BONO

El autobús nos esperaba a las afueras del pueblo.

Yo tenía entonces 23 años, y era el candidato suicida a la alcaldía de La Roda por el PSOE. Enfrente, un alcalde consolidado del PP en un pueblo sociologicamente conservador, con doce años en el cargo y a la búsqueda de una tercera mayoría absoluta que se antojaba hecha a la vista del oponente. Un crío sin experiencia, candidato por descarte, más conocido en el pueblo por servir copas los fines de semana que por haber terminado la carrera de Derecho con beca compensatoria.

Si hay algo que apabulla en la figura de José Bono es su mirada. Profunda, escrutadora, inquisitiva.

Cuando subí al vehículo, aguardaba junto a él la guardia de corps que había ensanchado su leyenda en tierras manchegas. Yo no los conocía entonces, pero habría de tratarlos tiempo después. Sabios de verbo afilado y consignas de impacto para llegar al corazón y a la cabeza del público objetivo. Un «equipo de targeting electoral» rudimentario en los tiempos en que los algoritmos y las redes sociales todavía estaban por llegar a la política.

Me sudaban las manos.

Siempre he tenido ese problema, sin importar la temperatura ambiente. Pero no tenía miedo ni nervios. Mi arma secreta, que hoy puedo revelar sin pudor, era visualizar la imagen de mis padres a mi lado. Los perdí muy joven, de modo que en cada situación apabullante, en cada debate a cara de perro o en cada discurso ante una concurrencia nutrida, hacía presente su imagen en un rincón de la memoria. Una defensa natural contra la adversidad, una especie de recordatorio perenne de que ya has pasado lo peor y lo que está por venir es pan comido en comparación. Así se relativiza el impacto de hablar en un auditorio delante de 400 personas por primera vez.

Me sequé la mano derecha y estreché la de Bono aguantándole la mirada todo lo que pude.

Lo había leído en las Memorias de Azaña, un libro que estaba terminando por entonces y sin cuya lectura, jamás me hubiera metido en política. Don Manuel, siendo Ministro de la Guerra en el primer gobierno provisional de la República, adquirió esa costumbre para escrutar las intenciones ocultas de los generales a los que recibía en audiencias o juntas de altos mandos. Queriendo adivinar a través de los ojos si su lealtad al nuevo régimen era sincera o impostada.

Me dije a mí mismo que Bono estaría hecho de la misma pasta, y que una mirada temblorosa y huidiza sería aún peor que una mano sudorosa.

La reunión en el autobús era breve. De hecho su única finalidad era hacer entrada en el recinto del acto público juntos, reforzando la imagen icónica de que la sombra protectora de quien iba a ser reelegido seguro presidente, cobijaba bajo su manto de carisma a los alcaldables de la región; incluso a aquéllos como yo, que no aspiraban a rascar bola en territorio hostil.

Han pasado casi veinte años, y si les cuento todo esto, no es por ceder al impulso tentador de la nostalgia, sino por contrastar los recuerdos del pasado con un presente con sabor a la carbonilla que amarga el espíritu de quienes nos seguimos diciendo socialistas.

Bono y el autobús siguieron ruta. Luego llegaron las elecciones. Luego los destinos inverosímiles que la fortuna me guardaba en Madrid y en Toledo. Luego el sinsabor de la derrota. Y luego la huída hacia adelante, con la espalda aguijoneada de puñaladas dialécticas que nunca sanaron del todo.

Las glorias y las miserias de la política al servicio de un relato circular de auge y caída, con la sombra de Bono presente en un rincón de mi memoria.

Ahora, desde una orilla del mismo continente, dos países y un trozo de océano de por medio, veo a José Bono haciendo su campaña de andar por casa en la efervescencia de las primarias y no puedo por menos que evocar a Manrique en la idea de que la muerte -política- a todos nos iguala, aunque a unos más que a otros.

La altura intelectual de Bono sigue intacta. Tal como lo conocí -ágil en el verbo, conciso en la respuesta y directo al mentón en la réplica- lo sigo viendo en la distancia. Y tal como lo admiré, lo sigo haciendo como un arquetipo de político azañista en la fina ironía, aunque ideológicamente se asemeje a un Besteiro despojado de la melancolía del triste don Julián.

Es el cuadro en su conjunto lo que me provoca rechazo.

Tengo la sensación de que se vive un cambio de era en la que lo viejo no termina de hacerse a un lado ni lo nuevo por romper del todo. Una de esas escenas inverosímiles en las que conviven nobles con la vestimenta propia del Ancient Regime y apasionados liberales de estética romántica.

La presencia de José Bono haciendo campaña por Susana Díaz en las primarias socialistas me devuelve esa imagen. La de una generación que tuvo ya su 18 Brumario, allá por los setenta, y que cede a la tentación de los focos y los actos públicos para interpretar el papel de sempiternos demiurgos y guardianes de los esencias, estando como estamos a la vuelta de la segunda década del tercer milenio.

Quizás por ser quien son -Bono y otros campeones de nuestra memoria- la apelación al orden conocido frente al abismo del sanchismo tenga todavía cierta resonancia en los cuarteles de la militancia zaherida por el griterío de las redes.

A mí me cuesta creerlo a estas alturas.

Nada, que quede claro, ni las contradicciones de la madurez, ni los devaneos de papel cuché me van a derribar la imagen que de alguien como José Bono construyó el recuerdo de quienes, si acaso tangencialmente, estuvimos cerca de su séquito en momentos capitales de su gloria y el asalto a los cielos que murió en fase de tentativa por 14 votos frente a Zapatero. Talento y carisma al servicio de políticas que cambiaron España en un momento complejo, más allá de la querencia por el verso suelto que tanto ejerció.

Pero es el sabor añejo de estar fuera de encuadre, de tiempo, lo que me avinagra el trago. Por mucho que su figura siga siendo valiosa a los ojos de esa veta que se dice socioliberal, moderada en las formas y centralista a carta cabal, hecha para pescar apoyos en caladeros centrados y a la diestra moderada.

No es un problema de ascendente y autoridad moral. Sino de aparcar el relato de que el partido se rompe en pedazos sin la tutela de los sabios de antaño. Algo que su propia generación ya hizo al finiquitar la esquizofrénica lucha entre el PSOE del exilio, memoria doliente de la guerra perdida y el interior, luminoso y futurista.

En la ausencia de referentes contemporáneos, en la voracidad con la que se han liquidado cuadros de relevo, radica la tragedia de un partido que no sabe cómo dirigirse a los votantes que cumplen 18 en los próximos cinco años, y que decidirán la España de la próxima década sin el recuerdo fresco de nuestros héroes de antaño. Desdibujada su figura con reapariciones otoñales que saben a destiempo.

Cada generación tiene su tiempo de ruptura. Y en la presente, hay un vacío espiritual que no pueden llenar los estandartes de nuestros mayores por elocuente que sea su verbo y fino su análisis. Ese no es lugar para los sabios de la tribu.

Con todo el afecto, Presidente.

De parte de aquél crío de 23 años al que le sudaban las manos en el autobús de campaña mientras le aguantaba la mirada con el recuerdo de Azaña en mi cabeza.

 

 

 

 

OPERACIÓN IMPENSABLE

Cuando la Segunda Guerra Mundial terminó, con los tanques rusos paseándose a orillas del Elba, nadie tenía muy claro que la alianza de las potencias occidentales y la URSS fuera a extenderse mucho más tiempo del que exigía la derrota del enemigo común, la Alemania nazi.

Churchill, ferviente anticomunista victoriano educado en la amenaza rusa al Imperio Británico, ordenó a sus generales que idearan un plan secreto ante la eventualidad de un ataque soviético, con sus tropas estacionadas más allá de Berlín, en Austria y en la frontera italiana.

Los planificadores, abrumados por este hipotético conflicto en el que por vez primera habría que introducir el factor nuclear, bautizaron el escenario con un nombre bastante elocuente.

Operation Unthinkable. Algo así como Operación Impensable.

Una denominación bastante aproximada al inimaginable escenario de una Tercera Guerra Mundial cuando las ciudades europeas aún estaban en ruinas por los efectos de la Segunda.

Si se me permite, con todas las cautelas, utilizar la idea de la Operación Impensable para referirme a la crisis socialista es, entre otras razones, porque el lenguaje bélico -con sus «movilizaciones», «ejércitos susanista y pedrista», «victorias pírricas» y «derrotas tácticas»- ha terminado por colonizar un debate en el que cada vez queda más claro que no habrá prisioneros.

Esa posibilidad ha quedado cegada desde el momento en que la candidatura de Pedro Sánchez ha superado, en mucho, el número de avales que se creía a su alcance, teniendo en cuenta sus condiciones de partida: outsider, ex secretario general sin escaño, sin aparatos regionales a su disposición y con todos los tótem y oráculos del partido a la contra.

Aunque el relato de los partidarios de Susana Díaz se centre en la victoria obtenida en el número de avales, lo cierto es que las primeras reacciones en las redes sociales de sus leales revelan el estupor que el dato de los más de 53.000 avales de Sánchez causó en sus huestes.

A la incredulidad por la cifra siguió el cuestionamiento inmediato de la validez de los avales. Es en esa primera reacción en caliente donde hay que calibrar el estado de ánimo de un contendiente, por mucho que el relato en frío, cocinado, pusiera todo el énfasis en la frágil victoria por 6.000 avales. Que no votos, por cierto.

Lo que hasta ahora habíamos visto en esta campaña carecía del soporte del dato empírico.

Los actos se pueden llenar con simpatizantes, con militantes que se desplazan de ciudad en ciudad, e incluso con curiosos y ajenos que votan a otras opciones más o menos cercanas.

La neblina de la incertidumbre en torno a la fuerza real de Sánchez la disipa el número de avales cosechados.

En este combate, en el que Susana Díaz buscaba abrumar al adversario con una cifra que al menos doblara o casi triplicara al segundo en liza, la victoria es tan pobre que tiene cierto sabor a derrota.

Imagino que los sumos sacerdotes del partido estarán sondeando a estas horas todas las alternativas. Incluidas las de una «Operación Impensable» si se produce la eventual victoria de Sánchez. Algo que no se puede descartar si se tienen en cuenta dos factores. El primero, que nadie duda de que esos más de 53.000 avalistas son un suelo seguro, mientras que sí se duda de la solidez del total de 59.000 avales de Díaz. El segundo, que considerando un umbral de movilización de un 80% de la militancia, aún quedan -quedamos- unos 30.000 militantes cuyo voto captar.

En la ecuación entra de lleno el factor Patxi López, el candidato más cortejado por todos, en un momento en el que sus votantes podrían ser decisivos a la hora de mover la balanza.

Me dirán que exagero cuando dramatizo este escenario, propio de una Operación Impensable. Pero lo cierto es que las consecuencias de una no hasta hace mucho factible victoria de Sánchez pueden conducir a una legislatura corta y a la caída del gobierno de Rajoy. Trascienden, por tanto, el alcance orgánico de la lucha por el liderazgo en una fuerza política.

El PSOE, mal que le pese a muchos, sigue teniendo un poderoso suelo electoral.

Y un margen de crecimiento enorme en comparación con el del resto de partidos, especialmente el de un Podemos definitivamente escorado en la política efectista desde que Iglesias apartó del foco al errejonismo, la única vía capaz de erosionar de verdad a los socialistas.

Está en juego el equilibrio de poder territorial interno, tan determinante en la historia reciente del socialismo español. Y más ahora, cuando en pleno cuestionamiento del modelo territorial y la amenaza de un referendum en Cataluña, la candidata apadrinada por el poder orgánico ha mostrado una preocupante debilidad tanto allí como en Euskadi.

En ese sentido, nadie debería olvidar que la victoria de Zapatero en 2008, cuando la crisis todavía era una «desaceleración suave» y el paro rondaba el 11%, se cimentó precisamente en ambos territorios. Entre Cataluña y Euskadi, con la competencia añadida del nacionalismo de derecha e izquierda, el PSOE obtuvo entonces casi tantos escaños como los que obtuvo en Andalucía. Por comparación con 2004, el PSOE subió en ambas regiones en diez diputados y perdió dos escaños en Andalucía.

El lenguaje grueso que, por otro lado, se ha apoderado de las redes sociales, no anticipa una fácil costura en el roto abierto entre ambos bandos. Y lo más preocupante es que en este escenario, no basta con eliminar unos cuantos michelines  que nos sobran -parafraseando al siempre gráfico Arzalluz de los 90, cuando se refería a los nacionalistas vascos tibios y pactistas- sino la amputación de casi el 50% de la parte derrotada.

En las guerras dieciochescas estaba prohibido disparar a los oficiales en combate. El argumento, asquerosamente clasista pero profundamente revelador, era que la tropa, sin caballeros capaces de reprimir los peores instintos de una turba, se convertía en una masa incontrolable, armada hasta los dientes e incapaz por tanto, de someterse a un armisticio honorable.

Cada minuto que pasa, cada tweet obsceno y grosero que se lanza a las redes, limita la posibilidad de un armisticio honorable. Y lo peor es que no quedan oficiales con autoridad moral para ceñir los daños a las reglas de una confrontación sensata y limitada.

Antiguamente las guerras se terminaban así. Con un acuerdo de cese de hostilidades, el intercambio de prisioneros y la entrega de algunas posesiones del bando perdedor al vencedor.

La guerra socialista de las primarias es un conflicto por aniquilación, de liquidación del adversario. Y practicamente no quedan oficiales con autoridad moral en la tropa para sellar un acuerdo amistoso, un Abrazo de Vergara como el de Espartero y Maroto.

Las espadas están en alto;  contra todo pronóstico, por cierto. Y los planificadores, tan equivocados como estuvieron a la hora de certificar la muerte civil del secretario saliente, no parecen los más indicados para imaginar un escenario que no fueron capaces de anticipar entonces, y para el que se han dejado todo el crédito ahora.

La Operación Impensable está en marcha. Y esta vez nadie sabe si la guerra termina o empieza el 21 de mayo.

MI VOTO EN LAS PRIMARIAS DEL PSOE

Yo no voy a votar en las primarias del PSOE.

Y eso que tengo derecho a hacerlo como militante, al corriente de pago según queda claro en el recibo cargado a mi cuenta bancaria el pasado 8 de febrero.

Cuando uno se va de su país, como es mi caso, le asalta al poco tiempo la idea de hacer una poda en las domiciliaciones bancarias de su cuenta de toda la vida. Asociaciones, pagos periódicos de móviles cuyo número no vamos a volver a usar y algún otro servicio por el que no consideramos pertinente seguir abonando una derrama mensual o trimestral por pequeña que sea.

Queda la cuenta bancaria, en estado durmiente, como metáfora de una vida en el desarraigo del exilio que, sólo por si acaso, conviene mantener activa si se tercia la idea, cada vez más lejana, de volver a España.

Conservo mi carnet de militante del PSOE por razones más sentimentales que racionales. Ni tengo agrupación a la que acudir, ni asambleas de las que participar. En la página web del PSOE hay un enlace a una supuesta agrupación en la capital británica, junto a un apartado de correos que remite, curiosamente, a una dirección en Bruselas.

El enlace conduce a ninguna parte. Está roto.

Como tantas otras cosas en este partido en el que hoy, 26 de marzo de 2017, se ha decretado el estado de eufórica alegría con el esperado anuncio de Susana Díaz rodeada de todos los que un día fueron y que, de uno  u otro modo, todavía son.

Hay una página en Facebook, «PSOE en Londres» cuyo contenido más reciente es un vídeo en el que precisamente Susana Díaz se dirige a los andaluces que residen en el exterior  para que voten en las autonómicas de 2015. Alude en ese vídeo a la infamia del voto rogado y a su compromiso de eliminar una barrera democrática que condena a la muerte civil a cientos de miles de españoles que se convierten en un poco más apátridas con el paso de los años.

Lo cierto es que los coautores de la reforma fuimos nosotros mismos. Y eso nos quita un enorme caudal de crédito entre una comunidad de expatriados que, de forma masiva, responde con un muy británico «showing the middle finger» cada vez que he tenido la tentación de hacer proselitismo socialista por aquí.

Son jóvenes y nos achacan sus frustraciones lejos de casa. Y no les culpo por ello. No tengo arrestos, fuerzas ni convicción moral para ello.

Les decía que soy militante sentimental sin agrupación de referencia. Eso me convierte en un mero pagador de cuotas con derecho a participar en procesos orgánicos reglados.

Pero tampoco en este particular me lo ponen fácil.

Si quisiera votar en las primarias -algo que insisto no pienso hacer- me tengo que pillar un vuelo y presentarme en la agrupación local de La Roda, Albacete, para depositar mi voto en la urna. No deja de ser una contradicción, teniendo en cuenta que la ponencia marco que se presentaba el pasado sábado 25 de marzo tiene un sesudo apartado dedicado a la revolución tecnológica, la sociedad digital y la economía del conocimiento.

Porque lo que más le reclama la gente a este partido es precisamente eso.

Que esté a la altura de sus grandilocuentes declaraciones y documentos para la enésima reinvención ideológica con la que vestir el santo. O la santa.

Que acompañe con actos concretos lo que dejamos escrito con mazo y cincel en la piedra en la que tallamos, de cuando en cuando, las milagrosas recetas de la socialdemocracia, de un tiempo a esta parte destinadas al olvido en la orilla de la derrota electoral que menudea más de lo debido.

Pero va a ser que no. No habrá voto online.

Y no por falta de tiempo. Más de medio año entre la convocatoria y la celebración de las primarias. Lo que no ha habido es voluntad. A resultas, nuestros sistemas de votación quedan en un punto tal que si mañana resucitase Julián Besteiro, que campó por las agrupaciones locales hace un siglo, le resultaría familiar este procedimiento con el suyo de candiles y carromatos, rodeados como estamos de tecnología 4G.

No quiero que deduzcan de mis palabras, no obstante, ni la más mínima brizna de frustración. Miro con desconfianza y cierta alienación nihilista el combate desigual entre aspirantes.

Pero al menos, como Bogart en Casablanca, me voy a dar un último lujo. Una última concesión al idealismo que llevó al personaje a refugiarse en un tugurio norteafricano después de tantas derrotas y de perder a la chica en un andén parisino mientras la Wermacht mancillaba con su paso infame la bella París sometida.

Siempre hay una última causa perdida. Una última ocasión para saborear la derrota con la satisfacción de encabritar los ánimos de los contumaces del aparato provincial de Albacete, mi tierra. Un saludo, que os sé lectores de este blog.

El día de las primarias cogeré un vuelo barato en Londres. Me plantaré en La Roda, donde tengo derecho a voto. Llamaré a una buena amiga, de nombre Maria Angeles, cuya solicitud de afiliación se ha paralizado en el limbo de los equívocos de este interín maldito de gestores y gestoras que paralizan en unos sitios y agilizan en otros.

Ya se sabe. Quien controla el censo controla el voto. Ha sido así desde los tiempos de la Roma republicana, en los que la magistratura de Censor era codiciada por todos los patricios.

E iremos juntos a votar,  María Angeles y yo.

Ella, sin derecho formal  a voto, escogerá la papeleta que le venga en gana. Y con mi carnet de militante, depositaré su voto en la urna.

Puede que en ese momento, cuando ponga en la urna el voto que María Angeles elija, evoque a Federico Luppi en «Un lugar en el mundo» de Aristaráin.

Si la guerra se perdió -porque está perdida- al menos me doy el lujo de ganar una batalla.

El voto de María Ángeles, cuya ficha alguien quiere tramitar con sospechosa parsimonia, será mi batalla ganada. Porque la sé más socialista de lo que una domiciliación bancaria pueda acreditar o el tracto burocrático de los estrategas de los censos quieran hacer ver.

Porque habiéndola conocido y sabiendo de su compromiso vital con estas siglas, no veo mayor compromiso socialista en este trance amargo.

Nos vemos en mayo por La Roda, María Angeles.

Yo no voy a votar en las primarias. Tú sí.

 

ALGO DE HISTORIA ROMANA PARA PEDRO Y SUSANA

Cuando los galos atacaron Roma en el siglo IV antes de Cristo,  sólo se salvó de la quema el edificio del Capitolio. La capital, fue saqueada hasta los cimientos.

Aquél día, los romanos descubrieron que eran vulnerables. Que no estaban libres de los azares de la guerra ni las penalidades, por más poderosos que creían ser. El descubrimiento de su propia fragilidad, llevó a los dirigentes de la República a tomar varias decisiones. La más importante, la decisión de destinar las legiones a las fronteras de forma permanente. Eso, unido al temor a los generales ambiciosos, llevó a instaurar la prohibición de que se desplegasen tropas al sur del río Rubicón, que marcaba la frontera entre la Italia de la civis romana y la Galia Cisalpina bárbara.

Cuando César -dos siglos más tarde- cruzó aquél río con sus legiones, vulnerando la prohibición de desplegar tropas al sur de ese cauce, las dudas y los remordimientos no desaparecieron por mucho que entonara el famoso «Alea jacta est». La suerte está echada. La decisión suponía traición a la República, a las tradiciones, a la constitución romana. Y también suponía sangre.

Las guerras civiles desgarran naciones, partidos, grupos. Pero no dejan de ser guerras, con sus batallas, sus vivos y sus muertos. Con sus vencedores y sus perdedores. Son dramáticas por el paisaje de tierra quemada y antiguas amistades quebradas de por vida. Pero, como en toda guerra, hay un vencedor que subsiste y un perdedor que muere.

No le vendría mal a Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López recordar las enseñanzas de la caída de la república romana, una directa consecuencia de la segunda guerra civil que enfrentó a César y a Pompeyo. En último término, lo que se desmoronó fue la propia República y el orden constitucional que había llevado a aquélla ordinaria ciudad itálica a dominar el mundo conocido.

Alguna vez me han preguntado si soy más de uno, de la otra o del tercero en discordia.

Y francamente no sé que responder. No se alarmen. No soy cobardemente elusivo en mi respuesta para guardar afectos con todos y correr en socorro del vencedor cuando las urnas dictaminen. Tengo mis preferencias ideológicas en lo que voy oyendo, y también mi corazón a la hora de enjuiciar las pautas éticas por las que se conducen los candidatos. Me pasa que no voy a entregarme en cuerpo y alma a la glosa partisana de cualquiera de ellos, no por cálculos interesados sino por falta de ilusión y convicción real en las fuerzas de unos y otros para la tarea en la que se postulan.

Uno promete el cambio que tantos interpretan como el caos.

Una victoria de Pedro Sánchez -por poco probable que sea- supondría la desautorización moral de los participantes en el golpe palaciego. Y entre estos figuran destacados barones que empaparon sus ropajes en el fango para ejecutar la poco edificante tarea. Además de la supuesta izquierdización acelerada, revestida de un aroma podemizador que los guardianes de las esencias consideran anatema.

El relato del caos, por tanto, a fuerza de movilizador también levanta fobias igualmente movilizadoras por oposición.

La otra candidata, recién proclamada, promete en esencia el mantenimiento del statu quo vigente. La resistencia al cambio, la idea de un partido reconocible, en el que los viejos usos y costumbres devuelvan los viejos laureles, alimenta la posibilidad de la victoria electoral. Aunque no sea más que un espejismo, una ensoñación por asociación con los años dorados de la intelligentsia del partido de los Guerra y González.

El problema de esta cosmovisión es el de la asunción de que el mundo no ha cambiado. Y de que basta con restaurar el status quo vigente. En esas condiciones, dicen los susanistas, la victoria frente a Rajoy llegará como todo lo que habrá de acompañar la venida del Reino de Dios en el Evangelio de San Mateo.

Por añadidura.

Debajo de este combate simplificado entre caos y statu quo, entre revolución y constitución, entre derrumbe y conservación, se acumulan como sustratos invisibles las viejas cuitas del pasado. Los afectos de los leales y retribuidos frente a la rebeldía de los desposeídos.

¿Hubiera sido posible una renuncia mutua?

Posible o no, quizás habría sido lo más deseable. Ninguno de los contendientes está en condiciones de garantizar un armisticio misericorde capaz de  supurar las heridas que la guerra dejará abiertas. Es lo que propuso Julio César a Pompeyo antes de cruzar el Rubicón, cuando entregó un mensaje al Senado por manos de su leal Marco Antonio, en el que proponía la renuncia mutua de ambos líderes, antaño aliados y ahora enemigos mortales.

La negativa de Pompeyo conduce a la guerra primero. A la derrota después y a su muerte al final.

Pero, más grave aún que la pérdida de los mortales, es el derrumbe de la propia República. O a lo que nos ocupa, del PSOE.

Desconozco si hubo momentos de vacilación en el cruce del Rubicón aquél 1 de octubre en Ferraz. Lo que sí tengo claro es que la deposición de un secretario general, aún con la vía legítima del Comité Federal, sienta un precedente radicalmente contrario a la idea de la vuelta a los viejos códigos del PSOE.

Porque no hay código más asumido por los militantes que el respeto sagrado por la figura del secretario general. Y ese es el relato que ha sabido explotar alguien que,  a estas alturas, debería ser un cadáver político, según todos los analistas predecían.

En consecuencia, apelar a la idea de un PSOE reconocible, centrado y despodemizado, se enfrenta al relato de la defenestración sangrienta, casi asamblearia, con la que se ajustan cuentas en las purgas de la vieja izquierda. Una contradicción radical que lastra al aspirante del status quo. Y sé que acabo de mentar la bicha con lo de Podemos y la vieja izquierda.

Si saben algo de historia romana, omitiré los detalles escabrosos del final de la guerra civil. Cleopatra entregó la cabeza de Pompeyo a César, que lloró amargamente porque su viejo amigo y rival fuera masacrado de forma tan indigna siendo como había sido un cónsul de Roma.

En esas lágrimas quedaba condensada la pena por la muerte de las viejas instituciones republicanas. Si un cónsul puede morir como un perro, la República no tiene salvación. Y no se equivocaba.

Su propia dictadura, pensada para durar diez años, terminó en las escaleras del Senado, con el cuerpo cosido a puñaladas ejecutadas por los conspiradores que, como bien recordaría Cicerón, fueron hombres para cometer el crimen y niños para prever cómo llenar el vacío de poder.

De las cenizas de la guerra, surgiría el Imperio. Y con él, la muerte del sueño y la gloria de la Roma constitucional, dotada de instituciones democráticas convertidas en pantomima bajo el nuevo orden.

Donde dice República digan PSOE. Lo demás, como con el Reino de los Cielos, dedúzcanlo por añadidura.

UN POST QUE NO VA A GUSTAR A NADIE EN EL PSOE

¿Era posible una gran coalición en España, como la que ha existido -en reiteradas ocasiones, por cierto- en Alemania o similar a la que existe en muchos países de nuestro entorno?

Si no existe tal gran coalición -pese a lo que insistentemente sostienen actores interesados en esa lectura- ¿por qué la mera abstención está a punto de provocar una fractura sin precedentes en el PSOE, en España, cuando esta fórmula no provoca tal conflicto en países de nuestro entorno en los que sí se sostiene parlamentariamente a un gobierno conservador?

En este post buscamos algunas explicaciones al respecto.

Antes de que me lapiden con el verbo fácil y las consignas, quiero hacer ver que este artículo nace de una profunda reflexión, no sólo personal e ideológica, sino desde la evaluación de sucesos análogos en la historia de nuestro país y de países de nuestro entorno.
Si van a leer este post con la mano al cinto, prestos a desenfundar el revólver, les conmino a que abandonen y empleen su tiempo en otros menesteres. No escribo para agradar, sino para intentar entender el mundo que me rodea, aunque eso me traiga problemas o limite los afectos.
Si, pese a las advertencias, aún siguen aquí, procedo.

1.-LA ABSTENCIÓN SIEMPRE FUE UN TRAGO AMARGO. PERO ESTA ABSTENCIÓN LO ERA PARTICULARMENTE.

La corrupción, los recortes y las iniciativas legislativas de sesgo autoritario de la última legislatura (ley mordaza o ley educativa) hacían muy difícil para el PSOE -si no imposible- aceptar no sólo una gran coalición de gobierno(modelo alemán), sino la mera abstención para facilitar la investidura del candidato del PP.

Huelga decir que para el PSOE, la abstención era aceite de ricino en vena; pero la abstención para investir a Rajoy sabía directamente a cianuro. La única forma de atenuar el mal trago habría sido la de promover otro candidato de la fuerza más votada. Algo perfectamente posible en nuestro ordenamiento jurídico, de base parlamentaria y no presidencialista.

Si tan trascendental para la economía y para la propia España era terminar con el bloqueo institucional, ¿por qué en el PP, conscientes del rechazo que generaba Rajoy en el PSOE, no movieron ficha al respecto? ¿Hubiera sido factible investir a un Feijoo o a una Soraya Sáenz de Santamaría, con un gabinete netamente técnico?
No me respondan todavía, por favor.

El relato del sacrificio por España que hace el PSOE después de la defenestración de Pedro Sánchez cojea precisamente en este punto. Si partimos de los datos electorales de ambas formaciones, la fuerza política que más escaños se deja por el camino entre 2011 y diciembre de 2015 -la fecha de las primeras elecciones fallidas- no era el PSOE sino el PP. Los socialistas perdieron 20 diputados, en torno al 15% de su representación parlamentaria, mientras que el PP entregó más de 60 actas. Casi el 30% de sus escaños.

Sin embargo, la lectura que se hace casi desde el primer minuto es la del fracaso de Sánchez, con otras intenciones, y obviando que el competidor que tiene a su izquierda -Podemos- es el equivalente español a un fenómeno de dimensiones globales que, pese a su espectacular avance, no termina por romper frente a la formidable resiliencia socialista.

Puede que, con el paso de los años, esos 90 diputados terminen sabiendo a gloria al PSOE.

2.- POR QUÉ NO ES POSIBLE UNA GRAN COALICIÓN A LA ALEMANA EN ESPAÑA

Ciertamente, la gran coalición ya se ha ensayado en otros países. El precedente de esta figura en el parlamentarismo moderno no se encuentra en Alemania, que es hacia donde se dirigirán los pensamientos de quienes tienen la desgracia de tener una memoria limitada a los acontecimientos de los que son testigos vitales.

Antes de la gran coalición de Merkel, hay que apelar a varios precedentes, en los que descansa la raíz de la especificidad del caso español.

Hace cien años, en Francia, Reino Unido, Italia y la propia Alemania ya se ensayaron gobiernos de concentración, que no eran sino grandes coaliciones articuladas en razón de la gravedad del momento. Ese no es otro que la Primera Guerra Mundial, y el paradigma es el de la Union Sacree, en Francia, que se abre con el sacrificio del elemento más contrario a la idea de la unión y de la propia guerra. El de Jean Jaures.

El esquema se repite en otras grandes crisis, en la Alemania de Weimar por ejemplo, donde la Gran Coalición entre el SPD, el centro y la derecha moderada pone freno a las tensiones violentas a izquierda de los comunistas y derecha, de los nacionalsocialistas de Hitler.
En 1939, con la Segunda Guerra Mundial, se reedita el formato en los gobiernos francés de Reynaud y británico de Churchill, que incorpora en su gabinete a ministros laboristas fundamentales para entender la implantación del modelo socialdemócrata europeo a la vuelta de pocos años, como Attle, Bevin o Crispps.

Por último, cabe apelar al formato alemán de los sesenta, con Kiessinger ejerciendo de Merkel y Willy Brandt sustentando el gobierno con los votos del SPD.

De acuerdo con este relato es entendible la excepción española. En ese mismo lapso de cien años, hemos vivido más tiempo sometidos a dictaduras que a formas democráticas de gobierno. Además, la ausencia de un gran enemigo exterior que sirva como catalizador para la unión de izquierda y centroderecha ha hecho imposible el asentamiento de una cultura de pacto entre las grandes fuerzas del sistema de partidos.

De este modo, el único ejemplo equiparable al español sería el del PASOK griego. Huelga decir que, a la vista del precedente, la posibilidad de que el PSOE asumiera ese rol era un absoluto imposible.

De poco sirve apelar al ejemplo del SPD en los recientes gabinetes de Merkel. En primer lugar, porque allí en Alemania, además de que un ministro dimite por plagiar una tesis doctoral y la corrupción no ha envenenado el sistema, los datos de la economía germana en esta década han sido difícilmente atacables, guste más o menos el impulso del austericidio en otras latitudes.

Al SPD alemán, en consecuencia, no le quedaba otra alternativa.

Al PSOE, sí.

3.- ¿ERA UN SUICIDIO CONCURRIR A UNAS TERCERAS ELECCIONES? EN TODO CASO, ¿ERAN ESTAS ELECCIONES INEVITABLES?

Es el argumento del «Comité de Salvación» del PSOE que toma el poder en octubre de 2016. Unas terceras elecciones son letales no sólo para el partido, sino para el país.
En consecuencia, hay que anteponer los intereses del país porque, al hacerlo, nos garantizamos además una legislatura en la que Rajoy tendrá que sudar la gota gorda, no sólo para sacar adelante sus iniciativas, sino para tragar con las que nosotros le vamos a colar, amparados en la geometría variable de su debilidad parlamentaria.

Es un relato convincente. Bien hilado, enraizado en la idea de que pasar el bochorno ahora es una inversión de credibilidad especialmente atractiva para esa España centrada, la que se auto ubica entre el 4 y el 5 de la escala ideológica, y que se ha ido a la abstención o a Ciudadanos.
Salvar al país del trago de unas terceras elecciones, tendría premio y reconocimiento a largo plazo.

El problema es que, como en teoría de juegos, hay que tener en cuenta que las acciones propias dependen de la interacción con las del resto de actores. En este caso, hay que recordar la maniobra de la Presidenta del Congreso de dilatar arbitrariamente la fecha del primer debate fallido de investidura de Rajoy justo hasta el momento en que unas hipotéticas terceras elecciones se tengan que celebrar un 25 de diciembre. Es la mala fe que emplea el jugador acorralado. Y, en el fondo, una muestra de debilidad.

Estaban contra las cuerdas, y todo lo fiaron a su fé en la descomposición del adversario.
Que finalmente se produjo justo en el momento preciso.

De acuerdo con lo expuesto en el primer apartado, cuesta creer que Rajoy no se hubiera visto forzado a tener que dar un paso atrás si el PSOE hubiera persistido en el bloqueo.
Es lo que sostengo, a la vista de los precedentes de nuestro entorno. La capacidad de presión de Merkel en Alemania o de Obama en Estados Unidos, hubiera conducido a la defenestración de Rajoy en el último momento, como ya sucedió en Italia con Silvio Berlusconi.

En esas condiciones, la abstención socialista hubiera tenido una penalización social inferior a la que supone para esta formación la aquiescencia a, ni más ni menos que Mariano Rajoy Brey.

Sí, ya sé que en el fondo significaba investir al PP. Pero, en la posterior dación de cuentas, el resultado de la operación era infinitamente más digerible para los votantes y las bases del partido.

4.- CONCLUSIONES

Me niego a pensar que la alternativa a la abstención hubiera sido un gobierno Frankestein. Puede que el propio Pedro Sánchez sondease esa opción -estaba en su perfecto derecho, por cierto- pero me cuesta creer que en ello no hubiera más que una simple jugada, mucho más lícita por cierto, que la empleada por los que juegan con los tiempos con maniobras infames.

En la teoría de juegos antes mencionada, les resultará conocido el juego del gallina. El de dos coches que se dirigen hacia un punto de choque en el que el vencedor es el que mantiene los nervios de acero hasta el final. No es que Rajoy ganase, que ganó, porque mantuviese el temple hasta el final. Es que no hubo final, puesto que ni siquiera hubo juego.

La posición socialista en el conflicto, quedó marcada de forma indeleble por las tensiones internas casi desde el principio. De lo que resulta que las motivaciones últimas fueran otras muy distintas de las que configuran el relato abstencionista.

Ya se sabe. Las de obrar en interés de España.
Sostengo que, precisamente en interés de España, el PSOE tendría que haber apurado todas las opciones para evitar que Mariano Rajoy pase a la historia como el segundo presidente democrático más longevo en el cargo desde la restauración democrática, siempre y cuando no opte por un nuevo mandato, en cuyo caso batirá el récord de Felipe González.

Y no lo hizo.

Sostengo que, precisamente en interés de España, el PSOE tiene que jugar un papel reconocible, acorde a su historia y a su tradición política. Es la única fuerza política presente en los acontecimientos de este país desde finales del siglo XIX, y tiene el deber moral de guardar coherencia plena con sus postulados. Un PSOE irreconocible es contrario al interés de España.

Eso no implica, como algunos sostienen, una deriva hacia Frentes Populares con los que quien escribe no comulga.

Rectitud y coherencia no equivale a intransigencia. Ese era el mensaje que se tenía que haber trasladado al conjunto del país desde toda la organización. El del rechazo a un segundo mandato de un líder mediocre, inmovilista y salpicado por la corrupción a borbotones.

El del rechazo a una forma de entender la política de forma mezquina y cortoplacista, en la que el filibusterismo político se atrinchera en los recodos del sistema para decirle a los ciudadanos que el status quo es, muy a nuestro pesar, inamovible.

La abstención, insisto, era un trago amargo. Casi puro veneno. Pero el drama no está en el hecho en sí. Sino en el precio que hemos pagado por ello. Y una docena de medidas de artificio arrancadas al PP, no bastan para lavar la pena.
Ni la mala conciencia.

Si han llegado hasta aquí, les felicito. Es un post más largo del habitual y además, sólo al final del mismo encuentra sentido el título del mismo.

Estén en el bando que estén en el choque de trenes que se avecina, mi consejo es que nunca dejen de pensar que el oponente es digno de ser escuchado, porque puede que tenga razón. Con razones, siempre. Y sin insultos, por favor.