CAYETANA

Cuentan las biografías que a Cayetana le corre por las venas la sangre de don Fadrique Alvarez de Toledo, duque de Alba azote de herejes holandeses en tiempos de Felipe II.

Cuentan que tuvo infancia royal, de colegio británico en Argentina y tránsito universitario inglés, donde los hijos e hijas de la élite hacen carrera al ritmo que marca la elegancia innata. La que da el pertenecer una estirpe que, escarbando veinte generaciones hacia atrás, no ha conocido ni el hambre ni las penalidades.

Lo de ser depositario de ilustres genes no es baladí. Es como el tumbao de los guapos y guapas al caminar. No se imposta; se tiene o no se tiene, como el acierto a la hora de combinar el calzado que te hará triunfar en la City de Londres o en ese privilegiado espacio que se extiende entre las calles Juan Bravo y Goya de Madrid. Si eres uno de los nuestros, príncipe o princesa, heredarás la tierra, posición en una de las Big Four o en alguna de las fundaciones con las que los nuestros se cobijan cuando se pierde lo que, por derecho, nos pertenece —jodida democracia—: el poder.

En el debate, disfraza su gesto de retórica mourinhista, para empatizar con el proletariado de gruesas manos y poca querencia por las guerras culturales de la izquierda. Sale a repartir estopa como aquél central, Vinnie Jones de rostro feroz y malas artes, pero enfundando el puñal en la sedosa languidez que sólo puede dar la cuna.

Patadas a la espinilla desde el primer minuto, para romper el ritmo de un rival acostumbrado a la posesión de balón al calor de las encuestas. Interrupciones groseras, tabernarias, impropias de quienes crecieron elevando el meñique 32 grados y medio exactos al sujetar la tacita en los salones de postín de Myfair.

La posmodernidad era esto, y nosotros nunca lo supimos. Que tus genes atraigan al populacho con la misma querencia con la que los gañanes desenganchaban el carruaje de Fernando VII para sentir el peso de las cadenas anudado a sus cuellos. Cuellos poco hechos a la libertad, desnudos ante el abismo de un orden constitucional convertido en herejía.

En el Gatopardo de Lampedusa, un burgués enriquecido en la Sicilia del XIX, busca obsesivamente el casamiento de su hija con un noble, venido a menos, pero noble al fin y al cabo. Un título para camuflar la riqueza sobrevenida con la industria, la del nuevo rico, la que mancha las manos. No la otra, la heredada con el mayorazgo latifundista y vinculada con la pureza de sangre y los apellidos ilustres.

En la España de hoy los vástagos de la aristocracia metidos a política, como Cayetana, repiten la jugada del Príncipe de Salina y buscan congraciarse con el vulgo a cambio del voto. El de todos los que se sientan perdedores de la globalización; el de los currantes marginados por guerras culturales en las que creen no tener ni arte ni parte; el de las gentes situadas en los márgenes de un debate que siempre parece orillar sus demandas por ser demasiado banales, demasiado simples, demasiado convencionales.

La posmodernidad era esto. Un juego de espejos cóncavos en los que nada es lo que parece. Las aristócratas de voz aflautada ya no quieren ser musas de escritores de postín. Vienen repartiendo estopa, con el machete entre los dientes y pasión por la bronca. Adalides de esta nueva derecha golfa que sermonea desde la atalaya de la incorrección política y juega a los contrastes luciendo Armanis y Diors y bebiendo calimocho a morro con esa España viva de timbre carajillero y fantasías de reconquista.

La gran impostura al servicio del poder terrenal de esta democracia que iguala a través del voto, al pobre con el rico. Al noble con el plebeyo. Al García, al Sánchez, al Martínez con los Alvarez de Toledo-de-toda-la-vida.

Mañana, cuando te vendan la burra de la falsa meritocracia, dime querido García, si te habrá merecido la pena. Si a tu hijo le sirvió de algo cuando al profesor de lengua nadie lo sustituyó en un mes porque las tres derechas decidieron seguir podando la educación pública. Si la cojera en tu rodilla maltrecha se hubiera podido evitar de haber tenido el hospital el personal necesario para atenderte antes de que esa lesión fuera a más. Si a tu mujer, en el tiempo que dedicó a cuidar de su madre con alzheimer, no le hubiera venido bien que la Seguridad Social hubiera cotizado para tener derecho a una pensión.

Mañana, cuando todo pase, dime si Cayetana era realmente de los tuyos.

Dime qué tenías en común, además del ardor patriótico, que nadie censura. Dime si de verdad te creíste que eras igual a los que vienen a este mundo a mesa puesta y sin necesidad de abrir las puertas que los tuyos tendrán siempre cerradas, por no haber pisado la calle Serrano más que para ir de turismo ocasional.

Mejor no me lo cuentes a mí. Explícaselo a tu hija, cuando tenga que lidiar con el mundo que le dejas en heredad.

Cuéntale lo que hizo su padre por ella; en qué estaba pensando, cuando votó aquel domingo de abril por una aristócrata llamada Cayetana Alvarez de Toledo.

Y cuando le digas que lo hiciste por España, mírala a los ojos, aguántale la mirada y le recuerdas otra vez cuánto te reíste aquella noche con aquel sí, sí, sí… al hablar de violación y consentimiento.

 

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