¿QUÉ TIENEN EN COMÚN DONALD TRUMP Y FELIPE III?

Buy american, hire american, decía Donald Trump en su ceremonia de investidura como 45 Presidente de la nación más poderosa de la tierra.

Compre americano, contrate americano.

Cuatro palabras para definir una filosofía que nos sumerge de lleno en los años treinta del pasado siglo y que creíamos haber enterrado en una fosa profunda, al lado de los millones de cadáveres que produjeron los conflictos globales inmediatamente precedentes y posteriores.

Como a estas alturas ya lo habrán leído todo sobre Trump en columnas y blogs, lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón de pensar es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, que tenemos a la hora de enjuiciar momentos como el que vivimos.

Sobretodo desde una perspectiva socialdemócrata, que es la que a mí me interesa, para que nos vamos a engañar.

Lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón  es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, en torno al «momento Trump».

Primera paradoja. ¿Sabría usted decirme, querido lector, a qué partido pertenecía el presidente que embarcó a Estados Unidos en las cuatro grandes guerras que ese país vivió en el siglo XX? Antes de que me responda, guiado por los fogonazos de la inmediatez histórica, le recuerdo que la Primera Guerra de Irak causó menos bajas americanas que las primeras dos horas del desembarco de Normandía.

Las cuatro grandes guerras americanas del pasado siglo serían por este orden la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam.

En relación a la pregunta que le formulaba con anterioridad, los presidentes que decidieron la intervención estadounidense en estos conflictos, que conjuntamente les reportaron más de 700.000 muertos en combate, fueron, todos sin excepción, demócratas.

Y que de las cuatro guerras, en las únicas dos en las que el combate no terminó con una rendición incondicional del adversario, el encargado de recoger los bártulos y administrar las conversaciones de paz con un enemigo no derrotado, fueron republicanos.

¿Quiero decir con ello que los demócratas como Obama son halcones y que los republicanos como Trump son palomas? En absoluto. Pero lo cierto es que tenemos que admitir que la distorsión cercana que produce la era Bush, con su herencia de guerras empantanadas en Irak y Afganistán, condiciona la forma en que analizamos los hechos históricos y puede distorsionar nuestra perspectiva.

 Conviene recordar, con datos empíricos, que los presidentes republicanos, a pesar del recuerdo de la era Bush, han sido tradicionalmente aislacionistas, y los demócratas intervencionistas en política exterior. Y que ello no es necesariamente algo bueno.

Los hechos, tan denostados en los tiempos de la post-verdad, dan cuenta de que en el siglo XX corto, ese que se extiende según Hobsbawm entre la Primera Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín -75 años- han ocupado el cargo de presidente catorce mandatarios. De esos tres cuartos de siglo, más de la mitad -40 años- tuvieron como presidente a un republicano y 35 a un demócrata.

Las cuatro grandes guerras americanas antes citadas ocupan un lapso conjunto de unos 20 años. De ese periodo, 16 años coinciden con mandatarios demócratas en el poder. Y sólo 4 con presidentes del partido que sustenta a Dondald Trump.

¿Quiere esto decir que los demócratas son partidarios de la guerra y los republicanos amantes de la paz? Afirmar algo así sería un shock emocional contra nuestras propias percepciones, mediatizadas -es preciso repetirlo una vez más- por las guerras iraquíes y afgana de los Bush padre e hijo.

Segunda paradoja.

Cuando Trump apela al aislacionismo (una vez más la «splendid isolation» anglosajona), a recuperar una «agenda interna» y a olvidarse de «aventuras exteriores», exhortando a los europeos o a los asiáticos a que se paguen su propia defensa por ejemplo, o a promover un deshielo amable con Rusia ¿estamos ante algo intrinsecamente bueno para la Humanidad?

Desde una perspectiva no sólo socialdemócrata, sino incluyendo a la nueva izquierda del continente, no nos cabría duda. Como tampoco nos cabe duda de que la aproximación a la Rusia de Putin nos gusta porque, aunque lo digamos con la boca pequeña, a la izquierda le atrae la determinación rusa, si acaso por asociación de ideas con lo que ese país representó en el pasado.

Si concluimos estas dos paradojas con una respuesta afirmativa -que el aislacionismo americano es inequivocamente republicano y que un presidente como el que nos ha caído en gracia va a centrarse en los desafíos internos más que en ejercer de policía del mundo– llegamos a la disparatada conclusión de que Donald Trump es una salvaguarda para la paz mundial.

La agenda interior y el repliegue americano, pone a la izquierda europea ante el espejo de la contradicción por las consecuencias imprevisibles que para el orden mundial tendrá ese conjunto de políticas.

Antes de que dejen de leer y me crucifiquen, les diré por qué Trump, pese a lo que dice y lo que representa, es una amenaza mucho mayor para la Humanidad que la que representan demócratas en la presidencia como Hillary Clinton, a la que los seguidores republicanos catalogaron como una peligrosa belicista amante de los conflictos y las guerras globales.

Seré franco, aunque duela.

Estados Unidos todavía es el gran «hegemon» de nuestro tiempo. Cuando una potencia dominante se retrae durante un periodo, llevada quizás por el peso de la agenda interior o por lo que los antiguos llamaban el «hastío de guerra», una multitud de aspirantes aprovechan el lapso para rearmarse y ganar parcelas de poder en el tablero global.

Si además, ese poder dominante, se vuelve de repente proteccionista y recupera la política arancelaria para contentar a su electorado bajo el manto protector de la autarquía autosuficiente, se multiplican las opciones de que asistamos a despiadadas guerras comerciales. De las que no implican acciones sangrientas pero que acumulan posos de resentimiento.

Cada siglo tiene su hegemon, su poder dominante. Aunque nos cueste creerlo, nosotros los españoles, también fuimos la gran potencia dominante desde 1520 hasta 1630, más de una centuria.

A Felipe II, un rey belicoso e intervencionista, le sucedió su hijo, Felipe III, un monarca abúlico y retraído que entregó el poder a sus validos y cuya reinado se resume en torno a tres ejes:

  1. Felipe III,  rey de paz. Firmó treguas duraderas con franceses, ingleses y holandeses.
  2. Intentó combatir la inundación de manufacturas extranjeras de estos países en los mercados de Castilla y Aragón, que enriquecían indirectamente a las potencias enemigas con el oro y la plata que venía de América sin dejar riqueza en estos páramos.
  3. Felipe III, rey xenófobo que implementa la medida populista de la expulsión de cientos de miles de moriscos de la península al norte de África.

Dondald Trump simboliza un momento Felipe III en los Estados Unidos.

El repliegue, la renuncia a ser gendarme del planeta, significó que los mares se infestaron de piratas. Perdida la disuasión española, holandeses, franceses e ingleses aprovecharon la paz oficial con España para empezar una guerra no oficial con bucaneros y corsarios.

El proteccionismo salvaje arruinó a los comerciantes más dinámicos establecidos en la ciudad más populosa de Europa por entonces, Sevilla, que empezó una lenta decadencia de la que nunca se recuperó.

Por último, la expulsión de los moriscos, despobló la huerta de Levante,  y sumió al país en una crisis demográfica brutal, en ejercicio de una medida populista equiparable al America First que enarbola el nuevo presidente estadounidense.

Como el rey Felipe III, Trump preconiza el protecconismo, el repliegue y la xenofobia en su salida contra el hastío de guerra y aventuras exteriores que enriquecen al adversario

El gran peligro al que se enfrenta la Humanidad no deriva del hecho de que un hombre de casi 80 años con un cerebro de un crío de 15 esté a cargo del mayor arsenal nuclear del planeta. Ni de que su ideario sea una mezcla de racismo, machismo, prejuicios y populismo de matón de barrio.

Deriva del hecho de de las consecuencias del repliegue prometido. Un orden internacional caótico, puramente hobbesiano, carente de un proveedor global de seguridad colectiva por deserción de la potencia dominante, celosa del auge ajeno que entiende que se produce a su costa en medio de un declive tantas veces pregonado que termina por convertirse en real.

A Felipe III le sucedió su hijo Felipe IV. Y al término de la paz, llegó la guerra. La más salvaje que el mundo había conocido hasta entonces, la Guerra de los Treinta Años, que diezmó el continente europeo y que bien podría considerarse como una primera guerra global.

En un mundo distópico de pesadilla, ¿Qué hubiera sido del mundo si Roosevelt hubiera cedido a las presiones aislacionistas y pacifistas en 1940? Si en lugar de promover un embargo económico contra Japón, hubiera alcanzado un acuerdo con este país aceptando la «esfera de prosperidad asiática» que ese país reclamaba. Sin Pearl Harbor no hubiera habido intervención en Europa. Y Hitler habría derrotado a la URSS y a Gran Bretaña.

El repliegue americano va a estimular a los pigmeos que se creen con derecho a ser gigantes sin temor a los palos de un gendarme renuente que, de repente, se vuelve cansado y perezoso. Hay barra libre.

El aislacionismo de Trump, el repliegue americano, bien puede ser la antesala de un mundo de pesadilla. Por lo pronto usted, que ha llegado hasta este punto de la lectura con una paciencia que le agradezco, prepárese para que su gobierno incremente el gasto en defensa. Que lo hará.

Y recuerde que, aunque el gendarme sea odioso, aunque pegue palos plegándose a los designios del poderoso y prestándose a una doble moral que nos asquea y nos asusta, su ausencia en el mundo no garantiza la paz.

Cuando el hegemon se borra del mapa voluntariamente, un puñado de pigmeos se creen con derecho a ser gigantes. Es lo que la Historia, y los hechos, demuestran.

Y no tardaremos en ver las primeras chispas.

LA HISTORIA DE ERNIE, UN TIPO ENCABRONADO CON LA VIDA

La escena transcurre en el reservado de un restaurante de alto copete en Nueva York. Situemos el local, por decir algo, al comienzo de la avenida Madison, a mano derecha de la esquina oeste de Central Park, según se mira desde el google maps.

Es una cena de resaca postelectoral, con un nutrido pero selecto grupo de comensales. Acaban de terminar las presidenciales de 2004 que han visto ganar a George Bush, un presidente entre cuyas credenciales cabe anotar dos guerras que vomitan cadáveres de marines envueltos en la bandera de las barras y estrellas y un desbarajuste global de campeonato.

Los asistentes a la cena se preguntan amargamente cómo es posible que el pueblo americano haya respaldado a semejante espantajo político por segunda vez, todavía con el recuerdo del pucherazo de la primera con el asunto de Florida de por medio.

Para cenar en un restaurante como este, en Madison Avenue, uno tiene que tener mucha pasta. Y no sólo eso. Además de dinero, se sobreentiende que se es alguien en el mundillo de la cultura de la ciudad. Y quien dice cultura, dice cine. Y quien dice Nueva York, dice el puto centro del universo.

Imaginemos, sólo por imaginar, que entre los asistentes se encuentran Tim Robbins, Meryl Strip, Barbara Streisand, Steven Spielberg y cualquier otro fulano que se les ocurra, que haya a) puesto su jeta al servicio del Partido Demócrata y b) puesto pasta, mucha pasta para financiar la carísima campaña del líder que esperaban ver sentado en la Casa Blanca.

Digamos que el líder derrotado es un tipo llamado John Kerry.

Con el tiempo lo veremos dirigiendo la política exterior de Obama, pero ahora, estamos en 2004.

Un héroe de Vietnam, de los héroes de verdad, el tal Kerry.

De los que primero pegó barrigazos y tiros allí, en el Delta del Mekong y que luego, al regresar de una pieza a casa, se dejó el pelo largo, combinó la guerrera verde de los marines con los tejanos gastados y le contó al Congreso las perrerías que habían hecho en esa maldita guerra. Un poco como Forrest Gump en la escena del capitolio, pero sin tartamudear, porque el tal Kerry es de familia de posibles que le han pagado una educación diseñada para que treinta años después fuera presidenciable con los Demócratas.

Volvamos a la cena de Madison Avenue.

Los comensales llevan debatiendo desde los entrantes sobre qué demonios ha podido fallar. Cómo es posible que con el apoyo de las élites intelectuales, las mismas que movilizan millones de fans con sus películas, libros y canciones, las mismas cuyos comportamientos y pautas son imitadas con devota lealtad por las masas, no hayan podido decantar la elección a favor de un candidato manifiestamente más capacitado, limpio y honesto que ese mequetrefe que se quedó en estado de shock cantando melodías infantiles en una guardería, mientras el servicio secreto le susurraba al oído que las torres gemelas se habían ido a hacer puñetas y un avión se había empotrado contra la fachada del Pentágono.

No es difícil imaginar a Spielberg o a Meryl Streep dándose la razón en su diálogo de sobremesa, uno parlamentando y el otro asintiendo con la cabeza, a la hora de entonar una pregunta sin respuesta bajo la suntuosa araña versallesca que cuelga del techo de la estancia. «¿pero cómo es posible que haya podido ganar Bush? ¿quién narices ha podido votar por semejante majadero?»

El resto de invitados asienten, solidarios con la reflexión del rey Midas de Hollywood.

Uno, sólo uno de los presentes en la escena guarda silencio mientras esboza para sus adentros una sonrisa maliciosa, que camufla bajo una mirada de reojo a los invitados y una mueca casi imperceptible que se concede a modo de desquite.

Ernie es el camarero. Bueno, digamos que se llama Ernie.

Ernie es el tipo más pobre de la sala. Ni siquiera es el encargado de verter el vino o de introducir los platos. Es el que limpia las migajas de la mesa entre plato y plato y asiste solícito a la logística del mise en place. Está en la base de la base de esa pirámide cosmosocial que describe la escena. Nacido en el medio oeste, en una decadente ciudad post industrial -pongamos…Detroit- azotada por el paro. Huyó de allí como de la peste, buscando fortuna en NY. Agita sus noches con una botella de Jack Daniels, pero los días los entrega a ese restaurante en el que gana un dinero aceptable que no enjuaga el sentimiento de fracaso que le acompaña. Entre otras cosas, porque vivir en esa ciudad boyante de pijos, estrellas de cine y bohemios hace que ese jornal pase de aceptable a salario de supervivencia por el efecto de la gentrificación.

Cuando Ernie sale del coqueto comedor privado con la cesta de las migajas y las sobras de los platos de Tim Robbins y Susan Sarandon, no puede reprimir la sonrisa bastarda que ha tenido que ahogar en presencia de los comensales.

Él es uno de los que ha  votado por Bush. Uno de tantos que pululan más allá del pequeño universo de las nuevas élites, las que se pueden permitir ser liberales sin que les pese al bolsillo. Las que piden pagar más impuestos porque los ven como un ejercicio de filantropía,  y cantan contra las guerras del mundo. Las que hacen gala de un internacionalismo incipientemente hipster en un tiempo en que nadie sabe todavía qué coño es ser hipster, vegano y gay friendly.

Volvamos a 2016. Doce años después de la escena, a nadie le sorprende que una millonaria legión de Ernies del medio Oeste vayan a votar por un imbécil todavía más imbécil de lo que nunca fue George W. Bush, llamado Donald Trump.

Ni siquiera es ya un fenómeno típicamente americano. El estigma de todos los Ernies se extiende por la Inglaterra del Brexit o la Francia zaherida por la amenaza del terrorismo islamista que busca cobijo en el Frente Nacional. Allí, en América, se le identifica como miembro de un grupo especialmente numeroso y que puede ser decisivo en la campaña que está a punto de empezar. El del hombre blanco sin estudios perteneciente a la sociedad post industrial. Encabronado con la vida, hastiado de todo y deseoso de darle una patada en el culo al convencionalismo de la corrección política. Porque la política no ha hecho una mierda por él.

Ernie, y todos los Ernies del mundo, son la pesadilla para el discurso de una nueva izquierda que, por primera vez, es más atractiva para las élites bien educadas y por ello mejor pagadas, que para los teóricos destinatarios de sus políticas redistributivas.

Hay que hacérselo mirar.

Y EUROPA MURIÓ EN UN REFERENDUM

Dijo Napoleón una vez que lo que más le jodía era haber sido derrotado por una nación de tenderos, como él definía a los ingleses que se mantuvieron desafiantes frente al corso durante dos décadas. Agazapados en su isla, protegidos por la Royal Navy, y financiando a cualquiera -prusianos, austriacos o rusos- para que desangrara con dinero británico a la Francia napoleónica.

Dejó dicho también el hombre que venció al mismo corso en Waterloo, el duque de Wellington, que junto a una batalla perdida, no hay nada más triste que una batalla ganada, reflexión hecha después de caminar sobre la loma de Mont San Jean entre varias decenas de miles de cadáveres de soldados.

No sé a ciencia cierta cuántos cadáveres deja este referendum que termina en salida del Reino Unido de la Unión Europea. Por lo pronto me salen el propio convocante, Cameron -al que finalmente se le marchitó la flor en el culo que arrastraba desde hace siete años- y de forma más etérea, pero no menos dramática, el propio ideal europeo o el mismísimo Reino Unido del futuro más inmediato.

Por encima de lo que digan a estas horas los mercados, que no es poco, lo que han hecho los ingleses es darse un tiro en el pie. Han votado, legitimamente, y sólo cabe respetar su decisión. Pero cabe preguntarse cuántas emociones han pesado en el sentido del voto; cuánto han pesado las tripas, o el corazón, por ser menos escatológico, que la cabeza en una elección que dinamita muchas de las certezas en las que se basa la globalización.

La nostalgia del imperio, del «splendid isolation» victoriano, no puede omitirse. El sentimiento acendrado, enraizado en la cultura británica, de independencia respecto de lo que ellos llaman el «continente» ha tenido su peso. Y ese factor ha sido fácil de excitar en un electorado al que se oponía un Leviatán que ha hecho mucho por despeñar su crédito en los últimos años. No diré que los alemanes de ahora son gafes o que se guían por los mismos tics autoritarios que los alemanes de hace setenta años, sustituyendo las divisiones pánzer por el Bundesbank. Pero sí me quedo con la idea de que han liderado con enorme torpeza la posición de liderazgo que su poderosa economía les ofrecía. Han laminado la política a cambio de la dictadura de una hoja de excel. Y en el camino, han empeñado toda la legitimidad acumulada por un proyecto, el europeo, que era más digerible cuando había un partenariado franco-alemán equilibrado.

Inglaterra nunca estuvo cómoda en la Unión Europea.

A decir verdad, nunca estuvo cómoda en Europa, a la que vieron en el pasado como un gigantesco y potencial campo de batalla en el que derramar sangre, y al que veían en el presente como un gigantesco monstruo de burocracia inhibidora del espíritu emprendedor del que son deudores los padres del liberalismo clásico. Los ingleses, esos tenderos avispados que veía Napoleón.

No fue la CEE un acelerador democrático, como lo fue para España, Portugal o Grecia, porque ellos ya tenían democracia consolidada. No fue un gigantesco nuevo mercado de bienes y servicios, porque ellos han mantenido una relación privilegiada con sus excolonias mucho más inteligente que la nuestra o la de los franceses. El hecho de que estos últimos se fueran a hostia limpia de sus excolonias -Argelia, Vietnam, Centroáfrica- contrasta con la indolora flema con la que los británicos renunciaron a su imperio. Sin pegar un tiro en guerras estúpidas como las de los galos, y dejando a cambio una Commonwealth sembradita de corporaciones coronadas por la guinda de una City financiera con terminales en la interminable lista de paraísos fiscales en islas remotas del antiguo Imperio.

Los ingleses se van de Europa porque no la entendieron, ni la quisieron desde la perspectiva superestatal de Delors y su «even closer union», como un camino trazado hacia el destino final de los Estados Unidos de Europa.

En el fondo, lo que muere hoy es la certeza de que la globalización era irreversible. Y a ello contribuye la falta de respuesta de la izquierda en todo el continente, desconcertada por la huída en masa de sus votantes hacia la extrema derecha como ha ocurrido en las cuencas mineras del noreste del país. Por poner un ejemplo, es como si de la noche a la mañana, toda Asturias, cuna tradicional del obrerismo español, se despertase siguiendo a los frikis de Vox al grito de que estos van a imponer una moratoria sobre el establecimiento de kebabs turcos para fomentar las sidrerías tradicionales.

Por supuesto, hay una inmensa legión de iletrados que han comprado este discurso. Pero es la incapacidad de acercar el discurso de unas élites, concebidas y presentadas como profundamente europeístas por sus intereses económicos, con un pueblo dejado al alcance de la carnaza que le ofrecía ese fascista llamado Farage, cuyos vídeos en youtube vosotros, -si, vosotros, malandrines- compartíais con pasión desmedida porque por fin veíais a alguien decirle las verdades del barquero a los arquitectos de la austeridad en Bruselas.

Al final, en este cuento de final incierto, la masa de ratones ensimismados por la melodía, han comprado el discurso de este y otros flautistas embaucadores, como Boris Johnson. Un personaje que tolera, en aras de la libertad que tanto invocan los populistas de todo signo, que haya edificios en Londres con dos entradas. Una para ricos, con vestíbulo, portero y mármol, y otra para pobres, junto a los contenedores de basura del edificio.

Pasen por Comercial Road 1, a la entrada de Withechapel, y comprueben por sí mismos.

A los populistas de todo signo les queda el consuelo de que se ha abierto una hoja de ruta que cristaliza en el delirante suicidio colectivo de una economía que va a entrar en recesión, y que va a arrastrar a otras en su camino al absurdo. Una economía que, con esa masiva llegada de emigrantes inclusive, vivía con un 7 por ciento paro y más de 40 millones de ocupados. Y que va a terminar arrastrando por la senda de la incertidumbre a países enormemente expuestos, como la propia España, en este delirio.

El camino está marcado. Basta con apelar al referendum, a los revocatorios y a demás artificios de hermosa épica, para emprender la senda de la destrucción, y no precisamente de la destrucción creativa de Schumpeter, sino de la que termina en la cola del paro para la gente real, la que sufre los caprichos de la masa cuando se enardecen sus bajos instintos, como el miedo o el odio al inmigrante y al diferente.

Por eso me asustan tanto los apóstoles de la democracia deliberativa y de referendum. Porque son esos mismos apóstoles los que deciden con un sí o con un no. Entre blanco y negro, sin dejar espacio a los matices, o a la conveniencia de la pregunta,  cómo se formula o qué se pregunta. Como el producto de una ofrenda al dios maniqueo que juzga entre dos opciones, limitando la infinita riqueza cromática de una sociedad a la que se condena a la uniformidad de bloques.

Como siempre quiso hacer el fascismo.

A todos los que hoy se frotan las manos pensando que este es un golpe a la Europa austericida  alemana, más les vale recordar que lo que hoy muere no es la doctrina de la contención del déficit fiscal en Europa.

Es Europa misma la que se deshace, por muy odioso que fuera ese Leviatán al que todos, incluida la propia izquierda, ha matado con esa retórica pueril, reduccionista y, una vez más, profundamente maniquea.

 

PARÍS MARTIRIZADO

París outragé!!, París brisé!!, Paris martirysé… Anoche me acordé de estas palabras del general De Gaulle, pronunciadas el 25 de agosto del 44.

Anoche París fue una ciudad martirizada.
Como mucha gente, anoche no pude conciliar el sueño hasta la madrugada. Me enganché a twitter a medianoche, y por el efecto arrastre del impacto emocional que escupían las redes sobre lo que estaba pasando en París, no pude caer dormido hasta las dos o las tres.
Escribo en pretérito cuando quizás debería hacerlo en presente. A estas horas, hay gente luchando por su vida, con el cuerpo destrozado a balazos o por los efectos de las explosiones, en la densa humareda de confusión que queda tras un atentado tan brutal como premeditado, estudiado y macabro en su ejecución.
Igual que no debería utilizar el tiempo pasado, tampoco debería utilizar el concepto atentado terrorista. Se libra una guerra abierta. En las calles, en el extrarradio de las nuevas grandes ciudades estado de nuestro tiempo -Londres, París, Nueva York…- espacios inabarcables, laberínticos, impersonales, en los que las semillas del odio prenden con brío ante la incapacidad de los mecanismos convencionales del estado para proporcionar a los habitantes de las grandes urbes la sensación de vivir seguros.
Ese es el gran objetivo de esta nueva vieja guerra. Decía Sun Tzu que las guerras son conflictos morales que se libran en los templos antes que en los campos de batalla. Siendo así, el enemigo, si es que se pueden utilizar conceptos convencionales como este, busca crear el pánico donde más seguro cree uno estar. En megalópolis habitualmente patrulladas por miembros de la policía y el ejército, sobretodo en instalaciones sensibles como aeropuertos, carreteras, estadios de fútbol, estaciones de metro y ferrocarril y centros comerciales.
Son parte del paisaje, tales guardianes, inadvertidos, con la música ambiente estridente que acompaña el ritual consumista del centro comercial, entre expositores de cosméticos, sofás reclinables con función de automasaje, el puesto de carcasas de móviles y un tipo con corbata, al que todo el mundo ignora, ofreciendo las virtudes de obtener una tarjeta con determinada entidad bancaria. En el decorado, en la entrada principal del Primark del centro comercial, los dos pipiolos, de la Brigada Paracaidista, el Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera Francesa o los fusileros del Royal Essex se integran en el paisaje de compradores compulsivos con sus uniforme de campaña, verde camuflaje, boina calada y gatillo presto.
Nada ilustra mejor la asimetría de la amenaza a la que las sociedades occidentales se enfrentan que esta imagen de impotencia ante lo imprevisible de una matanza como la que acaba de ocurrir en París. Como la que está ocurriendo a estas horas de la mañana, con las calles aún llenas de sangre de los muertos y los tanatorios cargados de padres sin hijos y de nuevos huérfanos.
Lo accesorio, lo irrelevante en este momento es reabrir eternos debates sobre las causas de esta guerra que libramos con armas inadecuadas. Con tanques, cazas y obuses del 105 para cazar lobos solitarios que se esconden en nuestro entorno.
Ya sé que Occidente tiene su parte de culpa, si no la exclusiva, en las causas profundas de los estallidos de locura que nos sobresaltan. Y también sé que son las nuestras sociedades olvidadizas y que relativizan la importancia de los muertos y de las bombas, dependiendo del lugar en el que ocurren. Que no es lo mismo cinco muertes en París que setenta y cinco en Bagdad. Que hay algo perverso en la forma en que asumimos el pánico de lo cercano, no sólo geográficamente, sino por similitud en hábitos y modos de vida, y alienamos el terror lejano, el que se lleva por delante a un centenar de personas en el mercado semanal de la capital del Punjab o delante de una madrasa en Kandahar.
Sentimos como propia la tragedia de París, no sólo porque está cerca geográficamente. Sino porque compartimos hábitos de vida. Patrones de conducta. Gente cenando un viernes por la noche en las terrazas de dos restaurantes; asistiendo a un partido internacional de fútbol; viendo un concierto de rock en una sala con solera. Son las identidades culturales las que nos acercan el drama. Las que nos hacen sentir como propio un golpe que percibimos lejano cuando algo similar ocurre en Argel, a dos horas en coche desde Alicante si se pudiera ir en línea recta.
Ciertamente, si ello nos convierte en hipócritas insensibles, asumo el cumplido como algo inherente a dichas identidades culturales.
A estas horas, consejo extraordinario de defensa en París. El Presidente de la República decidió, tras la matanza de Charlie Hebdo, enviar a su portaaviones a luchar contra el ISIS. Corre el riesgo Hollande de volver a caer en la tentación de asumir medidas convencionales para luchar contra una amenaza que no es sólo asimétrica. Está enraizada en la propia espina de la sociedad francesa.
Ante nosotros, ante el Occidente culpable -si se quiere-, atemorizado, impotente, biempensante y politicamente correcto, una disyuntiva dramática. Asumir que la guerra que enfrentamos nos coloca ante terribles dilemas morales: la Europa de las vallas fronterizas, o la Europa valladar de la libertad.

Esta vez no hay nadie enfrente con quien negociar politicamente. Es la locura. La maldad absoluta. La negación salvaje de la civilización y un modo de vida, que aun contradictorio y lleno también de perversión intrínseca, ha garantizado a la Humanidad las mayores cotas de libertad personal de su historia.

París martirizado. Como Madrid en 2004 o Nueva York en 2001. Como tantos lugares del planeta, en Siria, Yemen, Nigeria, Irak, Pakistán o Afganistán casi a diario.

Ojalá pudiéramos gritar un día, París liberado, con la misma facilidad con la que lo hizo De Gaulle y atestigua el video que abre este texto. Me temo que no será tan sencillo.

¿Europa o Eurovisión?

Nigel Farage es un tipo peculiar. Se hizo famoso en la red, a partir de vídeos de impulso viral en youtube, en los que la gente se deleitaba con este político dicharachero, malsonante a ratos y politicamente incorrecto. En el tedio de Bruselas, era el único parlamentario capaz de poner contra las cuerdas a Barroso, Juncker, Rehn, Almunia y el resto de cabezas pensantes que parieron ese cordón sanitario impregnado de austeridad y ricino para las economías devastadas del Mediterráneo.

A la gente le cayó bien este tipo. Si uno se entretiene y mira los comentarios de los vídeos en cuestión, se constata que en su mayor parte, se alimentan de la cantera de los indignados del 15M, afines en su crítica a la dictadura de los mercados y la sumisa docilidad de instituciones europeas dotadas de una muy cuestionable legitimidad democrática.

En el programa electoral, el personaje sostiene un pinta de cerveza, como símbolo de la irreverencia británica a esa Europa construida a martillazos de burócratas no electos y a la que buena parte de Gran Bretaña mira con desconfianza desde tiempos inmemoriales. Porque, a sus ojos, todo lo malo viene del otro lado del Canal, del Continente. Guerras, dictaduras, persecución religiosa o acoso contra la libertad individual por parte de un gobierno excesivo, como diría Thatcher.

Por eso posa Farage con la pinta o hace campaña en la BBC en un pub sobre un fondo de grifos de cerveza. Es la rebelión de lo auténtico contra la mundialización porque sí. La misma que ahora impone reglas y regulaciones extrañas a las culturas nacionales, y que hace cien años empezó a ensayarse en el mundo, con la unificación de los sistemas internacionales de pesos y medidas, contra el que se rebela un país que sigue midiendo en pulgadas, millas, onzas y pintas.

Ya sabemos que el nacionalismo se nutre de la exaltación de lo simbólico, de lo que diferencia a la tribu frente a las actitudes de avasallamiento que proceden de un exterior que se percibe como una amenaza.

Nigel Farage cataliza ese espíritu de rebelión castiza frente a la Europa de las reglas y los burócratas de la que también se reniega en otros ámbitos no precisamente derechistas. Y es ahí donde la paradoja encuentra sentido. Porque la indignación no es patrimonio de una izquierda hastiada de los desmanes del gran capital. Una vez conocido el verdadero pelaje de este individuo, se nos hace más difícil defender en su discurso indignado y antieuropeo, aunque nos extasiemos en la intimidad viendo sus afiladas e impertinentes intervenciones en la Europa gris de la corrección política.

Con este panorama, y con partidos como la UKIP o el Front National francés -con Juana de Arco en sus carteles electorales- copando las encuestas en Reino Unido y Francia, se hace difícil esbozar una mueca de optimismo ante la cochambre que se avecina.

fotonoticia_20140129165145_500Ni los esfuerzos por democratizar la Comisión, con la elección de cabezas de lista anunciados entre los grandes partidos ni la evidencia de que nos encontramos ante una encrucijada en la definición de la Europa que queremos, van a salvar unas elecciones que siguen teniendo un trasfondo nacional evidente.

En España, el test de mayo se interpreta como una primera vuelta para los grandes partidos. Un referendum para Rajoy y sus cuentos de la recuperación, y un termómetro para Rubalcaba y sus escuderos, frente a los que aguardan un batacazo con las primarias como telón de fondo.  Y todo ello, aderezado con la efímera y previsible efervescencia de formaciones a las que la circunscripción única favorece, para que dentro de un año desaparezcan fagocitadas por la maquinaria de las circunscripciones de provincias.

Pocos hablarán de Europa como proyecto político. Y los que lo hagan, invocarán su nombre como un gigantesco ogro invisible del que hay que defender a los productores de la anchoa de Santoña, de los pimientos de Padrón o de los ajos de Las Pedroñeras.

Esa es la Europa que votará en mayo,  en un escenario de agendas nacionales, exaltaciones patrióticas del estado-nación amenazado y estrellas fulgurantes de corte Pablo Iglesias.

En definitiva, un festival de Eurovisión con urnas de por medio y frikies, de atuendo poco llamativo pero igualmente frikies, para dibujar una Europa de parodia.