Me vais a decir que exagero.
Pero estoy convencido de que sin lugares como el Grey, de La Roda, hoy no habría matrimonio igualitario en España, ni normalización de la homosexualidad, ni equiparación de derechos.
Para los que seguís este blog y no tenéis ni idea de donde está La Roda, o para los que, por edad aun siendo de allí o del entorno, sólo hayáis oido historietas de vuestros padres sobre ese mítico lugar en la calle Hernando de Perona, sólo os diré que el Grey fue una ventana de libertad que dos gays con un par abrieron en mitad de La Mancha a mediados de los ochenta y que se convirtió, con el paso de los años, en una leyenda.
Si me permito este pequeño homenaje al Grey en este blog, no sólo es por un ejercicio de nostalgia personal. Fue el primer lugar en el que trabajé, en el que coticé para la Seguridad Social. En mi informe de vida laboral, hay un salto entre aquél garito y el Congreso de los Diputados. Sólo era un trabajo de fin de semana poniendo copas, mientras hacía Derecho. En ese salto surrealista en la base de cotización también quiero ver un símbolo del cambio de los tiempos, ahora que parece que la nueva política ha inventado la transgresión. Amigos, de Podemos o Ciudadanos, permitidme este ejercicio de nostalgia egoísta para poner en vuestro conocimiento que yo también puedo tirar de simbolismos como el citado en primera persona.
Lo repito. Sin lugares como el Grey, no hubiera habido matrimonio igualitario en España, y puede que la reforma de Zapatero hubiera llegado una década más tarde, a rebufo de los alemanes y no a la inversa, como felizmente ocurrió.
¿Por qué sacralizo la importancia de aquél lugar? Sencillamente porque contribuyó a construir un relato de normalidad transgresora allí donde tradicionalmente ha sido más difícil romper diques de contención de la moralidad imperante. En la España interior, en la España vacía a la que tan magistralmente ha puesto voz Sergio del Molino. Haciendo extensión del paralelismo entre la España que aventaja en diez años a la avanzada Alemania en la normalización de las uniones homosexuales, la España interior aprendió a normalizar la homosexualidad de una forma inesperada, casi imprevista. Por una vez, esa España de provincias, silenciosa y cadenciosa en la siesta, la tradición y la costumbre, abrió de cuajo el armario de muchas verguenzas enterradas bajo siete paladas de tierra en un ataúd de silencio.
El Grey ayudó a cambiar la visión de mucha gente en aquél pueblo de la Mancha. Gente que no tenía porqué sintonizar en exclusiva con la socialdemocracia o la izquierda. Gente que votaba entonces y sigue votando al PP, a Ciudadanos o a quien les de la real gana. Pero gentes que, a fuerza de cantar el A quien le importa a grito pelado en aquéllos sábados inolvidables del Grey, entendió la lucha de José Modesto y de Eugenio. Y de tantos otros homosexuales de pueblo a los que la modernidad de Chueca les quedaba tan lejana como a los gays de entonces les parecería el Village de Nueva York o el Castro de San Francisco.
Gente que, hoy en día, aún siendo votante conservador en un pequeño pueblo de la Mancha, no entendería que un gobierno conservador como el que tenemos en España, diera marcha atrás al reloj de la historia y tumbase la posibilidad del matrimonio homosexual.
Fue aquélla transgresión cotidiana la que ayudó a reventar las costuras de una moral aquietada por el paso del tiempo. La que llenó de color y vitalidad tantas celebraciones  paganas sin las que hoy mi pueblo, La Roda, hubiera sido mucho más gris. Bien lo saben los carnavaleros del lugar, sin ir más lejos.
Para mí el Orgullo Gay tiene ese rostro. El de los homosexuales de pueblo. Los que tuvieron que echarle lo que ya saben para vivir su sexualidad sin el manto protector de la ciudad, en la que todos los gatos son pardos y las callejas amparan la caricia de la promiscuidad urbanita.
Muchos me preguntaron tantas veces sí yo también lo era o lo fui. Gay, se entiende. Cuatro años, toda la carrera, echando mis fines de semana en aquél antro de perdición, daban para leyendas urbanas soterradas que alimentaban cuchicheos. Confieso que terminé por encontrarle el gusto a esos susurros. Incluso aunque mi novia de entonces también ponía copas en el bar de la competencia, calle arriba; incluso si venía a recogerme al acabar cada noche. Incluso si tuve que decir que no con una enorme sonrisa de rechazo a las insinuaciones libidinosas de algunos que buscaban cambiarme de acera.
No sabes lo que te pierdes, me decía Jose de cuando en cuando, con sonrisa pícara, mientras mi chica le marcaba el territorio con una mirada amenazadora y burlona.
El Grey, y tantos Greys de España, hicieron más decente este país.
Ayudaron a una generación entera de hombres y mujeres a cruzar la frontera de la asfixia social y la incomprensión, tanto más cruel cuanto más reducido es el espacio geográfico en el que se vive.
Jose Modesto y Eugenio estarían orgullosos de esta España. Me los imagino capitaneando una de las carrozas que ayer desfilaron por la Gran Vía. Y gritándole al mundo entero que, por una vez, la España interior, la de pueblo, ayudó a reventar los armarios, llenando de normalidad y comprensión lo que tantos otros habían creído poder reprimir bajo el peso de la asfixia.
Pd.- Rotera, Antonio…. dadle caña a Alaska. Y que bote el personal….”Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré… a quién le importa”.
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