Crónicas de la Historia Olvidada: Arrash, El veneno que caía del cielo

Cada país tiene una su oculta crónica negra; un limbo en el que enterrar bajo el silencio y el olvido hechos que avergüenzan a posteriores generaciones y que, de cuando en cuando, conviene recordar si quiera por pura humildad y toma de conciencia de lo que somos y hemos sido en un pasado no tan lejano.

Hace unos meses, el ministro del Interior de este gobierno, Jorge Fernández Díaz, llevó al consejo de ministros la concesión de la más alta condecoración militar de nuestro país a una unidad que se distinguió por su valor en medio del Desastre de Annual, durante la última aventura colonial española más allá de nuestras fronteras, en el Rif, al norte de Marruecos.rif 4

Cuestionar el merecimiento y la oportunidad del reconocimiento no es objeto de estas líneas. Quien conozca la historia de aquél humillante desastre, al margen de apelaciones patrióticas a la bandera y bajo la lógica de aquél tiempo, podrá comprender el los motivos del tardío homenaje a un grupo de soldados que literalmente se sacrificó para cubrir la retirada de sus compañeros, en medio del pánico, la cobardía o la desidia de muchos mandos.

La Historia, sin embargo, no es algo que se pueda recuperar a beneficio de inventario, eliminando y enalteciendo momentos que nos avergüenzan o nos parece justo rememorar según convenga al responsable de turno.

En su conjunto, la Guerra del Rif fue no sólo una masacre innecesaria. Es esencial para entender los sucesos futuros que acontecieron en España, desde la caída de la monarquía hasta la guerra civil o la dictadura franquista, con el perenne recuerdo de la guardia mora que escoltaba con pompa y aureola  dictador que conquistó su misticismo en aquellos peñascos.DOCU_GRUPO

He leído mucho sobre aquélla locura, quizás intentando comprender cómo en plazas y calles de toda la geografía quedaban recuerdos físicos, en forma de monolitos y monumentos como en mi propio pueblo, La Roda, pero no había rastro de recuerdos nítidos en la memoria. Y en esos libros, me encontré con gestas y miserias, relatadas a través de ensayos como los  de Juan Pando, Rosa Madariaga, Manu Leguineche, o de ficción como los de  Lorenzo Silva.

Cuando el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, recuperó la historia de Annual para conceder medallas, me acordé de unas declaraciones realizadas por él mismo meses antes, cuando moraba en la oposición y Trinidad Jiménez era ministra de Asuntos Exteriores. Decía Fernández Díaz que no era menester reexaminar sucesos históricos acaecidos ochenta años atrás, en referencia al posible reconocimiento por parte del gobierno Zapatero del uso de armas químicas en aquélla guerra olvidada contra población civil.

Sí, nostros también usamos armas químicas.

No es este un post sobre memoria histórica, ni quiero que se entienda en clave netamente política, aunque no pueda resistir la tentación de criticar la cínica doble moral de quienes gustan apelar a la Historia por motivos de estricta conveniencia política.

Es más bien un desahogo contra el olvido y la desmemoria histórica de un país, el nuestro, que no está en paz con su pasado, ni aun echando la vista más allá de la guerra civil y las heridas abiertas de las que somos testigos hoy en día en monolitos, callejeros o fosas sobre las que se tendieron paletadas de arena y olvido sumarísimo. Cuando hoy nos escandalicemos (o al menos debiéramos hacerlo) sobre el uso de armas químicas por asesinos en el poder, como en Siria, sería menester recordar hasta qué punto fuimos, como europeos de segundo orden pero europeos al fin y al cabo, alumnos aventajados en guerras sin cuartel, libradas sobre ese nuevo concepto táctico, el de la guerra total,  del que los nazis serían alumnos aventajados poco tiempo más tarde.

Sobre las yermas laderas del Rif, cayeron bombas de yperita, de gas mostaza, de fosgeno y de difosgeno. No quedan huellas, ni testigos vivos, más allá de algún anciano entonces niño en medio de aquél infierno, al que los rifeños bautizaron como Arrash (veneno), que llovía del cielo matando gente y rebaños de ganado, único sustento de aquélla pobre gente.

Pero debería quedar algo más que la memoria selectiva para enfrentarnos a nuestro pasado, sin complejos a la hora de reconocer que, aun en medio de una guerra absurda y criminal como aquélla, nosotros también rompimos la incipiente legalidad internacional que prohibía el uso de agentes químicos como los que España dejó caer del cielo en nombre de la patria.

 

 

Facebook Comments

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.