PUTIN, ERDOGAN Y EL FAROL DE DRESDE

Dresde, Alemania del Este; 5 de diciembre de 1989.

Un  grupo de manifestantes se concentran ante la verja del edificio sede central de la Stasi, la temida policía secreta del régimen. Pretenden tomar por asalto las dependencias. En su ánimo, la euforia de la caída del muro, sólo unas semanas atrás, y la evidencia de que el régimen comunista del estado es un ente moribundo, como el propio estado en sí mismo, la RDA.

A la entrada del edificio, un oficial soviético, menudo y agitado, se echa mano de la pistola reglamentaria para frenar a la masa. Va a proteger el edificio con todo lo que tenga. Que no es mucho. La mayoría de la guarnición ha huido. Y el único apoyo posible es el de una unidad de tanques del Ejército Rojo, situada a las afueras de la ciudad.

El oficial ruso se tira el farol. Los tanques se aproximan. Y él mismo tiene orden de abrir fuego si alguien tiene agallas de saltar la verja.

En realidad, los tanques no se mueven sin la autorización de Moscú. Lo sabe y se lo calla. El mismo ha telefoneado al mando de la base. Y también a Moscú. Pero Moscú calla. Allí no contesta ni toma decisiones ni Cristo.

Es imposible disociar el silencio de Moscú aquélla tarde de diciembre de 1989 en Dresde, del futuro del solitario agente ruso que ha salvado lo poco que queda del Imperio soviético en Alemania del asalto de la turba con una pistola Makarov en la mano y un farol como la copa de un pino en la otra.

El oficial del KGB responde al nombre de Vladimir Putin. Y con el paso de los años, se encargará desde el poder de que ante cualquier eventualidad, en Moscú no se vuelva a escuchar el incómodo silencio del vacío de poder.

Cinco años después de estos hechos, un joven y ambicioso político turco alcanza la alcaldía de Estambul, al frente de un partido islámico moderado.

Es un conservador oriundo de una familia religiosa a orillas del Mar Negro, en la Turquía central. En ejercicio de su cargo, Tayip Recep Erdogan, que así se llama, desafía a las autoridades recitando un poema con inequívocas referencias islamistas.

Los aparatos del estado, imbuidos de un laicismo anclado en la razón de ser última de la propia Turquía moderna, lo condenan a una breve pena de prisión de cuatro meses, incluso aún a sabiendas de que los versos en cuestión inspiraron a los propios kemalistas en su camino al poder en los años 20.

Erdogan alcanza el cargo de primer ministro en 2003. Putin había llegado a la presidencia de la Federación rusa, la jefatura del estado, tres años antes. En su común afán por extenderse en el ejercicio del poder, ambos van a encadenar el máximo permitido de mandatos. Putin, más encosertado por la norma constitucional, alternará el cargo con el de presidente del consejo de ministros. Para ello se vale de un peón que le guarda la silla y con el que permuta los mandatos. Un tal Dimitri Medvedev. En el caso de Erdogan responde al nombre de Binali Yildirim.

Hay un hilo común en la trayectoria de ambos líderes. La democracia occidental, liberal, de inspiración anglosajona, es un artilugio que hay que rusificar o turquizar, amasándolo con brío para adaptarlo a las peculiares condiciones de países geográficamente inabarcables, como en el caso ruso, o geopolitica y culturalmente laberínticos, como en el caso de Turquía.

En último término, uno y otro echarán mano de mecanismos plebiscitarios para prorrogar sus mandatos o forzar las normas constitucionales para perpetuarse en el poder.

Hoy mismo, en Turquía, el 51% de los votos sancionan la reforma constitucional de Erdogan que, en la mejor tradición bonapartista, convienen el país en una república presidencialista, para terminar con la ficción mantenida desde que en 2014 el Presidente de la República ejerciera el poder a través de su jefe de gobierno-marioneta.

History matters, que dicen los británicos. La Historia cuenta. Y tanto en el caso de Putin como en el de Erdogan, los hechos corroboran lo que la teoría no fue incapaz de probar. Que la democracia, tal como la entendemos en el occidente europeo, no tiene porqué arraigar en tierras sometidas a poderosas dinámicas que hunden sus raíces en los traumas de la Historia y la lucha por los recursos en entornos hostiles. No al menos con el acervo con el que hemos interiorizado los dogmas surgidos de la revolución, que creímos eternos y no sujetos a discusión, como la separación de poderes, las garantías cívicas o la libertad de prensa.

En todo caso, cuando regímenes dificilmente encuadrables en  el concepto estandarizado de democracia se perpetúan a través del mecanismo del plebiscito, apelan a la dinámica maniquea de la respuesta alternativa autoexcluyente. La del si o el no sin matiz alguno. No es casual su papel nuclear en todas las dictaduras o en las democracias que voluntariamente han evolucionado hacia formas autoritarias de poder.

Algo de ello sabemos en España, cuando el populacho se arrastraba ante el carruaje del rey felón para desenganchar los caballos y tirar del coche real al grito de Vivan las cadenas.

El menudo oficial de mirada glacial y proverbial sangre fría se va a encargar mientras viva de que al otro lado de la línea, en Moscú, no se vuelva a escuchar el silencio de las estancias vacías de un imperio que se desmorona.

El ex alcalde islamista moderado de Estambul vestirá con los ropajes moribundos de la democracia,, en la que nunca terminó de creer, su golpe presidencialista para enterrar el sueño de la Turquía moderna a orillas del Mar Negro.

 

¿QUÉ TIENEN EN COMÚN DONALD TRUMP Y FELIPE III?

Buy american, hire american, decía Donald Trump en su ceremonia de investidura como 45 Presidente de la nación más poderosa de la tierra.

Compre americano, contrate americano.

Cuatro palabras para definir una filosofía que nos sumerge de lleno en los años treinta del pasado siglo y que creíamos haber enterrado en una fosa profunda, al lado de los millones de cadáveres que produjeron los conflictos globales inmediatamente precedentes y posteriores.

Como a estas alturas ya lo habrán leído todo sobre Trump en columnas y blogs, lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón de pensar es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, que tenemos a la hora de enjuiciar momentos como el que vivimos.

Sobretodo desde una perspectiva socialdemócrata, que es la que a mí me interesa, para que nos vamos a engañar.

Lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón  es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, en torno al “momento Trump”.

Primera paradoja. ¿Sabría usted decirme, querido lector, a qué partido pertenecía el presidente que embarcó a Estados Unidos en las cuatro grandes guerras que ese país vivió en el siglo XX? Antes de que me responda, guiado por los fogonazos de la inmediatez histórica, le recuerdo que la Primera Guerra de Irak causó menos bajas americanas que las primeras dos horas del desembarco de Normandía.

Las cuatro grandes guerras americanas del pasado siglo serían por este orden la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam.

En relación a la pregunta que le formulaba con anterioridad, los presidentes que decidieron la intervención estadounidense en estos conflictos, que conjuntamente les reportaron más de 700.000 muertos en combate, fueron, todos sin excepción, demócratas.

Y que de las cuatro guerras, en las únicas dos en las que el combate no terminó con una rendición incondicional del adversario, el encargado de recoger los bártulos y administrar las conversaciones de paz con un enemigo no derrotado, fueron republicanos.

¿Quiero decir con ello que los demócratas como Obama son halcones y que los republicanos como Trump son palomas? En absoluto. Pero lo cierto es que tenemos que admitir que la distorsión cercana que produce la era Bush, con su herencia de guerras empantanadas en Irak y Afganistán, condiciona la forma en que analizamos los hechos históricos y puede distorsionar nuestra perspectiva.

 Conviene recordar, con datos empíricos, que los presidentes republicanos, a pesar del recuerdo de la era Bush, han sido tradicionalmente aislacionistas, y los demócratas intervencionistas en política exterior. Y que ello no es necesariamente algo bueno.

Los hechos, tan denostados en los tiempos de la post-verdad, dan cuenta de que en el siglo XX corto, ese que se extiende según Hobsbawm entre la Primera Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín -75 años- han ocupado el cargo de presidente catorce mandatarios. De esos tres cuartos de siglo, más de la mitad -40 años- tuvieron como presidente a un republicano y 35 a un demócrata.

Las cuatro grandes guerras americanas antes citadas ocupan un lapso conjunto de unos 20 años. De ese periodo, 16 años coinciden con mandatarios demócratas en el poder. Y sólo 4 con presidentes del partido que sustenta a Dondald Trump.

¿Quiere esto decir que los demócratas son partidarios de la guerra y los republicanos amantes de la paz? Afirmar algo así sería un shock emocional contra nuestras propias percepciones, mediatizadas -es preciso repetirlo una vez más- por las guerras iraquíes y afgana de los Bush padre e hijo.

Segunda paradoja.

Cuando Trump apela al aislacionismo (una vez más la “splendid isolation” anglosajona), a recuperar una “agenda interna” y a olvidarse de “aventuras exteriores”, exhortando a los europeos o a los asiáticos a que se paguen su propia defensa por ejemplo, o a promover un deshielo amable con Rusia ¿estamos ante algo intrinsecamente bueno para la Humanidad?

Desde una perspectiva no sólo socialdemócrata, sino incluyendo a la nueva izquierda del continente, no nos cabría duda. Como tampoco nos cabe duda de que la aproximación a la Rusia de Putin nos gusta porque, aunque lo digamos con la boca pequeña, a la izquierda le atrae la determinación rusa, si acaso por asociación de ideas con lo que ese país representó en el pasado.

Si concluimos estas dos paradojas con una respuesta afirmativa -que el aislacionismo americano es inequivocamente republicano y que un presidente como el que nos ha caído en gracia va a centrarse en los desafíos internos más que en ejercer de policía del mundo– llegamos a la disparatada conclusión de que Donald Trump es una salvaguarda para la paz mundial.

La agenda interior y el repliegue americano, pone a la izquierda europea ante el espejo de la contradicción por las consecuencias imprevisibles que para el orden mundial tendrá ese conjunto de políticas.

Antes de que dejen de leer y me crucifiquen, les diré por qué Trump, pese a lo que dice y lo que representa, es una amenaza mucho mayor para la Humanidad que la que representan demócratas en la presidencia como Hillary Clinton, a la que los seguidores republicanos catalogaron como una peligrosa belicista amante de los conflictos y las guerras globales.

Seré franco, aunque duela.

Estados Unidos todavía es el gran “hegemon” de nuestro tiempo. Cuando una potencia dominante se retrae durante un periodo, llevada quizás por el peso de la agenda interior o por lo que los antiguos llamaban el “hastío de guerra”, una multitud de aspirantes aprovechan el lapso para rearmarse y ganar parcelas de poder en el tablero global.

Si además, ese poder dominante, se vuelve de repente proteccionista y recupera la política arancelaria para contentar a su electorado bajo el manto protector de la autarquía autosuficiente, se multiplican las opciones de que asistamos a despiadadas guerras comerciales. De las que no implican acciones sangrientas pero que acumulan posos de resentimiento.

Cada siglo tiene su hegemon, su poder dominante. Aunque nos cueste creerlo, nosotros los españoles, también fuimos la gran potencia dominante desde 1520 hasta 1630, más de una centuria.

A Felipe II, un rey belicoso e intervencionista, le sucedió su hijo, Felipe III, un monarca abúlico y retraído que entregó el poder a sus validos y cuya reinado se resume en torno a tres ejes:

  1. Felipe III,  rey de paz. Firmó treguas duraderas con franceses, ingleses y holandeses.
  2. Intentó combatir la inundación de manufacturas extranjeras de estos países en los mercados de Castilla y Aragón, que enriquecían indirectamente a las potencias enemigas con el oro y la plata que venía de América sin dejar riqueza en estos páramos.
  3. Felipe III, rey xenófobo que implementa la medida populista de la expulsión de cientos de miles de moriscos de la península al norte de África.

Dondald Trump simboliza un momento Felipe III en los Estados Unidos.

El repliegue, la renuncia a ser gendarme del planeta, significó que los mares se infestaron de piratas. Perdida la disuasión española, holandeses, franceses e ingleses aprovecharon la paz oficial con España para empezar una guerra no oficial con bucaneros y corsarios.

El proteccionismo salvaje arruinó a los comerciantes más dinámicos establecidos en la ciudad más populosa de Europa por entonces, Sevilla, que empezó una lenta decadencia de la que nunca se recuperó.

Por último, la expulsión de los moriscos, despobló la huerta de Levante,  y sumió al país en una crisis demográfica brutal, en ejercicio de una medida populista equiparable al America First que enarbola el nuevo presidente estadounidense.

Como el rey Felipe III, Trump preconiza el protecconismo, el repliegue y la xenofobia en su salida contra el hastío de guerra y aventuras exteriores que enriquecen al adversario

El gran peligro al que se enfrenta la Humanidad no deriva del hecho de que un hombre de casi 80 años con un cerebro de un crío de 15 esté a cargo del mayor arsenal nuclear del planeta. Ni de que su ideario sea una mezcla de racismo, machismo, prejuicios y populismo de matón de barrio.

Deriva del hecho de de las consecuencias del repliegue prometido. Un orden internacional caótico, puramente hobbesiano, carente de un proveedor global de seguridad colectiva por deserción de la potencia dominante, celosa del auge ajeno que entiende que se produce a su costa en medio de un declive tantas veces pregonado que termina por convertirse en real.

A Felipe III le sucedió su hijo Felipe IV. Y al término de la paz, llegó la guerra. La más salvaje que el mundo había conocido hasta entonces, la Guerra de los Treinta Años, que diezmó el continente europeo y que bien podría considerarse como una primera guerra global.

En un mundo distópico de pesadilla, ¿Qué hubiera sido del mundo si Roosevelt hubiera cedido a las presiones aislacionistas y pacifistas en 1940? Si en lugar de promover un embargo económico contra Japón, hubiera alcanzado un acuerdo con este país aceptando la “esfera de prosperidad asiática” que ese país reclamaba. Sin Pearl Harbor no hubiera habido intervención en Europa. Y Hitler habría derrotado a la URSS y a Gran Bretaña.

El repliegue americano va a estimular a los pigmeos que se creen con derecho a ser gigantes sin temor a los palos de un gendarme renuente que, de repente, se vuelve cansado y perezoso. Hay barra libre.

El aislacionismo de Trump, el repliegue americano, bien puede ser la antesala de un mundo de pesadilla. Por lo pronto usted, que ha llegado hasta este punto de la lectura con una paciencia que le agradezco, prepárese para que su gobierno incremente el gasto en defensa. Que lo hará.

Y recuerde que, aunque el gendarme sea odioso, aunque pegue palos plegándose a los designios del poderoso y prestándose a una doble moral que nos asquea y nos asusta, su ausencia en el mundo no garantiza la paz.

Cuando el hegemon se borra del mapa voluntariamente, un puñado de pigmeos se creen con derecho a ser gigantes. Es lo que la Historia, y los hechos, demuestran.

Y no tardaremos en ver las primeras chispas.

POR QUÉ RAJOY TIENE HOY MÁS PODER QUE NUNCA

 

En el año del Brexit, de Trump y de la caída de Renzi, España se convierte en un bálsamo de estabilidad política. No es la primera vez que ocurre. Lo de ir contracorriente siempre fue una constante en la Historia de España.

Ya en los años treinta, cuando el viejo continente se despeñaba por la senda del autoritarismo, en España inaugurábamos una democracia parlamentaria republicana.

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa Occidental el consenso socialdemócrata ganaba para la causa hasta a la vieja derecha social cristiana, en nuestro país se afianzaba una dictadura nacional católica que mantendría un velo de oprobio sobre los rescoldos de la larga posguerra del 36.

A finales de los setenta, cuando el golpismo de la extrema derecha sacudía a los países más estables de Sudamérica o la violencia política de extrema izquierda azotaba a democracias consolidadas como la italiana o la alemana, en España hicimos una Transición llena de moderación y concordia según el relato épico de la misma.

Nunca antes un mayoría parlamentaria tan minoritaria concitó tanto poder político.

Ahora, cuando Occidente se abandona al griterío del populismo nacionalista y los primeros ministros caen como fichas de dominó, en España se redescubre una estabilidad institucional que había sido puesta en cuestión por nuevos actores que parecen perder fuerza en medio de las guerras de familia.

La mera supervivencia política de Mariano Rajoy, el hombre plano, indolente y previsible, que contempla el devenir de los acontecimientos con la abulia propia de un ministro del gabinete de Cánovas bajo la Regencia de María Cristina, constituye la evidencia más certera de la atonía del caso español.

Nunca antes un mayoría parlamentaria tan minoritaria concitó tanto poder político.

Y no me refiero al poder que se mide al peso, en términos de gobiernos autonómicos, grandes alcaldías o número de parlamentarios. Sino al que se mide en términos más sutiles para bendecir no sólo a quien lo ejerce nominalmente, sino a quien se convierte en árbitro de la situación política.

Y aunque duela, es preciso admitir que Rajoy tiene en sus manos mucho más poder del que tenía en 2011, cuando 186 diputados, diez más de los necesarios, le otorgaron la mayoría absoluta más amplia que la derecha jamás haya tenido.

Para empezar, se guarda en la manga la llave del cerrojo electoral, que puede abrir a conveniencia según la coyuntura se preste a sus intereses.

Tal coyuntura se puede producir en cuanto su imagen de moderación -ensayada con medidas que gozan de buena prensa  como la subida del salario mínimo, reducción del IVA cultural o escenificación de un pacto educativo  o sobre el futuro de las pensiones- sea puesta en contradicción por una oposición a la que dicho sea de paso, bajo ningún concepto le interesa forzar nuevas elecciones.

Que Rajoy pierda votaciones en el Parlamento cada semana no implica, como la de la Ley Mordaza, no implica la derogación de tales normas. Y este escenario puede conducir a la frustración en la izquierda.

Incluso aunque el presidente pierda votaciones parlamentarias una semana tras otra.

Conviene recordar que la votación de una moción consecuencia de una interpelación no supone la derogación de una ley, aunque este detalle pase de largo en la euforia desatada de los activistas en las redes sociales de los partidos que quieran hacer ver lo contrario con el griterío a cuenta de la supuesta, que no real, derogación de la Ley Mordaza, por ejemplo.

Incluso aunque, llevado por una debilidad parlamentaria en apariencia extrema, el presidente tenga que pactar cesiones en los presupuestos ante el nacionalismo vasco. A fin de cuentas, esto es algo que la derecha en nuestro país ha hecho siempre. La izquierda rompe España, y la derecha acuerda por el bien de España con los que, en el primer caso, son separatistas, y en el segundo nacionalistas moderados con los que hablar lenguas autóctonas en la intimidad.

Sólo dos líderes de grandes países de la zona euro que ya estaban en el poder en 2011, van a seguir al frente del gobierno en 2017. Y esos líderes son el español y Merkel.

Con suerte o sin ella, Rajoy encarna un bálsamo de estabilidad en medio del maltrecho contexto europeo. Ha sobrevivido a líderes globales, como Obama. A líderes de trayectoria paralela, como Cameron o Sarkozy. Y a efímeros líderes emergentes como Hollande o Renzi.

En términos comunitarios, se ha convertido en un veterano superviviente con derecho de asiento a la diestra de Merkel, el otro ejemplo de estabilidad política que, se diga lo que se diga, conservará el poder en las elecciones de este año.

Y es ella y no la Comisión Europea, la que le permitirá aliviar en los próximos meses la carga de la austeridad para destinar las dádivas resultantes a cuidar sus pactos con Ciudadanos o quien sea, como ha quedado recientemente demostrado.

Es tal el poder de un hombre políticamente dado por muerto tantas veces -2004, 2008, 2012, 2015- que su silueta inequívoca está detrás de las maniobras de resucitación sobre el cuerpo inerme de un PSOE sumido en una profunda crisis existencial.

Y ese lujo auto concedido, el de insuflar aire en las vías respiratorias del enemigo que tanto hizo por construir la arquitectura bipolar de la política española, no deja de ser una dolorosa afrenta con sabor a aceite de ricino en buena parte de las bases socialistas.

La paradoja de estos tiempos es que la fuerza política más castigada en términos absolutos de pérdida de escaños, alcaldías y gobiernos autonómicos entre 2011 y 2016 -el PP de Rajoy- es el que encara el año 2017, el de los grandes congresos de todas las fuerzas políticas del arco parlamentario, con menos incógnitas a la hora de despejar su liderazgo futuro.

Rajoy se sucede a sí mismo, encaramado a una coyuntura internacional que ni en el mejor de sus sueños hubiera podido imaginar.

Esa y no otra es la incógnita que descuadra todas las cábalas estratégicas en los análisis políticos que se hacen desde España. Demasiados años retraídos tras el parapeto de los Pirineos y una patológica incapacidad de nuestros líderes para hablar el idioma global de las relaciones internacionales, hacen el resto.

A Rajoy le bendice el panorama internacional tanto como a Franco le bendijo en su momento la baza anticomunista en el apogeo de la Guerra Fría.

Por eso se siente cómodo en esta falsa debilidad parlamentaria.

Y por eso, con las concesiones que va a arrancar de la moribunda Comisión Europea y que no hubieran sido posibles hace cuatro años, cuando el austericidio casi termina en una intervención a la griega en España, Rajoy se ve a sí mismo en la cima de carrera, pese a una debilidad parlamentaria que nunca fue un factor menos relevante a la hora de medir el verdadero poder. 

El que no se cuenta en función del número de escaños sino atendiendo al contexto.

PARÍS MARTIRIZADO

París outragé!!, París brisé!!, Paris martirysé… Anoche me acordé de estas palabras del general De Gaulle, pronunciadas el 25 de agosto del 44.

Anoche París fue una ciudad martirizada.
Como mucha gente, anoche no pude conciliar el sueño hasta la madrugada. Me enganché a twitter a medianoche, y por el efecto arrastre del impacto emocional que escupían las redes sobre lo que estaba pasando en París, no pude caer dormido hasta las dos o las tres.
Escribo en pretérito cuando quizás debería hacerlo en presente. A estas horas, hay gente luchando por su vida, con el cuerpo destrozado a balazos o por los efectos de las explosiones, en la densa humareda de confusión que queda tras un atentado tan brutal como premeditado, estudiado y macabro en su ejecución.
Igual que no debería utilizar el tiempo pasado, tampoco debería utilizar el concepto atentado terrorista. Se libra una guerra abierta. En las calles, en el extrarradio de las nuevas grandes ciudades estado de nuestro tiempo -Londres, París, Nueva York…- espacios inabarcables, laberínticos, impersonales, en los que las semillas del odio prenden con brío ante la incapacidad de los mecanismos convencionales del estado para proporcionar a los habitantes de las grandes urbes la sensación de vivir seguros.
Ese es el gran objetivo de esta nueva vieja guerra. Decía Sun Tzu que las guerras son conflictos morales que se libran en los templos antes que en los campos de batalla. Siendo así, el enemigo, si es que se pueden utilizar conceptos convencionales como este, busca crear el pánico donde más seguro cree uno estar. En megalópolis habitualmente patrulladas por miembros de la policía y el ejército, sobretodo en instalaciones sensibles como aeropuertos, carreteras, estadios de fútbol, estaciones de metro y ferrocarril y centros comerciales.
Son parte del paisaje, tales guardianes, inadvertidos, con la música ambiente estridente que acompaña el ritual consumista del centro comercial, entre expositores de cosméticos, sofás reclinables con función de automasaje, el puesto de carcasas de móviles y un tipo con corbata, al que todo el mundo ignora, ofreciendo las virtudes de obtener una tarjeta con determinada entidad bancaria. En el decorado, en la entrada principal del Primark del centro comercial, los dos pipiolos, de la Brigada Paracaidista, el Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera Francesa o los fusileros del Royal Essex se integran en el paisaje de compradores compulsivos con sus uniforme de campaña, verde camuflaje, boina calada y gatillo presto.
Nada ilustra mejor la asimetría de la amenaza a la que las sociedades occidentales se enfrentan que esta imagen de impotencia ante lo imprevisible de una matanza como la que acaba de ocurrir en París. Como la que está ocurriendo a estas horas de la mañana, con las calles aún llenas de sangre de los muertos y los tanatorios cargados de padres sin hijos y de nuevos huérfanos.
Lo accesorio, lo irrelevante en este momento es reabrir eternos debates sobre las causas de esta guerra que libramos con armas inadecuadas. Con tanques, cazas y obuses del 105 para cazar lobos solitarios que se esconden en nuestro entorno.
Ya sé que Occidente tiene su parte de culpa, si no la exclusiva, en las causas profundas de los estallidos de locura que nos sobresaltan. Y también sé que son las nuestras sociedades olvidadizas y que relativizan la importancia de los muertos y de las bombas, dependiendo del lugar en el que ocurren. Que no es lo mismo cinco muertes en París que setenta y cinco en Bagdad. Que hay algo perverso en la forma en que asumimos el pánico de lo cercano, no sólo geográficamente, sino por similitud en hábitos y modos de vida, y alienamos el terror lejano, el que se lleva por delante a un centenar de personas en el mercado semanal de la capital del Punjab o delante de una madrasa en Kandahar.
Sentimos como propia la tragedia de París, no sólo porque está cerca geográficamente. Sino porque compartimos hábitos de vida. Patrones de conducta. Gente cenando un viernes por la noche en las terrazas de dos restaurantes; asistiendo a un partido internacional de fútbol; viendo un concierto de rock en una sala con solera. Son las identidades culturales las que nos acercan el drama. Las que nos hacen sentir como propio un golpe que percibimos lejano cuando algo similar ocurre en Argel, a dos horas en coche desde Alicante si se pudiera ir en línea recta.
Ciertamente, si ello nos convierte en hipócritas insensibles, asumo el cumplido como algo inherente a dichas identidades culturales.
A estas horas, consejo extraordinario de defensa en París. El Presidente de la República decidió, tras la matanza de Charlie Hebdo, enviar a su portaaviones a luchar contra el ISIS. Corre el riesgo Hollande de volver a caer en la tentación de asumir medidas convencionales para luchar contra una amenaza que no es sólo asimétrica. Está enraizada en la propia espina de la sociedad francesa.
Ante nosotros, ante el Occidente culpable -si se quiere-, atemorizado, impotente, biempensante y politicamente correcto, una disyuntiva dramática. Asumir que la guerra que enfrentamos nos coloca ante terribles dilemas morales: la Europa de las vallas fronterizas, o la Europa valladar de la libertad.

Esta vez no hay nadie enfrente con quien negociar politicamente. Es la locura. La maldad absoluta. La negación salvaje de la civilización y un modo de vida, que aun contradictorio y lleno también de perversión intrínseca, ha garantizado a la Humanidad las mayores cotas de libertad personal de su historia.

París martirizado. Como Madrid en 2004 o Nueva York en 2001. Como tantos lugares del planeta, en Siria, Yemen, Nigeria, Irak, Pakistán o Afganistán casi a diario.

Ojalá pudiéramos gritar un día, París liberado, con la misma facilidad con la que lo hizo De Gaulle y atestigua el video que abre este texto. Me temo que no será tan sencillo.

GRECIA Y LA TIRANÍA QUE YA NO VISTE CAMISAS PARDAS

GREECEHace bastantes años vi una película protagonizada por el gran Anthony Hopkins llamada “Lo que queda del día“. En ella, el genial actor galés interpreta al mayordomo jefe Stevenson, sirviente en la mansión propiedad de Lord Darlington, un aristócrata inglés que mantiene cordiales relaciones con élites afines a la por entonces, todavía no demasiado bestializada Alemania del canciller Hitler. Son los años 30, la década del appeasement, cuando una Inglaterra que todavía se lame las heridas de su casi millón de muertos en la carnicería de la Primera Guerra Mundial se niega a ver la amenaza que las nuevas autoridades alemanas extienden sobre el continente.

Hay una escena en la película que me marcó profundamente. Y aunque adjunto aquí el enlace a youtube en inglés, la relataré brevemente.

En la escena en cuestión Stevenson, el siempre solícito y cumplidor sirviente, participa a requerimiento de Lord Darlington en un breve interrogatorio instigado por dos de sus contertulios en la sala en la que los caballeros solían retirarse tras la cena para disfrutar del placer de los habanos y el alcohol.

Uno de los caballeros inquiere a Stevenson acerca de cuestiones de deuda y patrón oro, fluctuación de divisas o tensiones políticas en el gobierno francés de Daladier, en tres largas preguntas a las que el impávido y siempre correcto profesional mayordomo responde del mismo modo: lo siento señor, pero me temo que no soy capaz de ofrecerle ninguna respuesta en este asunto, asumiendo una lógica ignorancia, común a la mayoría de los mortales ante tan complejas cuestiones.

Ante la incapacidad de Stevenson, el caballero que pregunta expone satisfecho ante sus contertulios la evidencia. así acreditada. de que la democracia consiste en poner en manos de hombre vulgares como el ignorante mayordomo cuestiones para las que no tienen ninguna respuesta porque pertenecen, digámoslo así, a una casta inferior.

La maestría del diálogo no radica, a mi modo de ver, en la terrible sacralización del autoritarismo que entraña, sino en la aceptación dócil del mayordomo de su condición servil, que le obliga a encajar con naturalidad una insultante posición de inferioridad intelectual y humana, preludio de lo que traerían el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético, con su retórica de élites gobernantes y pueblo, identificado como ganado para la guerra o para los planes quinquenales.

Estos días me he acordado mucho de la escena a cuenta de lo que se avecina en Grecia.

Aunque los desmentidos se hayan ido abriendo paso, queda un inquietante poso en la secuencia reciente de declaraciones que parecen conducir a las elecciones que pueden encumbrar a Syriza, el partido de Tsipras que plantea auditar la deuda como paso previo a una inevitable quita de la misma.

Esta vez, las élites son alemanas o de otros muchos rincones de la Europa convencional, lobotomizada por el pensamiento único que consagra la austeridad como coartada para desmantelar un estado del bienestar al que se le tenían ganas desde hace mucho tiempo. Se permiten el lujo de advertir y coaccionar con amenazas directas a los ciudadanos que van a ejercer el voto, con escenarios apocalípticos para el día después de unas elecciones que pueden resultar traumáticas para la frágil tregua que vive la eurozona.

Pero esta vez, el mayordomo Stevenson -los griegos- puede que no agachen la cabeza y giren sobre sus talones, serviles ante la constatación sumisa de su debilidad,  y asuman los riesgos del salto al vacío. Puede que perciban ese salto como un mal menor, habida cuenta de que tras años de caída libre, no puede haber un abismo mucho peor del que ya han vivido. En otras palabras, la cercanía al fondo de tal abismo elimina el factor del miedo.

Lo inquietante de la escena con la que arranca este post, radica en la lógica aparentemente racional de los caballeros que apuran sus habanos mientras hablan de los destinos de un mundo que se niegan a entregar a una masa de pobres hombres desprovistos de su luminosa sabiduría.

Y es que, para que muera la democracia, no se precisa de un caudillo de verborrea enfurecida, y ridículo bigotillo que encienda a las masas con retórica de odio antijudío y sueños de lebensraum en Europa Oriental. La tiranía ya no viste camisas pardas ni luce esvástica. Se pasea con elegantes trajes en la City o los pasillos del BCE y no se corta a la hora de amenazar con desatar el infierno si los griegos, pobres ilusos, se atreven a votar en libertad. La tiranía ya no niega el derecho al voto. Utiliza la coacción y el chantaje, que es más refinado pero igualmente brutal.

Saben que si un individuo le debe al banco 100.000 euros que no puede devolver, el individuo tiene el problema. Pero si diez millones deben al mismo banco 100.000 euros por barba al mismo banco, es el banco quien tiene el problema.

Son ellos los que tienen el problema. Y por eso reaccionan como lo hacen. Con pavor al hombre corriente que, como el pobre Stevenson en la película, se ha cansado de girar sobre sus talones con una obsequiosa reverencia.