¿Cuándo perdiste el favor del aparato?

¿Cuándo te diste cuenta?

¿Fue acaso en los eventos del poder institucional, en los vinos de honor, en las inauguraciones, en los pequeños fastos de provincias?

Ahora lo ves todo más claro. Los silencios repentinos en los corrillos, en cuanto hacías acto de presencia. O el mal disimulado cambio de tema entre las élites que un día lejano te hicieron partícipe de sus confidencias. Súbitas miradas huidizas,  torpes e improvisados cambios de tema. La extraña inconveniencia de tu presencia donde antes eras bienhallado.

La gloria, como en el consulado romano, es efímera. Y sólo un puñado selecto consigue el favor del líder para prevalecer contra viento y marea. En la derrota, y en la victoria.  Son los primeros en clamar cuando corresponde que hay que reflexionar cuando vienen mal dadas y que agarran papel y lápiz en la noche electoral venturosa para dibujar el reparto del poder cuando la victoria todavía está caliente, ajenos a la felicidad mundana de la tropa reunida delante de la televisión que confirma el triunfo.

Son los imprescindibles.

Son pocos. Muchos menos de los que los ciudadanos, azorados por sus cuitas cotidianas, creen. No ocupan ministerios y, en muchos casos, subsisten en cargos de poco lustre, alejados de departamentos ministeriales autonómicos o a la cabeza de organigramas masivos. El poder no se mide por la cantidad de nóminas que dependen del consejero, o el número de altos cargos que tiene derecho a nombrar en su equipo.

De hecho, a muchos de ellos, el equipo le viene configurado de serie, con la intermediación de esos terminales invisibles en provincias. Invisibles para todos, excepto para el nombrado, a quien se le recuerda desde el principio a quién debe su nombramiento.

Los imprescindibles no yerran nunca.

Ni cuando descabalgan alcaldes incómodos a mitad de legislatura, para situar a un futuro perdedor al frente con el argumento de que las encuestas internas -ese animal mitológico- le eran hostiles al caído, ni cuando apuestan por referentes estelares del momento que devienen enanos de plastilina una vez cumplen su función de adecentar una lista con el mantra de la renovación.

Los imprescindibles capitalizan el recuerdo de la victoria.

Y ofrecen un espejismo vaporoso de  orden cósmico que les hace útiles en todo trance. Casi una quimera imaginar la vida orgánica sin ellos, que lo han sido todo. Que lo siguen siendo y que, inasequibles al desaliento, incluso en edad de jubilación tienen hilo directo con los pasillos enmoquetados para canalizar gestiones y promover discípulos que perpetúen su recuerdo.

No los busquen encabezando listas.

Sólo en tiempos de auténtica penumbra, cuando no queda más remedio ni hay alcaldable con trazas de mirlo blanco que asuma el papel de seguro perdedor, pondrán su cuerpo y su rostro en lo alto del cartel que cuelga en las farolas de la precampaña.

Culparán de la segura derrota, si esta llega, a la “situación nacional”.

A “la ola contra la que era imposible luchar”. Apelarán esa misma noche a la necesidad de una reflexión profunda, a que no hemos sabido comunicar el mensaje y a que no se pueden individualizar culpas. Que eso sería mezquino y no ayudaría al partido. Luego esbozarán la idea de una necesaria actualización programática y al ineludible debate de las ideas en un congreso o en una conferencia política.

El argumento de “la ola contra la que era imposible luchar, deviene en excusa de perdedor cuando lo utiliza el enemigo interno al que hay que liquidar. En tal escenario, no habrá variables exógenas que valgan. La secuencia de los hechos conduce, invariablemente, a la pérdida de la portavocía del candidato y al realineamiento del grupo político con el imprescindible que tanto hizo por guardarse un puesto en la candidatura.

Es ahí donde tienen que buscar a los imprescindibles.

En algún lugar de una candidatura municipal, entre el segundo y el séptimo puesto, dependiendo del número de concejales que elige el municipio y que, razonablemente, serán el seguro suelo del partido en las elecciones. No tan alto como para asumir el golpe de la derrota si se produce, ni tan bajo como para quedar fuera del reparto.

No es cierto que los imprescindibles no tengan principios.

De hecho, tienen uno que suple todos los demás. Son leales. Mimetizan su esencia con el partido hasta asumir, en una secreta comunión mística, que no hay futuro sin ellos en la organización. Se lo creen, y eso les honra. La autoconvicción, ya dijo Sun Tzu, es la clave de la victoria en la guerra.

Llámenme resentido.

Lo asumo.

Si lo fuera, soy un resentido que pone su pluma y su blog, que es lo único que le ata en la distancia a la política, a las siglas y las ideas a las que he sido leal, aunque me haya cansado de adorar ídolos caídos. He azotado, muchas veces con espíritu inmisericorde, a los rivales a diestra y siniestra. Con lealtad al gobierno en todo trance, con aquélla convicción de la que hacía gala Adolfo Marsillach para ilustrar su fidelidad de voto socialista. “No porque se funda una bombilla voy a dejar de creer en la electricidad”.

Pero  cansa la omnipresencia de los imprescindibles.

Porque son una anomalía histórica en estos tiempos en los que todo se ha hecho fugaz excepto su persistente presencia.

Veo en la distancia como envejece mi ciudad, la erosión imperceptible del paso del tiempo en edificios, calles y negocios que cambian de manos.

Sólo los imprescindibles, los contingentes, me reconcilian con la utopía infantil de la inmortalidad. De la subsistencia contra modas y liderazgos pasajeros que avalan con la misma fiereza con la que abjuran.

Sin piedad.

Su estampa en los medios se me hace pétrea, sólida. Más calvos y más gordos. Pero siempre en la segunda línea del poder, lanzando a la infantería al combate y guardando la ropa en la seguridad de la trinchera.

Una infantería que muere dichosa. Dulce et decorum est pro patria mori.

Te preguntaba, compañero, en qué momento te diste cuenta de que no eras un imprescindible. De que no pertenecías a la casta de los brahmanes inmortales.

Puede que la respuesta esté ahí. En las pequeñas desatenciones a tu vanidad herida pero voluntariamente reprimida, queriendo consolarte en el hecho de que en las listas seguirías estando, como siempre.

Ignorando las señales que no quisiste ver para evitar confrontar la realidad. En reuniones en las que de repente, dejaste de ser un referente comarcal. En el silencio cada vez más espaciado del teléfono móvil o en la mueca de hastío con la que se recibía tu concurso en actos en los que comparecías por sorpresa y sin invitación, en vinos de honor por donde corre la sangre del Poder.

Conviene que asumas que la cofradía de los imprescindibles es mucho más que un clan cerrado a tu concurso. Y que la fortuna, que hoy te sonríe, te dará la espalda algún día, cuando el viento helador de la derrota derribe tu puerta.

Por más que apeles a antiguas complicidades. No se te perdonará la tibieza. Y como a Fredo en El Padrino, la venganza te alcanza en mitad del lago, sentado en la barca.

Sólo entonces te abrirán la puerta en la cofradía de los resentidos.

Tú, que tan cerca estuviste del Sol.

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