De Zweig a Judt. Una historia de la decadencia europea.

Si alguien me preguntase cuál es el libro que mejor relata la historia de Europa en la primera mitad del siglo XX respondería sin dudar “El mundo de ayer”, de Stefan Zewig. Eso creo que ya lo he dicho en este blog en no pocas ocasiones. Ahora, si alguien me preguntase sobre el libro que mejor retrata la segunda mitad del siglo XX en Europa no podría evitar recomendar “Posguerra” de Tony Judt.

Zweig y Judt son, en cierto modo, dos referencias intelectuales paralelas. Ambos judíos, ambos profundamente devotos de la Europa cosmopolita; ambos –o al menos sus inmediatos ancestros en el caso de Judt- alienados de la región en la que nacieron para echar raíces o dejarse morir –en el caso de Zweig- lejos de la tierra que les vio nacer por causa del antisemitismo atroz en la Europa Central y Oriental.

Zweig representa la soporífera paz vienesa de la preguerra del 14. Ese universo de brillante decadencia del Imperio de los Habsburgo, en el que la placidez aburrida de una sociedad pétrea y estratificada, aportaba una sensación de seguridad colectiva y estabilidad social que saltaría por los aires con el atentado de Sarajevo y el estallido de la Gran Guerra. El autor de “El mundo de ayer”, devoto incansable de la cultura europea, rinde pleitesía a los símbolos del saber occidental, con su herencia multirracial, multicultural y –de modo visionario- profundamente global. Zweig encarna la globalización de las élites, en un tiempo en el que los avances tecnológicos empiezan a derribar fronteras y alterar el sentido de lo inmediato, con la invención del telégrafo, sólo unos años atrás. Si nos vanagloriamos de lo que representa internet en nuestro tiempo, en relación al que vivieron nuestros padres, pensemos en el impacto emocional de una época, los albores del siglo XX, en los que el mundo toma conciencia de la inmediatez de la comunicación transoceánica casi en tiempo real frente a los 8 días que tardaba en llegar una noticia de Londres a Berlín, por ejemplo.

Aquello sí fue una verdadera revolución tecnológica. Lo nuestro, lo de nuestro tiempo, si acaso mera evolución tecnológica. Porque cuando Zweig viene al mundo, todavía quedan supervivientes de las guerras napoleónicas y las casas aún se alumbran con candiles. Cuando lo abandona, los alemanes están ensayando su misil balístico V-1 y desarrollando el motor de reacción para sus cazas.

Judt, por el contrario, encarna en «Postguerra» el testimonio estremecedor del testigo de un siglo que se consume en medio de la pasión por el olvido que asola a nuestra generación. En su obra subyace la denuncia  del recuerdo incómodo y la deformación histórica para construir mitos perdurables como el del holocausto, que justifica la pulsión del eterno maltratado con derecho a todo del estado de Israel –al que el propio Judt sirvió en su juventud durante la Guerra de los Seis Días-. Su vida arranca seis años después de la muerte de Zweig. Y recoge el testigo de la conceptualización de un tiempo que se entregó a la digestión acelerada de utopías que terminaron en pesadilla, construcciones de idearios cosmopolitas como la Unión Europea y declives de los mismos en medio de un mundo que, irremediablemente, ha dejado de ser eurocéntrico.

En Judt, británico hecho a base de becas del estado del bienestar británico de la posguerra europea, conviven múltiples almas de la Europa del siglo que engendró a Zweig:  desmoronamiento de los grandes imperios de comienzos de siglo (turco, austro-húngaro y ruso), la persecución religiosa que expulsó a sus ancestros de la Europa Oriental en la que se hunde su árbol genealógico y la fascinación por un universo ideológico complejo que sólo puede encarnar quien se reconoce a sí mismo como hijo de la socialdemocracia clásica, que reivindica con ardor como respuesta al fracaso del marxismo, lo que le enfrenta a Hobsbawm.

Ambos autores entregan sus últimos años al ejercicio de una melancólica reivindicación del mundo que debería ser, más que al que terminó siendo, y del que fueron testigos amargados en la cercanía de su muerte. Zweig se deja llevar en sus últimos días en un país de cuyas posibilidades futuras es un visionario, como Brasil. Judt reflexiona en su testamento casi póstumo –«Algo va mal»-sobre el derrumbe del estado del bienestar como seña de identidad del progreso económico y social de la Europa de su tiempo, en un momento en el que desmantelamiento del mismo todavía no ha alcanzado las dimensiones de las que somos testigos en el presente.

Judt y Zweig, en esencia, encarnan la continuidad espiritual de una Europa que hoy no concebimos por la frustrante pasión por lo inmediato. Por la obsolescencia acelerada a la que nos condena una evolución tecnológica que altera nuestra percepción del pasado, distorsiona nuestra memoria y nos aleja de la herencia cultural que este vetusto continente no tiene a quien legar.

Europa es como la vieja Grecia a la que la nueva Roma, llámese Estados Unidos en el presente o China en el futuro, deja de admirar en cierto punto, cuando su inspiradora presencia se desvanece gracias al triunfo de los nacionalismos estatales que resucitan como parodia de una sociedad envejecida, huraña, conservadora y que mira hacia el localismo provinciano y paleto en busca de la falsa seguridad que alimenta el discurso de la nueva derecha populista europea.

Zweig y Judt certifican en su obra el relato de la decadencia europea, que como todo poder clásico en el pasado, se apaga lentamente entre el recuerdo perdurable de su pasado y la negación de un declive que nos convierte en la nueva periferia del globo. En una reliquia espiritual, como un gigantesco Partenón en ruinas que inspira la condescendiente admiración de los nuevos señores del mundo.

 

 

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