POR QUÉ SOY UN AUSTRO-HÚNGARO

No sé si alguna vez les he dicho que adoro a Stefan Zweig.

Creo que sí. Unas veinte veces en este blog, por lo menos.

Zweig nació en el Imperio Austro Húngaro a finales del siglo XIX. Lo que implica que vivió el periodo más apasionante, e intenso de la historia de la humanidad desde su condición de nacional de un estado que dejó de existir, se integró en otro y renació disminuido después de la Segunda Guerra Mundial.

No fue el único escritor bendecido -o maldito- por la concurrencia de tales circunstancias espacio-temporales. Otros como Joseph Roth también captan el humor de un tiempo en el que las certezas de antaño, del mundo de ayer, se cuartean bajo el paso firme de ideologías fanáticas, movimientos culturales extremos y cambios sociales que derrumban el orden natural de las cosas, que se había mantenido inalterable en el corazón de Europa desde Waterloo, cien años atrás.

Estos días me he vuelto a acordar de Zweig y de Roth. También de otros muchos que alimentaron noches de insomnio con sus alegatos de pérdida, decadencia y exilio, como Rolland, o Werfel, testigos de una Europa que ellos habían transitado sin atender a fronteras y salvoconductos. Con el lenguaje universal de la cultura por bandera y cierto porte aristocrático en el modo en que ellos, como miembros de la nobleza de las letras, presumían de un cosmopolitismo sólo alcance de las élites.

A nosotros los españoles, desde la periferia del continente, los ecos de aquél Imperio de opereta, aquel estado multinacional de los últimos Habsburgo, nos evocan cierta ternura y conmiseración. Desde que Berlanga decidiera incorporar a su repertorio del absurdo la cita a un comportamiento austro húngaro como sinónimo de exotismo avejentado y superado por el tiempo, nuestra percepción de aquél extraño estado se construye sobre el recuerdo a los viejos vals de Strauss, militares de corte napoleónico luciendo medallas relucientes en la pechera y tocados con sombreros imposibles o la articulación imposible de un estado plurinacional en el que se hablaban veinte lenguas distintas. Todas cooficiales.austria_hungary_ethnic-svg

 

Viena era por entonces la ciudad más poblada de Europa. Con más de dos millones de habitantes -cifra que no ha vuelto a alcanzar- era el corazón de un imperio dinástico sin más lazos internos que los de la propia burocracia estatal, orgullosamente devota de la liturgia de los Habsburgo. Nadie mejor que el citado Roth, en sus obras «La marcha Radetzky» o «El busto del emperador» para describir las contradicciones internas de ese superestado al que las costuras le estaban a punto de reventar.

Los vieneses solían acudir a las sesiones para ver a los diputados desafiándose en lenguas diversas e ininteligibles unos a otros como el que acudía a la ópera o el teatro.

En el Parlamento se sentaban 518 diputados pertenecientes a 12 partidos que a su vez representaban a 8 nacionalidades distintas. Cada uno de los partidos empleaba su propia lengua en los debates parlamentarios, prerrogativa aceptada en un sistema en el que la mayoría germánica imponía el alemán como lengua del poder, la burocracia y el ejército. Los vieneses solían acudir a las sesiones para ver a los diputados desafiándose en lenguas diversas e ininteligibles unos a otros como el que acudía a la ópera o el teatro. Entre la multitud que se congregaba en las plateas para asistir a tan surrealistas sesiones solía ser habitual ver a un joven proyecto de pintor que mendigaba por la ciudad a la espera de ser admitido en la Escuela de Bellas Artes de nombre Adolf Hitler.

Nuestra Unión Europea, la de nuestros días, tiene mucho de aquél imperio de los Habsburgo. Bruselas y Estrasburgo, tienen mucho de aquélla Viena decadente, cosmopolita y burocratizada

Muchos años más tarde, el propio Hitler reconocería que su inquina contra la democracia y el parlamentarismo burgués nacía de aquéllas sesiones de opereta en las que checos, polacos, bohemios, italianos, eslovacos o ucranianos se desafiaban los unos a los otros en sus propias lenguas, exagerando las poses y recurriendo a una cómica escenografía sobreactuada, porque nadie quería darse el gusto de renunciar a su propia lengua, aunque la mayoría hablase y entendiese el alemán como idioma común imperial.

Nuestra Unión Europea, la de nuestros días, tiene mucho de aquél imperio de los Habsburgo. Bruselas y Estrasburgo, tienen mucho de aquélla Viena decadente, cosmopolita y burocratizada en torno a la estructura de un mecano sometido a demasiadas tensiones como para sobrevivir.

A la Unión Europea, la acechan populistas de mil raleas que sientan sus posaderas en una institución en la que no creen. Están allí para desmantelar un proyecto de integración común que pone en cuestión su visión del estado nación

Hoy, como entonces, la Unión Europea empieza a ser vista como un proyecto fallido, casi cómico, que provoca conmiseración e invita a la burla cuando los populistas de cada estado recuerdan que sus órganos de gobierno dedican ocho años de debates inútiles para acordar una regulación común sobre la curvatura del plátano o el porcentaje de cacao que debe figurar en el etiquetado del chocolate a fin de que éste sea considerado como tal.

Con todas sus ineficiencias, con todas sus miserias y limitaciones, con todos sus pecados de origen, la Unión Europea es un factor de equilibrio regional al que ahora, como le ocurrió a aquél vetusto Imperio multinacional, acechan populistas de mil raleas que sientan sus posaderas bien pagadas en los mullidos escaños de una institución en la que no creen. Están allí para desmantelar un proyecto de integración común que pone en cuestión su visión del estado nación. Y no les importa si para ello tienen que unir fuerzas con actores políticos ideológicamente contrapuestos, de extrema derecha o extrema izquierda.

Aún subsiste -y me incluyo en el mismo- un reducto de austro húngaros en este viejo continente. Llevados, en muchos casos, por la experiencia personal que nos conduce a otros lugares de un continente en el que hemos hecho amigos italianos, franceses, portugueses, polacos, lituanos o rumanos.

Ahora que los enemigos del viejo Imperio levantan los viejos estandartes del «pueblo», «la gente», «la patria» y «la nación», es hora de recordar lo que perdemos por el camino con la vuelta a la tribu y el repliegue de las fronteras.

La globalización, ciertamente, ha extendido un cheque de desigualdad lacerante que ha cobrado al portador la parte de la sociedad más expuesta a la liberalización de servicios y capitales. Pero con todas sus contradicciones, la asunción de que el restablecimiento de los controles aduaneros, las guerras comerciales o la apelación a una autarquía patria rancia va a solucionar como por ensalmo los problemas de la gente, nos devuelve al escenario de los odiados años 30.

Algún día, puede que no dentro de mucho tiempo, miraremos al pasado reciente para recordar con dolor en qué momento se desbarató la ensoñación de una Europa sin fronteras. Y pensaremos en las chanzas, las burlas y la conmiseración lastimosa que nos causaba ese imperio austro húngaro de burócratas que, mientras hablaban de la curvatura del plátano, nos hacían sentir a nosotros -que tantas veces fuimos periferia- al fin europeos.

 

EL CURIOSO CASO DEL REFERENDUM DE INNERVILLGRATEN

El pueblo austriaco de Innervillgraten está perdido en las montañas del Tirol de Sur, junto a la frontera italiana que corta a dentelladas la cordillera de los Alpes Dolomitas.

En ese remoto rincón alpino, sucedió un hecho bastante peculiar allá por 1938. A resultas de la ocupación por parte alemana de la inestable y débil república austriaca, Hitler convocó a las tres semanas de la invasión un referéndum  en el país para legitimar el Anschluss o unión – mejor dicho anexión- entre Alemania y Austria.

Las SS, ya en plena faena por el país, se esmeraron en el empeño.

Purgaron el censo, eliminando a los indeseables del mismo; imprimieron unas grotescas papeletas en las que el espacio destinado a poner el sí era mucho mayor que el reservado a un eventual no; se las apañaron para meter con calzador el nombre de Adolf Hitler en la cuestión; y por último, en un alarde de cínica honestidad, idearon un procedimiento de voto según el cual los miembros de la misma SS, desplegados en cada colegio electoral de cada pueblo, aldea y villorrio del país, eran los encargados de recoger el voto, de manos de un votante que tenía que rellenar la casilla del Si o el No bajo su atenta mirada.

Con estas premisas, no extraña que la participación fuera del 99,73% del depurado censo; y que el Sí al Anschluss ganara con el 99,71%, en todos y cada uno de los pueblos del país….

….¿En todos?

Por desgracia, aquél 10 de abril de 1938 alguna pieza del metódico engranaje burocrático de las SS no estaba bien sincronizada. Y el jerarca regional del partido se olvidó de mandar el pertinente destacamento de Schutzstaffel (SS) a un aislado reducto habitado de las montañas del Tirol del Sur llamado Innervillgraten, para cumplir con el detallado papel que les correspondía a sus esbirros en esa parodia de referendum.

Sin su presencia intimidatoria, y con el retardo con el que las noticias llegaban desde Viena hasta las faldas remotas de los picos Dolomitas, la consulta terminó con el rechazo al Anschluss con un 95% de votos contrarios a la misma. El único puñetero pueblo del maldito país que cometió tal osadía.

Desconozco lo que sería de los pobres diablos de Innervillgraten, el precio que tendrían que pagar por su osadía en la nueva Austria, reducida a subdivisión administrativa del nuevo III Reich alemán. Sólo puedo intuir que la reacción no sería precisamente amable.

Los referéndum gozan de buena prensa entre quienes apelan a la democracia participativa, aunque se olvida frecuentemente que han sido los regímenes autoritarios y las dictaduras quienes más han hecho uso de una herramienta definida etimológicamente, como volver a llevar, se supone que al pueblo o a cualquier otro ente depositario de la soberanía, la capacidad decisoria sobre un asunto especialmente relevante.

El problema del referendum es que como cualquier otra lógica política, no escapa de los marcos de referencia tradicionales a los que está sujeto el poder. Siempre hay un ente o actor que decide qué se consulta; cuándo se consulta; en qué condiciones se consulta; cómo se formula la consulta; y qué efectos tiene la consulta.

Y ninguno de esos marcos conceptuales es neutro, indubitadamente puro. Siempre habrá agentes interesados en plantear la consulta en el momento en que crean que el resultado de la misma les será más propicio, teniendo en cuenta factores colaterales como la evolución de la economía o la concatenación de sucesos traumáticos. Del mismo modo, no será pacífico el modo en que se plantee la pregunta, como ya sucedió en la trampa lógica de la famosa consulta catalana de octubre de 2014.

Hay referendum inocentemente grotescos, como el que plantearon los suizos hace unos años sobre la altura que tenían que tener los minaretes de las mezquitas de nueva construcción en su país. Y otros susceptibles de desencadenar cataclismos, como el que ha sacudido al continente a cuenta del Brexit.

En medio de la conmoción provocada por el resultado de este último, cabe plantear si es lícito recurrir a este procedimiento como sustitutivo o complemento de la democracia representativa, tan sometida a cuestión por populistas de todo pelaje a lo largo y ancho del continente y más allá, como bien demuestra el efecto Trump. Nada sirve mejor a la causa de los extremos que la reducción de la democracia a un juego de disyuntivas divisivo, fraccionador y polarizador de los sentimientos.

Por eso la dictadura ha recurrido con notorio afecto al referendum para intentar llenar sus vacíos de legitimación, al tiempo que las democracias representativas mostraban un recelo aparentemente contradictorio con su naturaleza definitoria como poder emanado del pueblo y ejercido por el pueblo mediante sufragio universal, libre, directo y secreto.

Estos días me he acordado de la historia de Innervillgraten, y no por establecer un paralelismo con el Reino Unido que votó por la salida de la Unión Europea en referendum -este sí, desarrollado bajo todas las garantías democráticas y sin SS de por medio-. Sino por los dilemas que plantea el recurso reiterado al mismo en sistemas representativos como el propio de las democracias occidentales.

¿Hasta qué punto una foto fija del momento, captada en el día del referendum, puede condicionar el futuro de generaciones venideras? Ante la evidencia de que hay diversos grados en la forma en que se puede interpretar la respuesta mayoritaria –Leave– que los británicos dieron al referendum ¿quién mide cómo de fuera hay que estar de la Unión Europea? ¿Cómo Noruega, de facto un estado cuasi-miembro o cómo Suiza, una república independiente bancaria?

El gobierno representativo es reversible. Cada cuatro años votamos para juzgar, cambiar o prorrogar el mandato del poder que otorgamos a un gobernante -salvo en España, donde también se conjuga el verbo indultar, aunque esa es otra cuestión-. Es lícito preguntarse si el mandato de un referendum es igualmente reversible, o si hay que cargar con sus consecuencias a lo largo de generaciones venideras.

Igual eso es lo que se preguntaron los pobres infelices de Innervillgraten, cuando desafiaron, seguramente sin querer, a la más poderosa tiranía desde un rincón aislado de los Alpes.

Suárez y el dulce encanto de la derrota

Dejó escrito Machado aquéllo de «españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, porque una de las dos Españas habrá de helarte el corazón».

Había entonces, como decía el resto del poema, una España que moría y otra que bostezaba. Es la España de nuestros abuelos, pero perfectamente podría serlo la España de sus nietos, de esa España que asiste indignada y a ratos vencida por la indolencia, a la miseria del paro, la corrupción y el inmovilismo.

Esa España de puertas giratorias entre política y consejos de administración, de encumbramiento de medianías y medios que camuflan manifestaciones con obscenidad.

Esa España vencida en la rutina de las consignas inmutables, que reniega de la reflexión a cambio de un debate mal llamado político y, por sectario, incapaz de reconocer los matices del cambio en un mundo que se nos está escapando de las manos. Como tantas otras veces en nuestra historia.

Hace unos años, pude conocer a Fernando García de Cortázar, historiador significado, de muchos de cuyos pareceres recientes discrepo. Le recuerdo disertando sobre un libro que había escrito recientemente, «Perdedores de la historia de España».

Y, maldita sea, que me dio por pensar que en este país hemos hecho un arte de la pérdida y la derrota. Como si guardásemos un arrebato innato de admiración romántica por esa figura literaria que Reverte inmortalizó en su Alatriste, especialmente en el elogio morti de la despedida.

Qué faltos andamos de vencedores de la historia, pensé aquél día. Y se lo dije en el coloquio a García de Cortázar. Torrijos, Jovellanos, Goya, Lorca, Azaña… figuras de la política, el arte y el pensamiento que acabaron o en el paredón o en el exilio, a lo sumo con ese reconocimiento tardío y una reivindicación condescendiente, asumiendo que el paso del tiempo nos reivindica y nos iguala, como una invisible hoja de lija que fulmina las asperezas del recuerdo.

A fe que resulta fácil escribir una historia de perdedores de la historia de España. Porque en este país no fuimos capaces nunca de acordar ni un imaginario común de vencedores. No tenemos Panteón, ni Westminster, ni última morada de figuras ilustres que puedan ser reivindicadas por todos a un tiempo. A lo máximo que aspiramos es al reconocimiento en el tránsito a la muerte, cuando ya no se atisba el daño a nadie en vida.

Ayer murió Suárez. Llegaron los panegíricos y las glosas. También las visiones críticas -alguna he leído- que nos harán debatir una y otra vez sobre si merece la pena asumir el padrinazgo colectivo del primer presidente de la democracia restaurada en España.

Yo opino que sí. Nadie es puro. Nadie tiene inmaculada la hoja de servicios en una vida que da para mucho. Por supuesto que llevó camisa azul. Que fue un hombre del régimen, un arribista poco letrado que hizo carrera a base de encanto y oportunismo.

Pero al menos, para quien esto escribe, merece estar en ese imaginario de vencedores colectivos de la historia de España. Será que me hago mayor, pero no creo que en ciertas coyunturas se puedan hacer tránsitos de régimen sin derramamiento de sangre. La Transición tiene y tuvo muchos claroscuros. Y no fue pacífica, porque hubo mucha sangre.

Pero era, a mi modo de ver, lo que se podía hacer en aquél campo sembrado de minas que bien podía haber terminado en una guerra a la yugoslava.

Por eso me resisto a ver en Suárez a un perdedor, a un hombre solitario y traicionado que terminó perdido en el limbo cruel del alzheimer que devora los recuerdos. A un hombre que inspire lástima, condescendencia y pena.

Es un vencedor de la historia de España, en tanto en cuanto toda España asuma su legado sin revanchismo cainita y apego a la apropiación indebida de quienes son héroes colectivos.

Y si hoy, cuarenta años después, alzamos la voz contra la indignidad y las estructuras desvencijadas de la Transición inmutada, no es porque reneguemos de su legado en aquél tiempo. Es porque mi generación, y la suya todavía en la tramoya moviendo hilos, se ha negado a seguir por la senda del cambio necesario para que un sistema perdure.

Somos nosotros, los hijos de la Transición, los que hemos fallado a la hora de adaptar lo que otros idearon bajo el filo de las bayonetas y el ruido de sables.

A nosotros no nos debería asustar tal ruido, porque hace tiempo que los cuarteles dejaron de inspirar miedo.

Nos debe asustar la indolente placidez de quien no se mueve para evitar salir de la foto.

Y así seguimos. Haciendo fotos del mismo momento histórico mientras el mundo cambia a nuestra alrededor y España se enroca en el continuismo bajo el falso argumento de la estabilidad.

Somos la España del bostezo resignado en medio de esporádicos chispazos de dignidad colectiva.

PD.- En mi pueblo, La Roda, se sigue honrando la memoria de José Antonio en un colegio público. Hasta para eso falta valor. Para honrar, en su lugar,  a un presidente de la democracia poniendo su nombre a una escuela pública. A ver si alguien lo escucha. Aunque no tengo ninguna fe.

La historia de mi amigo Narendra

A Narendra lo conocí un día en el gimnasio al que suelo ir.

Es un hombre menudo, enjuto, con una cojera crónica en la pierna derecha, de esas que derivan en la aparente rigidez  de una rodilla que parece no articular, sensación que se viene abajo cuando se monta en la bici estática y pedalea con ritmo vivo a sus  70 años.

Narendra es uno de tantos indios británicos que habitan en el East End de Londres, el barrio de aluvión en el que un día callejeó el destripador y que ha ido acogiendo a lo largo de su historia a hugonotes franceses, judíos perseguidos en la Rusia zarista, emigrados acosados por la guerra y las penurias en Bangla Desh o Pakistán y, más recientemente a una legión de españoles, italianos y portugueses damnificados por los desastres del euro.IMG_4789

Las barreras raciales siguen en pie de una forma mucho más sibilina de la que nos podemos imaginar. Uno, involuntariamente, se vuelca en su comunidad. En la tribu cercana en la que se reconoce por rasgos físicos o idiomáticos. Hay afinidades mediterráneas con italianos de Sicilia en la cola del supermercado, guiños de complicidad con portugueses en la parada del bus y abierta conversación con el español con el que cruzamos cuatro palabras al sacar el abono del metro. No reparamos en la masa ajena que nos rodea, que se envuelve en su propio sentido de comunidad, en la frágil, estable y reconocible seguridad del gueto.

Y no es fácil romper esa barrera mental. Incluso para los que presumimos de tolerancia como una seña de cosmopolitismo que nos hizo renegar de patrias y miserias aldeanas. Incluso para los que caminan con paso firme por una vida creyéndose libres de todo pecado invocando la facilidad con la que hacemos amigos de toda cultura, raza y orientación sexual.

El hedonismo de la modernidad autocomplaciente del europeo blanco biempensante, el que recela de su pasado colonial y la sutil superioridad con la que seguimos mirando a los otros, mas si cabe si el color de la piel marca el abismo.

A Narendra lo conocí pedaleando en el gimnasio, después de que cortesmente me ofreciera a ayudarle a subir a la bicicleta, cuyo sillín se antojaba un Everest para un hombre lastrado por la cojera y que no sobrepasa el metro sesenta. Del gesto de caballerosidad por mi parte, surgió una conversación afable que nos llevó por lugares comunes primero de dónde soy, cómo es España, si hace sol por allí, cómo es la comida- y terminó derivando en un cabal intercambio de puntos de vista sobre el modo en que unos y otros nos integramos en patrias ajenas.

Narendra es un británico nacido en la India en tiempos de la dominación colonial. Su padre, soldado al servicio del Imperio Británico, dio tumbos por el norte de Africa e Italia, tragando calamidades al servicio de una bandera que ondeaba en el subcontinente indio. Aquélla tierra proveyó a su majestad de la milicia con la que sostener su guerra contra la Alemania de Hitler, en un momento en el que ni los americanos, aún neutrales, ni los soviéticos, bajo el Pacto de No agresión del 39, compartían sangre sudor y lágrimas con los ingleses que se mantenían obstinadamente solos en la lucha.INDIAN_TROOPS_IN_BURMA,_1944

Miles de indios, pakistaníes o jamaicanos asientan su presente ciudadanía británica en los méritos contraídos en aquélla lejana guerra del padre de Narendra. Unos en el frente y los otros -los jamaicanos- ocupando las fábricas de la industria de guerra porque no se les consideraba especialmente aptos para el combate. Hasta en esos menesteres opera el racismo sutil del hombre blanco. No era lo mismo ser indio que ser negro.

Yo soy un español en Londres. No es gran cosa, teniendo en cuenta que somos parte de una oleada reciente que nos aliena y nos convierte en parte de una masa. En España nos pasó algo parecido en la década pasada, la de la opulencia. No veíamos a Nicolae, a Nadia o a Mohammed. Veíamos rumanos, ucranianos o moros.

Narendra es hijo de un héroe de guerra que se ganó el derecho a la ciudadanía británica sangrando en el desierto contra las tropas de Rommel.

Pero cuando salimos a la calle y nos despedimos amablemente, Narendra y un servidor tomamos distintos caminos. Yo soy español. Repito; no es gran cosa en estos tiempos en esta tierra. Pero soy europeo, blanco y familiarmente reconocible para una legión de británicos que me asocian con estereotipos veraniegos que alegran el tedio del gris metálico en el que viven 11 meses al año.

Narendra es un indio y siempre lo será. Aunque sea ciudadano británico por méritos de guerra. Aunque pueda invocar con altivez y orgullo los motivos por los que tiene un pasaporte con la Union Jack y guarde con devoción las medallas conquistadas por su padre.

Nos alejamos tomando caminos opuestos. Pero cuándo me doy la vuelta, lo veo desaparecer entre la masa para la que este hombre no existe realmente. Un indio entre tantos indios. Uno más en medio de una comunidad que nos es ajena, que sólo se relaciona y se reconoce con los suyos. Uno más que vivirá de las ayudas públicas, pensará alguno. Que regentará un comercio con olor a curry rancio. Una presencia fantasmal para la Europa blanca y bienpensante que ha ido tejiendo una nueva forma de racismo. Más sutil e impercepetible pero igualmente cruel.

Ya no se odia por el color de la piel.

Ahora nos basta con ignorar por el color de la piel.

De Zweig a Judt. Una historia de la decadencia europea.

Si alguien me preguntase cuál es el libro que mejor relata la historia de Europa en la primera mitad del siglo XX respondería sin dudar “El mundo de ayer”, de Stefan Zewig. Eso creo que ya lo he dicho en este blog en no pocas ocasiones. Ahora, si alguien me preguntase sobre el libro que mejor retrata la segunda mitad del siglo XX en Europa no podría evitar recomendar “Posguerra” de Tony Judt.

Zweig y Judt son, en cierto modo, dos referencias intelectuales paralelas. Ambos judíos, ambos profundamente devotos de la Europa cosmopolita; ambos –o al menos sus inmediatos ancestros en el caso de Judt- alienados de la región en la que nacieron para echar raíces o dejarse morir –en el caso de Zweig- lejos de la tierra que les vio nacer por causa del antisemitismo atroz en la Europa Central y Oriental.

Zweig representa la soporífera paz vienesa de la preguerra del 14. Ese universo de brillante decadencia del Imperio de los Habsburgo, en el que la placidez aburrida de una sociedad pétrea y estratificada, aportaba una sensación de seguridad colectiva y estabilidad social que saltaría por los aires con el atentado de Sarajevo y el estallido de la Gran Guerra. El autor de “El mundo de ayer”, devoto incansable de la cultura europea, rinde pleitesía a los símbolos del saber occidental, con su herencia multirracial, multicultural y –de modo visionario- profundamente global. Zweig encarna la globalización de las élites, en un tiempo en el que los avances tecnológicos empiezan a derribar fronteras y alterar el sentido de lo inmediato, con la invención del telégrafo, sólo unos años atrás. Si nos vanagloriamos de lo que representa internet en nuestro tiempo, en relación al que vivieron nuestros padres, pensemos en el impacto emocional de una época, los albores del siglo XX, en los que el mundo toma conciencia de la inmediatez de la comunicación transoceánica casi en tiempo real frente a los 8 días que tardaba en llegar una noticia de Londres a Berlín, por ejemplo.

Aquello sí fue una verdadera revolución tecnológica. Lo nuestro, lo de nuestro tiempo, si acaso mera evolución tecnológica. Porque cuando Zweig viene al mundo, todavía quedan supervivientes de las guerras napoleónicas y las casas aún se alumbran con candiles. Cuando lo abandona, los alemanes están ensayando su misil balístico V-1 y desarrollando el motor de reacción para sus cazas.

Judt, por el contrario, encarna en «Postguerra» el testimonio estremecedor del testigo de un siglo que se consume en medio de la pasión por el olvido que asola a nuestra generación. En su obra subyace la denuncia  del recuerdo incómodo y la deformación histórica para construir mitos perdurables como el del holocausto, que justifica la pulsión del eterno maltratado con derecho a todo del estado de Israel –al que el propio Judt sirvió en su juventud durante la Guerra de los Seis Días-. Su vida arranca seis años después de la muerte de Zweig. Y recoge el testigo de la conceptualización de un tiempo que se entregó a la digestión acelerada de utopías que terminaron en pesadilla, construcciones de idearios cosmopolitas como la Unión Europea y declives de los mismos en medio de un mundo que, irremediablemente, ha dejado de ser eurocéntrico.

En Judt, británico hecho a base de becas del estado del bienestar británico de la posguerra europea, conviven múltiples almas de la Europa del siglo que engendró a Zweig:  desmoronamiento de los grandes imperios de comienzos de siglo (turco, austro-húngaro y ruso), la persecución religiosa que expulsó a sus ancestros de la Europa Oriental en la que se hunde su árbol genealógico y la fascinación por un universo ideológico complejo que sólo puede encarnar quien se reconoce a sí mismo como hijo de la socialdemocracia clásica, que reivindica con ardor como respuesta al fracaso del marxismo, lo que le enfrenta a Hobsbawm.

Ambos autores entregan sus últimos años al ejercicio de una melancólica reivindicación del mundo que debería ser, más que al que terminó siendo, y del que fueron testigos amargados en la cercanía de su muerte. Zweig se deja llevar en sus últimos días en un país de cuyas posibilidades futuras es un visionario, como Brasil. Judt reflexiona en su testamento casi póstumo –«Algo va mal»-sobre el derrumbe del estado del bienestar como seña de identidad del progreso económico y social de la Europa de su tiempo, en un momento en el que desmantelamiento del mismo todavía no ha alcanzado las dimensiones de las que somos testigos en el presente.

Judt y Zweig, en esencia, encarnan la continuidad espiritual de una Europa que hoy no concebimos por la frustrante pasión por lo inmediato. Por la obsolescencia acelerada a la que nos condena una evolución tecnológica que altera nuestra percepción del pasado, distorsiona nuestra memoria y nos aleja de la herencia cultural que este vetusto continente no tiene a quien legar.

Europa es como la vieja Grecia a la que la nueva Roma, llámese Estados Unidos en el presente o China en el futuro, deja de admirar en cierto punto, cuando su inspiradora presencia se desvanece gracias al triunfo de los nacionalismos estatales que resucitan como parodia de una sociedad envejecida, huraña, conservadora y que mira hacia el localismo provinciano y paleto en busca de la falsa seguridad que alimenta el discurso de la nueva derecha populista europea.

Zweig y Judt certifican en su obra el relato de la decadencia europea, que como todo poder clásico en el pasado, se apaga lentamente entre el recuerdo perdurable de su pasado y la negación de un declive que nos convierte en la nueva periferia del globo. En una reliquia espiritual, como un gigantesco Partenón en ruinas que inspira la condescendiente admiración de los nuevos señores del mundo.