Por qué es tan difícil volver a ilusionar desde la Izquierda

En portada, Nigel Farage, líder del populista partido británico UKIP, sostiene una pinta de cerveza en un pub inglés, con exultante sonrisa que exhibe ante fotógrafos y periodistas deseosos de inmortalizar su triunfo en las elecciones locales celebradas en diversos condados.Populismo

En Grecia, una legión de mastodontes, con camisetas negras ajustadas que resaltan bíceps entrenados en gimnasios y barrigas cerveceras de hinchas domingueros del AEK de Atenas, exigen a la prensa que rinda pleitesía al coronado líder de Amanecer Dorado, que irrumpe en la sala con orgullosos ademanes de triunfo.

En Italia, Beppe Grillo pone nombre al desencanto de un país hastiado de la parodia del bunga bunga, el compadreo de una izquierda melosa y anclada en sus miedos y contradicciones internas, recibiendo el 30% de los sufragios, garantía inequívoca de la reedición de una gran coalición que permite la entrada en el gobierno de ministros del partido de Berlusconi. Otra vez.

En Francia, Marine Lepen avanza en los sondeos, y por primera vez se anticipa la posibilidad de un sorpasso que termine por devorar a los herederos de Sarkozy, peleados entre sí por las migajas del pequeño Bonaparte, que desoja en secreto la margarita de un regreso a la primera línea para desafiar al desnortado Hollande, desgastado tras apenas un año de mandato.social2

Personalmente no me preocupa tanto la emergencia de nuevos populismos como los descritos como el efecto de los mismos en los grandes partidos que tienen todavía poderosas bases sociales y mecanismos de implantación ciudadana tan potentes como para merecer la categorización de partidos de masas.

Porque la primera tentación de un partido que observa por el retrovisor a una fuerza emergente que, con lenguaje directo y una estética populista, le roba votos a chorros en su caladero electoral natural, es girar el volante y tratar de cerrar el paso al nuevo actor, radicalizando el mensaje si es menester como reacción natural a la amenaza en ciernes. Es lo que le pasó a Sarkozy en Francia, hacia la derecha, o lo que sufrió el laborismo británico en los ochenta frente a la revolución conservadora de Thatcher y el descontento entre las clases populares.

En España es difícil que cuaje alguno de estos espectros, pero no lo es tanto que el mensaje de los grandes partidos termine dando bandazos para evitar que la amenaza se traduzca en sangría de votos. Y el principal perjudicado en esta línea siempre ha sido y será el PSOE, quizás por la tendencia más acentuada en el PP, de integrar a sensibilidades políticas que se extienden en abanico hasta sectores de la extrema derecha.

El PSOE está al albur de la amenaza del voto del desencanto, el del votante tradicional, ahora indignado, que tiene una fidelidad electoral notablemente menor que la del votante del PP. Y es especialmente sensible a  estos escenarios en comicios que percibe como particularmente intrascendentes, como es el caso, tristemente, de las próximas elecciones europeas de 2014. A un año de tales comicios, a nadie se le escapa que el voto de castigo contra gobierno y oposición mayoritaria, puede traducirse en una fuga masiva hacia opciones –si se me permite la expresión- casi cómicas y extravagantes. Y ahí, el PSOE siempre tiene más que perder que el Partido Popular.

Entre el populismo de derechas y la irrupción de un voto de desencanto, propenso a la extravagancia a la italiana, el panorama para la socialdemocracia clásica es el de una encrucijada que no admite más demoras.

El fantasma del desaliento, la fuga de militantes o el anticipo descontado de una derrota dolorosamente cruel en unas elecciones como las europeas de 2014, debe motivar una reflexión que vaya más allá de un tardío y poco creíble redescubrimiento de las esencias de la izquierda perdida, recuperación de Marx mediante, o con apelaciones a la guerra abierta al capitalismo financiero especulativo con el que convivimos pacíficamente durante lustros de bonanza.social5

Alguna vez he dicho que la gente merece saber la verdad. El margen de maniobra, desde los gobiernos nacionales, es dolorosamente limitado en un mundo multipolar en el que la economía es tan interdependiente que obliga a tomar medidas contradictorias, como el proteccionismo de una agricultura deficitaria a favor de las pequeñas explotaciones con el loable fin de proteger el medio rural, sabiendo que dicha medida contribuye a condenar a la indigencia a los pequeños productores, por ejemplo, en Africa.

Qué otra cosa si no es la PAC.

Por eso, por muy emocionantes que sean nuestros discursos y promesas, nos damos de bruces contra una realidad que: 1.- limita nuestras acciones; 2.- frustra a nuestros votantes y 3.- alimenta a los populismos aldeanos partidarios de volver a levantar fronteras y muros de odio.

Y en la era post-democrática, en un mundo de mini-estados que no tienen capacidad ni poder real tal como éste se entendía en el pasado para adoptar decisiones en solitario, me pregunto una y otra vez, si no ha llegado el momento de entender que el motor del desaliento y la frustración, del que tanto se alimenta una izquierda europea en crisis desde hace dos décadas, es en realidad nuestro empeño por ver el mundo con los mismos ojos con lo que lo parieron nuestros padres. 

Thatcher: última ofrenda en el altar de la City

Hay dos temas de conversación que inevitablemente todo inglés tiene presentes: el tiempo y el imperio.

De lo primero no hay mucho que decir para no traicionar los tópicos: que llueve mucho y el perenne gris les hace añorar las soleadas costas del Mediterraneo durante todo el año. Es un tópico, pero se cumple, sobretodo para romper el hielo.

Pero de lo que le verdad le gusta hablar a muchos ingleses es del Imperio que fueron, aunque surja en la conversación de manera indirecta y un  tanto forzada. thatcher5Es necesario trabar cierta confianza con un inglés, mejor al calor de un par de pintas de cerveza, para volver la vista atrás, hacia un pasado todavía reciente y rememorar una época en la que la Royal Navy patrullaba los siete mares desde una superioridad que no empezó a ser cuestionada hasta bien entrada la Segunda Guerra Mundial, con la irrupción imparable del poderío norteamericano.

Mi particular versión del funeral de Margaret Thatcher pasa por esa ensoñación imperial de la que fui testigo en el día de ayer, delante de la catedral de San Pablo, donde terminaba un cortejo fúnebre que recorrió la City con los restos mortales de la poderosa ex primera ministra de Su Majestad. Una ensoñación que guarda relación con el papel de la dama de hierro como conductora de la última y exitosa aventura militar del Reino Unido, aquélla que  la coronó en las Malvinas frente a la Argentina de la dictadura y que constituye el legado póstumo de un pasado imperial todavía reciente en el imaginario de un pueblo que rinde constante homenaje a su historia repleta de glorias y paradojas.

La bandera tiene un poderoso efecto hipnótico sobre los pueblos. La propia Thatcher podría dar testimonio de ello, cuando decidió embarcarse en una guerra para recuperar un lejano archipiélago en un momento en el que las encuestas le eran desfavorables, a un año de unas elecciones que tenía perdidas. Y sería de ese segundo mandato del que surgiría el legado económico y político por el que será recordada, idolatrada y odiada a partes iguales por una sociedad profundamente dividida sobre el papel de una líder que construyó un binomio sacralizado en los altares del neoconservadurismo con Ronald Reagan.

Es en ese segundo mandato en el que estalla el conflicto con los mineros, trasunto de un enfrentamiento mucho más ideologizado con el antaño poderoso sindicalismo británico. Una guerra no declarada que dividió al país y que sintetiza el pensamiento de alguien que negaba la propia existencia de conceptos colectivos como ciudadanía o sociedad, para afirmar la fé única en el poder del individuo como excusa para laminar tajo a tajo esa invención seudocomunista del estado del bienestar.

Porque, a ojos de quien escribe, el mundo de hoy, en esta segunda década del siglo XXI, es el que es a fuerza de thatcherismo en la penúltima década del siglo XX. Un  mundo en el que el poder político que nace del pueblo y del parlamentarismo democrático, está sometido a poderosas fuerzas que limitan el margen de actuación de líderes y gobiernos.

La catedral de San Pablo, destino final del cortejo fúnebre en el ceremonial que se vivió ayer, está en el corazón de la City, el corazón de la Europa de los mercados financieros. El punto de partida del mismo había sido Westminster, la sede del Parlamento. Y no pude evitar pensar que, como homenaje póstumo a quien lideró la reconversión económica de su país y de Occidente en lo que es hoy en día, había algo de lógica coherencia en este último tránsito por las calles de Londres.thatcher7

Westminster era el pasado. El lugar en el que antaño residía el poder del pueblo. Y de allí procedía el cortejo fúnebre, camino del nuevo altar del gobierno real de nuestro tiempo, el que se levanta entre rascacielos habitados por quienes ayer lloraron sinceramente a la mujer que les entregó el poder para decidir, más allá de los votos.

Más allá de la democracia.

Porque para ellos, el poder es un asunto demasiado serio como para entregárselo sin más al pueblo.

Arrasar con todo el sistema; de acuerdo. ¿Y luego qué?

Nos adentramos en un territorio ignoto, en estos tiempos de dudas y emergencia política de actores imprevisibles, como el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia.

Marx dejó dicho en alguna parte que la Historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. De ser así, el esperpento italiano sería la comedia del absurdo, impulsada a lomos de un populismo que avanza sin diques de contención que puedan frenarlo. Y ello es así, si interpretamos que la década berlusconiana habría sido la tragedia que sumió al país en el descrédito internacional a golpe de velinas y escándalos políticos.

La comedia tuvo un punto culminante esta semana, cuando las negociaciones para formar gobierno entre la primera y la tercera fuerza política fueron retransmitidas en directo, en formato streaming, como prueba candente de la pureza radical de una formación que asume el discurso de la regeneración política a golpe de nuevas tecnologías, populismo certero y democracia futurista sospechosamente cercana a la que plantean algunos capítulos de la brillante serie inglesa «Black Mirror«. Casi puedo decir que sentí pena viendo a Bersani en esa parodia, en la que imploraba el apoyo de los pupilos de Grillo para garantizar la gobernabilidad estable de la ingobernable Italia.

No voy a orientar este breve post hacia la defensa de un sistema político alicaído, como el que arrastra un largo historial de fracasos en Europa Occidental, y que amenaza con arrastrar en su naufragio a la democracia convencional, tal como fue concebida formalmente durante las décadas que siguen a la Segunda Guerra Mundial. Pero resulta obvio, cada vez más evidente, que el universo hipertecnológico de lo inmediato, donde cualquier moda, canción, idea o noticia se convierte en obsoleta en apenas unas horas, es susceptible de crear monstruos que, en nombre de la democracia, terminen por entronizar a lo que siempre conocimos de otro modo: fascismo. 

Dejo aquí una extraordinaria reflexión al respecto de Umberto Eco para profundizar en el significado de un término poliédrico y mucho más complejo de lo que algunos quieren transmitir bajo reduccionismos simplistas construidos a golpe de consigna.

A un servidor, lo que le interesa particularmente, es cómo la democracia convencional puede sobrevivir en un entorno como este, amenazado por la aparición estelar de figuras fugaces, de las que alguna experiencia tenemos en nuestro país, sobretodo en el ámbito local. Figuras que pueden aglutinar intereses difusos, a menudo contradictorios, en un discurso alterglobalizador que conduce al abismo de lo desconocido como territorio prometido.

Otras veces en la Historia, el pueblo ha prestado sus oídos a quien mejor podía susurrar ideas políticamente incorrectas, abiertamente desafiantes y, en consecuencia, aparentemente valientes y rompedoras. Hacer un discurso contra estos dogmas del nuevo anarcoliberalismo puede convertirme en sospechoso cómplice de la moribunda democracia liberal.

Asumo el riesgo al respecto.

Pero me niego a pensar que a partir de la parodia y la ocurrencia se pueda construir algo verdaderamente innovador. Sencillamente por el hecho de que cuando la única argamasa que aglutina a tantos intereses difusos como los que confluyen en este tipo de partidos o plataformas, siempre acaba por primar el elemento opuesto: el de destruir estructuras seguramente obsoletas y desvencijadas. Es el único suelo común que pisan todos los que canalizan ese grito de descontento, partiendo en muchos casos de elementos tan distantes como culpabilizar a los inmigrantes de la crisis o criticar la dictadura de la banca y los oligopolios.

El problema es que, en algún momento, alguien tendrá que empezar a construir sobre el páramo vacío en el que antaño hubo edificios podridos por la carcoma.

Y me cuesta creer que a partir de la confluencia de tantos intereses contrarios a algo, haya alguien con la capacidad de crear en lugar de destruir, demoler y derribar.

Eso lo sabe hacer cualquiera.

Lo otro requiere de algo más que una conexión wi-fi y discursos sobre Democracia 3.0.

Principio de Incertidumbre

Conozco el principio de incertidumbre por una novela de Jorge Volpi, «En busca de Klingsor». La trama se sitúa en la Alemania de 1945, en la que americanos, británicos y rusos, como potencias ocupantes, se lanzan a la carrera desaforada por encontrar y reclutar a los científicos apadrinados por el nazismo, y responsables de las mayores innovaciones tecnológicas germanas en la guerra.

Heisenberg era uno de esos científicos; y el creador de un principio básico en la física cuántica que ha traspasado las fronteras de su disciplina para hacerse un hueco en otros campos, incluso relacionados con las ciencias sociales como la economía. Reza tal principio que la mera observación de los cuerpos para determinar cuestiones esenciales de los mismos, como su masa, velocidad o posición, provoca una alteración en tales variables, de modo que sólo existan tales valores como mera aproximación, siempre sujeta a determinada incertidumbre.

En resumen, cuando estamos observando algo, ya estamos incidiendo sobre ese algo, tanto como para generar un cierto grado de incertidumbre que impide alcanzar la precisión exacta.incertidumbre3

Me gusta pensar que este principio de la física, aplicado a la política o la economía, invalida los esfuerzos positivistas que reducen el universo a coordenadas cartesianas, en el que todo resulta previsible en función de lo que dispongan encuestas, estudios de opinión y precedentes históricos de los que extraer, en perfecta analogía atemporal, las recetas necesarias para enfrentarnos, por ejemplo a la depresión económica que atravesamos.

Debo estar muy influido por lecturas recientes de Keynes y Krugman , pero cada vez tengo más claro que ningún recetario clásico tiene plena validez en estos momentos. A fin de cuentas, por mucho que con las políticas keynesianas de Roosvelt se atenuase el impacto de la Gran Depresión, lo que de verdad sacó a los americanos de la crisis fue la Segunda Guerra Mundial, en la que millones de hombres y mujeres se pusieron a fabricar aviones, barcos, motores y tanques a mansalva.

No, no estoy apelando a la guerra como fuego purificador de nuestros pecados. Simplemente reitero, principio de incertidumbre en mano, que ningún recetario económico, sea keynesiano, post-keynesiano, clásico, o neoclásico puede sostenerse frente al impacto imprevisto y súbito de los acontecimientos que escapan a su estudio, como variables impensables que todos olvidan incluir, por desconocidas y por inesperadas.

Los analistas pueden anticipar cómo influirá en el precio de un bien determinado el impacto de una súbita escasez del mismo, o al contrario, una repentina abundancia. Pero ninguno puede prever una Primavera Arabe, o un tsunami en Japón, o el derrumbe de un imperio en tres años, como la URSS, por más que, a la vuelta de un tiempo  muchos apelen al  yo ya lo dije o más impersonal  se veía venir.

Por eso, como señala Krugman, en esta crisis deberíamos analizar el impacto de la catarata  de modelos matemáticos que construyeron la falsa seguridad de un orden aparentemente estable y racionalmente asentado en la infalibilidad de la aritmética para permitir la entrada, por ejemplo de la banca de ahorro tradicional en el negocio de la banca de inversión.

Todavía hoy, ejércitos de estadísticos valoran el impacto de medidas tenues, limitadas y previsibles en un mundo en el que la incertidumbre quede limitada a un valor residual que tienda a cero y permita con ello que el crédito comprometa el mayor tiempo de la vida de cualquier individuo, que sería reacio a endeudarse si tuviera consciencia del volumen de la amenaza futura a la que se enfrenta.

La aversión al riesgo, el miedo a lo imprevisible, nos hizo entregarnos en brazos de quienes garantizaban, por ejemplo en la economía, el fin de las incertidumbres a base de proyecciones estratégicas aparentemente infalibles, sostenidas en presunciones sólidas que, en el terreno de lo concreto, nos llevaron a contraer deudas hipotecarias que se alargan durante décadas. Desaparecida la incertidumbre, nada nos impedía tomar decisiones al respecto.incertidumbre6

 Olvidaron aquellos magos de la desregulación decirnos esa máxima inicial que cualquier economista omite o camufla al principio de su disertación: “manteniéndose el conjunto de los factores estable…” Porque resulta que no lo eran en absoluto.

Ahora todo es incertidumbre, entre otras cosas porque tales factores no eran tan estables como creíamos o porque fuimos objeto del engaño masivo de un modelo de desarrollo del capitalismo financiero basado en la gigantesca estafa piramidal que alimentamos a base de ladrillo desde este rincón de Europa.

Si algo debemos sacar en claro de esta crisis, es que las certezas absolutas nunca tendrán el valor que les dimos en medio de una vorágine que ha devorado a un país como España en menos de media década. Y que deberíamos a acostumbrarnos a tener por compañero de viaje a alguien a quien, al menos desde la generación a la que pertenezco, habíamos olvidado.

El miedo.

Milagro económico en cuatro pasos

Se deja caer en el día de hoy por Madrid el secretario general de la OCDE, uno de esos melifluos organismos creados para aparentar que el capitalismo financiero se somete a organismos supraestatales y que hay cierto control en los flujos invisibles de la nueva economía especulativa.

El secretario general de tal organización, Angel Gurría, comparece con de Guindos a su diestra. Y en quince o veinte minutos de charla expone las conclusiones de un informe que dibuja negros nubarrones –si es que es posible que el cielo se oscurezca un poco más- en las perspectivas económicas para el año 2013. Más paro, menos crecimiento, más recesión.

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