CRISTINA, SÉ FUERTE

Fuera de tiempo reglamentario, ahí sigue.

Braceando en mitad de la bronca. Agitando al viento certificados presuntamente absolutorios, sospechosamente condenatorios.

Ignorando en el barullo las tibias llamadas al orden de la Presidenta de la Asamblea para que concluya. Cómo no van a ser tibias, si le debe el puesto.

A la diestra de esta última, según el tiro de cámara, el vicepresidente y otros miembros de la mesa claman por la aplicación justa del reglamento para cortar el micro y retirar la palabra a Cifuentes, que fuera de sí, hincha los pulmones con el aire pútrido del ventilador puesto en marcha por su portavoz, un tal Ossorio que en mitad de su delirio, hasta echó mano del comodín del separatismo catalán para extender la cortina de humo hasta donde fuera preciso.

Gabilondo era Puigdemont, se decía el pobre hombre para sus adentros, como el banderillero que se ajusta la taleguilla con torería impostada para encandilar al tendido antes de ejecutar la suerte.

La escena recuerda a la composición renacentista de un pintor veneciano, de esas en las que el plano se reparte entre una caótica multitud de figurantes para alimentar la imagen de un pasaje bíblico del Antiguo Testamento.

El ventilador del fango sólo acierta a remover el aire viciado de una estancia, el Gobierno de Madrid, en el que los espectros de los los Aguirres, Granados y González danzan cogidos de la mano.

Es Madrid, es Goya, es el jolgorio decadente de la serie negra que pintó el sordo en Burdeos. La romería de San Isidro, bajo el peso del recuerdo de tamayazos, pelotazos, canales y púnicas.

Es la venganza póstuma de los hijos de un tiempo que se resiste a morir en el olvido artificial impuesto por decreto. El de las  renovaciones cosméticas y la tolerancia cero de cartón piedra contra la corrupción que no cesa. La que alimenta a un ejército de termitas entregadas a devorar los cimientos de la derecha capitalina. Con festivales de sobres y abundancia de apellidos compuestos de rancio abolengo, que medran en el capitalismo de amiguetes mientras proclaman su fe eterna en el emprendimiento y el libre mercado.

Esta noche, mientras tanto, un puñado de españoles harán vigilia en alguna sala de embarque de Barajas. Los vuelos baratos salen a primera hora, y la espalda de un veinteañero aún no está castigada en demasía como para no soportar el duermevela de las sillas de plástico. Cargan equipaje de mano, además del facturado, y prenda de abrigo, porque aunque aquí la primavera ya rompa en paseos de árboles en flor y terrazas pobladas de afortunados, a ellos les aguarda un mes extra de frío en otras latitudes y hará falta abrigarse para entregar curriculums en el exilio económico-académico de esta España que expulsa 75.000 al año.

En algún lugar de la maleta llevan una carpeta liviana con certificados de título universitario y el máster que, a ellos sí, ninguna universidad amiga les regaló relajando normas de asistencia y eximiendo de tesina de fin de curso.

A precio de oro, ese postgrado que da derecho a rellenar dos líneas adicionales en el apartado “formación académica” deja un regusto amargo en la garganta. Es la prueba fehaciente de una especialización que el grado universitario no alcanza a dar. De algo ha de valer, se dice.

Pero también es el testamento póstumo de un fracaso. El clavo ardiendo para abrirse camino en esta España cuya sola mención tantas bocas llena de orgullo, como puertas cierra a lo mejor que este país ha dado en generaciones. Un clavo al que habrá que agarrarse allende los Pirineos, porque aquí de nada sirvió. Por eso el regusto amargo.

A la misma hora, la Asamblea de Madrid será un fantasmal campo de batalla de la retórica de los pasos perdidos. No hay huellas físicas del combate dialéctico pero, si uno afina el oído, aún puede escuchar en las paredes el eco mortecino de la palabras de Cifuentes en la ronda de noche del guardia de seguridad. Aún aferrada al atril, mientras el ujier apaga las luces, le retira el vaso de agua y cierra al salir para que los espíritus no se repartan por el resto de estancias.

Allí sigue ella. Inasequible al vacío de la soledad en la que se pierde su palabra hueca.

La palabra que se negó a comprometer a requerimiento de ese caballero de la metafísica, un tal Gabilondo empeñado, qué temeridad, en devolver la decencia a la política, a fuerza de ética hegeliana. Con la razón por bandera para regenerar una institución que a estas alturas requiere más un exorcismo que una cura de moralidad ejemplarizante.

Llegará la mañana, y allí seguirá Cifuentes. Y la tarde, y la noche del día siguiente. Allí sigue su espíritu cautivo, atrapado junto al resto de la cofradía burlesca de una pintura de la serie negra de Goya.

Aferrada a sus papeles timbrados, certificados de la nada sobre un máster que nunca existió. Agitando al viento la prueba de una inocencia robada. Blandiendo teorías conspiratorias y encargando a sus cancerberos que no paren el ventilador hasta que la mierda termine por confundir los sentidos de la muchedumbre anestesiada.

Abrazada a la oportuna prórroga que sirve el cuñado naranja, presto a echar un capote en forma de comisión de investigación que todo lo dilata y confunde.

Entregada al encuentro de una voz familiar de ultratumba, que tarde o temprano, se abra paso entre el revoloteo de las moscas hinchadas de la corrupción.

Una voz que le susurre al oído esas palabras de alivio que tanto anhela: “Cristina, sé fuerte”.

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