Conferencia política del PSOE. Tres condicionantes y un vaticinio.

Refundar, renovar, reinventar…

Hace tiempo que comentaristas políticos y figuras de primer nivel con responsabilidades institucionales y orgánicas del presente o del pasado, se cuelan en medios de comunicación para ofrecer su visión personal sobre la deriva y la solución a los males endémicos que aquejan al que es mi partido en la travesía del desierto que atraviesa desde los últimos desastres electorales

Modestamente, reparo en tres condicionantes previos presentes en todos los juicios que todos los opinadores hacemos respecto a una cita que debería suponer el comienzo de una renovación sustancial en un proyecto político que ha perdido la capacidad de ilusionar a la ciudadanía.

1.-Descrédito de la política

Es cierto que el descrédito de la política como tal, perjudica sobretodo a la izquierda. Por definición –ellos, la derecha, no son políticos- si hay corrupción es extensible a todas las fuerzas políticas, por lo que la porquería de Bárcenas se reparte de forma alícuota entre todos los actores. Alienar al ciudadano de la política siempre fue un objetivo político de primer nivel de una derecha española presa de las deudas de su pasado y obsesionada en presentarse como gestores económicos del buen gobierno frente a la demagogia ideologizada de una izquierda manirrota. Pura estrategia de desmovilización que ha calado en una ciudadanía finalmente descreída de la política que sólo reivindica la izquierda.

2.-Crisis económica

Es cierto, también, que la crisis económica ha vaporizado a casi todos los gobiernos en los últimos cinco años –excepción hecha de Angela Merkel- y que ello exime de culpas objetivas a cargos de responsabilidad afectados por un tsunami electoral que propició un vuelco indiscriminado en ayuntamientos y comunidades a lomos de un clima general de hartazgo contra el gobierno de los brotes verdes y la recuperación en ciernes que anticipaba con torpeza Zapatero.

3.-Juicios interesados

Por último, también es cierto que en el PSOE, más que en ningún otro partido, existe la tendencia a airear las miserias y proponer pócimas mágicas cuando ya no se ostenta cargo de responsabilidad y no se tiene que cargar con la pesada losa de la discreción, la corrección o la autocensura que implica hacer según qué manifestaciones cuando se está en el gobierno.

Asumo en primera persona todos esos condicionantes, incluyendo la tercera certeza, la que mayor valor resta a mi posicionamiento por haber sido uno de tantos ex. Si eso invalida mi juicio de por vida, asumo gustoso la condena que los talibanes y puros de espíritu me impongan en consecuencia. Pero no voy a renunciar por ello a la palabra, independientemente de que amigos, enemigos o compañeros de partido, le otorguen mayor o menor valor. Y si lo hago es porque me duele este PSOE. Desde la lejanía, mi perspectiva se debate entre lo que me dicta la cabeza, cada vez más comprometida con esta Inglaterra en la que vivo y atisbo un futuro, y el corazón, que me lleva a una España que me hace sufrir cada mañana cuando leo las portadas repletas de dramas cotidianos y fango de corrupción, huérfana de una alternativa surgida desde la esperanza y no del mero tacticismo.

Poco me importa si mi juicio cuenta o está invalidado por el ejercicio de responsabilidades pasadas. A fin de cuentas, nada hay más conservador que los prejuicios y de ellos se nutren no pocos de los que están llamados a refundar, renovar y reinventar un partido centenario que sigue moviéndose al paso que marcan los padres de la Transición.

Un ejemplo.

Leo en El País, que la delegación vasca a la Conferencia Política estará encabezada por una terna compuesta por Patxi López, Eduardo Madina y…. Txiqui Benegas. Sí, el mismo Benegas que formó parte del primer órgano de gobierno del ente preautonómico vasco en 1977, el mismo que ha estado en las entrañas de aparatos y maitines desde los tiempos de Naranjito.

No es más que un símbolo, una anécdota al respecto.

Pero ilustra con toda crudeza la predisposición de los resortes del aparato a atar con mano firme lo que salga de la Conferencia. A fin de cuentas, con primarias ciudadanas o sin ellas, algunos han empezado a ver, a resultas de la experiencia andaluza, que en los avales hay un valioso filtro que puede ayudar a la ciudadanía a encauzar su voto hacia donde sea menester en función de estrategias que se deciden mucho antes.

Hace dos años me rebelé contra esa previsibilidad. Contra las administradores y medidores de tiempos que marcan el paso de una organización política centenaria, la única capaz de ocupar el espacio público alternativo en el que se reconoce –estoy convencido- una nítida mayoría sociológica de españoles, que comparten valores progresistas y una razonable fe en una economía de mercado delimitada con trazo firme por los poderes públicos para evitar los desmanes del capitalismo sin freno.

En vísperas de la conferencia política, desde la lejanía física y la cercanía emocional que siente quien sufre en la distancia, me rebelo una vez más contra la previsibilidad y apelo, por última vez, a la valentía de quienes tienen en su mano romper con las ataduras mentales que la generación de la Transición, la que conquistó su espacio a través de la rebeldía en Suresnes, sigue ostentando y pretende mantener para hacer veraz una vez más aquélla sentencia del Gatopardo: “que todo cambie para que todo siga igual”.

 

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