Como sobreviví a la «imposición» del catalán en la escuela

Tengo amigos, maestros entusiastas, que han hecho de la enseñanza una pasión y un compromiso. Y que conocen y saben explicar mucho mejor que yo, lo que significan dos años de políticas de recorte indiscriminado en la enseñanza desde el gobierno regional.

También sabrán explicar mejor que yo las intenciones reales del proyecto de ley del ministro Wert: (re)consagrar la enseñanza católica; matar ese efímero experimento cívico en valores constitucionales de educación para la ciudadanía; y poner cerco a la enseñanza en la lengua propia de las comunidades autónomas que la tienen constitucionalmente reconocida.

Y como de lo que mejor habla uno es de aquello que ha vivido en sus propias carnes, me permito hacer una regresión de casi treinta años para exponer mis humildes vivencias de la EGB en tierra extraña, en tierra mallorquina en la que quien habla pasó su infancia.

Ya sé que tal vez yo también sea presa de los titulares de la Sexta o del Wyoming esta noche. Reconozco que no he hecho más que ojear el borrador de anteproyecto de ley y que a lo mejor me dejo llevar por las consignas incendiarias de esos grupos de radicales cuyas maniobras incendiarias tanto gusta de ofrecer en prime time la tdt party, ebria de carajillo cañí y disparates nocturnos.

Así que, lo dicho. Un relato desde la experiencia propia.

Yo también fui un hijo de la crisis. De la de primeros de los 80. Entonces, como ahora, hombres y mujeres jóvenes recogían bártulos para buscarse las habichuelas en otras tierras en las que encontrar el trabajo y el sustento que la suya de origen les negaba.

Mis padres cargaron con tres críos, de seis, siete y cuatro años. Y como lo de salir a Inglaterra no se estilaba tanto, y el milagro alemán era cosa de los 60, pusieron rumbo a Mallorca, donde hermanos de mi padre habían ido labrándose un modesto y digno futuro, lejos de la llanura albaceteña, donde el paro hacía mucho estrago.

Y allí estábamos. En Palma de Mallorca. Era febrero. Ya empezado el curso. Si ya es traumático cambiar de colegio a mitad de curso, hacerlo en uno en el que vas a encontrarte con el catalán como lengua de estudio era todo un reto.

Mis recuerdos, en ese particular, son los de una inmersión total –como dirían ahora- desde el primer momento: profesores que pasaban del castellano al catalán en muchas asignaturas, actividades extraescolares en catalán, fiestas y festivales con canciones tradicionales mallorquinas, etc.

Viví más de siete años en Mallorca, hasta que otros acontecimientos nos trajeron de nuevo a La Mancha. Otra vez cambio traumático, a mitad de curso y con las clases ya empezadas. Había pasado toda la EGB en aquélla isla, aprendiendo, estudiando y conviviendo con el catalán en el colegio y el mallorquín en la calle –diferenciar entre mallorquín y catalán no es cosa menor-. Me fui (nos fuimos) de allí con la misma pena con la que habíamos salido de La Roda casi ocho años antes. Dejando amigos y familia, y trayendo como invisible bagaje el catalán aprendido en el colegio en el que yo, sin saberlo, había sufrido la «imposición catalanista» y el «apartheid educativo»que dirían los tertulianos de intereconomía y los titulares populacheros de Pedro Jota.

Pasados los años, el debate sobre la presencia del catalán, el vasco o el gallego en las aulas revive debates viejos que me llevan a reflexionar cómo viví aquello que ahora se considera evitar por medio de esta ley. Viejos, tales debates, porque se plantean desde tópicos tan gastados como el papel en el que el ministro Wert diseña su estrategia españolizadora.

No puedo hablar de los entresijos del mencionado proyecto de ley. Ni puedo leer todos los informes de expertos y sabios que vendrán a refutar y defender lo que yo considero, desde mi vivencia, como indefendible. Me baso en la experiencia propia. La de un niño al que le parecía normal y divertido aprender una lengua, extraña y cercana al tiempo.

Extraña paradoja la de estos tiempos. Lo que mis padres vieron con normalidad hace casi treinta años, cuando empezaron a construir una vida nueva en aquélla tierra de promisión, es visto hoy en día como una muestra de una supuesta dictadura idiomática de catalanes, vascos o gallegos, empeñados en hacer borrar de esa tierra todo lo que recuerde a España.

De tal modo, que hoy, treinta años después puedo decir en voz alta, que yo fui víctima de tan abyecto plan. Aprovecho pues la coyuntura que me brinda el ministro Wert,  para salir a estas alturas del armario de la imposición lingüística que, por lo visto, hizo de mí un analfabeto integral en la lengua de Cervantes,  a causa del contubernio nacionalista por favorecer el catalán, y del que debí ser víctima en los 80 sin siquiera enterarme, que tiene más mérito.

Un perverso plan que, lo confieso,  me enseñó otra lengua y otra cultura.

Y que me permitió conocer y querer mejor la que yo consideraré siempre “la meva altra terra”. 

Creo que podré vivir con ello. Así que, desde mi vivencia personal, señor Wert: afortunadamente, usted no ha podido salvarme de la dictadura lingüística catalana de la que, lo confieso, fui víctima.

PD: No se apene por ello, porque fue un honor para mí aprender esa lengua.

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