Cómo reaccionar a una debacle electoral

Con el último triunfo de Angela Merkel en las elecciones federales alemanas se cierra un ciclo electoral que no volverá a abrirse –salvo sorpresa italiana- hasta que los ingleses acudan a las urnas el año próximo. Lo harán en un entorno distinto –la crisis por aquí es menos crisis- y con una flema isleña que les permite diferenciarse de lo que ellos denominan el continente.

De por medio tendremos las elecciones europeas, que pueden parir algo así como un nuevo monstruo de Frankenstein. A la consabida desgana del electorado al respecto, se une el hartazgo y la desidia sobre un proyecto lastrado por las críticas –cada vez más visibles- sobre los déficits democráticos de Bruselas. De ahí que la composición del nuevo Parlamento europeo pueda terminar evocando a un certamen de eurovisión, con partidos frikies, estéticas kitch y extremistas de todo espectro.

El legado de esta crisis que arrastra más de un lustro, es especialmente desolador para la socialdemocracia europea. Se ha dicho, con razón, que la crisis castigó a todo gobernante en ejercicio de tales potestades. Que el tsunami de la deuda, el paro y la recesión terminó barriendo a diestra y siniestra de gobiernos más o menos sólidos, y  lapidando firmes carreras, incluso sentenciando a líderes jóvenes a los que pilló de por medio el ciclón.

Pero el palo ha sido especialmente duro en la socialdemocracia. Como última evidencia, contamos con el caso Steinbruck, el líder socialdemócrata alemán, que tras cosechar el segundo peor resultado en la historia del SPD ha anunciado su renuncia a liderar el partido. Ocurrió lo mismo en Italia en 2009; en Francia en 2007; en Reino Unido en 2010; en Portugal en 2011; en Suecia en 2010.

En ningún país de nuestro entorno, el líder que administró el peor resultado de la historia de su partido en este periodo, ha permanecido al frente del partido después. Ni siquiera de forma interina, o apelando a una transición ordenada del poder. En todos los casos mencionados, los líderes que asumieron la derrota no tardaron ni una semana en anunciar su renuncia o apelar a la convocatoria de congresos extraordinarios para apalancar un nuevo liderazgo. Casos notorios son los de Gordon Brown en Reino Unido, el de Steinbruck ahora en Alemania o el de Sócrates en Portugal.

Y es lo que debería haber ocurrido en el único país que rompe la norma: España.

En España el PSOE obtiene el peor resultado de su historia desde la restauración de la democracia. Pero a diferencia de lo ocurrido en Alemania; de lo ocurrido en Francia; de lo ocurrido en Italia; de lo ocurrido en Portugal; de lo ocurrido en Suecia; de lo ocurrido en Reino Unido…se asume que la mejor decisión es posponer la toma de decisiones para otro momento, que es algo así como decidir no decidir nada.

En España hemos interiorizado las virtudes morales de la Transición. Será por el miedo al cambio repentino que hunde sus raíces en la tardía incorporación al sistema democrático que vivió nuestro país o por una sacralización del concepto de resiliencia que tan bien han interiorizado algunos líderes, empeñados en disfrazar su continuidad en un legado al partido, en un sacrificado acto de servicio en tiempos difíciles para el mismo.

Me asusta pensar que esa idea ha calado con tal hondura en el conjunto de la sociedad, que ni con manifestaciones o protestas masivas contra recortes salvajes  e indiscriminados se consigue torcer el rumbo de las decisiones disparatadas de uno u otro gobierno. Me asusta pensar que esa resiliencia frente a la debacle o la sinrazón esté alimentando un nuevo fatalismo ibérico, de nuevo cuño, pero tan propenso a la resignación y la melancolía como lo fue en el pasado. Me asusta pensar que la gente, en todos los ámbitos, empiece a interiorizar que, en el fondo, no pasa nada. Y que todo, o casi todo, sigue atado y bien atado.

Pero me resisto a creer que en esto, ser la excepción, nos convierta en un ejemplo, como el que camina contra una marea de viandantes y se empeña en gritarles que son ellos los que circulan en dirección contraria. Si en Francia, en Alemania, en Italia, en Portugal, en Suecia, en Holanda o en Reino Unido se reaccionó así, quizás seamos nosotros los que marchamos en dirección contraria.

 

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2 comentarios en “Cómo reaccionar a una debacle electoral

  1. Así es Jesús. Hasta ahora conocíamos lo que denominábamos en política local «aguantar el chaparrón». Y el ejemplo en España ha cundido, ahora se aguanta absolútamente todo, un terremoto, derrotas históricas, y casí siempre, la culpa la tienen los demás. Esperemos que ésta dinámica de la vida política española, ya que lo único que sale debilitado es el pensamiento democrático. Ánimo.

  2. Es que son hechos objetivos, Francho. No hay partido socialdemócrata en toda Europa que no haya cambiado de cartel, salvo España, cuando se trata de encajar el peor resultado en la historia de ese partido. En serio, desde la distancia se ve el país adormecido, adocenado en la placidez del fatalismo que se ha instalado en todas partes. Al no haber promovido la catarsis interna que se debía haber impulsado se está alimentando la acción del gobierno del PP. Como no tienen enfrente un proyecto de regeneración política creíble, se sienten fuertes para hacer lo que de otro modo no se hubieran atrevido a hacer, sobretodo en educación y sanidad. Es una pena, pero creo que el inmovilismo en la izquierda ayuda a que la derecha lo canibalice todo con fuerza, sin el disimulo o la moderación que al menos se hubieran autoimpuesto si huiberan visto una alternativa creíble y sólida, como ocurrió en el primer mandato de Aznar con la aparición de Borrell. Muchas gracias por comentar. Un fuerte abrazo.

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