¿DONDE ESTÁBAIS ENTONCES, CUANDO TANTO OS NECESITÉ?

Insurrección, de El Ultimo de la Fila, amén de ser una de las obras maestras del pop español, tiene letra críptica, ambigua, de esas que permiten mil interpretaciones igualmente válidas para otras tantas experiencias vitales.

A mí, qué le vamos a hacer, esa primera frase me devuelve de lleno a la experiencia política. Y como quien esto escribe se nutre, más que de cualquier otro material, de las vivencias propias, me permitirán que hilvane unos párrafos a cuenta de las cornadas que la política me tenía reservadas ahora que los avales, las primarias y la lucha por el liderazgo del PSOE me llevan de vuelta a aquéllos días que se resisten a desaparecer entre la bruma, con el riff inicial de guitarra de “Insurrección” deslizándose en medio de la memoria insumisa.

Entiéndase esta reflexión casi como un testamento póstumo, del que quizá puedan sacar lecciones los futuros suicidas que, como quien les habla, se dejen llevar por la ensoñación  de ser un Alejandro cruzando el Helesponto para enfrentarse a los persas o un Bonaparte aún joven, en la campaña italiana tal como nos lo retrató Jacques Louis David; temerario, con la melena al viento y que se cree inmune a la caída.

El refranero español, tan devoto de la prudencia  y el instinto de conservación, aconseja tentarse la ropa y hundir la pantorrilla en la piscina para comprobar si tiene agua suficiente. Y aunque me inspiraban los sueños de grandeza sin los cuales la carrera política no tiene razón de ser, tanto como Danton y su audacia, audacia y siempre audacia, les juro por lo más sagrado que antes de cargar grupas, revisé el equipo y me metí en la piscina no hasta la rodilla sino hasta la cintura para medir la profundidad y la temperatura del agua.

Les hablo de los días del enfrentamiento en ciernes entre Rubalcaba y Chacón. Justo después de que las elecciones de 2011 nos hicieran retroceder casi sesenta escaños. Y eso, sin que todavía existieran Podemos o Ciudadanos. Si no hubo catarsis entonces, se entenderá mejor que no la haya después.

Por cierto. Ya que menciono a Carme. Estoy seguro de que a ella también le habría parecido muy oportuno el recuerdo de ese “Donde estabas entonces…” asociado a una trayectoria política demasiado corta, por la concurrencia de tantos sabios de antaño unidos en el momento del dolor tardío, tan español como inútil.

Tan  extemporáneo en el reconocimiento de la virtud del ausente.

Preparar el asalto contra el aparato es como asediar una robusta fortaleza en la que la guarnición, además de estar al cobijo de firmes muros y torreones, supera en número al sitiador. O tienes escalas, arietes y catapultas, o en la batalla de desgaste que seguirá estás derrotado de antemano. Son los automatismos del poder y sus prevenciones contra lo desconocido.

A mí no se me ocurrió mejor idea que ofrecer una puesta en escena propia del Zapatero al que tanto admiré. Ya saben. A cada insulto una propuesta, a cada descalificación, una idea…. Fue así como tragué saliva y reprimí la ira mal contenida con la que el entonces alicaído secretario provincial se refirió a mí en un Comité Provincial, una vez corroboró la amenaza de rebelión. Dolieron mucho ciertos navajazos. Mucho más que los que en mi vida había encajado del adversario natural, el PP. Acredité, con la cicatriz que más tarda en curar, cuán dañino es el sable del compañero de partido en carne propia.

A mis 35, me veía en el momento culminante de mi odisea. Con el brío temerario de la juventud y la madurez precoz de quien había bregado en la política local como oposición y la regional desde el gobierno. En una de esas direcciones generales que entonces eran plataforma de lanzamiento para liderazgos de largo alcance, como pronto pude comprobar entre homólogos de otras regiones.

No fue hasta muy tarde, demasiado tarde, cuando caí en la cuenta de que había dedicado mucho tiempo más del debido a la política de superficie. A la de los discursos con hondura y las reflexiones de largo alcance. La de los debates y las ideas. Y muy poco a la otra política. La que se teje en los pasadizos subterráneos y se alimenta de reglas internas de funcionamiento del partido, con sus censos, estatutos, mesas y delegados a congresos. Con sus agrupaciones controladas como peones, las afiliaciones y los contrapesos.

No hay amargura en estas palabras.

Pasado el tiempo, todavía no he aprendido a discernir si un partido de izquierdas como el PSOE puede subsistir con menos fontaneros y más ingenieros. Deduzco que los primeros hacen un trabajo esencial para mantener la cohesión de la formación. Lo que cuestiono, entonces y ahora, es que en ese delicado equilibrio tengan más peso los primeros sobre los segundos. La consecuencia es el despilfarro de talento, pero más aún la pérdida de vocaciones valiosas  en un sacerdocio aún temprano.

Entonces no había un competidor en la izquierda de nivel. Hoy sí lo hay. Se llama Podemos, y aunque me hallan leído mil filípicas contra sus veleidades, no negaré la evidencia de que mucho del talento que migró a la formación morada debería haberse cultivado con mimo en un PSOE demasiado centrado en sus propias tripas. Incapaz de asumir que el mundo de las certezas absolutas del felipismo sentimental se nos escapaba entre las manos del nuevo siglo.

Cuántos me acariciaron entonces el hombro. Cuántos me miraron a los ojos y me prometieron amor eterno en la empresa. Cuántos me lo reconocen aún, en la distancia temporal y geográfica que nos separa. Una distancia mitigada con este blog de ocurrencias otoñales sobre el veneno perenne de la política que no cesa. Ni cesará nunca, me temo.

Perdí la carrera de los avales antes de empezar, porque intuí que no pasaría el corte. Muchos me negaron como a San Pedro, sin que hicera falta que cantara el gallo al alba tres veces. Muchos por miedo. Otros, pasado el tiempo, me reconocieron el error cuando sufrieron en cuerpo propio las consecuencias de unir sus destinos con perfiles amortizados, si no dañinos.

Hice un comunicado de prensa en la distancia y me retiré con la amargura prendida al paladar. Fui rebelde con causa, suicida virignal, lancero a pecho descubierto que entrega armas y bagajes en el empeño. Di todo lo que tenía. Quizás tanto como para que, con el tiempo, me asalte la duda constante de la frase con la que abría esta reflexión.

La ausencia de aval, es condición de idoneidad par ser candidato. Sin aval, no eres idóneo. Y la idea de no serlo te derrumba emocionalmente después de vaciarte en el empeño.

¿Donde estabais entonces, cuando tanto os necesité?

Cuando fui un halcón llamado a las filas de la Insurrección; que terminó herido por las flechas de la incertidumbre.

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