DARSE LA MANO

En la Edad Media, los caballeros solían darse la mano con la opuesta al lado de su cuerpo del que colgaba la espada. Se aseguraban así de que, en tal trance, ninguno de ellos recurría a la empuñadora con presteza traicionera.

La democracia está llena de convencionalismos.
Uno de ellos, es el del diálogo. A veces diálogo hueco, de sordos, estéril, inútil, inservible. Una pose, si se quiere. Una puesta en escena vacía de contenido concreto. Pero son esos formalismos los que crean tradiciones, que a su vez se asientan en costumbres.
Lo importante es que se habla. Que se debate. Y que se muestra al público ese debate, con fines casi terapéuticos. Como parte de un inmenso teatro de hipocresía, sí. Todo lo que ustedes quieran. Pero es que hasta ahí, hasta la puesta en escena, llega la grandeza de la democracia.
Hoy, a estas horas, las redes echan humo con la imagen del vídeo de Rajoy negando el saludo a Pedro Sánchez. Es un instante. Sólo cinco segundos a lo sumo. Pero en esos cinco segundos, hay tanta historia de España condensada como kilómetros de legajos conserva el Archivo de Indias.
Es el desdén concentrado en un instante.
Es la incapacidad para asumir los usos parlamentarios democráticos.
Es la impotencia para captar el espíritu de un tiempo en el que se dialoga con el adversario, aún para constatar que no se está de acuerdo ni se estará.
Es la respuesta al porqué Rajoy se escondía tras un plasma o porque salía por la puerta de atrás del Senado cuando se le preguntaba algo inconveniente.
Es el gesto que explica un universo de prioridades, con corruptos que aseguraban mayorías de partido elevados al rango de amigos del alma, y adversarios con los que se escenifica la altanería de quien se siente hurtado en el cargo al que tiene derecho de natura.
Es el lenguaje corporal de un hombre que vive fuera de su tiempo.
Darse la mano es algo más que un gesto. Es un mensaje al conjunto del país. A todos aquéllos con quienes no compartimos ideología, de quienes no esperamos que cambien su forma de pensar y mucho menos el sentido del voto. A todos aquellos con los que, no obstante, convivimos con cotidiana normalidad, porque son nuestros vecinos, nuestros clientes, nuestros proveedores, nuestros maestros de escuela, nuestros taxistas, nuestros jefes. Son ese conjunto invisible de reglas de urbanidad, cuya ausencia conduce a la gente al impulso de arrancarse la cabeza a garrotazos como en el cuadro de Goya, como tantas veces se hizo en la historia de ese cuarteado país que es España.
De poco sirve ahora explicar el gesto con peregrinas justificaciones, como la de que ya se habían dado la mano en privado. Que la excusa provenga de alguien a quien se le supone versado en la experiencia de los formalismos de la política internacional, en foros en los que los segundos niveles mantienen los contactos y cierran acuerdos, dejando a los líderes como un mero apéndice de los reuniones de alto nivel, sólo añade más torpeza a la torpeza..
Hoy Sánchez se ha desarmado, como los caballeros que se daban la mano en la Edad Media, ante alguien que prefirió hacer el gesto de abrocharse la chaqueta, que es lo más parecido que ha encontrado Rajoy al ademán de desenvainar la espada frente a un oponente indenfenso.
Bendito mandoble el que le ha caído a Pedro Sánchez. Una estocada de desdén, de impostada chulería, de condescendencia nobiliaria con el plebeyo que encarna la peor pesadilla del registrador de Santa Pola.
La pesadilla de tener que entregar los bártulos, por encargo del Rey, a un personaje con la misma baraka que un día bendijo a Zapatero.

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