Andaban los ilustrados de finales  del siglo XVIII finiquitando la centuria de las luces. Un siglo que había parido a uno de los pocos borbones españoles –Carlos III- dignos de ser recordados por la historia como una honrosa excepción en su linaje.

Floridablanca, uno de los políticos que mejor encarnaron aquél ideal luminario de la Ilustración borbónica, se encontraba al frente de la Secretaría de Estado en los primeros meses de reinado del nuevo rey Carlos IV cuando las noticias de la Revolución Francesa comenzaron a sacudir los cimientos del Antiguo Régimen y golpearon las cancillerías europeas con estruendo y pavor entre sus gobernantes.

Floridablanca era un ilustrado. Pero también un déspota ilustrado, de aquéllos que patentaron con sus actos ese ideal de democracia primigenia basado en la afirmación del “todo para el pueblo pero sin el pueblo.” En medio de las tribulaciones que venían de París, donde los otros borbones veían peligrar corono y pescuezo, el bueno de Floridablanca decidió extender a través de la frontera pirenaica y los puertos españoles un sistema de control político de las ideas que amenazaban con socavar los fundamentos del poder tal como este era concebido. Se acuñó así la expresión “cordón sanitario”, antaño fundamentada en la necesidad de prevenir pestes y calamidades de tal ralea.

Sólo que esta vez, no se buscaba contener la extensión de fiebres que atacaban la carne, sino atajar aquéllas que contaminaban el alma, amenazada con la corrupción de las ideas que se extendían por la Francia revolucionaria.

Algo así pretendió  -a lo que parece y bien merece ser creído-el gobierno en relación a la ya famosa entrevista concedida por Mariano Rajoy a la cadena norteamericana Bloomberg, aprovechando el periplo neoyorquino de un presidente que se arrogó el legado de su predecesor para conseguir un sillón en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Un nuevo cordón sanitario como estrategia para promover apagones informativos en esa España cada vez más ensimismada y desconectada del mundo exterior.

Rajoy no es Floridablanca. A este último le pudo el pavor de lo desconocido y la querencia instintiva por el mantenimiento de un mundo, el que había conocido, que se venía abajo ante la efervescencia de las verdaderas luces que se alumbraban bajo la Declaración de los Derechos del Hombre. De ahí su cordón sanitario, tendido con el fin de evitar un contagio que creía pasajero y fundado en fiebres mentales que, creía el buen hombre,  de hoja caduca.

 A Rajoy y sus gentes, les puede la querencia por el apagón.

Por una desconexión real, no meramente retórica, para eliminar testigos incómodos y controlar lo que se puede ver y lo que no. Su cordón sanitario es mil veces más perverso que el que intentó tender Floridablanca. E igual de inútil.

Lo que intentó frenar el conde murciano con residencia en mi querido Hellín no se podía parar, porque ya entonces, sin redes sociales ni difusión masiva, había Jovellanos dispuestos a esparcir por las tierras de España las semillas de un cambio que aún tardaría en germinar  en este duro suelo asolado por reaccionarios y militares cuarteleros de parada y fajín.

Lo que intentaron frenar las gentes de Rajoy el otro día, con un cordón sanitario con la clave Bárcenas en su frontispicio, no es más que un pobre y miserable intento que retrata las penurias de un gobernante mediocre, asolado por el pánico al tesorero que le emponzoña su retórica vacía de recuperación económica igualmente vacía.

Es lo que tiene la libertad, presidente. No hay cordón sanitario que pueda frenar el espíritu de los tiempos. Por mucho e indecente empeño que pongan los suyos en ello, siempre habrá una rendija por donde sus miserias se ofrezcan al mundo tal cual son: patéticas.

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