Con el crucifijo en una mano y el BOE en la otra.

Siempre fui a la escuela pública. En La Roda, en el José Antonio –sí, aún conserva tal nombre- y en Palma de Mallorca, donde hice la mayor parte de la EGB, hasta que avatares de la vida nos trajeron de nuevo a La Roda para terminar octavo en el Juan Ramón Ramírez –la Báscula de toda la vida-.

De todos los recuerdos que uno alcanza a mantener a salvo del olvido en un rincón de la memoria, hay uno que me sirve para hilar este post, a propósito de acontecimientos recientes que justifican este viaje al pasado. Encima de la pizarra, o a la diestra, sobre la mesa del maestro, el omnipresente crucifijo, compartiendo protagonismo con el retrato de un rey todavía joven, que se alojaba en la pared a la vera del Dios padre hecho hombre, en justa correspondencia con el sagrado papel que por entonces tanto se estilaba en concederle al hacedor de la democracia.educ3

Un cuarto de siglo después, el rey ya no parece tan santo. Se abrió la veda, y entre cacerías, yernos de poco lustre, oscuros negocios de familia y rubias alemanas que convierten las leyendas urbanas en tristes realidades, la foto del rey en las aulas pierde aquél halo misterioso de un tiempo en el que se bautizaron millones de juancarlos y felipes en esta España nuestra.

Lo del crucifijo es distinto, y más desde que el gobierno se aferró a la sotana para impulsar una reforma educativa que devuelve a la religión al lugar que algunos consideraban ya perdido. Si se diera a Dios lo que es de Dios, y a César lo que es del César, como reza el Nuevo Testamento, no habría que confiar en el legislador para regular asuntos de conciencia como los que aborda esta ley. Sacralizar las aulas, revestir de nuevos oropeles al omnipresente crucifijo o evaluar la religión como las matemáticas, la física o la historia, en un país con un 27% de paro, no hará que las iglesias se llenen de fieles o las vocaciones aumenten para ingresar en conventos y seminarios.

Es algo que nunca van a terminar de entender. Cuánto más énfasis pongan a través de la norma parlamentaria o la coerción publica en imponer una moral ciudadana hecha a conveniencia de la Santa Sede, mayor será el rechazo de una sociedad que habla otros lenguajes y requiere de otras respuestas.

La Iglesia en este bendito país, impulsora en la sombra o en la luz del disparate educativo de la LOMCE, sigue buscando el cobijo de las covachuelas del poder para encontrar un espacio que ha ido perdiendo a pulso, empeñada en esconder sus contradicciones en perversos ataques de una izquierda demoníaca que actúa por venganzas guerracivilistas.

Y en su enfermiza lucha contra el tiempo, la educación es un terreno propicio, a su modo de ver, porque es ahí, en la infancia hacedora de conciencias, donde puede librar una batalla –perdida- para lo que un papa tras otro ha considerado reevangelización de esa España abandonada al caos y el desorden moral del aborto, el matrimonio homosexual o el divorcio exprés.

Vuelvo con la memoria a aquéllos tiempos de bocadillo de chorizo revilla envuelto en papel albal de toda la vida, de cromos de Hugo Sánchez, Urruti y Goikoetxea y canicas en el bolsillo. En  clase, bajo la constante presencia del crucifijo, escucho a Don Matias, mi profesor de ciencias sociales, dando la lección sobre la conquista de América en el siglo XVI. Nos habla de Fray Bartolomé de las Casas, un sacerdote y teólogo dominico, que levantó su voz contra el trato dispensado a los indios por aquéllos conquistadores que imponían la cruz a sangre y fuego en el Nuevo Mundo, y padre de un pensamiento filosófico que entronca con la noción contemporánea de los derechos humanos.

Casi treinta años después me pregunto por qué en las clases de este bendito país, el crucifijo sigue siendo la obsesión para todos aquéllos que ven el fantasma del ateísmo en cada decisión de política educativa basada en la pura racionalidad. Y me pregunto todavía con más fuerza, porqué las aulas no están repletas de retratos de Fray Bartolomé de las Casas, de Einstein, de Martin Luther King, de Marie Curie o de Goya.educ 1

Y vuelvo una y otra vez al punto de partida. A ese bucle melancólico de una derecha empeñada en alentar contrarreformas que salvaguarden, a golpe de BOE, la moral cívica con victorias simbólicas, como la excelencia curricular de la enseñanza de la Religión o el mantenimiento del crucifijo en las escuelas públicas. Pírricas victorias, porque no hay mayor derrota que tener que recurrir a la Ley, a la norma escrita de los poderes públicos investidos de terrenales y coyunturales mayorías, para consagrar una moral ultraterrena.

El crucifijo.

Y la letra, del BOE, que no entra con sangre pero se hace sangrante en el país de los 6 millones de parados.

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