Cómo NO hay que actuar cuando se es Presidente

Repita conmigo, Presidente: me quedaré calladito antes de decir alguna idiotez.

No le culpo, de veras. A usted siempre le perseguirán los hilillos de plastilina, en aquél lejano 2002, cuando un petrolero llenó de inmundicia las costas de su querida tierra, de Galicia. Quiso usted quitar hierro, calmar, dar carpetazo a la tragedia ecológica con un comentario comprensible y al alcance de mentes sencillas. Una especie de «si esto no es ná, cuatro gotas de aceite que salen de la junta de la trócola y tal….»

Pero, la memoria insumisa, la cabra que tira al monte o la querencia por el ridículo, le hacen cometer una y otra vez el mismo error. El de desinformar con su información imprecisa, inexacta, falsamente tranquilizadora.

Un horror, más que un error, el que describe la política de comunicación de su gabinete, si no suyo propio, especialmente en lo referido a un servicio exterior que usted y los suyos están despeñando en el descrédito acelerado en los últimos años. Y no me refiero a las margalladas de su Ministro, a quien aún con todo, tengo por lo más decente de su nefasto gobierno. Sino a la panoplia de afines y mediocres que ha desperdigado por el mundo para ejercer la noble representación de un país al que su labor deja una y otra vez en el más espantoso ridículo.

En el caos de un atentado, en avisperos como el de Kabul o cualquier otra ciudad del Magreb, Oriente Medio o Asia Central, es entendible más que en ningún otro lugar que la bruma de la guerra nuble la visión de quienes tienen que informar. No sólo es entendible, por tanto, sino aconsejable, esperar a que el polvo de los escombros se asiente antes de ofrecer a la opinión pública una fotografía veraz de los hechos.

A usted, señor Presidente, no sólo le persigue el ominoso recuerdo del Prestige y sus hilillos de plastilina. Le persigue el rumor de la indolencia, a la que invoca en comparecencias huecas, siempre bajando un tono, restando importancia a lo ocurrido, como si el discurso taimado, repleto de pleonasmos y tautologías, adornado de sentencias y frases hechas, pudiera desplegar per se el efecto balsámico que aquiete a las fieras y achante a los adversarios.

Está bien eso de adoptar un tono neutro, como de policía neoyorquino que no pierde el temple  y pide a la multitud que se retire al otro lado de la cinta policial que delimita la escena de una masacre porque no hay nada que ver, todo está bajo control y es preciso mantener la calma.

Pero sucede que cuando dos españoles mueren en un atentado con bombas en Kabul -fuera o no la embajada española el principal objetivo del ataque-  uno, máxime si es presidente de un gobierno, no puede recurrir al rumor, al susurro o al cotilleo para dirigirse a sus conciudadanos e informar.

Lo del «parece ser»por lo que sabemos», «se dice» o» según algunas fuentes», lo debería dejar usted para los redactores que no tienen una certeza clara sobre la solvencia de tales fuentes y que quieren no obstante, primar la inmediatez de la noticia sobre la absoluta fiabilidad de lo que se cuenta.

Aunque, bien mirado, todo es explicable si tenemos en cuenta que, a título de ejemplo, su política de nombramientos en dos de las embajadas de mayor prestigio y peso relativo para la acción exterior de España son los nidos de paso de personajes devaluados como Federico Trillo o Gustavo de Arístegui.

Al primero, ninguna democracia sensata hubiera retribuido con tal cargo después del escándalo del Yak-42 y el vergonzante proceso de identificación de los cadáveres de aquélla tragedia. Al segundo, tampoco ninguna democracia sensata mantendría en el cargo después de las revelaciones sobre negocios opacos, chanchullos paralelos y flagrantes incompatibilidades, por muy bendecidas que estén por la inútil Comisión del Estatuto del Diputado del Congreso.

A un Presidente, a un estadista,  se le presume prestancia y solvencia, incluso cuando va al baño a hacer de vientre. Llámeme simple, pero así es como me imagino a Churchill, a Miterrand o a Merkel bajándose los calzones  o subiéndose la falda a resultas de un apretón.

Lo último que uno espera de un líder es que titubee, que balbucee explicaciones vacilantes, como si al final del hilo de poder que se le presume hubiera una panda de inútiles incapaces de transmitir noticias tan sensibles como las vinculadas con un ataque terrorista con víctimas españolas. Si vacila, titubea y balbucea porque quiere transmitir calma y serenidad, al menos no mienta. Por desconocimiento, por efecto de esa niebla de guerra que envuelve a un atentado, o por un tramposo afán de calmar los ánimos. Máxime si en esa calma se da el salto de un herido leve a dos muertos en menos de doce horas.

No tenga miedo y actúe con coraje. Llame a las cosas por su nombre. Si usted se achanta porque entiende que hablar de un atentado terrorista contra un objetivo español le va a amargar la campaña, entonces lo mejor que podría hacer es no presentarse a Presidente del gobierno.

Porque serlo implica dar malas noticias, o guardar silencio cuando no se tienen todas las certezas, hasta el momento en que pontifica con su discurso sereno y lleno de certezas, como haría un líder, un presidente digno de tal nombre.

La palabra de un presidente, y esto lo saben en París, en Berlín, en Roma o en Washington, es tan sagrada como la santa Biblia. Y la suya, al menos en lo que atañe a hechos como los vividos estos días en Kabul o hace bien poco en París, empieza a valer lo mismo que un folletín de sobremesa de Telecinco o una charla de machos con Bertín Osborne.

PD.: entiéndame las menciones escatológicas como una licencia literaria.

 

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