De banderas, cadenas y diadas en tiempos de penuria y pobreza.

Ya pasó la diada.

Y el día después de la famosa cadena humana deja un reguero de fotos, declaraciones y salidas de tono más o menos escandalosas.

Vamos lo normal y previsible en la política panfletaria y desnuda de toda hondura que se practica en nuestro país al calor de la consigna que tanto ayuda a esconder carencias intelectuales como las que encarna un Presidente de la Generalitat que se cree Martin Luther King o de vicepresidentas empeñadas en emular a Nixon con sus estúpidas referencias a mayorías silenciosas.

Siempre me he declarado internacionalista convencido. Es más, por encima de adscripción ideológica o política, me precio de mantener esa seña de identidad emocional que me lleva a mirar con cierta incredulidad a todos los que empeñan su vida a la defensa de un imaginario de fronteras, límites y glorias pasadas. Por eso mantengo un tono crítico respecto a la reivindicación catalana. No tanto por lo que piden -una consulta que aquí, en la Gran Bretaña en la que vivo, ya se ha articulado para Escocia sin el dramatismo apasionado que desgarra nuestra piel de toro- sino por la posición en la que quedan todos los actores que, abdicando de toda sensatez, han terminado por llevar este asunto al absurdo dilema que se plantea en el horizonte.

Como en el terreno de la historia me muevo con más comodidad, y este conflicto se reviste habitualmente de fechas y afrentas del pasado como la de 1640, 1714, 1936 o 1978, empezaré por recordarle al consejero de cultura de la Generalitat que, como español, no me siento partícipe de una anomalía histórica llamada España. Me siento español sin hipotecas. Sin tener que lucir estéticas estrafalarias o trasnochadas que me identifiquen con un cavernícola tardo-franquista. Y, sobretodo, sin necesidad de afrentar a los demás por haber nacido en territorios a los que el imaginario cool y una falsa modernidad capitalina, califica de paletos de provincias.

A decir verdad, tan orgulloso me siento de decirme español como de decirme albaceteño de La Roda para más señas. Y no por ello me siento históricamente anómalo o integrante de una tribu inculta que parece vivir entre carajillos, gusta de los toros o tira las cabezas de las gambas al suelo de la barra de un ruidoso bar de La Mancha.

Si digo esto, es porque hay mucho cautivo del tópico que disfraza a España de lastre cutre  frente al dinamismo de una Cataluña que, por arte de gracia, transforma a sus moradores, sean hijos de extremeños o manchegos, en dinámicos publicistas que lucen gafas de pasta, escuchan a Bjork, disfrutan del arte de vanguardia frente a la vulgaridad que campa por el sur del Ebro y esconden, tras comunes apellidos Sánchez, López o Martínez, un sorprendente fervor independentista alimentado por el grito del Madrid nos roba. Aunque sean recién llegados.

No, mi querido amigo gafapasta.

 Pujol os roba. Millet os robaPallerols os roba. El alcalde de Santa Coloma os roba.

No creo que desde Albacete o Extremadura se os esté robando. Pero algunos de los que si lo hacen, y que acabo de mencionar, estrechaban vuestras manos en la cadena. De eso hablo cuando hablo de internacionalismo. Tengo más en común con un buen lituano que con un mal español. Y viajar por el mundo ayuda a ver esto mejor.

Ser español no me hace cómplice de los cafres que invocan el nombre de mi país para hacer salvajadas de otro tiempo, como las que vimos ayer en Madrid al calor de las mismas banderas que algunos centro-reformistas siguen defendiendo con tanto ardor en noches de fiesta en las que se desatan las pasiones ocultas o en reflexivas visitas al Valle de los Caídos, y que luego escenifican moderación en el Comité de Nuevas Generaciones del que forman parte.

No luzco la bandera en coches, llaveros y camisetas porque no me da la gana. Ni me emociono por decreto con el que viva España de Manolo Escobar en noches de jarana. Y eso a nadie le da derecho a tildarme de cobarde o enemigo de España.

Creo en el entendimiento mutuo que una geografía caprichosa se empeñó en unir al calor del Mediterráneo y llenó esta península de gentes, lenguas y culturas diversas que todos deberíamos conocer y respetar sin tener que excusarnos por ello.

Y maldigo el día en el que los populistas de pacotilla se llenaron la boca de tópicos, insultos, boicots a Cataluña, recogidas de firmas contra estatutos y afrentas varias para llevar este conflicto al terreno en el que siempre se sintieron cómodos: el de la España cainita que habrá de helarnos el corazón tarde o temprano.

A la otra, a la España posible, ya la enterraron quienes más decían defenderla, de tanto como invocaban su nombre mientras la mataban de hambre.

Por cierto. A un lado y al otro del Ebro.

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