Cinco libros que me acompañaron en 2012

Será este, seguramente, el último post del año en el blog. Así que hoy, sin tribulaciones políticas de por medio, quiero compartir con vosotros algunas aventuras literarias que me acompañaron en este 2012. No es una recomendación, ni una guía. Se trata más bien de un repaso mental por algunos de los  libros que llenaron mi vida en este  año que se nos muere.

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Pese a la sugerente ilustración, reconozco que me he entregado al ebook. Sí, ya sé que para los puristas supone una traición de lesa humanidad. Personalmente, confieso que  añoro el de  papel, el de toda la vida; y que cuando ocasionalmente he vuelto al libro en ese formato, dedico unos segundos a recuperar el tacto de las páginas entre los dedos. Más aún: aspiro el aroma que desprenden las hojas nunca abiertas de un libro nuevo. No me juzguen. Cada uno tiene sus fetiches, y a fin de cuentas si leer es una experiencia sensorial tanto mejor cuantos más sentidos pongamos en el empeño.

Recapitulemos.

1.- El lobo de mar, de Jack London.- Confieso mi pasión por los territorios literarios que se habitaban en el tránsito del siglo XIX al XX, por la novela de aventuras y por los antihéroes cincelados a martillazos gruesos, con aristas y líneas rectas en el trazo de rostros ajados por el hielo y la ventisca. Wolf Larsen encarna al hombre bestializado en un mundo cada vez menos humano; el ser enfrentado a la naturaleza y amamantado en la fuerza bruta como único vínculo con los arcanos animales de nuestra evolucionada raza. En el obligado retorno a los clásicos, London o Joseph Conrad siempre serán un valor seguro.

 

2.- Fouché, retrato de un político, de Stefan Zweig.- Fouché es el eterno superviviente. Un fontanero en la sombra, una sombra que vale tanto por cuanto tanto sabe. Y eso le hace valioso para todos. Entre la Francia que arranca con la toma de la Bastilla y termina con Napoleón embarcando hacia el exilio de Santa Elena, transcurren 25 años. Jacobinos, girondinos, directorio, consulado, república, regicidio e imperio. A todos sirve el siniestro Fouché, hediondo conspirador dotado de la clarividencia del que intuye el cambio antes que nadie. Zweig, mi adorado Zweig, ensambla la imagen contemporánea del perfecto traidor, el que sobrevive en medio del talento ajeno a base de astucia y ausencia de cualquier escrúpulo.

 

3.- El informe de Brodeck, de Philippe Claudel.- Brodek habita un lugar indeterminado, en un momento indeterminado. La nebulosa envuelve un relato construido a partir de las conversaciones con las fuerzas vivas del pueblo en el que todo sucede. Pese a la abstracción de la parábola, yo imaginé la acción en Alsacia, territorio fronterizo entre Francia y Alemania, donde se cruzan los caminos de la historia del siglo XX. Terminé de leerlo frente al mar, en Barcelona. Siempre guardo ese recuerdo, la foto fija del lugar en que llegué a la palabra Fin de todo libro. Y la brisa y el profundo azul mitigaron el dolor y el pesar de un libro dolorosamente bello. Un profundo desasosiego que, pese a todo, agradezco llevar conmigo por el placer de leer a Claudel.

 

4.- Anatomía de un instante, de Javier Cercas.- En España hemos levantado un mito en torno al fallido intento de golpe del 23F. Entre la tragicomedia y el esperpento, la memoria colectiva se recrea en aquél guardia civil que, pistola en mano, nos conduce a otro tiempo, perdido en la memoria decimonónica de este sufrido país. El mito se construye desde el presente. Y se reconstruye diariamente, para alimentar la autoridad moral del rey, la Constitución y los padres de la patria, todos engolados en torno a la conmemoración anual de una carta magna que algunos agitan, intangible e intocable, como el cuaderno rojo de Mao. Cercas congela el drama en el instante preciso en que un general octogenario, Gutiérrez Mellado, se enfrenta a nuestros demonios perennes con valor castrense. Y con él, Suárez. Y con él, Carrillo. Personalidades amortizadas por la historia que no se agacharon ante las balas.

 

5.- Juliano el Apóstata, de Gore Vidal.- El último emperador pagano, en la Roma ya dominada por el auge del cristianismo, se entrega a la fútil tarea de restaurar a los viejos dioses. En esa batalla, que intuye perdida, señala los caminos empleados por la nueva doctrina para expandirse con tanto brío. Apadrinar viejos ritos, cultos, templos y símbolos paganos. Masticar las enseñanzas de Platón y Aristóteles para escupir después una mezcolanza moral que aúne la vieja sabiduría con la parábola construida en torno al relato de un galileo crucificado. Juliano advierte de que la fuerza del cristianismo procede de la monopolización de la enseñanza en edad temprana. Clarividente sentencia vigente. La muerte sorprende, prematura, al último gran emperador de la estirpe constantiniana, sin poder completar la hercúlea misión de vencer a los seguidores del nuevo credo. Y hundiendo su mano en la herida exclamará gritando al cielo: “Venciste, nazareno”.

 

Post data : La imagen de la cabecera es de un magnífico ilustrador inglés llamado Jonathan Wolstenholme.

Post data bis: no sólo se admiten; se imploran sugerencias para el futuro inmediato ¿qué me podéis recomendar?

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