De Gibraltar, testosterona y diversión patriótica para la plebe.

Cádiz, octubre de 1805.

El barómetro indicaba bajas presiones a días vista. Y aquélla casta de marinos doctos en ciencias que la naútica española había parido de la nada en los últimos años sabía del mal fario que acompañaría a la escuadra si abandonaba el seguro fondeo del puerto de Cádiz para echarse a la mar y desafiar a los ingleses no sólo en inferioridad técnica, sino con el viento jugando en contra.

Gravina, el comandante de la escuadra española, aun subordinado al jefe de la combinada, el gabacho Villeneuve, tenía en su mano las cartas para frenar el desatino de plantar batalla a un enemigo más versado, mejor equipado y al que encima favorecerían las condiciones de una mar que empezaba a picarse al caer la tarde del 18 de octubre de 1805. Sin aun con el concurso de los 15 barcos españoles sobre los que tenía autoridad el bueno de Gravina, pocas opciones de victoria tenía la escuadra, ninguna tenían los 18 buques franceses si decidían enfrentarse por sí solos a los 30 navíos que enarbolaban la Union Jack.

 El barómetro está bajando, ¿acaso no lo ve vuestra merced?.- Inquiere con certeza racional el almirante español, sabeedor del desastre al que se enfrentan si optan por salir de puerto con tempestad a la vista y viento arreciendo de Levante.

Gravina  sabe que el viento del estrecho juega a la contra de quien se adentre en alta mar desde el este, o sea la combinada franco-española. Y que favorece este hecho a quien encare desde el oeste. O sea los ingleses. Y que bastante ventaja tienen los casacas rojas, en munición, cañones, marinería y oficio marino, como para entregarles, así a huevo, la ventaja infinita del favor del viento.

  Aquí lo que baja es el valor. responde el almirante francés, henchido de grandeur, para picar la moral del bueno de Gravina, que encorajinado ante la directa acusación de cobardía, contesta, picado en su orgullo y la mirada clavada en el mequetrefe francés:

–  A la mar mañana mismo.

Y así, en  cinco palabras, queda sellado el destino de más de 3.000 hombres que, en cuestión de horas, irá escupiendo el mar sobre las costas de Cádiz, muertos entre tablazones de madera de los buques que se tragaron las profundidades a cañonazo limpio, en la carnicería final que entierra el imperio y sume a la pobre España en la decadencia decimonónica de la que trae causa nuestro atraso endémico.

Derrota dulce si se quiere, plagada de heroísmo, valor sin medida y derroche de arrestos entre una marinería que no era tal, y que se batió con bravura por el arranque extemporáneo de coraje de un buen jefe al que le nubló la vista la chulesca provocación de un insensato como Villeneuve.

Pero derrota al fin y al cabo, como casi todo lo que han enfrentado armas y diplomacia española en los últimos dos siglos.

Permítaseme el paseo por Trafalgar y la historia sembrada de tragedias de las aguas del estrecho, para hilar pasado y presente a cuenta las desdichas que se están sembrando en estos días a la sombra de un peñón que, de cuando en cuando, nos devuelve el sabor añejo de una historia repleta de testosterona varonil y patriotera como la que nubló la razón del pobre Gravina aquél aciago octubre de 1805.gib3

Anda la canallesca de la derecha patria revuelta estos días  a cuenta de las trifulcas en torno a la roca de la discordia. Bien saben, a fuerza de releer la Historia, que no hay nada mejor para enterrar las miserias domésticas que construir y magnificar un conflicto como el que brinda Gibraltar, con el perenne recuerdo de los intentos de conquista, de desafíos a la Royal Navy, de afrentas en carne viva, violaciones flagrantes de Tratados borboneados a cambio de ganar el trono o retórica franquista contra la pérfida Albión.

Como, ocasionalmente, estoy residiendo en territorio enemigo, encomendaré mi suerte al raciocinio que parece faltarle a los padres de la diplomacia española, los mismos que queriendo estrangular Gibraltar, se pegan un tiro en el pie machacando la economía de la Línea y su comarca.

Y confiaré en que los Gravinas de nuestro tiempo no sientan nublada su vista por la huevina y la testosterina que los Marhuendas de turno reclaman para que al final  -después de seis millones de parados, del dinero regalado a la banca para que siga especulando en mercados financieros como el de Londres, de Bárcenas  o de las miles de familia que se quedan sin depedencia, sin becas para sus hijos o sin sanidad pública- tenga que ser el puñetero Peñón, con ese pestazo  al peor Torrente de Santiago Segura, el que despierte a un país herido de muerte del sopor veraniego.

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