AMADO GRANELL O LA ODISEA DEL HÉROE OLVIDADO

“Si la Legión de Honor fue creada por Napoleón para premiar a los bravos, nadie se la merece más que usted”, le dijo el general Leclerc al imponerle la condecoración.

La historia de Amado Granell, como la de todos los héroes olvidados, es la de una sucesión de victorias magras y derrotas crueles. Ganó batallas, perdió las guerras. Y cargó sobre sus hombros el peso de una leyenda que merece ser contada, aún con el lápiz afilado por la conciencia de la derrota, que diría Enzo Traverso.

La vida de este castellonense tiene más requiebros que la de un Rick en Casablanca. Con el añadido de que la suya es real. Arranca con su alistamiento en la Legión, en 1921. Quizás llevado por el idealismo, o la apelación patriótica al desquite de Annual, Granell se embarca con destino al matadero del Rif, donde miles de españoles se dejan las tripas en una guerra que lleva en las entrañas el germen de la nuestra, la del 36. Allí en el Tercio hará carrera hasta que, ya sargento, deja el ejército en 1927 y reaparece en Orihuela como civil para montar una tienda de motocicletas.

La experiencia militar era oro molido a la hora de elegir jefes en el bando republicano al comienzo de la guerra. Alguien tenía que mandar las precarias columnas de milicianos con las que frenar el golpe que venía de Marruecos. Granell sabe a qué y quienes se enfrenta. Él mismo ha sido legionario. Y se afana en poner orden en el caos de un Ejército que quiere hacer la guerra y la revolución al tiempo. Normal que perdiera ambas.

Su desempeño en el frente hará de él un oficial digno de confianza. Tanto como para terminar mandando una brigada. Siendo oficial de milicias, los vencedores le guardan un sitio en el paredón de fusilamiento. Así que toca salir de aquella ratonera en que se ha convertido España para salvar el pellejo y buscar otras banderas desde las que seguir en la brecha.

Acodado en la borda del atestado buque, Granell, el pasajero 2.073 del Stanbrook, escruta el horizonte en la oscuridad de la noche. Se arranca a llover y arrecian los llantos de los críos a bordo. Caen un par de bombas junto al muelle. A sangre y fuego hasta el final, que no haya paz para los malditos. Zarpa el viejo carbonero, mandado por un galés justo entre los justos, y sobrecargado con más de 2.600 almas. Seis meses más tardes de aquello, también aquel navío valiente, su capitán y toda su tripulación terminarán en el fondo del mar, hundidos por un submarino de Hitler.

A los piojos del campo de concentración en el que lo internan, junto a miles de republicanos más, los llaman trimotores debido a su tamaño. Penas y palos tras las alambradas. Los guardianes, pronto esbirros de Vichy, controlan la Argelia francesa y se las ven con esa recua de miserables rojos apátridas.

No hay españoles fuera de España, braman los heraldos del franquismo, desentendiéndose de ese ejército invisible de exiliados. Muchos acabarán en Mathausen. Otros, víctimas de la furia caníbal las SS, como los 25 refugiados españoles en el pueblo mártir de Oradour, entre ellos dos bebés con menos de un año de vida. También a ellos se los tragará el olvido.

Con dos guerras a cuestas, Granell no le hace ascos a una tercera. Aún se ve joven, a sus 45. Es un tipo atlético, endurecido por el sol africano, la trinchera y el internamiento en el Sáhara. Y si hay que volver a dar barrigazos para salir del agujero argelino, mejor hacerlo con la gente de De Gaulle, que llega pidiendo voluntarios con ganas de jugarse el cuello por la marsellesa, que a fin de cuentas era como la Internacional antes de que existiera la Internacional. La guerra aún no está clara y escasean los franceses que quieran morir por Francia. Pero no los españoles que quieren ajustar cuentas con los alemanes.

Tercera travesía africana del héroe. Esta vez de salida, con destino a la campiña inglesa.

Pese a haber mandado una brigada en España, los franceses le dan una sección. Si pudo mandar sobre 2.000 tíos, podrá apañarse para poner orden entre 40, todos de casa, en una compañía más española que un carajillo de coñac peleón.

La Nueve la llaman. Tercer batallón, Regimiento de Marcha del Chad, Segunda División Blindada.

La manda un tal Dronne, que aprende a respetar a esos españoles de piel oscura y cerrada barba. Gente bregada en el combate; ocho años dando tiros son el pasaporte para ser vanguardia de la división. Casi todos tienen la mirada torva y huidiza. Se han llevado tantos golpes y humillaciones que recelan. Como perros apaleados, desconfían de quien osa ponerles la mano en el lomo. Difíciles de mandar, dirá el francés. Pero fieros en la pelea, como si tuvieran que demostrarle algo al mundo.

El día 22 de agosto de 1944 Dronne le pide a Granell que avance con su sección desde la Place d´Italie en dirección a la Place Pinol. Que coja la Rue Esquirol en paralelo al Sena y busque con los enlaces de la Resistencia el modo de plantarse en el Ayuntamiento de París antes de que acabe el día. Al pasajero 2.073 del Stanbrooke; al joven legionario del Rif; al comandante de la 49 Brigada del Ejército de la República, le cae en gracia ser el primer oficial en poner un pie en el corazón de la ciudad.

Al llegar a la Plaza del Ayuntamiento, despliega a su sección. Dos blindados para proteger las esquinas. Y el grueso de la tropa cubriendo la orilla del Sena, donde más expuestos están por la proximidad con el cuartel general alemán, en el Hotel Meurice de la Rue Rivoli. Allí se atrinchera Chotlitz, el general alemán que, horás más tarde, no podrá atender la llamada de Hitler preguntando obsesivamente: “¿Arde París?”. Entre otras cosas, porque en ese momento un extremeño y un sevillano lo tienen encañonado y con ganas de llenarle la barriga de balas.

Liberation lleva su imagen –la del oficial Granell- a la portada. A su lado, Bidault y otros líderes de la Resistencia, emisarios de De Gaulle en la capital. Que la realidad no te machaque un titular épico. Y si hay que decir que ese rostro enjuto y curtido por el sol es el de un capitán francés, así sea en el pie de foto. «Alternative facts», que diríamos hoy. Tener que dar explicaciones sobre por qué hay españoles librando esa guerra no ha lugar en el altar del relato heroico con el que purgar la Francia miserable de Petain y Vichy.

Con su Legión de Honor prendida en el pecho, Granell aún se ve con fuerzas para una última quimera. Acaba de perder su última guerra: la caída de Franco, que no llega, como epílogo en el ocaso de los dioses del nazismo.

Al menos esta vez se ha dado el gusto de ganar una batalla.

Esa quimera le lleva a militar en el campo de la reconciliación con antiguos enemigos. Habrá de verse con emisarios de don Juan de Borbón para explorar, por encargo de Prieto, la restauración de una monarquía parlamentaria en España. La democracia a cualquier precio. Incluso sacrificando el ideal republicano que dio sentido a su vida para no tener que ver a su país convertido en coche escoba del fascismo en la nueva Europa.

Será la última derrota. Y de esa no se repondrá. Monta un restaurante en París, donde encontrarse con viejos camaradas. Pocos quedan. De los 145 de Normandía, menos de 20. Cuesta no imaginarles rememorando hazañas para ahogar la mala sangre del exilio y el olvido.

Cruza de vuelta la frontera de camino a España cuando el régimen suaviza su fiereza para atraer divisas y turistas. Lo imagino humillado, apretando los puños en silencio cada vez que pasa delante de algún símbolo de esa España  que sestea en la paz de los cementerios y sembrada de camposantos clandestinos en las cunetas.

Y aquí se deja morir, descreído de todo. Él, temerario motociclista de joven; que ha cruzado los campos de minas alemanes de la Lorena en jeeps y semiorugas; que ha surcado mares sobre bañeras flotantes al límite de su capacidad; se deja la vida en un anodino accidente de tráfico. Ironías del destino, se dirigía a Valencia a gestionar la pensión a la que tenía derecho como antiguo oficial francés.

Granell casi no tiene quien le llore ni recuerde sus gestas. Es una nota a pie de página en el olvidado siglo XX. Un figurante inesperado en el teatro de la Historia de esta España acostumbrada a glorificar medianías y enterrar quijotes bajo el peso del olvido.

Mientras losas de sobrio mármol cubren con honores los mausoleos de carniceros de mil raleas, un nicho discreto en el cementerio de Sueca cobija los restos de un soldado que luchó por la libertad de Europa. Su memoria se pierde en la niebla del tiempo, en un país hecho a racanear la gloria a quien más la merece.

Flanquean su lápida, sufragada por el gobierno francés, una palma de plata y la insignia de Caballero de la Legión de Honor. Y bajo su nombre grabado, un lacónico epitafio que parece advertirnos contra la injusticia del olvido de su odisea: “Los que te quieren…”.

Amado Granell Mesado entró en París un 24 de agosto de 1944 junto a un puñado de españoles de la 9ª compañía, tercer batallón del regimiento de Marcha del Chad, 2ª División Blindada de la Francia Libre.  Hoy, a los 75 años de aquella gesta, ya es hora de que España despierte de su amnesia autoimpuesta y honre la memoria de unos valientes que, con su lucha, nos redimieron a todos en mitad de los años bárbaros.

LA SOCIALDEMOCRACIA Y OTROS MUERTOS QUE GOZAN DE BUENA SALUD

Iba camino del despiece el Imperio Otomano, cuando  allá por el turbulento siglo XIX, por todo el continente se puso de moda una frase para retratar a los antaño temibles turcos.

Aquél imperio era ahora “el hombre enfermo de Europa”.

Un enfermo moribundo al que esperaban dar el golpe de gracia las potencias coloniales de Occidente, deseosas de arrebatar desiertos aún controlados por la decadente Estambul y ricos en lo que intuían que iba a ser el nuevo Dorado de una era, el petróleo.

Cuenta la historia que aquél enfermo se echó en brazos de la única potencia que parecía no tener un interés inmediato en su desmembración, la emergente Alemania. Y con sus Mauser y sus cañones, con sus minas submarinas y su solvente marco, el viejo enfermo se las apañó para llevarse en su último estertor a un puñado de cientos de miles de ingleses, australianos, neozelandeses, franceses, rusos y griegos que creyeron que el paseo por el Egeo y Anatolia iba a terminar con una merienda campestre en las playas de Mykonos.

Más aún. La digestión después del festín turco, terminó por ulcerar la panza llena de los viejos imperios europeos con nombres que hoy nos dejan regusto a pólvora amarga en la garganta, como Siria, Palestina, Irán, Iraq, el Cáucaso, el Kurdistán, Kuwait y alguno más.

Como el viejo Imperio Otomano, la socialdemocracia se ha acostumbrado a ser el nuevo hombre enfermo de Europa.  Y lo es, casi desde sus inicios, en la bancada de los girondinos durante la Revolución Francesa.

Un moribundo digno de ser enviado al cubo de la basura de la historia (Trotsky), experto en repartir miseria (Hayek), representante de algo que no existe, como la sociedad (Thatcher) o enemigo del individuo (Reagan). Véase que el canto a su inutilidad arranca en 1917 y sigue hasta aquí, un siglo después, con renovados bríos.

Hay todo un subgénero literario dedicado a expedir certificados de defunción que terminen con la agonía del cadáver. Si uno pone en Google “Crisis de la socialdemocracia”, dicen que el algoritmo se vuelve loco, el servidor se cae y siete demonios liberales se hacen carne desde los altavoces del teclado.

Hoy, los pensadores de la incorrección política, colonizan los titulares gamberros con reflexiones que los internautas consultan en la intimidad de su portátil y que negarán compartir públicamente, a la espera de convertir en voto la secreta pasión por lo prohibido que implica ser parte de ese universo que se dice harto de los pobres y paniaguados que fomenta la socialdemocracia.

Escribir a contracorriente mola más, aunque el resultado de los engendros sean Trump, Brexit y demás pandemónium populista de toda ralea, como campa por este Occidente cansado de retórica vacía.

Confieso que yo mismo he pecado. Que he leído, por ejemplo, a Houllebecq advirtiendo contra la ruina para Europa de la multiculturalidad islámica. Y que me despierto muchas mañanas leyendo a vetustos columnistas que abrazan a estas alturas este destape new age con aroma liberal y revolución naranja que su generación no se atrevió a promover por miedo a ser llamados fachas.

La peor pesadilla de esa élite de enterradores, que empujan con viento de cola a creaciones políticas contemporáneas, es precisamente esa; la de ser ellos mismos corrección política, la de coincidir, para su inmensa vergüenza, con los editoriales de medios que un día encarnaron el mal, y a cuyo combate consagraron sus plumas.

Lo rompedor de la vanguardia, es que no se puede institucionalizar. Ya advertía Lennon de la paradoja de enclaustrar en museos de horario funcionarial burocratizado a los grafiteros. Algo así se intuye que puede pasar con esa legión de opinadores que, como los salmones, remontan los ríos para morir exhaustos en los arroyos de montaña donde nacieron.

Se vive mejor siendo alma atormentada y mosca cojonera.

Con el paso de los años, vimos que el hombre enfermo de Europa resultó estar más sano de lo que pensaban aquellos imperios occidentales cristianos. Paradojas de la historia, fueron estos los que terminaron por caer a la vuelta de una generación, dejando por testigo una sobredosis de guerras infames en una región que vinieron a redimir y ahora expulsa la oleada de refugiados que inflama las células cancerígenas de la extrema derecha en sus propios barrios.

A la socialdemocracia le han cavado tantos agujeros en camposantos de la historia reciente, que extraña la mera supervivencia de su caudal de votantes, habida cuenta de los incentivos que hoy tiene la sociedad para participar del funeral, con la fanfarria de la nueva era gloriosa del centrismo asexuado que es a la vez liberal, progresista, conservador y ácrata. 

Y ahí sigue, pese a todo. Amenazando con convertirse en la peor pesadilla para la incorrección política, adiestrada en la destrucción de los mitos de lo que llaman el “marxismo cultural biempensante”.

La pesadilla de ser ellos mismos, -esa legión de opinadores gamberros-  el nuevo“mainstream” de la corrección política. Y que la épica indie, que un día la hizo ser objeto de culto, abandone esos páramos para abrazar al viejo enemigo convertido en nueva tendencia.

La pesadilla de que la mera supervivencia de la socialdemocracia, convierta en corrección política a quienes son lo que son a costa de remar a contracorriente. La de ser depositaria de un legado, como el del viejo hombre enfermo de Europa, condenado a no morir nunca y a ser pieza esencial de la geopolítica del caos.

Cuídense los enterradores, no vaya a ser que estos muertos que vos matáis gocen de mejor salud de lo que intuyen los nuevos heraldos del pensamiento único.

No sería la primera vez que yerran al certificar la muerte de un enemigo sin el que, reconózcanlo, su vida contestataria deja de tener sentido.

PUTIN, ERDOGAN Y EL FAROL DE DRESDE

Dresde, Alemania del Este; 5 de diciembre de 1989.

Un  grupo de manifestantes se concentran ante la verja del edificio sede central de la Stasi, la temida policía secreta del régimen. Pretenden tomar por asalto las dependencias. En su ánimo, la euforia de la caída del muro, sólo unas semanas atrás, y la evidencia de que el régimen comunista del estado es un ente moribundo, como el propio estado en sí mismo, la RDA.

A la entrada del edificio, un oficial soviético, menudo y agitado, se echa mano de la pistola reglamentaria para frenar a la masa. Va a proteger el edificio con todo lo que tenga. Que no es mucho. La mayoría de la guarnición ha huido. Y el único apoyo posible es el de una unidad de tanques del Ejército Rojo, situada a las afueras de la ciudad.

El oficial ruso se tira el farol. Los tanques se aproximan. Y él mismo tiene orden de abrir fuego si alguien tiene agallas de saltar la verja.

En realidad, los tanques no se mueven sin la autorización de Moscú. Lo sabe y se lo calla. El mismo ha telefoneado al mando de la base. Y también a Moscú. Pero Moscú calla. Allí no contesta ni toma decisiones ni Cristo.

Es imposible disociar el silencio de Moscú aquélla tarde de diciembre de 1989 en Dresde, del futuro del solitario agente ruso que ha salvado lo poco que queda del Imperio soviético en Alemania del asalto de la turba con una pistola Makarov en la mano y un farol como la copa de un pino en la otra.

El oficial del KGB responde al nombre de Vladimir Putin. Y con el paso de los años, se encargará desde el poder de que ante cualquier eventualidad, en Moscú no se vuelva a escuchar el incómodo silencio del vacío de poder.

Cinco años después de estos hechos, un joven y ambicioso político turco alcanza la alcaldía de Estambul, al frente de un partido islámico moderado.

Es un conservador oriundo de una familia religiosa a orillas del Mar Negro, en la Turquía central. En ejercicio de su cargo, Tayip Recep Erdogan, que así se llama, desafía a las autoridades recitando un poema con inequívocas referencias islamistas.

Los aparatos del estado, imbuidos de un laicismo anclado en la razón de ser última de la propia Turquía moderna, lo condenan a una breve pena de prisión de cuatro meses, incluso aún a sabiendas de que los versos en cuestión inspiraron a los propios kemalistas en su camino al poder en los años 20.

Erdogan alcanza el cargo de primer ministro en 2003. Putin había llegado a la presidencia de la Federación rusa, la jefatura del estado, tres años antes. En su común afán por extenderse en el ejercicio del poder, ambos van a encadenar el máximo permitido de mandatos. Putin, más encosertado por la norma constitucional, alternará el cargo con el de presidente del consejo de ministros. Para ello se vale de un peón que le guarda la silla y con el que permuta los mandatos. Un tal Dimitri Medvedev. En el caso de Erdogan responde al nombre de Binali Yildirim.

Hay un hilo común en la trayectoria de ambos líderes. La democracia occidental, liberal, de inspiración anglosajona, es un artilugio que hay que rusificar o turquizar, amasándolo con brío para adaptarlo a las peculiares condiciones de países geográficamente inabarcables, como en el caso ruso, o geopolitica y culturalmente laberínticos, como en el caso de Turquía.

En último término, uno y otro echarán mano de mecanismos plebiscitarios para prorrogar sus mandatos o forzar las normas constitucionales para perpetuarse en el poder.

Hoy mismo, en Turquía, el 51% de los votos sancionan la reforma constitucional de Erdogan que, en la mejor tradición bonapartista, convienen el país en una república presidencialista, para terminar con la ficción mantenida desde que en 2014 el Presidente de la República ejerciera el poder a través de su jefe de gobierno-marioneta.

History matters, que dicen los británicos. La Historia cuenta. Y tanto en el caso de Putin como en el de Erdogan, los hechos corroboran lo que la teoría no fue incapaz de probar. Que la democracia, tal como la entendemos en el occidente europeo, no tiene porqué arraigar en tierras sometidas a poderosas dinámicas que hunden sus raíces en los traumas de la Historia y la lucha por los recursos en entornos hostiles. No al menos con el acervo con el que hemos interiorizado los dogmas surgidos de la revolución, que creímos eternos y no sujetos a discusión, como la separación de poderes, las garantías cívicas o la libertad de prensa.

En todo caso, cuando regímenes dificilmente encuadrables en  el concepto estandarizado de democracia se perpetúan a través del mecanismo del plebiscito, apelan a la dinámica maniquea de la respuesta alternativa autoexcluyente. La del si o el no sin matiz alguno. No es casual su papel nuclear en todas las dictaduras o en las democracias que voluntariamente han evolucionado hacia formas autoritarias de poder.

Algo de ello sabemos en España, cuando el populacho se arrastraba ante el carruaje del rey felón para desenganchar los caballos y tirar del coche real al grito de Vivan las cadenas.

El menudo oficial de mirada glacial y proverbial sangre fría se va a encargar mientras viva de que al otro lado de la línea, en Moscú, no se vuelva a escuchar el silencio de las estancias vacías de un imperio que se desmorona.

El ex alcalde islamista moderado de Estambul vestirá con los ropajes moribundos de la democracia,, en la que nunca terminó de creer, su golpe presidencialista para enterrar el sueño de la Turquía moderna a orillas del Mar Negro.

 

JUAN NEGRIN Y UNA LÁPIDA SIN NOMBRE

Cuando supo que la muerte estaba cerca, Juan Negrín López dispuso cómo tenía que ser su lápida. Ningún epitafio, ni distintivo alguno de sus glorias y honores debía mancillar el granito gris de la piedra desnuda, funcionarial, en la que sólo quedaría tallado el relieve de sus iniciales, J.N.L.

Por contraste, el hombre al que combatió con más empeño, un perjuro general africanista, se hizo levantar un mastodóntico mausoleo en el valle de Cuelgamuros, en el que se dejaron las tripas varios millares de presos republicanos purgando así la derrota en el 39.

A Negrín, un socialista por el que quien escribe estas letras tiene particular aprecio, nos lo mataron en vida y en la memoria.

Dos veces, como poco, por falta de una. Y alguna más, teniendo en cuenta el brío con los que los revisionistas de la porquería se han entregado a la causa de escupir mentiras sobre su figura.

A Juan Negrín nos lo mataron dos veces. Una, en el exilio, bajo una lápida sin nombre en Pere Lachaise. Y otra en la memoria, cuando una coalición imposible acordó en la distancia atribuirle todos los males, todas las miseras, toda la culpa.

 

Aún recuerdo a mi abuelo, apoyado su mentón sobre la garrota, recitar el ripio aquél de «Viva Franco que nos da pan blanco; muera Negrín que nos da pan de serrín». Y eso que mi abuelo había combatido en el bando republicano, lo que da idea de cómo se entregaron las autoridades de la nueva España a la bestialización de quien había encarnado la resistencia a ultranza de una República derrotada.

Si me viene a la memoria estos días la figura de Juan Negrín es porque, como socialista,  tuvo que enfrentarse a dilemas morales que trascendían una triple lealtad.

A su partido, a España y  a sí mismo.

Salvando las distancias con el tiempo presente, en el que el PSOE se encuentra en su peor momento desde la restauración de la democracia hace cuatro décadas, hay un cierto paralelismo entre la situación a la que se enfrentaba el entonces jefe del gobierno de la República y el dilema moral de facilitar, previa abstención, la investidura de Mariano Rajoy para un nuevo mandato después de los fiascos electorales de 2016.

Con todas las distancias y precauciones, insisto.

La figura de Negrín fue lo más parecido que encontró el franquismo y buena parte de la oposición republicana en el exilio -incluido el PSOE- como elemento de consenso. La demonización del líder entregado a los comunistas, que prolongó inutilmente la guerra y que lo sacrificó todo con tal de preservar y acrecentar su poder, constituye un punto de acuerdo entre extremos que no tienen parangón en la historia de ese periodo convulso de España.

Negrín era para los franquistas la maldad absoluta. El hombre que había entregado el país, con su oro y su alma, a la Rusia de Stalin. Un monstruo corrupto cargado de vicios, sexualmente abyecto, glotón y bon vivant. La anti-España.

Para los socialistas que reconstruyen el partido en el exilio, es un traidor ideológicamente desnortado y carente de principios.

Alguien que evoluciona desde el socialismo burgués, moderado, centrista y constitucionalista hacia el comunismo revolucionario y el sometimiento a la URSS. Todo con tal de mantener el poder, incluida la política de resistencia a ultranza sabiendo que la guerra está perdida, hasta hacerle directamente responsable de al menos un año más de lucha y sufrimiento inútil.

Hay, pues, un insólito consenso transversal entre el franquismo y la izquierda del establishment en el exilio.

Las razones de los primeros son comprensibles.

Las de los segundos, tienen más que ver con la construcción de un relato autoexculpatorio, habida cuenta de responsabilidad involuntaria en la conclusión atropellada de la guerra, que convirtió la zona centro republicana en una inmensa ratonera de la que no pudieron escapar cientos de miles de represaliados por Franco.

No cabe cuestionar la altura moral de Julián Besteiro, sino el hecho de que estuviera o no equivocado en cuanto a la faz de la Nueva España. Y lo cierto es que estaba profundamente equivocado.

Ese relato ensalza la figura de Julian Besteiro y de otros socialistas moderados que anteponen el bien de España sobre el del partido y el suyo propio. Ciertamente Besteiro, un socialista de inmensa talla moral, pagó con su vida en la cárcel su temple coherente, que le impedía abandonar el país para salvar el pellejo.

No es, sin embargo, su talla moral lo que cabe censurar.

Sino el hecho de que estuviese profundamente equivocado en cuanto a lo que la España de los vencedores representaba.

Aunque nos  resulte difícil de entender, a Besteiro lo convencieron de que la guerra se iba a liquidar con algo muy parecido al Abrazo de Vergara. Una paz entre militares, libre el país de elementos extranjeros -los comunistas- y del pérfido responsable de la política estéril de resistencia a ultranza; Negrín, quien extendía la guerra perdida sólo para ocupar el poder.

Besteiro llegó a pensar que a la vuelta de unos pocos años, las fuerzas moderadas de la extinta monarquía alfonsina retomarían el control para reeditar una democracia limitada, con una cierta tolerancia sindical -restringida a la UGT- inspirado este escenario en el modelo británico por el que el viejo profesor tanta devoción sentía.

A Negrín, este relato le resultaba increíble, como la historia posterior se encargaría de corroborar. Alguien como él, brillante hombre de ciencia, con experiencia internacional en la política, la docencia y la investigación, que habla diez idiomas y que instruye a futuros premios nobel como Severo Ochoa y algún otro, que ha lidiado con las peores crisis del caótico bando republicano y levantado un ejército popular de la nada miliciana, podrá ser acusado de cualquier cosa, excepto de no tener una probada capacidad analítica.

No es un político propenso al autoengaño y la melancolía, sino un analista frío y radical.

Es un científico.

Sabe mejor que nadie que la República no puede ganar en el campo de batalla. Pero insiste en la idea de que la guerra civil en España no es sino el eslabón primigenio de un conflicto global que está a punto de estallar. No es un traidor entregado a los soviéticos, dispuesto a entregar España a los juegos geopolíticos de Stalin con Hitler.

Intuye la tempestad que se cierne en el continente y quiere ganar tiempo como sea.

Si para ello tiene que jugar la baza comunista, porque es la única vía abierta para conseguir armas, no hay mayor sacrificio para un liberal como él, que es un socialdemócrata cuando todavía no existe la socialdemocracia, devoto de las garantías constitucionales y el derecho a que lo que haya de ser España lo decidan los españoles con su voto.

Sabe igualmente, en contraste con lo que Besteiro quiere creer, que la España que Franco pretende no se consigue con un armisticio y una reconciliación, sino con la rendición incondicional que implica la venganza y los fusilamientos en masa.

El golpe de Casado, que puso fin a la guerra y liquidó a Negrín, se urdió con los mimbres de un cesto lleno de manzanas podridas. Y el precio que se pagó por ello por ello fueron más de 50.000 fusilados en la inmediata posguerra y la cárcel y una prolongada muerte civil para muchos miles más.

Por eso todo lo fiaba Negrín a una retirada escalonada, lo más lenta posible y prolongada hacia la costa, donde la flota republicana de guerra era una baza esencial en la evacuación de los elementos más expuestos, los que iban a sufrir la ira de un vencedor que no iba a repartir abrazos de Vergara sino fusilamientos a mansalva.

Cuántos miles más hubieran podido escapar. Pero hasta la flota participó del espíritu casadista y privó a esa masa de la última esperanza con su huida cobarde hacia Argel. Con ello ya no hubo más milagro que el Stanbrook.

La construcción de un relato culpabilizador contra Negrín duró más de medio siglo.

Hoy, con el PSOE viviendo su peor momento en cuarenta años, conviene recordar las lecciones del pasado y rebajar el tono del debate interno

 

No fue hasta el año 2009 cuando el secretario general del que siempre fue su partido, José Luis Rodríguez Zapatero, devolvió el carnet de militante al último jefe de gobierno de la democracia en España antes del actual periodo constitucional del 78 por manos de su nieta.
Una militancia de la que había sido privado cuando sus antiguos enemigos, a izquierda y derecha del partido, decidieron expulsarlo por traidor al PSOE.

Hoy, con el PSOE viviendo su peor momento en cuarenta años, conviene recordar las lecciones del pasado y rebajar el tono del debate interno al que las redes sociales otorgan un eco desagradable de puñaladas, traiciones e insultos.

No sé si ni quiero saber  cuál de los bandos terminará por vencer en esta pugna. Pero me cuesta creer que la inquina no termine de mala manera, con una escisión en el peor de los casos o la expulsión del Negrín de turno, que bien podría ser Pedro Sánchez, al que también se le atribuyen los vaivenes ideológicos, la ambición desmedida por el poder y la prolongación innecesaria de la guerra civil dentro del PSOE.

Si es así, si no hay sitio para coexistir en el futuro, si el alcance del tajo es tan hondo que ha seccionado los órganos vitales de la fraternidad de la gran casa común del centro izquierda y la izquierda en España, al menos que el vencedor nos ahorre el trámite de la expulsión y la posterior absolución del perdedor, cuando el tiempo cicatrice lo que la mano torpe del hombre no ha hecho más que gangrenar.

PD:  Aunque hoy nos cueste entenderlo, puede que el mejor servicio que se le puede hacer al país no sea desbloquear el estancamiento político a cualquier precio, sino darle a España un PSOE reconocible, no tanto ideológicamente -que también- sino capaz de promover el talento al que ha ido renunciando para encumbrar a tantos fontaneros.

Este, si cabe, es un servicio aún más valioso a la España con cuya sola mención, por cierto, tantos se cargan de razones.

¿QUÉ TIENEN EN COMÚN DONALD TRUMP Y FELIPE III?

Buy american, hire american, decía Donald Trump en su ceremonia de investidura como 45 Presidente de la nación más poderosa de la tierra.

Compre americano, contrate americano.

Cuatro palabras para definir una filosofía que nos sumerge de lleno en los años treinta del pasado siglo y que creíamos haber enterrado en una fosa profunda, al lado de los millones de cadáveres que produjeron los conflictos globales inmediatamente precedentes y posteriores.

Como a estas alturas ya lo habrán leído todo sobre Trump en columnas y blogs, lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón de pensar es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, que tenemos a la hora de enjuiciar momentos como el que vivimos.

Sobretodo desde una perspectiva socialdemócrata, que es la que a mí me interesa, para que nos vamos a engañar.

Lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón  es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, en torno al «momento Trump».

Primera paradoja. ¿Sabría usted decirme, querido lector, a qué partido pertenecía el presidente que embarcó a Estados Unidos en las cuatro grandes guerras que ese país vivió en el siglo XX? Antes de que me responda, guiado por los fogonazos de la inmediatez histórica, le recuerdo que la Primera Guerra de Irak causó menos bajas americanas que las primeras dos horas del desembarco de Normandía.

Las cuatro grandes guerras americanas del pasado siglo serían por este orden la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam.

En relación a la pregunta que le formulaba con anterioridad, los presidentes que decidieron la intervención estadounidense en estos conflictos, que conjuntamente les reportaron más de 700.000 muertos en combate, fueron, todos sin excepción, demócratas.

Y que de las cuatro guerras, en las únicas dos en las que el combate no terminó con una rendición incondicional del adversario, el encargado de recoger los bártulos y administrar las conversaciones de paz con un enemigo no derrotado, fueron republicanos.

¿Quiero decir con ello que los demócratas como Obama son halcones y que los republicanos como Trump son palomas? En absoluto. Pero lo cierto es que tenemos que admitir que la distorsión cercana que produce la era Bush, con su herencia de guerras empantanadas en Irak y Afganistán, condiciona la forma en que analizamos los hechos históricos y puede distorsionar nuestra perspectiva.

 Conviene recordar, con datos empíricos, que los presidentes republicanos, a pesar del recuerdo de la era Bush, han sido tradicionalmente aislacionistas, y los demócratas intervencionistas en política exterior. Y que ello no es necesariamente algo bueno.

Los hechos, tan denostados en los tiempos de la post-verdad, dan cuenta de que en el siglo XX corto, ese que se extiende según Hobsbawm entre la Primera Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín -75 años- han ocupado el cargo de presidente catorce mandatarios. De esos tres cuartos de siglo, más de la mitad -40 años- tuvieron como presidente a un republicano y 35 a un demócrata.

Las cuatro grandes guerras americanas antes citadas ocupan un lapso conjunto de unos 20 años. De ese periodo, 16 años coinciden con mandatarios demócratas en el poder. Y sólo 4 con presidentes del partido que sustenta a Dondald Trump.

¿Quiere esto decir que los demócratas son partidarios de la guerra y los republicanos amantes de la paz? Afirmar algo así sería un shock emocional contra nuestras propias percepciones, mediatizadas -es preciso repetirlo una vez más- por las guerras iraquíes y afgana de los Bush padre e hijo.

Segunda paradoja.

Cuando Trump apela al aislacionismo (una vez más la «splendid isolation» anglosajona), a recuperar una «agenda interna» y a olvidarse de «aventuras exteriores», exhortando a los europeos o a los asiáticos a que se paguen su propia defensa por ejemplo, o a promover un deshielo amable con Rusia ¿estamos ante algo intrinsecamente bueno para la Humanidad?

Desde una perspectiva no sólo socialdemócrata, sino incluyendo a la nueva izquierda del continente, no nos cabría duda. Como tampoco nos cabe duda de que la aproximación a la Rusia de Putin nos gusta porque, aunque lo digamos con la boca pequeña, a la izquierda le atrae la determinación rusa, si acaso por asociación de ideas con lo que ese país representó en el pasado.

Si concluimos estas dos paradojas con una respuesta afirmativa -que el aislacionismo americano es inequivocamente republicano y que un presidente como el que nos ha caído en gracia va a centrarse en los desafíos internos más que en ejercer de policía del mundo– llegamos a la disparatada conclusión de que Donald Trump es una salvaguarda para la paz mundial.

La agenda interior y el repliegue americano, pone a la izquierda europea ante el espejo de la contradicción por las consecuencias imprevisibles que para el orden mundial tendrá ese conjunto de políticas.

Antes de que dejen de leer y me crucifiquen, les diré por qué Trump, pese a lo que dice y lo que representa, es una amenaza mucho mayor para la Humanidad que la que representan demócratas en la presidencia como Hillary Clinton, a la que los seguidores republicanos catalogaron como una peligrosa belicista amante de los conflictos y las guerras globales.

Seré franco, aunque duela.

Estados Unidos todavía es el gran «hegemon» de nuestro tiempo. Cuando una potencia dominante se retrae durante un periodo, llevada quizás por el peso de la agenda interior o por lo que los antiguos llamaban el «hastío de guerra», una multitud de aspirantes aprovechan el lapso para rearmarse y ganar parcelas de poder en el tablero global.

Si además, ese poder dominante, se vuelve de repente proteccionista y recupera la política arancelaria para contentar a su electorado bajo el manto protector de la autarquía autosuficiente, se multiplican las opciones de que asistamos a despiadadas guerras comerciales. De las que no implican acciones sangrientas pero que acumulan posos de resentimiento.

Cada siglo tiene su hegemon, su poder dominante. Aunque nos cueste creerlo, nosotros los españoles, también fuimos la gran potencia dominante desde 1520 hasta 1630, más de una centuria.

A Felipe II, un rey belicoso e intervencionista, le sucedió su hijo, Felipe III, un monarca abúlico y retraído que entregó el poder a sus validos y cuya reinado se resume en torno a tres ejes:

  1. Felipe III,  rey de paz. Firmó treguas duraderas con franceses, ingleses y holandeses.
  2. Intentó combatir la inundación de manufacturas extranjeras de estos países en los mercados de Castilla y Aragón, que enriquecían indirectamente a las potencias enemigas con el oro y la plata que venía de América sin dejar riqueza en estos páramos.
  3. Felipe III, rey xenófobo que implementa la medida populista de la expulsión de cientos de miles de moriscos de la península al norte de África.

Dondald Trump simboliza un momento Felipe III en los Estados Unidos.

El repliegue, la renuncia a ser gendarme del planeta, significó que los mares se infestaron de piratas. Perdida la disuasión española, holandeses, franceses e ingleses aprovecharon la paz oficial con España para empezar una guerra no oficial con bucaneros y corsarios.

El proteccionismo salvaje arruinó a los comerciantes más dinámicos establecidos en la ciudad más populosa de Europa por entonces, Sevilla, que empezó una lenta decadencia de la que nunca se recuperó.

Por último, la expulsión de los moriscos, despobló la huerta de Levante,  y sumió al país en una crisis demográfica brutal, en ejercicio de una medida populista equiparable al America First que enarbola el nuevo presidente estadounidense.

Como el rey Felipe III, Trump preconiza el protecconismo, el repliegue y la xenofobia en su salida contra el hastío de guerra y aventuras exteriores que enriquecen al adversario

El gran peligro al que se enfrenta la Humanidad no deriva del hecho de que un hombre de casi 80 años con un cerebro de un crío de 15 esté a cargo del mayor arsenal nuclear del planeta. Ni de que su ideario sea una mezcla de racismo, machismo, prejuicios y populismo de matón de barrio.

Deriva del hecho de de las consecuencias del repliegue prometido. Un orden internacional caótico, puramente hobbesiano, carente de un proveedor global de seguridad colectiva por deserción de la potencia dominante, celosa del auge ajeno que entiende que se produce a su costa en medio de un declive tantas veces pregonado que termina por convertirse en real.

A Felipe III le sucedió su hijo Felipe IV. Y al término de la paz, llegó la guerra. La más salvaje que el mundo había conocido hasta entonces, la Guerra de los Treinta Años, que diezmó el continente europeo y que bien podría considerarse como una primera guerra global.

En un mundo distópico de pesadilla, ¿Qué hubiera sido del mundo si Roosevelt hubiera cedido a las presiones aislacionistas y pacifistas en 1940? Si en lugar de promover un embargo económico contra Japón, hubiera alcanzado un acuerdo con este país aceptando la «esfera de prosperidad asiática» que ese país reclamaba. Sin Pearl Harbor no hubiera habido intervención en Europa. Y Hitler habría derrotado a la URSS y a Gran Bretaña.

El repliegue americano va a estimular a los pigmeos que se creen con derecho a ser gigantes sin temor a los palos de un gendarme renuente que, de repente, se vuelve cansado y perezoso. Hay barra libre.

El aislacionismo de Trump, el repliegue americano, bien puede ser la antesala de un mundo de pesadilla. Por lo pronto usted, que ha llegado hasta este punto de la lectura con una paciencia que le agradezco, prepárese para que su gobierno incremente el gasto en defensa. Que lo hará.

Y recuerde que, aunque el gendarme sea odioso, aunque pegue palos plegándose a los designios del poderoso y prestándose a una doble moral que nos asquea y nos asusta, su ausencia en el mundo no garantiza la paz.

Cuando el hegemon se borra del mapa voluntariamente, un puñado de pigmeos se creen con derecho a ser gigantes. Es lo que la Historia, y los hechos, demuestran.

Y no tardaremos en ver las primeras chispas.