de un pasaje bíblico del Antiguo Testamento.

El ventilador del fango sólo acierta a remover el aire viciado de una estancia, el Gobierno de Madrid, en el que los espectros de los los Aguirres, Granados y González danzan cogidos de la mano.

Es Madrid, es Goya, es el jolgorio decadente de la serie negra que pintó el sordo en Burdeos. La romería de San Isidro, bajo el peso del recuerdo de tamayazos, pelotazos, canales y púnicas.

Es la venganza póstuma de los hijos de un tiempo que se resiste a morir en el olvido artificial impuesto por decreto. El de las  renovaciones cosméticas y la tolerancia cero de cartón piedra contra la corrupción que no cesa. La que alimenta a un ejército de termitas entregadas a devorar los cimientos de la derecha capitalina. Con festivales de sobres y abundancia de apellidos compuestos de rancio abolengo, que medran en el capitalismo de amiguetes mientras proclaman su fe eterna en el emprendimiento y el libre mercado.

Esta noche, mientras tanto, un puñado de españoles harán vigilia en alguna sala de embarque de Barajas. Los vuelos baratos salen a primera hora, y la espalda de un veinteañero aún no está castigada en demasía como para no soportar el duermevela de las sillas de plástico. Cargan equipaje de mano, además del facturado, y prenda de abrigo, porque aunque aquí la primavera ya rompa en paseos de árboles en flor y terrazas pobladas de afortunados, a ellos les aguarda un mes extra de frío en otras latitudes y hará falta abrigarse para entregar curriculums en el exilio económico-académico de esta España que expulsa 75.000 al año.

En algún lugar de la maleta llevan una carpeta liviana con certificados de título universitario y el máster que, a ellos sí, ninguna universidad amiga les regaló relajando normas de asistencia y eximiendo de tesina de fin de curso.

A precio de oro, ese postgrado que da derecho a rellenar dos líneas adicionales en el apartado «formación académica» deja un regusto amargo en la garganta. Es la prueba fehaciente de una especialización que el grado universitario no alcanza a dar. De algo ha de valer, se dice.

Pero también es el testamento póstumo de un fracaso. El clavo ardiendo para abrirse camino en esta España cuya sola mención tantas bocas llena de orgullo, como puertas cierra a lo mejor que este país ha dado en generaciones. Un clavo al que habrá que agarrarse allende los Pirineos, porque aquí de nada sirvió. Por eso el regusto amargo.

A la misma hora, la Asamblea de Madrid será un fantasmal campo de batalla de la retórica de los pasos perdidos. No hay huellas físicas del combate dialéctico pero, si uno afina el oído, aún puede escuchar en las paredes el eco mortecino de la palabras de Cifuentes en la ronda de noche del guardia de seguridad. Aún aferrada al atril, mientras el ujier apaga las luces, le retira el vaso de agua y cierra al salir para que los espíritus no se repartan por el resto de estancias.

Allí sigue ella. Inasequible al vacío de la soledad en la que se pierde su palabra hueca.

La palabra que se negó a comprometer a requerimiento de ese caballero de la metafísica, un tal Gabilondo empeñado, qué temeridad, en devolver la decencia a la política, a fuerza de ética hegeliana. Con la razón por bandera para regenerar una institución que a estas alturas requiere más un exorcismo que una cura de moralidad ejemplarizante.

Llegará la mañana, y allí seguirá Cifuentes. Y la tarde, y la noche del día siguiente. Allí sigue su espíritu cautivo, atrapado junto al resto de la cofradía burlesca de una pintura de la serie negra de Goya.

Aferrada a sus papeles timbrados, certificados de la nada sobre un máster que nunca existió. Agitando al viento la prueba de una inocencia robada. Blandiendo teorías conspiratorias y encargando a sus cancerberos que no paren el ventilador hasta que la mierda termine por confundir los sentidos de la muchedumbre anestesiada.

Abrazada a la oportuna prórroga que sirve el cuñado naranja, presto a echar un capote en forma de comisión de investigación que todo lo dilata y confunde.

Entregada al encuentro de una voz familiar de ultratumba, que tarde o temprano, se abra paso entre el revoloteo de las moscas hinchadas de la corrupción.

Una voz que le susurre al oído esas palabras de alivio que tanto anhela: “Cristina, sé fuerte”.

BANDERAS, PATRIAS, ESTADOS

Domingo por la mañana, camino de la Cuesta de Moyano, en Madrid.

Doy un rodeo largo desde Chamberí. Cruzando todas las rotondas abiertas, esquinadas las bocacalles  por edificios señoriales del Madrid del primer ensanche burgués, el de los nuevos ricos que traen apellidos de la periferia industriosa a la capital que vive su momento jacobino y centralizador.

Coronan los edificios azoteas almenadas, delirios neorrománticos hijos de un tiempo de ostentación en las alturas  con filigranas y torreones que rivalizan con las agujas de las iglesias. Es el poder de la arquitectura civil, henchido del capital de familias vascas y catalanas, desafiante frente al decadente de la Iglesia que se lame las heridas de la grandeza perdida por culpa de masones y políticos de mente clara como Mendizábal.

Por todas partes, bien visibles, banderas rojigualdas adornan ilustres balconadas.

Me da por fantasear en los herederos de los palacetes levantados en aquél Madrid de Pérez Galdós; de Espartero; de Cánovas. En el hilo temporal que ata a los pioneros de aquéllas fortunas primigenias con los moradores del presente. Y en la desmedida pasión española que se exhibe en los balcones de tan alta cuna.

Tres día antes de este domingo. Parada de Las Suertes, en Vallecas. La parada del Ikea del sur, en el corazón del Ensanche de Vallecas, a ver si me agencio algún ingenio coqueto para el mobiliario del baño. Manzanas de extrarradio, levantadas en el límite de la ciudad, de la que cuelgan como el extremo precario del hilo de una cometa en este Madrid concéntrico, que reproduce para sí mismo lo que es para toda la España radial, vertebrada de norte a sur a partir de una estrella de seis puntas.

Aquí casi no hay banderas en los balcones, entre otras cosas porque además de ser menudos, guardan su espacio para la colada que en el otro Madrid, el señorial y de las banderas, no se exhibe. Nobleza y elegancia obligan.

La patria y la bandera son cosa de ricos en esta España cuarteada por la misma periferia ibérica que antaño llevó sus capitales y sus apellidos a esta capital.

Una patria que no precisa del estado, que eso es cosa de pobres, y que siempre fue débil en la España que se gobernaba mejor desde los cuarteles y las iglesias que desde los ministerios, esa invención de masones y liberales.

El estado es la cola del paro; es la gestión laberíntica para pedir una no contributiva; es la fila de las ocho en el Centro de Salud del barrio; es la ventanilla del servicio de empadronamiento. Y es un artefacto relativamente reciente en España, en comparación con su avance en otras partes del continente casi un siglo antes.

A la derecha en España, el estado le huele a pobreza, a beneficencia. Es por eso por lo que buscó como representación de lo colectivo el amor desmedido por una bandera que, en buena parte de nuestro entorno, ha tenido la significación opuesta a lo que ocurre en nuestro país. 

Aquí, más patria que estado. Allí, más estado que patria.

Una bandera que luego colonizó con soberbia y avaricia, frente a la izquierda que se dejó arrebatar la propia idea de España en la renuncia del amor no correspondido del republicanismo del exilio.

Es la misma derecha que se queja amargamente de que el común de los mortales no sienta el mismo apego por los colores de la bandera, por la exhibición orgullosa de la misma, con el sentido devoto y patriótico que se tiene en Francia, Reino Unido o Estados Unidos. La que se queja de ser la única que sostiene el símbolo patrio frente a la desidia de una izquierda acomplejada en el particular.

Las gentes que viven en el barrio de Salamanca no precisan del estado. No al menos del modo en que se echa en falta en el ensanche de Vallecas. No llevan a sus críos a la escuela pública; el seguro médico les aparta del sistema de cobertura sanitaria universal; y para gestionar la burocracia, tienen gestores y abogados que hacen cola por ellos en las ventanillas de las administraciones.

Esa derecha enamorada de la rojigualda, exhibicionista hasta el exceso de estandartes en barandillas de edificios de alcurnia, no precisa de lo público como se le echa en falta en Vallecas cuando las aulas están masificadas, cuando hay que esperar seis meses a un especialista o cuando la ayuda para la dependencia no llega en un plazo decente.

Ojalá fueran capaces de entender que un símbolo adquiere toda su fuerza cuando hay una realidad tangible que lo sustenta. Y lo cierto es que en la historia de España, durante demasiado tiempo la única presencia del estado fue la de las fuerzas del orden. La guardia civil patrullando caminos infestados de bandoleros y contrabandistas.

Dónde si no en nuestro país, o en el miserable Mezzogiorno italiano, pudo si no arraigar con más fuerza que en ningún otro lugar la doctrina anarquista negadora de un Estado que no estaba ni era esperado.

El poder de un símbolo necesita de un relato creíble para ser integrador. En Francia o en Estados Unidos, la bandera arranca con una revolución que integra en sus colores la apelación al pueblo. De hecho, el último Borbón con aspiraciones más que reales de ocupar el trono francés, rechazó el mismo en cuanto las autoridades le negaron su exigencia de renegar del pendón tricolor de la revolución de 1789 como bandera oficial. En Alemania, la bandera negra roja y amarilla es la bandera del Weimar de entreguerras, la inspiradora república de libertades y filósofos que quiso emular el republicanismo ilustrado español, krausista y orteguiano.

La gran tragedia del relato simbólico de nuestra bandera no está, sin embargo, en su origen como pabellón naval reconvertido a enseña patria por las Cortes de Cádiz.

Sino en el hecho de que quienes más abusen de su exhibición sean los mismos que menos precisan de la idea colectiva de una España que se preocupe de lo que más importa.

Su propia gente.

SIETE RAZONES POR LAS QUE TODO SEGUIRÁ IGUAL

Podían ser quince, como diez o veinticinco.

Aquí van siete porque es número redondo; y esa es una regla de oro que todo bloguero tiene que respetar si quiere que algún despistado se deje caer por aquí.

1.- Porque es semana de Champions.-

Quien dice «semana» dice minuto, hora, día, mes, año, década, vida entera. En la genial «Fiebre en las gradas» de Nick Hornby, se narra la vida de un hombre a través de los azares, triunfos e infortunios de su equipo, el Arsenal. El año, para el protagonista -el propio autor- empezaba en septiembre y terminaba en junio. Con la temporada de la Premier. Un poco así, pero con el Madrid y el Barcelona en el ajo. Lo demás, recurriendo al lenguaje tabernario de Iglesias en el Parlamento, se la pela a esa mayoría silenciosa que como bien dice mi amigo Cecilio, pone y quita presidentes y reyes desde los tiempos de Fernando VII. Los acelerones eléctricos del Lamborghini de Ronaldo en la rotonda de Valdebebas como ensoñación erótica de un país enamorado de ese cuento de hadas forjado en abdominales, reggaetón y «putos amos».

2.- Porque la cosa repunta y no es cuestión de joderla.-

Como se ha decretado la pre-euforia, aquí hay que tragar con el cuadro político parido del año en que estuvimos en funciones y votamos a lo tonto. Dos veces por falta de una. Ya dicen los mercados que las incertidumbres políticas castigan nuestro PIB, al que los servicios de estudios de la banca dan lustre con dos huevos duros más cada vez que tienen ocasión. La certidumbre de la porquería enlodando las tuberías es mejor que la incertidumbre de una sobrevenida decencia. Al menos la primera hace que «la cosa se mueva»; que se vuelvan a ver grúas, que se llegue más facilmente a los conseguidores. Y con las cosas de comer no se juega.

3.- Porque es mejor asumir que somos así, y que a estas alturas, no vamos a cambiar.-

Hazme el favor y deja de compartir vídeos en Facebook sobre la educación en Finlandia, las políticas medioambientales en Dinamarca, la conciliación laboral en Suecia o la cultura en Islandia. Cuánto antes asumas tu lugar en el mundo, mejor te va a ir. Eres español. Y punto. Tenemos sol, playa, buena comida, somos tremendistas, procesionamos como los ángeles y el blanco nuclear nos queda de maravilla en las fiestas ibicencas que replicaremos este verano mientras las chancletas se nos pegan al suelo cubierto de calimocho. ¿Quién te ha dicho a ti que se vive bien en el puñetero Reikiavik? ¿Estás dispuesto a cambiar la tolerancia cero contra la corrupción a cambio de tener cuatro horas de luz en diciembre? Deja de tocarme la moral con las leyendas de los maestros finlandeses y estate a lo que tienes que estar. Que hoy hay Champions.

4.- Porque los vas a votar igual.-

Te van a recordar que Maduro es un tirano, que buscas reabrir heridas con tu cantinela sobre la guerra o que en el Ripollés quemaron una bandera de España. Cuentas mil veces la historia de que una vez a tu cuñao, estando de visita en Barcelona, el dependiente de la frutería no le quiso atender en castellano. Esas ofensas te enervan más que la imagen de un vicepresidente de economía que ha estado recetando aceite de ricino en el FMI mientras guardaba millones a espuertas en paraísos fiscales. Y si no, acuérdate de Carmena y su cabalgata sacrílega. No te lo perdonamos, roja del demonio. Si no te ofende que al Presidente de tu Comunidad le acoden el cogote para entrar esposado en un coche de la guardia civil, por hacerse de oro con pelotazos múltiples a partir de la gestión de un servicio público como el agua, es que ya no te preocupas ni de fingir hartazgo. Y encima, esta semana hay Champions.

5.- Porque los otros están a la luna de Valencia.-

Es verdad que tienen sus ERES y sus pelotazos. Que no son inmunes al tejido viscoso que envuelve el poder y que se pega a la yema de los dedos con sólo estar cerca. Pero sabes en tu fuero interno que no hay color. Que la última década y media pertenece casi en exclusiva a una banda de gaviotas dedicada en comandita a la rapiña en mitad de los estercoleros de la burbuja inmobiliaria y negocios afines. De modo que recurres a la pelea de gallos en que se ha convertido la lucha por las migajas de poder en la izquierda como justificación emocional de tu complicidad en la ceguera auto infligida.

6.- Porque lo que es costumbre deja de ser noticia.-

¿te acuerdas de aquello de una flor, dos flores, tres flores…icoño una seta!. En cinco años hay más sumarios abiertos que níscalos en Valdemeca, Cuenca. Lo que abunda no sorprende. Por mucho que hiperventiles delante de la gente y te hagas el ofendido. Confiesa. Los primeros treinta minutos del telediario, -de los que tres o cuatro con suerte irán dedicados a la corrupción- son un preludio para el monográfico de deportes. Te recuerdo que esta semana hay Champions, y los de la Cuatro tienen un equipo destacado al final de la rotonda de Valdebebas para…. esto ya lo he dicho.

7.- Porque sabes que no les va a pasar nada.-

Dicen los narcos mexicanos que vale más vivir cuarenta años como un rey que ochenta como un mulo. La paradoja española es que, con suerte, los que estén al final de la cadena de los pelotazos van a penar con cuatro o cinco años. En condiciones especiales y sin dramas carcelarios. No, amigo. No hay justicia redentora dentro del trullo. No existe ese código de la cárcel que has idealizado en las películas, por el cual los violadores y los delincuentes de cuello blanco pagan un precio suplementario, acorde al reproche moral de sus delitos. La penitencia dura menos que el tiempo en que has estado en el paro. Y a la salida hay libertad de disfrutar de lo robado.

Para terminar. Ahórrate las poses impostadas de ofendido y saqueado. Ya no es necesario. Hay dos años hasta las elecciones, y por el camino verás a tu presidente comparecer como testigo en e caso Gurtel, al que fuera número dos del gobierno Aznar entrando en la cárcel -no por mucho tiempo- y al presidente de tu comunidad autónoma hasta hace año y medio, emprendiendo el mismo camino. Sigue compartiendo vídeos de los maestros en Finlandia y pidiéndome que copie y pegue el mensaje de solidaridad contra el cáncer mientras los hospitales en los que debería tratarse se trocean y se venden al mejor postor.

¿Te he dicho que esta semana hay Champions?

 

POR QUÉ RAJOY TIENE HOY MÁS PODER QUE NUNCA

 

En el año del Brexit, de Trump y de la caída de Renzi, España se convierte en un bálsamo de estabilidad política. No es la primera vez que ocurre. Lo de ir contracorriente siempre fue una constante en la Historia de España.

Ya en los años treinta, cuando el viejo continente se despeñaba por la senda del autoritarismo, en España inaugurábamos una democracia parlamentaria republicana.

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa Occidental el consenso socialdemócrata ganaba para la causa hasta a la vieja derecha social cristiana, en nuestro país se afianzaba una dictadura nacional católica que mantendría un velo de oprobio sobre los rescoldos de la larga posguerra del 36.

A finales de los setenta, cuando el golpismo de la extrema derecha sacudía a los países más estables de Sudamérica o la violencia política de extrema izquierda azotaba a democracias consolidadas como la italiana o la alemana, en España hicimos una Transición llena de moderación y concordia según el relato épico de la misma.

Nunca antes un mayoría parlamentaria tan minoritaria concitó tanto poder político.

Ahora, cuando Occidente se abandona al griterío del populismo nacionalista y los primeros ministros caen como fichas de dominó, en España se redescubre una estabilidad institucional que había sido puesta en cuestión por nuevos actores que parecen perder fuerza en medio de las guerras de familia.

La mera supervivencia política de Mariano Rajoy, el hombre plano, indolente y previsible, que contempla el devenir de los acontecimientos con la abulia propia de un ministro del gabinete de Cánovas bajo la Regencia de María Cristina, constituye la evidencia más certera de la atonía del caso español.

Nunca antes un mayoría parlamentaria tan minoritaria concitó tanto poder político.

Y no me refiero al poder que se mide al peso, en términos de gobiernos autonómicos, grandes alcaldías o número de parlamentarios. Sino al que se mide en términos más sutiles para bendecir no sólo a quien lo ejerce nominalmente, sino a quien se convierte en árbitro de la situación política.

Y aunque duela, es preciso admitir que Rajoy tiene en sus manos mucho más poder del que tenía en 2011, cuando 186 diputados, diez más de los necesarios, le otorgaron la mayoría absoluta más amplia que la derecha jamás haya tenido.

Para empezar, se guarda en la manga la llave del cerrojo electoral, que puede abrir a conveniencia según la coyuntura se preste a sus intereses.

Tal coyuntura se puede producir en cuanto su imagen de moderación -ensayada con medidas que gozan de buena prensa  como la subida del salario mínimo, reducción del IVA cultural o escenificación de un pacto educativo  o sobre el futuro de las pensiones- sea puesta en contradicción por una oposición a la que dicho sea de paso, bajo ningún concepto le interesa forzar nuevas elecciones.

Que Rajoy pierda votaciones en el Parlamento cada semana no implica, como la de la Ley Mordaza, no implica la derogación de tales normas. Y este escenario puede conducir a la frustración en la izquierda.

Incluso aunque el presidente pierda votaciones parlamentarias una semana tras otra.

Conviene recordar que la votación de una moción consecuencia de una interpelación no supone la derogación de una ley, aunque este detalle pase de largo en la euforia desatada de los activistas en las redes sociales de los partidos que quieran hacer ver lo contrario con el griterío a cuenta de la supuesta, que no real, derogación de la Ley Mordaza, por ejemplo.

Incluso aunque, llevado por una debilidad parlamentaria en apariencia extrema, el presidente tenga que pactar cesiones en los presupuestos ante el nacionalismo vasco. A fin de cuentas, esto es algo que la derecha en nuestro país ha hecho siempre. La izquierda rompe España, y la derecha acuerda por el bien de España con los que, en el primer caso, son separatistas, y en el segundo nacionalistas moderados con los que hablar lenguas autóctonas en la intimidad.

Sólo dos líderes de grandes países de la zona euro que ya estaban en el poder en 2011, van a seguir al frente del gobierno en 2017. Y esos líderes son el español y Merkel.

Con suerte o sin ella, Rajoy encarna un bálsamo de estabilidad en medio del maltrecho contexto europeo. Ha sobrevivido a líderes globales, como Obama. A líderes de trayectoria paralela, como Cameron o Sarkozy. Y a efímeros líderes emergentes como Hollande o Renzi.

En términos comunitarios, se ha convertido en un veterano superviviente con derecho de asiento a la diestra de Merkel, el otro ejemplo de estabilidad política que, se diga lo que se diga, conservará el poder en las elecciones de este año.

Y es ella y no la Comisión Europea, la que le permitirá aliviar en los próximos meses la carga de la austeridad para destinar las dádivas resultantes a cuidar sus pactos con Ciudadanos o quien sea, como ha quedado recientemente demostrado.

Es tal el poder de un hombre políticamente dado por muerto tantas veces -2004, 2008, 2012, 2015- que su silueta inequívoca está detrás de las maniobras de resucitación sobre el cuerpo inerme de un PSOE sumido en una profunda crisis existencial.

Y ese lujo auto concedido, el de insuflar aire en las vías respiratorias del enemigo que tanto hizo por construir la arquitectura bipolar de la política española, no deja de ser una dolorosa afrenta con sabor a aceite de ricino en buena parte de las bases socialistas.

La paradoja de estos tiempos es que la fuerza política más castigada en términos absolutos de pérdida de escaños, alcaldías y gobiernos autonómicos entre 2011 y 2016 -el PP de Rajoy- es el que encara el año 2017, el de los grandes congresos de todas las fuerzas políticas del arco parlamentario, con menos incógnitas a la hora de despejar su liderazgo futuro.

Rajoy se sucede a sí mismo, encaramado a una coyuntura internacional que ni en el mejor de sus sueños hubiera podido imaginar.

Esa y no otra es la incógnita que descuadra todas las cábalas estratégicas en los análisis políticos que se hacen desde España. Demasiados años retraídos tras el parapeto de los Pirineos y una patológica incapacidad de nuestros líderes para hablar el idioma global de las relaciones internacionales, hacen el resto.

A Rajoy le bendice el panorama internacional tanto como a Franco le bendijo en su momento la baza anticomunista en el apogeo de la Guerra Fría.

Por eso se siente cómodo en esta falsa debilidad parlamentaria.

Y por eso, con las concesiones que va a arrancar de la moribunda Comisión Europea y que no hubieran sido posibles hace cuatro años, cuando el austericidio casi termina en una intervención a la griega en España, Rajoy se ve a sí mismo en la cima de carrera, pese a una debilidad parlamentaria que nunca fue un factor menos relevante a la hora de medir el verdadero poder. 

El que no se cuenta en función del número de escaños sino atendiendo al contexto.