Contra la desafección política: ya sólo vale la osadía

La desafección ciudadana, que amenaza con romper un equilibrio pendular que ha presidido la política española a lo largo de los últimos 30 años, se extiende en medio de un hartazgo ciudadano del que no se libran ni las instituciones antaño intocables. Desafecto anda el país en medio de un mar de incertidumbre y atenazado por la ponzoña que lanzarán los diarios cada día que amanece sobre manejos infames.

En este panorama, en la  batalla librada en la tarde de hoy en el Congreso, la sombra de Bárcenas se manifiesta omnipresente, como un halo que rodea las promesas del Rajoy más empeñado en pasar página, como si ignorar la cercanía del mal nos eximiera de su existencia.

Porque ese es el gran problema de esta España. Por mucho afán que se ponga, nadie puede desprenderse de los lastres de un pasado demasiado cercano en el tiempo como para presentarse como adalid de una regeneración moral, política e institucional que se ahoga en medio del cada vez más ignorado centro de la soberanía de la Nación que es el Congreso.

Las iniciativas tradicionales, las que se construyen en el papel timbrado del Boletín Oficial de las Cortes Generales en forma de leyes, no representan ninguna esperanza real para nadie. Ni las iniciativas que presente el gobierno en tal sentido, ni las que pueda plantear la oposición tienen capacidad real para poner al país detrás de las mismas; para alinear a una ciudadanía hastiada de escuchar demasiados cantos de sirena en forma de reformas legislativas que iban a cambiar la faz del país, debate del estado de la nación mediante.

No se trata tanto de elevar las penas para los corruptos, sino de que la ciudadanía tenga la convicción de que éstos son tratados con equidad respecto a otros tipos delictivos. No se trata tanto de incrementar los mecanismos formales de una transparencia que obligue al cargo público a presentar hasta el certificado de pureza de sangre de su bisabuelo, sino de que en las instituciones no se permitan espacios de opacidad que, a mayor abundamiento, benefician políticamente a los que mejor encubren los asuntos turbios, siempre amnistiados por aparatos que premian, ante todo y por encima de todo, una lealtad perruna que anula cualquier capacidad de acción autónoma y ahuyenta el talento fuera de la política.

La verdadera catarsis no puede proceder de la mera apariencia institucional, que regula la ley, por fino que sea el legislador y mayor sea su pericia para evitar lagunas jurídicas en buen uso de la técnica normativa.

 La auténtica catarsis debe sustentarse en la asunción de que el vigente sistema político-institucional está al borde de la quiebra, probablemente acentuada la deriva por los efectos del colapso económico.

En tanto en cuanto las expectativas de los grandes partidos se limiten a capear el temporal para extender la mano y recoger el premio del gobierno, entregado por puro hundimiento del adversario, ningún debate del estado de la nación, por pomposas que sean las ofertas formuladas, podrá cambiar una deriva que conduce al desastre. En esta España desmemoriada, bien deberíamos recordar a dónde condujo el sistema de alternancia de partidos en el gobierno, allá en la Restauración. También en aquél contexto la monarquía se vio enfangada en el descrédito político que terminaría con Alfonso XIII embarcando en Cartagena con la corona bajo el brazo y el incierto futuro de su dinastía por destino.

Recupero a estas alturas aquélla mención que en cierto momento hice de aquél político norteamericano de nombre Adlai Stevenson: alguien debería ser un poco cobarde en este momento.

Trasladando esta sentencia, y dirigiendo el sentido de este post a quien actualmente extiende la mano para recoger el gobierno como fruta madura caída del árbol, no basta con mantener las raíces podridas que sustentan al árbol enfermo. Confío en que alguien, llegado el momento, sea lo suficientemente cobarde y, hasta politicamente suicida, de renunciar abiertamente a las ominosas prerrogativas que rodean al sistema y le dotan de una falsa, perversa y abyecta estabilidad, como el reparto de asientos en el Constitucional, en el Tribunal de Cuentas, en la CNMV, o en tantos órganos que han abdicado de su función primigenia. En dicha renuncia se podría encontrar un gesto de grandeza moral más valioso que quinientas enmiendas al peso sobre una Ley de Transparencia que nace repleta de agujeros, por los que se colarán futuras interpretaciones torticeras, cuando no abiertamente fraudulentas.

Nadie debiera confundir desafección ciudadana con la democracia con desafección ciudadana con la política. Esta última es un mito construido a partir de la intencionada confusión entre democracia y política.

Es la primera la que se extiende por las calles, amenazando con engendrar monstruos que terminen por devorar la poca savia que aún circula por las venas del país.

Y en España, larga es la tradición de engendrar monstruos.

 

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