CONFIESO QUE PERDÍ. LA DERROTA EN POLÍTICA.

La política es una carrera de fondo y en los márgenes abundan los cuerpos medio sepultados de quienes la conciben como un sprint en el que hay que darlo todo en diez segundos.

Es una lección que me costó años entender, pero que uno termina por interiorizar cuando tiene la edad suficiente para mirar atrás sin el miedo a quedar petrificado en sal por el atrevimiento.

Antes de que sigan, les diré que este post tiene mucho de autobiográfico. Más bien todo. Y no es que un servidor tenga un bagaje de excelencia que le haga acreedor del autoelogio y la vanagloria, que no es el caso. Aquí no encontrarán las memorias de un hombre de estado, como si de un insigne José Bono se tratase, de quién más adelante hablaré, como comprobarán más abajo, si tienen paciencia para llegar a ese punto.

A los 24 años, yo fui diputado nacional. A los 28, director general en un gobierno regional; cargo que ocupé durante siete años, hasta la derrota del PSOE en las autonómicas de 2011. Por el camino, candidato a alcalde en dos ocasiones, y miembro de candidaturas al Congreso de los diputados y hasta a unas Europeas. Llegué muy pronto en un tiempo en el que, a diferencia de lo que ocurre ahora, la política no era un país para jóvenes.

El impacto emocional de encontrarte recién terminada la universidad en el Hemiciclo nunca desapareció.

El día que tomaba posesión, sin ir más lejos, me perdí en las tripas del edificio. En eso que los veteranos llaman la M-30, y que es una circunvalación perimetral de la Cámara. Que Joaquín Almunia y Alfonso Guerra te ayuden a encontrar la entrada, era todo un presagio del vértigo que precede al impacto.

A decir verdad, deambulé por ese espacio cargado de historia con la conciencia adquirida, día a día, de que todo me había llegado demasiado pronto, por una sucesión de carambolas en las que el factor decisivo no fue otro que estar en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Fue así -por intermediación de la fortuna- como uno de los políticos más extraordinarios que he conocido, José Bono, me bendijo en una primavera de 1999. Debió gustarle mi atrevimiento al hombre, propio de la temeridad del momento y de mi historia personal, que no viene al caso. Y además, adornar las listas con sangre joven siempre sienta bien a la hora de pontificar la renovación.

No he conocido a un líder capaz de articular un relato con la inteligencia emocional de Bono. Más allá de ciertas posiciones políticas en determinados ámbitos, de las que empecé a discrepar pronto, lo que me sigue atrayendo es su magnetismo, su agilidad mental, su capacidad para interpretar el entorno -el zeitgeist del momento- con un puñado de frases entendibles por todo hijo de vecino. Uno de esos líderes que, delante de un auditorio, es capaz de hilvanar un discurso que cada receptor piensa dirigido y pensado exclusivamente a él.

Hoy lo llamaríamos populismo. Entonces era un arma de destrucción masiva que devoraba adversarios y escupía sus huesos en cada confrontación electoral, a base de ripios y tocar la fibra sensible de los parroquianos de cada rincón de una región con 919 municipios.

Con todo, y aunque las habilidades de un Bono sólo están al alcance de pocos elegidos, en general en política hacen falta muy pocas cualidades para triunfar.

La más valiosa, la ambición. Olvídense del talento, la prudencia o la formación. Si a la ambición acompaña la fortuna, tendrán la receta de la gloria.

Si eres obediente en exceso, en cambio, te llega tarde o temprano la degradación del rango.

Yo no lo percibí entonces como tal, pero pasar del Congreso de los Diputados a ser director general en un gobierno autonómico, es como descoser los galones de capitán para vestir la guerrera de subteniente.

No hay diputado nacional que quiera dejar el escaño allí, en el Congreso. De hecho, desde el ecuador de la legislatura, la pretensión única de cada parlamentario se resume en conjugar obsesivamente un único verbo.

Repetir.

Para repetir en un puesto de salida hay que dar cera y pulir cera, como en Karate kid. A los líderes regionales, de quienes depende esencialmente la tarea de conformar la lista, y a los líderes en Ferraz, que tienen la última palabra para hacer y deshacer llegado el momento oportuno, incluso imponiendo su criterio sobre las baronías territoriales.

A mí el proceso me pilló a paso cambiado.

Demasiado obediente hacia el perdedor del 35 Congreso, José Bono, el hombre que me había situado en aquel escenario de ensueño.

Pero discretamente seducido por aquélla generación de jóvenes turcos que habían llegado de la mano de Zapatero para redefinir un proyecto que olía a naftalina y héroes caídos de la transición y el felipismo.

Pasé tres años doliente en silencio en mi tierra,  por las críticas en foros provinciales a un Zapatero por el que nadie daba un duro, y siendo en Madrid un diputado raso de territorio Bono para las estrellas ascendentes de aquél 35 Congreso que se solventó por siete votos. Atrapado en No Man´s Land, en el fuego cruzado de las trincheras.

Allí, en Madrid, estaban Carme Chacón, Caldera, López Aguilar, Trinidad Jiménez o Jordi Sevilla. Gentes por las que sentía una afinidad ideológica que confrontaba con un bonismo inesperadamente derrotado, en el que sólo el hombre que daba nombre al bando seguía siendo atractivo para mí.

Quedarse en tierra de nadie en política es peor que engrosar las filas de una compacta opción derrotada. Al menos en este caso, se está en la reserva activa y, con suerte, en el cupo de la integración para que, llegado el momento, la caída en desgracia del líder triunfante te devuelva el favor de los focos.

En la persecución del Fuego del poder a que hace referencia Ignatieff -el canadiense que pudo ser Troudeau y se consumió en el camino- hay un evidente riesgo a quedar reducido a cenizas en el proceso.

Tejer lealtades, redes de confianza y apoyos en cada puerto, exige de una habilidad más propia de Fouché, un político más maquiavélico que el propio Maquiavelo, que en su vida pasó del sacerdocio al jacobinismo, de ahí a la moderación girondinista y de ahí al caudillismo bonapartista para terminar respaldando a los Borbones en la caída de Napoleón.

Conocer las interioridades del partido, los atajos estatutarios y los rituales consuetudinarios de la organización -para los que tanto curten las juventudes de los grandes partidos por las que un servidor nunca pasó- otorgan valor añadido para medrar, prevalecer y resistir con la virtud de un camaleón que se hace imprescindible para quien sea la estrella ascendente del momento.

Si careces de tales virtudes y habilidades aprendidas, prepárate para la derrota.

La derrota en política es el silencio repentino del teléfono móvil. La soledad del exilio interior y la purga de la agenda, demasiado sobrecargada de contactos que desaparecen de la noche a la mañana.

No hay, sin embargo, ni amargura ni rencor. Si acaso la incapacidad de recuperar la ilusión porque anticipas los recovecos y las miserias del lenguaje y los tiempos políticos con una antelación que mata cualquier misterio. Sabes que no hay reyes magos, y que la infancia termina de modo prematuro cuando te sabes un ser finito, como el villano de El Cuervo cuando descubre que es mortal.

Diez años en política te convierten en un anciano, aunque sigas siendo joven por haber llegado tan pronto.

Pero no en un viejo sabio chamán de la tribu, sino en un veterano de mil batallas en las que el débil, el carente de ambición, el escrupuloso en exceso, el prudente por vocación, queda reducido a cenizas persiguiendo el fuego del Poder.

Puro darwinismo social servido en el cáliz eterno de la ambición y las miserias humanas.

Así fue en el pasado, y así será siempre, aunque la nueva política prometa el asalto a los cielos embridando el corcel de la supuesta Fraternidad que, a su pesarse alimenta de las mismas pasiones de antaño.

Fuego y cenizas.

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