¿QUÉ TIENEN EN COMÚN DONALD TRUMP Y FELIPE III?

Buy american, hire american, decía Donald Trump en su ceremonia de investidura como 45 Presidente de la nación más poderosa de la tierra.

Compre americano, contrate americano.

Cuatro palabras para definir una filosofía que nos sumerge de lleno en los años treinta del pasado siglo y que creíamos haber enterrado en una fosa profunda, al lado de los millones de cadáveres que produjeron los conflictos globales inmediatamente precedentes y posteriores.

Como a estas alturas ya lo habrán leído todo sobre Trump en columnas y blogs, lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón de pensar es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, que tenemos a la hora de enjuiciar momentos como el que vivimos.

Sobretodo desde una perspectiva socialdemócrata, que es la que a mí me interesa, para que nos vamos a engañar.

Lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón  es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, en torno al «momento Trump».

Primera paradoja. ¿Sabría usted decirme, querido lector, a qué partido pertenecía el presidente que embarcó a Estados Unidos en las cuatro grandes guerras que ese país vivió en el siglo XX? Antes de que me responda, guiado por los fogonazos de la inmediatez histórica, le recuerdo que la Primera Guerra de Irak causó menos bajas americanas que las primeras dos horas del desembarco de Normandía.

Las cuatro grandes guerras americanas del pasado siglo serían por este orden la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam.

En relación a la pregunta que le formulaba con anterioridad, los presidentes que decidieron la intervención estadounidense en estos conflictos, que conjuntamente les reportaron más de 700.000 muertos en combate, fueron, todos sin excepción, demócratas.

Y que de las cuatro guerras, en las únicas dos en las que el combate no terminó con una rendición incondicional del adversario, el encargado de recoger los bártulos y administrar las conversaciones de paz con un enemigo no derrotado, fueron republicanos.

¿Quiero decir con ello que los demócratas como Obama son halcones y que los republicanos como Trump son palomas? En absoluto. Pero lo cierto es que tenemos que admitir que la distorsión cercana que produce la era Bush, con su herencia de guerras empantanadas en Irak y Afganistán, condiciona la forma en que analizamos los hechos históricos y puede distorsionar nuestra perspectiva.

 Conviene recordar, con datos empíricos, que los presidentes republicanos, a pesar del recuerdo de la era Bush, han sido tradicionalmente aislacionistas, y los demócratas intervencionistas en política exterior. Y que ello no es necesariamente algo bueno.

Los hechos, tan denostados en los tiempos de la post-verdad, dan cuenta de que en el siglo XX corto, ese que se extiende según Hobsbawm entre la Primera Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín -75 años- han ocupado el cargo de presidente catorce mandatarios. De esos tres cuartos de siglo, más de la mitad -40 años- tuvieron como presidente a un republicano y 35 a un demócrata.

Las cuatro grandes guerras americanas antes citadas ocupan un lapso conjunto de unos 20 años. De ese periodo, 16 años coinciden con mandatarios demócratas en el poder. Y sólo 4 con presidentes del partido que sustenta a Dondald Trump.

¿Quiere esto decir que los demócratas son partidarios de la guerra y los republicanos amantes de la paz? Afirmar algo así sería un shock emocional contra nuestras propias percepciones, mediatizadas -es preciso repetirlo una vez más- por las guerras iraquíes y afgana de los Bush padre e hijo.

Segunda paradoja.

Cuando Trump apela al aislacionismo (una vez más la «splendid isolation» anglosajona), a recuperar una «agenda interna» y a olvidarse de «aventuras exteriores», exhortando a los europeos o a los asiáticos a que se paguen su propia defensa por ejemplo, o a promover un deshielo amable con Rusia ¿estamos ante algo intrinsecamente bueno para la Humanidad?

Desde una perspectiva no sólo socialdemócrata, sino incluyendo a la nueva izquierda del continente, no nos cabría duda. Como tampoco nos cabe duda de que la aproximación a la Rusia de Putin nos gusta porque, aunque lo digamos con la boca pequeña, a la izquierda le atrae la determinación rusa, si acaso por asociación de ideas con lo que ese país representó en el pasado.

Si concluimos estas dos paradojas con una respuesta afirmativa -que el aislacionismo americano es inequivocamente republicano y que un presidente como el que nos ha caído en gracia va a centrarse en los desafíos internos más que en ejercer de policía del mundo– llegamos a la disparatada conclusión de que Donald Trump es una salvaguarda para la paz mundial.

La agenda interior y el repliegue americano, pone a la izquierda europea ante el espejo de la contradicción por las consecuencias imprevisibles que para el orden mundial tendrá ese conjunto de políticas.

Antes de que dejen de leer y me crucifiquen, les diré por qué Trump, pese a lo que dice y lo que representa, es una amenaza mucho mayor para la Humanidad que la que representan demócratas en la presidencia como Hillary Clinton, a la que los seguidores republicanos catalogaron como una peligrosa belicista amante de los conflictos y las guerras globales.

Seré franco, aunque duela.

Estados Unidos todavía es el gran «hegemon» de nuestro tiempo. Cuando una potencia dominante se retrae durante un periodo, llevada quizás por el peso de la agenda interior o por lo que los antiguos llamaban el «hastío de guerra», una multitud de aspirantes aprovechan el lapso para rearmarse y ganar parcelas de poder en el tablero global.

Si además, ese poder dominante, se vuelve de repente proteccionista y recupera la política arancelaria para contentar a su electorado bajo el manto protector de la autarquía autosuficiente, se multiplican las opciones de que asistamos a despiadadas guerras comerciales. De las que no implican acciones sangrientas pero que acumulan posos de resentimiento.

Cada siglo tiene su hegemon, su poder dominante. Aunque nos cueste creerlo, nosotros los españoles, también fuimos la gran potencia dominante desde 1520 hasta 1630, más de una centuria.

A Felipe II, un rey belicoso e intervencionista, le sucedió su hijo, Felipe III, un monarca abúlico y retraído que entregó el poder a sus validos y cuya reinado se resume en torno a tres ejes:

  1. Felipe III,  rey de paz. Firmó treguas duraderas con franceses, ingleses y holandeses.
  2. Intentó combatir la inundación de manufacturas extranjeras de estos países en los mercados de Castilla y Aragón, que enriquecían indirectamente a las potencias enemigas con el oro y la plata que venía de América sin dejar riqueza en estos páramos.
  3. Felipe III, rey xenófobo que implementa la medida populista de la expulsión de cientos de miles de moriscos de la península al norte de África.

Dondald Trump simboliza un momento Felipe III en los Estados Unidos.

El repliegue, la renuncia a ser gendarme del planeta, significó que los mares se infestaron de piratas. Perdida la disuasión española, holandeses, franceses e ingleses aprovecharon la paz oficial con España para empezar una guerra no oficial con bucaneros y corsarios.

El proteccionismo salvaje arruinó a los comerciantes más dinámicos establecidos en la ciudad más populosa de Europa por entonces, Sevilla, que empezó una lenta decadencia de la que nunca se recuperó.

Por último, la expulsión de los moriscos, despobló la huerta de Levante,  y sumió al país en una crisis demográfica brutal, en ejercicio de una medida populista equiparable al America First que enarbola el nuevo presidente estadounidense.

Como el rey Felipe III, Trump preconiza el protecconismo, el repliegue y la xenofobia en su salida contra el hastío de guerra y aventuras exteriores que enriquecen al adversario

El gran peligro al que se enfrenta la Humanidad no deriva del hecho de que un hombre de casi 80 años con un cerebro de un crío de 15 esté a cargo del mayor arsenal nuclear del planeta. Ni de que su ideario sea una mezcla de racismo, machismo, prejuicios y populismo de matón de barrio.

Deriva del hecho de de las consecuencias del repliegue prometido. Un orden internacional caótico, puramente hobbesiano, carente de un proveedor global de seguridad colectiva por deserción de la potencia dominante, celosa del auge ajeno que entiende que se produce a su costa en medio de un declive tantas veces pregonado que termina por convertirse en real.

A Felipe III le sucedió su hijo Felipe IV. Y al término de la paz, llegó la guerra. La más salvaje que el mundo había conocido hasta entonces, la Guerra de los Treinta Años, que diezmó el continente europeo y que bien podría considerarse como una primera guerra global.

En un mundo distópico de pesadilla, ¿Qué hubiera sido del mundo si Roosevelt hubiera cedido a las presiones aislacionistas y pacifistas en 1940? Si en lugar de promover un embargo económico contra Japón, hubiera alcanzado un acuerdo con este país aceptando la «esfera de prosperidad asiática» que ese país reclamaba. Sin Pearl Harbor no hubiera habido intervención en Europa. Y Hitler habría derrotado a la URSS y a Gran Bretaña.

El repliegue americano va a estimular a los pigmeos que se creen con derecho a ser gigantes sin temor a los palos de un gendarme renuente que, de repente, se vuelve cansado y perezoso. Hay barra libre.

El aislacionismo de Trump, el repliegue americano, bien puede ser la antesala de un mundo de pesadilla. Por lo pronto usted, que ha llegado hasta este punto de la lectura con una paciencia que le agradezco, prepárese para que su gobierno incremente el gasto en defensa. Que lo hará.

Y recuerde que, aunque el gendarme sea odioso, aunque pegue palos plegándose a los designios del poderoso y prestándose a una doble moral que nos asquea y nos asusta, su ausencia en el mundo no garantiza la paz.

Cuando el hegemon se borra del mapa voluntariamente, un puñado de pigmeos se creen con derecho a ser gigantes. Es lo que la Historia, y los hechos, demuestran.

Y no tardaremos en ver las primeras chispas.

SUSANA DIAZ Y EL ELEFANTE DE LAKOFF

Hace unos años un experto en comunicación cognitiva de nombre Lakoff publicó No pienses en un elefante, un libro que se convirtió en pieza de referencia obligada para la izquierda derrotada, no sólo allí en la Norteamérica de Bush, sino también en Europa, donde la socialdemocracia cedía terreno a pasos agigantados en sus antaño feudos dorados de Francia, Alemania o Italia.

El autor partía de la evidencia de que los neoconservadores estaban ganando la batalla del lenguaje conceptual y los marcos de referencia. Simplificando, que términos como orden, ley o incluso libertad estaban ocupados por una nueva derecha que había desplazado de los mismos a las fuerzas progresistas, forzadas a ir a la contra. Por poner un ejemplo plenamente español, es lo que Aznar pretendió y casi consiguió con el uso y abuso del término «Constitución». ¿Se acuerdan de aquéllo?.

Lakoff aludía al elefante, símbolo presente en el anagrama del Partido Republicano. Un partido que había encontrado en ese ejercicio de colonización de los conceptos el terreno abonado para conquistar la supremacía en el lenguaje y, de paso, mandar a la orfandad conceptual al entonces desnortado Partido Demócrata, obsesionado  y frustrado con el elefante en términos simbólicos.

La tontuna de mirar a los americanos y sus campañas como fuente de innovación se nos ha ido disipando a raíz de las últimas elecciones y el triunfo de Trump. Pero hubo un tiempo, diez años atrás, en que todos en Europa vivíamos intensamente la búsqueda de una respuesta a la hegemonía republicana del mediocre y odioso Bush casi como si estuviéramos eligiendo a nuestro propio alcalde.

Tanto que, cuando ya veíamos la luz al final del túnel -a ese lado del océano- de la mano de Obama, el partido mandó algunos «expertos» a estudiar aquéllas campañas en las que se empezaba a usar con profusión una herramienta entonces minoritaria a este lado del Atlántico llamada Facebook. En nuestra fascinación por el efecto Obama, incluso copiamos los carteles electorales de la funesta campaña de las autonómicas de 2011, aquéllos en los que la cara de nuestro candidato, el entonces presidente Barreda, apenas quedaba iluminada sobre un tétrico fondo negro que algún genio había visto como innovadora en Nueva York.

De poco sirvió que algunos dijéramos que Nueva York no era Tembleque. Y aunque se rectificase sobre la marcha y en mitad de la campaña alguien mandara cambiar el negro fondo sombrío por un banco más optimista y nuclear, lo cierto es que el daño ya estaba hecho.

Estos días me he acordado del famoso libro de Lakoff, no sólo por la irrupción del bufón Trump en la Casa Blanca, sino por esa especie de campaña informal que se ha abierto en el seno del PSOE para alcanzar la secretaría general. Un cargo que, por si alguien no se ha dado por aludido, está vacante sine die a la espera de que la mar gruesa cambie a marejadilla  de acuerdo a lo que los sabios consideran mejor para el partido.

No me quiero perder en disquisiciones sobre si esta versión milenial de ilustrado despotismo es o no justificación suficiente para torcer con tanto empeño las reglas de un partido que justifica la turbulencia en este particular estado de excepción, conmoción y emergencia que vive. De si la gestora tiene credenciales suficientes para prorrogarse en el vacío de poder hasta que la marea haya cambiado del todo.

Prefiero centrarme en la campaña informal para un congreso que aún no tiene fecha. Aquí el elefante es el poder. En el PSOE, es la secretaría general, pieza codiciada por contendientes que afirman no haber «dado el paso al frente» -joder, qué mal me suena esta expresión-, pero que estarán «donde se lo pida el partido». Contendientes que llenan su agenda de hitos que refuerzan su perfil de estadista a la hora de dar dicho paso, entre otras cosas porque llegado el momento, el partido se lo pida.

El problema de esta estrategia es que no sorprende.

Omitiendo al elefante, repitiendo constantemente que las visitas a Bruselas o los actos en Madrid no deben ser entendidos en clave interna, sino como parte de una agenda institucional lógica en un presidente autonómico, se invoca con mucha más fuerza la imagen del cargo en el que se intenta no pensar y que se pretende esconder del escrutinio público.

Y un elefante es un mamífero que ni el mismo Houdini podría camuflar con garantías de éxito.

Poco importa que a estas alturas Susana Díaz niegue que su agenda frenética esté vinculada a la lucha por la secretaría general. O que repita obsesivamente que lo más importante es hablar de España y no tanto del partido. La gente de ese mismo partido, los militantes convertidos en marea agitada, tienen en muchos casos, el colmillo retorcido por mil batallas orgánicas del pasado. Y ven al elefante de Lakoff en cada gesto, en cada viaje forzado, en cada escapada al Madrid del poder.

No hay sentimiento humano más difícil de esconder que la ambición. Casi tanto como el elefante al que ocultar detrás de la tramoya de la falsa humildad y el sacrificio propio a nuestro pesar.

Por eso no termina de arrancar la campaña de imagen de Susana Díaz entre una militancia que, pese a los enjuagues, y baños de popularidad forzada, sigue fría y escéptica.

Porque, como decía un un famoso alcalde de Almansa de quien guardo un gran recuerdo, «a ciertos rivales políticos, especialmente los de dentro, los veo venir desde el Mugrón».(1)

Susana no sorprende. Y en política, quien sorprende, casi siempre gana.

Que le pregunten a Zapatero.

Y a Bono.


 

(1) El Mugrón es una Sierra que los almanseños ven aunque no quieran, a unos 10 kilómetros del pueblo.

LA HISTORIA DE ERNIE, UN TIPO ENCABRONADO CON LA VIDA

La escena transcurre en el reservado de un restaurante de alto copete en Nueva York. Situemos el local, por decir algo, al comienzo de la avenida Madison, a mano derecha de la esquina oeste de Central Park, según se mira desde el google maps.

Es una cena de resaca postelectoral, con un nutrido pero selecto grupo de comensales. Acaban de terminar las presidenciales de 2004 que han visto ganar a George Bush, un presidente entre cuyas credenciales cabe anotar dos guerras que vomitan cadáveres de marines envueltos en la bandera de las barras y estrellas y un desbarajuste global de campeonato.

Los asistentes a la cena se preguntan amargamente cómo es posible que el pueblo americano haya respaldado a semejante espantajo político por segunda vez, todavía con el recuerdo del pucherazo de la primera con el asunto de Florida de por medio.

Para cenar en un restaurante como este, en Madison Avenue, uno tiene que tener mucha pasta. Y no sólo eso. Además de dinero, se sobreentiende que se es alguien en el mundillo de la cultura de la ciudad. Y quien dice cultura, dice cine. Y quien dice Nueva York, dice el puto centro del universo.

Imaginemos, sólo por imaginar, que entre los asistentes se encuentran Tim Robbins, Meryl Strip, Barbara Streisand, Steven Spielberg y cualquier otro fulano que se les ocurra, que haya a) puesto su jeta al servicio del Partido Demócrata y b) puesto pasta, mucha pasta para financiar la carísima campaña del líder que esperaban ver sentado en la Casa Blanca.

Digamos que el líder derrotado es un tipo llamado John Kerry.

Con el tiempo lo veremos dirigiendo la política exterior de Obama, pero ahora, estamos en 2004.

Un héroe de Vietnam, de los héroes de verdad, el tal Kerry.

De los que primero pegó barrigazos y tiros allí, en el Delta del Mekong y que luego, al regresar de una pieza a casa, se dejó el pelo largo, combinó la guerrera verde de los marines con los tejanos gastados y le contó al Congreso las perrerías que habían hecho en esa maldita guerra. Un poco como Forrest Gump en la escena del capitolio, pero sin tartamudear, porque el tal Kerry es de familia de posibles que le han pagado una educación diseñada para que treinta años después fuera presidenciable con los Demócratas.

Volvamos a la cena de Madison Avenue.

Los comensales llevan debatiendo desde los entrantes sobre qué demonios ha podido fallar. Cómo es posible que con el apoyo de las élites intelectuales, las mismas que movilizan millones de fans con sus películas, libros y canciones, las mismas cuyos comportamientos y pautas son imitadas con devota lealtad por las masas, no hayan podido decantar la elección a favor de un candidato manifiestamente más capacitado, limpio y honesto que ese mequetrefe que se quedó en estado de shock cantando melodías infantiles en una guardería, mientras el servicio secreto le susurraba al oído que las torres gemelas se habían ido a hacer puñetas y un avión se había empotrado contra la fachada del Pentágono.

No es difícil imaginar a Spielberg o a Meryl Streep dándose la razón en su diálogo de sobremesa, uno parlamentando y el otro asintiendo con la cabeza, a la hora de entonar una pregunta sin respuesta bajo la suntuosa araña versallesca que cuelga del techo de la estancia. «¿pero cómo es posible que haya podido ganar Bush? ¿quién narices ha podido votar por semejante majadero?»

El resto de invitados asienten, solidarios con la reflexión del rey Midas de Hollywood.

Uno, sólo uno de los presentes en la escena guarda silencio mientras esboza para sus adentros una sonrisa maliciosa, que camufla bajo una mirada de reojo a los invitados y una mueca casi imperceptible que se concede a modo de desquite.

Ernie es el camarero. Bueno, digamos que se llama Ernie.

Ernie es el tipo más pobre de la sala. Ni siquiera es el encargado de verter el vino o de introducir los platos. Es el que limpia las migajas de la mesa entre plato y plato y asiste solícito a la logística del mise en place. Está en la base de la base de esa pirámide cosmosocial que describe la escena. Nacido en el medio oeste, en una decadente ciudad post industrial -pongamos…Detroit- azotada por el paro. Huyó de allí como de la peste, buscando fortuna en NY. Agita sus noches con una botella de Jack Daniels, pero los días los entrega a ese restaurante en el que gana un dinero aceptable que no enjuaga el sentimiento de fracaso que le acompaña. Entre otras cosas, porque vivir en esa ciudad boyante de pijos, estrellas de cine y bohemios hace que ese jornal pase de aceptable a salario de supervivencia por el efecto de la gentrificación.

Cuando Ernie sale del coqueto comedor privado con la cesta de las migajas y las sobras de los platos de Tim Robbins y Susan Sarandon, no puede reprimir la sonrisa bastarda que ha tenido que ahogar en presencia de los comensales.

Él es uno de los que ha  votado por Bush. Uno de tantos que pululan más allá del pequeño universo de las nuevas élites, las que se pueden permitir ser liberales sin que les pese al bolsillo. Las que piden pagar más impuestos porque los ven como un ejercicio de filantropía,  y cantan contra las guerras del mundo. Las que hacen gala de un internacionalismo incipientemente hipster en un tiempo en que nadie sabe todavía qué coño es ser hipster, vegano y gay friendly.

Volvamos a 2016. Doce años después de la escena, a nadie le sorprende que una millonaria legión de Ernies del medio Oeste vayan a votar por un imbécil todavía más imbécil de lo que nunca fue George W. Bush, llamado Donald Trump.

Ni siquiera es ya un fenómeno típicamente americano. El estigma de todos los Ernies se extiende por la Inglaterra del Brexit o la Francia zaherida por la amenaza del terrorismo islamista que busca cobijo en el Frente Nacional. Allí, en América, se le identifica como miembro de un grupo especialmente numeroso y que puede ser decisivo en la campaña que está a punto de empezar. El del hombre blanco sin estudios perteneciente a la sociedad post industrial. Encabronado con la vida, hastiado de todo y deseoso de darle una patada en el culo al convencionalismo de la corrección política. Porque la política no ha hecho una mierda por él.

Ernie, y todos los Ernies del mundo, son la pesadilla para el discurso de una nueva izquierda que, por primera vez, es más atractiva para las élites bien educadas y por ello mejor pagadas, que para los teóricos destinatarios de sus políticas redistributivas.

Hay que hacérselo mirar.

Por qué la derecha no teme las movilizaciones ciudadanas

En 1969 los campus universitarios y las grandes ciudades de Estados Unidos ardían por los cuatro costados a cuenta de la Guerra de Vietnam y la efervescencia retórica del mayo francés.  Fue en ese clima en el que Richard Nixon, presidente republicano en el cargo desde hacía un año, lanzó el famoso discurso de la mayoría silenciosa, un alegato en el que ensalzaba las virtudes del buen americano, el que se dedicaba a trabajar, pagar impuestos, cumplir con su familia y evitar algaradas callejeras que terminaban a palos con la policía.

El impacto de aquél discurso fue notable, no sólo en la derecha americana del momento, sino en los nuevos ideólogos de un conservadurismo europeo que andaba por entonces enfrascado en la búsqueda de referentes ideológicos con los que atraer a una generación criada en la abundancia (excluida España) pero extrañamente insatisfecha y volcada en movimientos contestatarios de todo tipo.

La historia de esa década nos ofrece ejemplos concretos que ilustran la paradoja de la mejor aclimatación política de la derecha a un entorno aparentemente hostil como el que se dio entonces y que, es lícito pensar, resulta exportable al momento político actual.

Tres ejemplos lo ilustran mejor.

En Estados Unidos, en plena oleada de protestas masivas, con disturbios raciales y fuerte contestación a la guerra más impopular de su historia, Nixon consigue la victoria electoral más aplastante del último siglo, frente al candidato demócrata Mc Govern, fuertemente identificado con el ala izquierda de su partido y firme partidario de acabar con la Guerra de Vietnam.

En Reino Unido, diez años más tarde, Margaret Thatcher conquista el poder tras una década de gobiernos laboristas, y lo hace en lo que se conoce como el invierno del descontento, una serie de huelgas y manifestaciones ciudadanas concertadas a partir del poderoso movimiento sindical británico de la época que sumieron en el caos al país en los primeros meses de 1979. En medio de ese clima político, aparentemente mayoritario a favor de un giro a la izquierda más pronunciado en las políticas del laborista Callaghan en el poder, emerge la figura de la dama hierro para canalizar las frustraciones del electorado y abrir un periodo de casi dos décadas de dominio conservador en el país y una renovada supremacía ideológica sobre la izquierda desnortada en la década de los 80.

En la Francia de resaca del mayo francés, con el decrépito de Gaulle abandonando la presidencia de la República, el ex primer ministro conservador Pompidou se hace con el poder en unas elecciones en las que la izquierda ni siquiera supera la primera vuelta. Pompidou se enfrentaría a Poher, un centrista, anticipando así el insólito espctáculo que se repetiría 30 años mas tarde cuando Chirac conquistó su reelección como presidente de la República frente a Le Pen, de nuevo por incomparecencia de la izquierda.

Son sólo tres ejemplos bajo los que se esconde un patrón similar especialmente dañino para la izquierda.

Y es que en no pocas ocasiones la efervescencia de la contestación política en la calle contra la acción de un gobierno, especialmente si se trata de un gobierno conservador, construye una falsa expectativa de cambio que luego se ve frustrada en las elecciones.

Desconozco si tiene algo que ver esa supuesta mayoría silenciosa que verbalizó Nixon y que resucitó Rajoy desde Nueva York, pero lo cierto es que la izquierda no ha salido históricamente bien parada de un clima de confrontación social escenificado en las calles, o mejor dicho, cuando ha puesto todas sus esperanzas en lo que luego las urnas se empeñan en convertir en espejismo.

Y que nadie se confunda.

No es que falten razones -más bien todo lo contrario- para salir a la calle, ni que haya en estas líneas una crítica velada o expresa a la movilización ciudadana, último recurso que le queda a una ciudadanía hastiada con recortes e iniciativas legislativas de sabor tan añejo como la LOMCE en España.

Lo que debería preocupar es la tendencia al autoengaño, a la autoconvicción de que se tiene el respaldo de la calle por mor del número de manifestantes que ocupan las vías públicas en diversas causas cívicas. Lo que debería preocupar es la creencia de que la calle anticipa el cambio y que, por ello, y sólo por ello, el resto de decisiones que se tienen que tomar en la izquierda para regenerar su mensaje y articular nuevas estructuras plenamente democráticas, deben posponerse.

La historia revela que la derecha se siente cómoda apelando a la mayoría silenciosa, aunque su retórica sea tan tramposa como la que subyace en contabilizar como apoyos a su política la de los millones que no se manifiestan, cuando muchos de ellos no lo hacen, sencillamente porque han perdido hasta la esperanza de que sirva para algo.

 

Regreso a Irak: de torturas y miserias morales varias.

Anoche me costó dormir. Acababa de ver Zero Dark Thirty, la película de Katreen Bigelow sobre la captura de Bin Laden. Los primeros diez minutos son un compendio de los demonios que esconde este periodo sombrío, en el que la democracia por antonomasia recurre a la tortura para arrancar confesiones a hombres despojados de toda dignidad humana.

Al final de la película repasé las portadas de los periódicos, en busca de alguna noticia que leer sobre cualquier otro asunto, para enjuagarme el mal sabor de boca que me había dejado la descarnada recreación de la tortura y la vejación que la CIA desplegó y sigue desplegando en Irak, Afganistán o Pakistán.

Y me encontré este video, en el que soldados españoles desplegados en misión de paz en aquél infierno, muelen a patadas a un hombre indefenso, agazapado en el suelo y que se encoge para sobrellevar el tormento al que es sometido.

En la era de lo inmediato, en la que la información queda obsoleta en cuestión de minutos, la percepción que tenemos del paso del tiempo tiene curiosos efectos. Así, la invasión de Irak, de la que se cumplen ahora diez años, se va difuminando en la memoria colectiva, superada por el torrente de acontecimientos extraordinarios y los cataclismos económicos que han estallado en esta década transcurrida.

Irak sería el Vietnam de nuestra generación. La guerra más abyecta de cuántas se han perpetrado, diseñado y justificado desde esa joint venture formada por corporaciones, banca internacional, fondos buitre y gobiernos deseosos de enardecer a sus votantes bajo el vivo flamear de banderas en la campaña del desquite contra ese magma informe de autores materiales e intelectuales del 11-S. Al menos en Estados Unidos.

Aquí en España, Aznar vio la oportunidad de hacer realidad sus sueños más íntimos. Los que había tenido que posponer durante su primera legislatura por efecto de una escuálida mayoría parlamentaria que le obligaba a pactar con nacionalistas catalanes y vascos y que había estado diseñando en su segundo mandato para proporcionarse su particular pórtico de gloria en el que iba a ser su último año en el gobierno.

Sueños húmedos de grandeza renacida; de desquites antifranceses; de renovado protagonismo internacional al amparo de los nuevos señores del mundo, con quienes, de la noche a la mañana, compartíamos plano en las Azores.

 España volvía a salir del oscuro rincón de la Historia.

Todo lo que Estados Unidos reclamaba de nosotros era, en una primera fase, participar en la ópera bufa montada en torno a las armas de destrucción masiva. A falta de cobertura jurídica en forma de resolución de la ONU, Bush precisaba una historia convincente, no sólo para guardar las apariencias, sino para recargar moralmente a una opinión pública deseosa de vendetta por los atentados del 11-S. Y en una segunda fase, una vez que los marines hubieran hecho el trabajo sucio contra las andrajosas tropas de Saddam, aportar un contingente de tropas para asegurar la retaguardia del Tío Sam en las tranquilas zonas hortofrutícolas cuya custodia nos sería asignada.trillo5

Y allá que fuimos. Mil y pico soldados desplegados en mitad de la nada, para mantener la paz y repartir vendas, agua y alimentos en medio de una población civil a la que íbamos a liberar formando parte, por fin,  de los “Aliados”, ese término que ha sido maleado con el paso de los años por Hollywood para definir a los buenos en películas bélica. Una misión limpia y aseada, moralmente respetable y que no exigía que nos manchásemos las manos. De eso se ocupaban los yanquis.

Con Bagdad sometido y el país controlado, el cuento parecía tener el final idílico que los planificadores habían diseñado. Y fue entonces cuando arrancó la pesadilla, en forma de guerra de guerrillas, de guerra irregular sin frentes ni ejército enemigo. De patadas en la puerta y Abu Grahib. De torturas, atentados suicidas y fósforo blanco. De ataúdes envueltos en banderas de barras y estrellas regresando a casa en mitad del silencio de una población que empezaba a asimilar el error y la pesadilla de la ratonera iraquí.

Diez años después del comienzo de aquella pesadilla, el vídeo que hoy ofrece El País nos sitúa delante del espejo de nuestras miserias morales. Las de unas democracias imperfectas que se engañan a sí mismas y a sus ciudadanos para investir de autoridad moral todas sus acciones.

Las miserias morales de un país, el nuestro, en el que el entonces Ministro de Defensa cuando suceden aquellos hechos, Federico Trillo, acumulando en su hoja de servicio el escándalo del Yak 42 o la obscena y nauseabunda defensa jurídica de Luis Bárcenas en 2010, contempla sereno el atardecer londinense mientras saborea una taza de té desde su despacho en la embajada de la que es titular.

Ajeno a toda responsabilidad política o moral, el hombre que diseñó el despliegue de nuestras tropas en una operación contraria al Derecho Internacional; el fontanero que urdió la estrategia de defensa de su partido en el mayor escándalo de corrupción de la democracia; el ministro responsable de la galería de los horrores que envuelve el escándalo del Yak-42, con el penoso episodio de los restos mal identificados ocupa hoy, en premio a su dilatada carrera, el puesto titular de embajador español en el Reino Unido.trillo1

Trillo no es diplomático de carrera, pero eso no es impedimento para que pueda desempeñar la máxima representación del Reino de España en Londres. Cuando se produjo su nombramiento, García Margallo, Ministro de Exteriores aludió a que, de forma excepcional, es posible cubrir este tipo de puestos con personalidades excepcionales.

Cosas como esta hacen de nuestro país un lugar excepcional, aunque no precisamente en sentido positivo.

Mientras medito sobre el particular vuelvo a ver el vídeo con las imágenes del apaleamiento en Diwaniya y pienso en Trillo. Un superviviente de mil escándalos que no debería ocupar cargo alguno en cualquier democracia decente.