CRÓNICA DE LA MUERTE DE UN BECERRO

El vídeo que ilustra este artículo dura 17 minutos.

Más de un cuarto de hora de torpes puntillazos, estocadas y zarandeos que una cuadrilla improvisada de zagales -alguno no tan zagal- propinan a una manada de becerros recién destetados, que tienen problemas para sostenerse sobre sus aún débiles y descoordinadas patas.

Para quien no tenga estómago ni ganas de contemplar esta carnicería desarrollada en un espacio público, financiada con dinero público y ofrecida para todos los públicos -menores incluidos-  había pensado en narrar las fases de la lidia y los momentos de especial sadismo. Pero son demasiados. Entre banderillas, espadazos miserables y puntillas negligentes que sólo prolongan la agonía del animal, he perdido el hilo.

Baste decir que alguno de esos aparentemente misericordiosos puntillazos, dejan paralítico al becerrillo, que se aferra a la vida con la misma mirada pavorosa con la que lo haría un ser humano.

Mugiendo de dolor y llamando a la madre con el último aliento que sale de la boca repleta, de sangre cuajada y espesa, la que se desparrama desde las entrañas. Ya se encarga una de las voces del tendido en recordarnos, con afanosa sapiencia en tales menesteres, que los lamentos del becerro son una llamada desesperada a la madre, un destello de la memoria en busca del cobijo perdido entre las ubres que le dieron la vida al animal.

Aun después de la puntilla, la ceremonia del tormento se extiende hasta la mutilación del animal, aún en vida. Nos lo recuerda el pestañeo reflejo y la desesperación de los cuartos traseros, que se agitan en el aire, con el animal tendido, espinazo en tierra, enmaromado convenientemente a un juego de cadenas que rodean su cornamenta aún tierna. Es en medio de ese pestañeo consciente cuando el último de los maestros de lidia corta las orejas al animal.

Aún con vida.

Si Javier Marías leyera esto diría que me estoy convirtiendo en un perrólatra animalista. Humanizando a una bestia que, en puridad, no es un ser humano. Otorgándole sentimientos, recuerdos y memoria. Llenándola de humana conciencia, al hacerla acreedora de derechos que, strictu sensu, sólo son atribuibles a las personas.

Si así fuera, asumo con agrado el título de perrólatra animalista.

Asumo que no tengo «cojones» para admirar con hombría este ejercicio de sadismo con el que el macho transmite al hijo, desde la noche de los tiempos, la naturaleza indómita del cazador-recolector en su batalla eterna contra la bestia. Por eso el padre entrega al hijo la oreja del animal, tan valientemente sacrificado en un combate librado en tan plena igualdad de armas, como se puede apreciar en las imágenes. Y el hijo, que se hace hombre, posa en el ruedo con el rabo del animal por trofeo  en una mano y una lata de Mahou en la otra.

El tránsito a la madurez. Ya eres un hombre, hijo.

Sólo espero que nadie me salga por peteneras, recordándome que también como pollo y cerdo, y que callo ante el sacrificio industrial, ante la matanza cotidiana procesada  de estas especies,  criadas para ser pitanza carnívora de nuestra estirpe. O que la expresión cultural de un pueblo a través de sus tradiciones inveteradas, ampara estas ceremonias bajo el manto protector del respeto a la costumbre.

No tengo ni tiempo ni ganas de rebatir sandeces en tan poco espacio. Me quedo con los hechos.

Tormento, martirio y sacrificio de una cría recién arrancada de su madre, torturada lentamente delante de una masa entregada al vodevil. Sangre caliente que se escapa a chorros por la garganta, tan pronto como el acero atraviesa el lomo del becerro indefenso. Sangre que inunda el albero y precede a la mutilación y el tiro de gracia final.

Qué más da que el pueblo sea este o aquél.

Si omito aquí el nombre no es por atenuarle el oprobio, sino porque becerradas de tal pelaje hay muchas y en muchos puntos de la geografía interior española y no sería justo cebarse con este en concreto.

El patrón común a todos esos puntos del mapa parte de la idea de que sin toros, o algo que se le parezca, no hay fiesta que valga en el pueblo. Ni siquiera sirve la lidia tradicional, demasiado cara y formal. Es preferible una versión por aproximación, con una escenificación golfa de cartón piedra y figurantes en el papel de primeros espadas, alguaciles, subalternos y matarifes.

Una liturgia por imitación, grotesca y deforme, en la que lo único real es la sangre de la cría sacrificada delante de  mil pares de ojos ebrios de sorna. Para ellos la algarabía y la fiesta primero; la reacción airada contra los denunciantes después, que «ofenden al pueblo y sus tradiciones».

Para nosotros el oprobio y la vergüenza de explicarle al mundo que España es algo mejor que esto.

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