DEMASIADO CORAZÓN

 

A mí me gusta apelar a los sentimientos en política. Y no sólo por una cuestión ibérica, que ayuda a empatizar con un electorado, el nuestro, que gusta de abrazarse, gritar y festejar mucho más que por otros pagos a los que nunca llegaremos a parecernos, pese a estar enamorados de la ética danesa y tener sueños eróticos con la educación en Finlandia o en Islandia.

También por una cuestión ideológica, de la izquierda que no renuncia a conquistar la razón desde las tripas.

Nunca seremos nórdicos. Ni nosotros, desde el centro de la Meseta, ni los que juegan a creerse los nórdicos del Mediterráneo con la misma estupidez superficial con la que Rajoy le vende a Merkel la moto de que los españoles somos los alemanes del Mare Nostrum, por contraste con los desastrados griegos y los caóticos italianos.

Hay corazón a mansalva en la rumba catalana y la rosa de fuego anarquista que siempre fue esa Barcelona de templos exuberantes, de frutas y guirnaldas mágicas que nacen de la mente visionaria de Gaudí.

Y hay, o debe de haber, corazón a espuertas en la izquierda que necesita conquistar la imaginación de quien está tentado de dejarse seducir por el racionalismo hiperrealista de la cartera y el capital.

A pocos días del apocalipsis electoral prenavideño en Cataluña, todavía hay dudas sobre lo que nos encontraremos en un portal de Belén levantado, a horcajadas, entre el fogonazo del 155 y la épica independentista del falso exilio y la cárcel, que padecen los apóstoles de la república con la que se construye esta nueva religión monoteísta del independentismo.

Lo que une a ambas cosmovisiones es, en todo caso, el corazón con el que han alimentado la épica de la destrucción mutua asegurada, garantía de la preeminencia de la una sobre la otra, con su evangelio falso de aniquilación de la parte vencedora sobre la que pierda.

Si aceptamos la premisa de que el voto del corazón es la patria sentimental de la izquierda – que es mucho aceptar en tiempos de posverdad y expectativas defraudadas a golpe de tecnocracias y troikas-  la posición más dura en el jardín catalán es la que le ha correspondido a Miquel Iceta.

Un hombre cargado de razón allí donde reina la pasión de la épica de banderas vacías, símbolos huecos de una falsa Arcadia levantada sobre patriotismos excluyentes y hechos consumados que exhiben, en uno y otro caso, la voluntad de los portaestandartes de borrar aquello que justifica la existencia misma de dicho símbolo: el estado.

Cuentan que cuando Napoleón escuchó por vez primera la Marsellesa, con su épica de sus estrofas cantadas a pulmón por la soldadesca con la voz de un solo hombre, dijo aquéllo de que ese himno le iba a ahorrar muchos cañonazos.

Tal era el ardor que veía el corso en aquellas letras cargadas de referencias a los hijos de la patria que deben alzarse como ciudadanos frente a la amenaza del extranjero que viene a quemar tu cosecha y mancillar a tu mujer.

El nacionalismo siempre jugó a ganarle a la izquierda en el terreno del corazón, de las tripas desaforadas, del “dulce et decorum est pro patria mori”. Del flamear de banderas, de los himnos cantados a coro con lagrimal sensible y voz rota.

Y en esta España que quiere ser Alemania, Dinamarca, Finlandia o Islandia – o lo que sea con tal de negarse a sí misma- el mensaje de los sentimientos favorece los monstruos de los bloques. Monstruos con cara de hormigón armado, que tan pronto sirven como el frontón que escupe la pelota con la fuerza con la que uno la lanza, como de búnkeres para proteger a los fieles del credo de la afirmación propia a partir de la negación del adversario.

Esa es la virtud de Iceta.

Y su principal desafío en este escenario de polarización interesada.

Hay demasiado corazón y muy poca cabeza en esta guerra cargada de odios reprimidos y pasiones desbordadas. Demasiada táctica y muy, muy poca estrategia.

A nadie le importa cómo ha de ser el mañana que todos niegan, porque todo lo fían a la foto fija de la noche de autos. No existe un porvenir por el que matar o morir en este combate que ahoga razones y obliga a alinear y afirmar por oposición al enemigo, a sus estandartes y a sus himnos.

Ojalá el vaticinio de Nixon en el 68, aquél de la mayoría silenciosa, se hiciera realidad en esta guerra de odios mutuos para que con él, al menos ahora, ganaran los buenos.

Y a última hora, de entre la masa soterrada de hartazgo y frustración, surgiera una marea invisible cargada de razones y argumentos contra tanta saliva como desbordan por la comisura de los labios aquéllos que no dejan de gritar para merecer los afectos de los votos.

La clave, quizás, esté en el hecho de que haya que defender apasionadamente la razón de esa mayoría silenciosa. Superando esa contradicción, la que enfrenta la cabeza fría contra el corazón caliente, quizás haya un hueco todavía mayor del que vaticinan las encuestas para la única formación, el PSC, que piensa no tanto en la noche electoral sino en lo que ha de venir a partir de la misma.

Las banderas soplan mejor con el viento firme del nacionalismo y las patrias inventadas.

Pero que nadie se rinda antes de tiempo.

No se trata de que el viento haga flamear las banderas, sino de hinchas las velas de un barco que le recuerde a la gente que antes de esta singladura hacia el absurdo, hubo una vez un puerto seguro que dio cobijo, durante los mejores años de Cataluña, a la nave que algunos dejaron más tarde a la deriva.

Y eso, también exige corazón. Mucho corazón.

El corazón que ampara la razón de Iceta.

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