POR QUÉ SOY UN AUSTRO-HÚNGARO

No sé si alguna vez les he dicho que adoro a Stefan Zweig.

Creo que sí. Unas veinte veces en este blog, por lo menos.

Zweig nació en el Imperio Austro Húngaro a finales del siglo XIX. Lo que implica que vivió el periodo más apasionante, e intenso de la historia de la humanidad desde su condición de nacional de un estado que dejó de existir, se integró en otro y renació disminuido después de la Segunda Guerra Mundial.

No fue el único escritor bendecido -o maldito- por la concurrencia de tales circunstancias espacio-temporales. Otros como Joseph Roth también captan el humor de un tiempo en el que las certezas de antaño, del mundo de ayer, se cuartean bajo el paso firme de ideologías fanáticas, movimientos culturales extremos y cambios sociales que derrumban el orden natural de las cosas, que se había mantenido inalterable en el corazón de Europa desde Waterloo, cien años atrás.

Estos días me he vuelto a acordar de Zweig y de Roth. También de otros muchos que alimentaron noches de insomnio con sus alegatos de pérdida, decadencia y exilio, como Rolland, o Werfel, testigos de una Europa que ellos habían transitado sin atender a fronteras y salvoconductos. Con el lenguaje universal de la cultura por bandera y cierto porte aristocrático en el modo en que ellos, como miembros de la nobleza de las letras, presumían de un cosmopolitismo sólo alcance de las élites.

A nosotros los españoles, desde la periferia del continente, los ecos de aquél Imperio de opereta, aquel estado multinacional de los últimos Habsburgo, nos evocan cierta ternura y conmiseración. Desde que Berlanga decidiera incorporar a su repertorio del absurdo la cita a un comportamiento austro húngaro como sinónimo de exotismo avejentado y superado por el tiempo, nuestra percepción de aquél extraño estado se construye sobre el recuerdo a los viejos vals de Strauss, militares de corte napoleónico luciendo medallas relucientes en la pechera y tocados con sombreros imposibles o la articulación imposible de un estado plurinacional en el que se hablaban veinte lenguas distintas. Todas cooficiales.austria_hungary_ethnic-svg

 

Viena era por entonces la ciudad más poblada de Europa. Con más de dos millones de habitantes -cifra que no ha vuelto a alcanzar- era el corazón de un imperio dinástico sin más lazos internos que los de la propia burocracia estatal, orgullosamente devota de la liturgia de los Habsburgo. Nadie mejor que el citado Roth, en sus obras «La marcha Radetzky» o «El busto del emperador» para describir las contradicciones internas de ese superestado al que las costuras le estaban a punto de reventar.

Los vieneses solían acudir a las sesiones para ver a los diputados desafiándose en lenguas diversas e ininteligibles unos a otros como el que acudía a la ópera o el teatro.

En el Parlamento se sentaban 518 diputados pertenecientes a 12 partidos que a su vez representaban a 8 nacionalidades distintas. Cada uno de los partidos empleaba su propia lengua en los debates parlamentarios, prerrogativa aceptada en un sistema en el que la mayoría germánica imponía el alemán como lengua del poder, la burocracia y el ejército. Los vieneses solían acudir a las sesiones para ver a los diputados desafiándose en lenguas diversas e ininteligibles unos a otros como el que acudía a la ópera o el teatro. Entre la multitud que se congregaba en las plateas para asistir a tan surrealistas sesiones solía ser habitual ver a un joven proyecto de pintor que mendigaba por la ciudad a la espera de ser admitido en la Escuela de Bellas Artes de nombre Adolf Hitler.

Nuestra Unión Europea, la de nuestros días, tiene mucho de aquél imperio de los Habsburgo. Bruselas y Estrasburgo, tienen mucho de aquélla Viena decadente, cosmopolita y burocratizada

Muchos años más tarde, el propio Hitler reconocería que su inquina contra la democracia y el parlamentarismo burgués nacía de aquéllas sesiones de opereta en las que checos, polacos, bohemios, italianos, eslovacos o ucranianos se desafiaban los unos a los otros en sus propias lenguas, exagerando las poses y recurriendo a una cómica escenografía sobreactuada, porque nadie quería darse el gusto de renunciar a su propia lengua, aunque la mayoría hablase y entendiese el alemán como idioma común imperial.

Nuestra Unión Europea, la de nuestros días, tiene mucho de aquél imperio de los Habsburgo. Bruselas y Estrasburgo, tienen mucho de aquélla Viena decadente, cosmopolita y burocratizada en torno a la estructura de un mecano sometido a demasiadas tensiones como para sobrevivir.

A la Unión Europea, la acechan populistas de mil raleas que sientan sus posaderas en una institución en la que no creen. Están allí para desmantelar un proyecto de integración común que pone en cuestión su visión del estado nación

Hoy, como entonces, la Unión Europea empieza a ser vista como un proyecto fallido, casi cómico, que provoca conmiseración e invita a la burla cuando los populistas de cada estado recuerdan que sus órganos de gobierno dedican ocho años de debates inútiles para acordar una regulación común sobre la curvatura del plátano o el porcentaje de cacao que debe figurar en el etiquetado del chocolate a fin de que éste sea considerado como tal.

Con todas sus ineficiencias, con todas sus miserias y limitaciones, con todos sus pecados de origen, la Unión Europea es un factor de equilibrio regional al que ahora, como le ocurrió a aquél vetusto Imperio multinacional, acechan populistas de mil raleas que sientan sus posaderas bien pagadas en los mullidos escaños de una institución en la que no creen. Están allí para desmantelar un proyecto de integración común que pone en cuestión su visión del estado nación. Y no les importa si para ello tienen que unir fuerzas con actores políticos ideológicamente contrapuestos, de extrema derecha o extrema izquierda.

Aún subsiste -y me incluyo en el mismo- un reducto de austro húngaros en este viejo continente. Llevados, en muchos casos, por la experiencia personal que nos conduce a otros lugares de un continente en el que hemos hecho amigos italianos, franceses, portugueses, polacos, lituanos o rumanos.

Ahora que los enemigos del viejo Imperio levantan los viejos estandartes del «pueblo», «la gente», «la patria» y «la nación», es hora de recordar lo que perdemos por el camino con la vuelta a la tribu y el repliegue de las fronteras.

La globalización, ciertamente, ha extendido un cheque de desigualdad lacerante que ha cobrado al portador la parte de la sociedad más expuesta a la liberalización de servicios y capitales. Pero con todas sus contradicciones, la asunción de que el restablecimiento de los controles aduaneros, las guerras comerciales o la apelación a una autarquía patria rancia va a solucionar como por ensalmo los problemas de la gente, nos devuelve al escenario de los odiados años 30.

Algún día, puede que no dentro de mucho tiempo, miraremos al pasado reciente para recordar con dolor en qué momento se desbarató la ensoñación de una Europa sin fronteras. Y pensaremos en las chanzas, las burlas y la conmiseración lastimosa que nos causaba ese imperio austro húngaro de burócratas que, mientras hablaban de la curvatura del plátano, nos hacían sentir a nosotros -que tantas veces fuimos periferia- al fin europeos.

 

Y EUROPA MURIÓ EN UN REFERENDUM

Dijo Napoleón una vez que lo que más le jodía era haber sido derrotado por una nación de tenderos, como él definía a los ingleses que se mantuvieron desafiantes frente al corso durante dos décadas. Agazapados en su isla, protegidos por la Royal Navy, y financiando a cualquiera -prusianos, austriacos o rusos- para que desangrara con dinero británico a la Francia napoleónica.

Dejó dicho también el hombre que venció al mismo corso en Waterloo, el duque de Wellington, que junto a una batalla perdida, no hay nada más triste que una batalla ganada, reflexión hecha después de caminar sobre la loma de Mont San Jean entre varias decenas de miles de cadáveres de soldados.

No sé a ciencia cierta cuántos cadáveres deja este referendum que termina en salida del Reino Unido de la Unión Europea. Por lo pronto me salen el propio convocante, Cameron -al que finalmente se le marchitó la flor en el culo que arrastraba desde hace siete años- y de forma más etérea, pero no menos dramática, el propio ideal europeo o el mismísimo Reino Unido del futuro más inmediato.

Por encima de lo que digan a estas horas los mercados, que no es poco, lo que han hecho los ingleses es darse un tiro en el pie. Han votado, legitimamente, y sólo cabe respetar su decisión. Pero cabe preguntarse cuántas emociones han pesado en el sentido del voto; cuánto han pesado las tripas, o el corazón, por ser menos escatológico, que la cabeza en una elección que dinamita muchas de las certezas en las que se basa la globalización.

La nostalgia del imperio, del «splendid isolation» victoriano, no puede omitirse. El sentimiento acendrado, enraizado en la cultura británica, de independencia respecto de lo que ellos llaman el «continente» ha tenido su peso. Y ese factor ha sido fácil de excitar en un electorado al que se oponía un Leviatán que ha hecho mucho por despeñar su crédito en los últimos años. No diré que los alemanes de ahora son gafes o que se guían por los mismos tics autoritarios que los alemanes de hace setenta años, sustituyendo las divisiones pánzer por el Bundesbank. Pero sí me quedo con la idea de que han liderado con enorme torpeza la posición de liderazgo que su poderosa economía les ofrecía. Han laminado la política a cambio de la dictadura de una hoja de excel. Y en el camino, han empeñado toda la legitimidad acumulada por un proyecto, el europeo, que era más digerible cuando había un partenariado franco-alemán equilibrado.

Inglaterra nunca estuvo cómoda en la Unión Europea.

A decir verdad, nunca estuvo cómoda en Europa, a la que vieron en el pasado como un gigantesco y potencial campo de batalla en el que derramar sangre, y al que veían en el presente como un gigantesco monstruo de burocracia inhibidora del espíritu emprendedor del que son deudores los padres del liberalismo clásico. Los ingleses, esos tenderos avispados que veía Napoleón.

No fue la CEE un acelerador democrático, como lo fue para España, Portugal o Grecia, porque ellos ya tenían democracia consolidada. No fue un gigantesco nuevo mercado de bienes y servicios, porque ellos han mantenido una relación privilegiada con sus excolonias mucho más inteligente que la nuestra o la de los franceses. El hecho de que estos últimos se fueran a hostia limpia de sus excolonias -Argelia, Vietnam, Centroáfrica- contrasta con la indolora flema con la que los británicos renunciaron a su imperio. Sin pegar un tiro en guerras estúpidas como las de los galos, y dejando a cambio una Commonwealth sembradita de corporaciones coronadas por la guinda de una City financiera con terminales en la interminable lista de paraísos fiscales en islas remotas del antiguo Imperio.

Los ingleses se van de Europa porque no la entendieron, ni la quisieron desde la perspectiva superestatal de Delors y su «even closer union», como un camino trazado hacia el destino final de los Estados Unidos de Europa.

En el fondo, lo que muere hoy es la certeza de que la globalización era irreversible. Y a ello contribuye la falta de respuesta de la izquierda en todo el continente, desconcertada por la huída en masa de sus votantes hacia la extrema derecha como ha ocurrido en las cuencas mineras del noreste del país. Por poner un ejemplo, es como si de la noche a la mañana, toda Asturias, cuna tradicional del obrerismo español, se despertase siguiendo a los frikis de Vox al grito de que estos van a imponer una moratoria sobre el establecimiento de kebabs turcos para fomentar las sidrerías tradicionales.

Por supuesto, hay una inmensa legión de iletrados que han comprado este discurso. Pero es la incapacidad de acercar el discurso de unas élites, concebidas y presentadas como profundamente europeístas por sus intereses económicos, con un pueblo dejado al alcance de la carnaza que le ofrecía ese fascista llamado Farage, cuyos vídeos en youtube vosotros, -si, vosotros, malandrines- compartíais con pasión desmedida porque por fin veíais a alguien decirle las verdades del barquero a los arquitectos de la austeridad en Bruselas.

Al final, en este cuento de final incierto, la masa de ratones ensimismados por la melodía, han comprado el discurso de este y otros flautistas embaucadores, como Boris Johnson. Un personaje que tolera, en aras de la libertad que tanto invocan los populistas de todo signo, que haya edificios en Londres con dos entradas. Una para ricos, con vestíbulo, portero y mármol, y otra para pobres, junto a los contenedores de basura del edificio.

Pasen por Comercial Road 1, a la entrada de Withechapel, y comprueben por sí mismos.

A los populistas de todo signo les queda el consuelo de que se ha abierto una hoja de ruta que cristaliza en el delirante suicidio colectivo de una economía que va a entrar en recesión, y que va a arrastrar a otras en su camino al absurdo. Una economía que, con esa masiva llegada de emigrantes inclusive, vivía con un 7 por ciento paro y más de 40 millones de ocupados. Y que va a terminar arrastrando por la senda de la incertidumbre a países enormemente expuestos, como la propia España, en este delirio.

El camino está marcado. Basta con apelar al referendum, a los revocatorios y a demás artificios de hermosa épica, para emprender la senda de la destrucción, y no precisamente de la destrucción creativa de Schumpeter, sino de la que termina en la cola del paro para la gente real, la que sufre los caprichos de la masa cuando se enardecen sus bajos instintos, como el miedo o el odio al inmigrante y al diferente.

Por eso me asustan tanto los apóstoles de la democracia deliberativa y de referendum. Porque son esos mismos apóstoles los que deciden con un sí o con un no. Entre blanco y negro, sin dejar espacio a los matices, o a la conveniencia de la pregunta,  cómo se formula o qué se pregunta. Como el producto de una ofrenda al dios maniqueo que juzga entre dos opciones, limitando la infinita riqueza cromática de una sociedad a la que se condena a la uniformidad de bloques.

Como siempre quiso hacer el fascismo.

A todos los que hoy se frotan las manos pensando que este es un golpe a la Europa austericida  alemana, más les vale recordar que lo que hoy muere no es la doctrina de la contención del déficit fiscal en Europa.

Es Europa misma la que se deshace, por muy odioso que fuera ese Leviatán al que todos, incluida la propia izquierda, ha matado con esa retórica pueril, reduccionista y, una vez más, profundamente maniquea.

 

PARÍS MARTIRIZADO

París outragé!!, París brisé!!, Paris martirysé… Anoche me acordé de estas palabras del general De Gaulle, pronunciadas el 25 de agosto del 44.

Anoche París fue una ciudad martirizada.
Como mucha gente, anoche no pude conciliar el sueño hasta la madrugada. Me enganché a twitter a medianoche, y por el efecto arrastre del impacto emocional que escupían las redes sobre lo que estaba pasando en París, no pude caer dormido hasta las dos o las tres.
Escribo en pretérito cuando quizás debería hacerlo en presente. A estas horas, hay gente luchando por su vida, con el cuerpo destrozado a balazos o por los efectos de las explosiones, en la densa humareda de confusión que queda tras un atentado tan brutal como premeditado, estudiado y macabro en su ejecución.
Igual que no debería utilizar el tiempo pasado, tampoco debería utilizar el concepto atentado terrorista. Se libra una guerra abierta. En las calles, en el extrarradio de las nuevas grandes ciudades estado de nuestro tiempo -Londres, París, Nueva York…- espacios inabarcables, laberínticos, impersonales, en los que las semillas del odio prenden con brío ante la incapacidad de los mecanismos convencionales del estado para proporcionar a los habitantes de las grandes urbes la sensación de vivir seguros.
Ese es el gran objetivo de esta nueva vieja guerra. Decía Sun Tzu que las guerras son conflictos morales que se libran en los templos antes que en los campos de batalla. Siendo así, el enemigo, si es que se pueden utilizar conceptos convencionales como este, busca crear el pánico donde más seguro cree uno estar. En megalópolis habitualmente patrulladas por miembros de la policía y el ejército, sobretodo en instalaciones sensibles como aeropuertos, carreteras, estadios de fútbol, estaciones de metro y ferrocarril y centros comerciales.
Son parte del paisaje, tales guardianes, inadvertidos, con la música ambiente estridente que acompaña el ritual consumista del centro comercial, entre expositores de cosméticos, sofás reclinables con función de automasaje, el puesto de carcasas de móviles y un tipo con corbata, al que todo el mundo ignora, ofreciendo las virtudes de obtener una tarjeta con determinada entidad bancaria. En el decorado, en la entrada principal del Primark del centro comercial, los dos pipiolos, de la Brigada Paracaidista, el Regimiento de Marcha de la Legión Extranjera Francesa o los fusileros del Royal Essex se integran en el paisaje de compradores compulsivos con sus uniforme de campaña, verde camuflaje, boina calada y gatillo presto.
Nada ilustra mejor la asimetría de la amenaza a la que las sociedades occidentales se enfrentan que esta imagen de impotencia ante lo imprevisible de una matanza como la que acaba de ocurrir en París. Como la que está ocurriendo a estas horas de la mañana, con las calles aún llenas de sangre de los muertos y los tanatorios cargados de padres sin hijos y de nuevos huérfanos.
Lo accesorio, lo irrelevante en este momento es reabrir eternos debates sobre las causas de esta guerra que libramos con armas inadecuadas. Con tanques, cazas y obuses del 105 para cazar lobos solitarios que se esconden en nuestro entorno.
Ya sé que Occidente tiene su parte de culpa, si no la exclusiva, en las causas profundas de los estallidos de locura que nos sobresaltan. Y también sé que son las nuestras sociedades olvidadizas y que relativizan la importancia de los muertos y de las bombas, dependiendo del lugar en el que ocurren. Que no es lo mismo cinco muertes en París que setenta y cinco en Bagdad. Que hay algo perverso en la forma en que asumimos el pánico de lo cercano, no sólo geográficamente, sino por similitud en hábitos y modos de vida, y alienamos el terror lejano, el que se lleva por delante a un centenar de personas en el mercado semanal de la capital del Punjab o delante de una madrasa en Kandahar.
Sentimos como propia la tragedia de París, no sólo porque está cerca geográficamente. Sino porque compartimos hábitos de vida. Patrones de conducta. Gente cenando un viernes por la noche en las terrazas de dos restaurantes; asistiendo a un partido internacional de fútbol; viendo un concierto de rock en una sala con solera. Son las identidades culturales las que nos acercan el drama. Las que nos hacen sentir como propio un golpe que percibimos lejano cuando algo similar ocurre en Argel, a dos horas en coche desde Alicante si se pudiera ir en línea recta.
Ciertamente, si ello nos convierte en hipócritas insensibles, asumo el cumplido como algo inherente a dichas identidades culturales.
A estas horas, consejo extraordinario de defensa en París. El Presidente de la República decidió, tras la matanza de Charlie Hebdo, enviar a su portaaviones a luchar contra el ISIS. Corre el riesgo Hollande de volver a caer en la tentación de asumir medidas convencionales para luchar contra una amenaza que no es sólo asimétrica. Está enraizada en la propia espina de la sociedad francesa.
Ante nosotros, ante el Occidente culpable -si se quiere-, atemorizado, impotente, biempensante y politicamente correcto, una disyuntiva dramática. Asumir que la guerra que enfrentamos nos coloca ante terribles dilemas morales: la Europa de las vallas fronterizas, o la Europa valladar de la libertad.

Esta vez no hay nadie enfrente con quien negociar politicamente. Es la locura. La maldad absoluta. La negación salvaje de la civilización y un modo de vida, que aun contradictorio y lleno también de perversión intrínseca, ha garantizado a la Humanidad las mayores cotas de libertad personal de su historia.

París martirizado. Como Madrid en 2004 o Nueva York en 2001. Como tantos lugares del planeta, en Siria, Yemen, Nigeria, Irak, Pakistán o Afganistán casi a diario.

Ojalá pudiéramos gritar un día, París liberado, con la misma facilidad con la que lo hizo De Gaulle y atestigua el video que abre este texto. Me temo que no será tan sencillo.

«Abandonad toda esperanza….»

 

“Antes de mí, ninguna cosa fue creada

solo las eternas, y yo eternamente duro:

Vosotros que entráis,

¡Abandonad toda esperanza!”

Dante describe con estas palabras la inscripción cincelada en el dintel de la puerta de entrada al infierno en su viaje iniciático de La Divina Comedia. El mismo Dante que ilustra con su efigie las monedas de dos euros. Una divisa, el euro, convertida en yugo y penitencia para todos aquéllos que osan contradecir la doctrinaria senda austericida de la Alemania que condena a los griegos al infierno de la deuda perpetua.

Ellos ahora –y nosotros más pronto que tarde–, abandonan toda esperanza con el durísimo acuerdo alcanzado este lunes.

Hubo un tiempo en que Europa era la solución, cuando España -sustitúyase la mención a España por la de cualquier otro país del sur pobre, arcaico, atrasado y autoritario– era el problema. Era allí, al otro lado de los Pirineos, donde anidaba la virtud, en un continente que había abrazado la tolerancia y la democracia, el capitalismo de rostro humano del estado del bienestar y la superación de las inquinas de dos Guerras Mundiales a base de integración y diálogo institucional para construir un objeto político no identificado, así lo definió Jacques Delors, llamado: “Comunidad Europea”.

A orillas del Mediterráneo, en las frágiles democracias como la italiana o en las férreas dictaduras como la española, la griega o la portuguesa, las cabezas mejor amuebladas soñaban con el día de la integración en un club en el que el llamado “acervo democrático” y el respeto a los derechos humanos eran condición sine qua non para acceder.

Varias generaciones de españoles aporrearon la puerta de Bruselas con insistencia. Unos sabiéndolas cerradas, mientras Franco y su armatoste siguiera con vida; y otros con el empeño de quienes sabían que la negativa francesa de entrada, amenazada en su sector agrícola, obligaba a interminables negociaciones sobre cuotas de producción y dolorosas reconversiones industriales para formar parte del Mercado Único.

Para el común de los españoles, Europa era como una gigantesca vaca de generosas ubres de la que manaba leche en forma de subvenciones a mansalva para carreteras, centros culturales, alcantarillado y saneamiento en pueblos que jamás se plantearon tales lujos al alcance de una generación. La vaca en cuestión, los fondos estructurales y de cohesión, tenía mucho de transferencia de renta de las economías avanzadas del Norte hacia las del Sur. Tanto que hoy, con independencia de nuestra inquina justificada contra alemanes y tecnófobos austericidas, deberíamos recordar cuánto bien hizo aquéllo en nuestra economía.

Ahora, cuanto el viento abrasador del desierto económico ha convertido en baldíos todos los terrenos que se regaron con la abundancia de los 80, los 90 y los primeros dosmiles, nos cuesta recordar aquellos días de confiado devoción en el proyecto europeo. Pero a fe que existieron, y armaron de europeísmo a familias de la España interior, las que inclusomandaban a sus hijos a formarse a esa misma Europa cada vez más cercana, Erasmus de por medio, antaño destino sólo reservado para las élites de la élite y sus vástagos de apellidos compuestos.

Por todo ello, duele más ver cómo ese objeto político no identificado llamado Unión Europea ha crecido hasta convertirse en un monstruo frankenstiniano, en un gigantón articulado de pasos torpes que reniega de las lecciones de la Historia que asistieron a su nacimiento y se revuelve contra sus hijos más débiles para pisotear y humillar voluntades nacionales como la del orgulloso pueblo griego.

A fe que no soy un entusiasta de Tsipras y su gobierno. Vi desde el principio muchos agujeros negros en el mismo, como el pacto con una derecha nacionalista cerril, la convocatoria de un referéndum maniqueo o la cerrazón en su negativa a recortar gastos en defensa, un lujo suntuario en un país en el que unos y otros dejaron cuentas falseadas, estructuras podridas y oligopolios de capitalismo de amiguetes.

Pero cuesta entender que la resolución final a esta crisis se asiente sobre la necesidad de imponer más humillaciones a un pueblo entero, guste más o menos su gobierno, lo que vote o lo que deje de votar. La penosa actitud del Gobierno español en este asunto, del que ciertamente nadie esperaba nada, contribuye a reforzar la idea de que el gran capo de la Unión, Angela Merkel, ha construido un dique de contención contra las tentaciones populistas en otros estados de la zona euro, aquellos que sí son pieza mayor por volumen de sus economías y debilidad de sus cuentas.

Como España.

Lo que Alemania quería desde un principio era trasladar un mensaje a otras latitudes. Un mensaje político, que va más allá de las condiciones requeridas para formar parte de las fuentes de liquidez del Banco Central Europeo o de las necesarias reformas estructurales para crear las condiciones que refuercen un crecimiento equilibrado en un país cargado con una deuda impagable.

Un mensaje que se sintetiza en la advertencia a los electorados inquietos para que se abstengan de votar opciones no domesticadas. Porque no hay esperanza posible aunque así se haga. ¿Capisce, Podemos?

Lo que se ha impuesto a Grecia son las condiciones de una rendición incondicional. De un Versalles como el que levantó el odio alemán del periodo de Entreguerras y llenó las huestes de los camisas pardas de Hitler. Han convertido a Grecia en un rehén de la zona euro, en un sujeto inane en un campo de trabajos forzados, que arrastra un capitoste que le identifica como un indeseable y un paria social.

Los griegos, que orgullosamente se han ido alzando contra la dictadura de los miopes tecnócratas que sacralizan balances y tablas de Excel, enfilan ahora con la mirada perdida su reingreso en la paz del euro, a cambio de no tener corralito. Una cárcel a cuya entrada bien podría escribirse aquéllo de “abandonad toda esperanza”…

Cuesta entender que sean precisamente los alemanes –y generalizo conscientemente en ellos más que en su líder–, los que empujen hacia el precipicio a la Unión Europea o lo que queda de ella. Un sujeto político que fue concebido como un mecanismo superador de los egoísmos nacionales y que podría haber ejercido una salvífica influencia a la hora de embridar el caballo salvaje de la globalización por la senda de la decencia y el raciocinio.

Europa se muere en manos de contables miopes, lastrados por el cortoplacismo de gobernantes presos de arquetipos y estereotipos, deudores de electorados avejentados en la paz de una jubilación gozosa en las playas de esos mismos países del Sur a los que condenan a no levantar cabeza durante generaciones cargadas por el peso de una deuda ominosa que no podrán pagar nunca.

GRECIA Y LA TIRANÍA QUE YA NO VISTE CAMISAS PARDAS

GREECEHace bastantes años vi una película protagonizada por el gran Anthony Hopkins llamada «Lo que queda del día«. En ella, el genial actor galés interpreta al mayordomo jefe Stevenson, sirviente en la mansión propiedad de Lord Darlington, un aristócrata inglés que mantiene cordiales relaciones con élites afines a la por entonces, todavía no demasiado bestializada Alemania del canciller Hitler. Son los años 30, la década del appeasement, cuando una Inglaterra que todavía se lame las heridas de su casi millón de muertos en la carnicería de la Primera Guerra Mundial se niega a ver la amenaza que las nuevas autoridades alemanas extienden sobre el continente.

Hay una escena en la película que me marcó profundamente. Y aunque adjunto aquí el enlace a youtube en inglés, la relataré brevemente.

En la escena en cuestión Stevenson, el siempre solícito y cumplidor sirviente, participa a requerimiento de Lord Darlington en un breve interrogatorio instigado por dos de sus contertulios en la sala en la que los caballeros solían retirarse tras la cena para disfrutar del placer de los habanos y el alcohol.

Uno de los caballeros inquiere a Stevenson acerca de cuestiones de deuda y patrón oro, fluctuación de divisas o tensiones políticas en el gobierno francés de Daladier, en tres largas preguntas a las que el impávido y siempre correcto profesional mayordomo responde del mismo modo: lo siento señor, pero me temo que no soy capaz de ofrecerle ninguna respuesta en este asunto, asumiendo una lógica ignorancia, común a la mayoría de los mortales ante tan complejas cuestiones.

Ante la incapacidad de Stevenson, el caballero que pregunta expone satisfecho ante sus contertulios la evidencia. así acreditada. de que la democracia consiste en poner en manos de hombre vulgares como el ignorante mayordomo cuestiones para las que no tienen ninguna respuesta porque pertenecen, digámoslo así, a una casta inferior.

La maestría del diálogo no radica, a mi modo de ver, en la terrible sacralización del autoritarismo que entraña, sino en la aceptación dócil del mayordomo de su condición servil, que le obliga a encajar con naturalidad una insultante posición de inferioridad intelectual y humana, preludio de lo que traerían el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético, con su retórica de élites gobernantes y pueblo, identificado como ganado para la guerra o para los planes quinquenales.

Estos días me he acordado mucho de la escena a cuenta de lo que se avecina en Grecia.

Aunque los desmentidos se hayan ido abriendo paso, queda un inquietante poso en la secuencia reciente de declaraciones que parecen conducir a las elecciones que pueden encumbrar a Syriza, el partido de Tsipras que plantea auditar la deuda como paso previo a una inevitable quita de la misma.

Esta vez, las élites son alemanas o de otros muchos rincones de la Europa convencional, lobotomizada por el pensamiento único que consagra la austeridad como coartada para desmantelar un estado del bienestar al que se le tenían ganas desde hace mucho tiempo. Se permiten el lujo de advertir y coaccionar con amenazas directas a los ciudadanos que van a ejercer el voto, con escenarios apocalípticos para el día después de unas elecciones que pueden resultar traumáticas para la frágil tregua que vive la eurozona.

Pero esta vez, el mayordomo Stevenson -los griegos- puede que no agachen la cabeza y giren sobre sus talones, serviles ante la constatación sumisa de su debilidad,  y asuman los riesgos del salto al vacío. Puede que perciban ese salto como un mal menor, habida cuenta de que tras años de caída libre, no puede haber un abismo mucho peor del que ya han vivido. En otras palabras, la cercanía al fondo de tal abismo elimina el factor del miedo.

Lo inquietante de la escena con la que arranca este post, radica en la lógica aparentemente racional de los caballeros que apuran sus habanos mientras hablan de los destinos de un mundo que se niegan a entregar a una masa de pobres hombres desprovistos de su luminosa sabiduría.

Y es que, para que muera la democracia, no se precisa de un caudillo de verborrea enfurecida, y ridículo bigotillo que encienda a las masas con retórica de odio antijudío y sueños de lebensraum en Europa Oriental. La tiranía ya no viste camisas pardas ni luce esvástica. Se pasea con elegantes trajes en la City o los pasillos del BCE y no se corta a la hora de amenazar con desatar el infierno si los griegos, pobres ilusos, se atreven a votar en libertad. La tiranía ya no niega el derecho al voto. Utiliza la coacción y el chantaje, que es más refinado pero igualmente brutal.

Saben que si un individuo le debe al banco 100.000 euros que no puede devolver, el individuo tiene el problema. Pero si diez millones deben al mismo banco 100.000 euros por barba al mismo banco, es el banco quien tiene el problema.

Son ellos los que tienen el problema. Y por eso reaccionan como lo hacen. Con pavor al hombre corriente que, como el pobre Stevenson en la película, se ha cansado de girar sobre sus talones con una obsequiosa reverencia.