Dos figuras de piedra en el corazón de Londres

Wellington, el héroe de Waterloo, vive inmortalizado en una estatua ecuestre convenientemente emplazada…delante del Banco de Inglaterra.

A sus espaldas, la más poderosa institución financiera de un país que se hizo potencia global a lomos del capitalismo industrial y la mecanización de sus fábricas, se erige orgullosa en el corazón de la City, entre brokers y banqueros que juegan a la ruleta rusa del mercado invisible que mueve los dineros de medio mundo.

No es casual que Wellington custodie con sus reales ese pétreo templo columnario erigido para glorificar a la libra esterlina. Lo que nunca asimilaron españoles, franceses y alemanes en cinco siglos de lucha por la hegemonía europea, lo asimilaron a la perfección en este país de tenderos, términos en los que se refería Napoleón de forma despectiva a los ingleses que pragmáticos como son, entendieron antes que nadie, que no hay victoria ni supremacía sin poderío económico global.

Wellington_at_Waterloo_Hillingford
Wellington en la batalla de Waterloo

Da igual que tus tercios viejos de Flandes sean temibles. Da igual que tu guardia imperial adorne sus estandartes con cien victorias en tierra firme ante austriacos, prusianos o rusos, o te precies de contar con divisiones pánzer cuando el enemigo aún emplea caballería para atacar tus tanques.

Al final, el maldito parné, la pitanza para la plebe o los suministros para mantener girando las fábricas, garantizan la supremacía, sin que clarividentes estrategas puedan oponer su genio, con el que podrán ganar batallas pero acabarán perdiendo guerras.

Si me pierdo en estos devaneos en el blog, no es porque no tenga otra cosa de la que escribir. Me sucede lo que a tantos otros que viven con pasión la Historia, que cuando pasan por delante de un pedrusco, una estatua o un viejo cañón de bronce preservado para que un turista se haga un selfie con un cafe de Starbucks en la mano, ven los fantasmas del pasado que crecieron en su cabeza en noches de insomnio con un libro en la mano.

Volviendo a Wellington.

Aquel irlandés -sí, nacido en la Irlanda inglesa del XVIII- derrotó a Napoleón en tierra firme y condenó al emperador al exilio en Santa Helena, un Guantánamo de la época, pero sin monos naranjas ni Al Quaeda, en la que los ingleses confinaron al emperador que desafió al continente.

Nelson's_Column_Looking_Towards_Westminster_-_Trafalgar_Square_-_London_-_240404
Columna de Nelson en Trafalgar Square

La estatua del otro héroe universal de aquélla contienda, Nelson, se erige en un emplazamiento más etéreo y espiritual. En la plaza dedicada a su triunfo épico, Trafalgar, delante de la avenida del gobierno, cerca de Buckingham Palace y siendo mascarón de proa de la National Gallery. Su posición elevada le hace mirar de frente al Big Ben y Westminster.

Uno, Wellington, murió de puro viejo, tras décadas de presencia intermitente en el gobierno previctoriano. Un nexo entre la Inglaterra que perdió las Trece Colonias norteamericanas y la que floreció con la maquinización de su floreciente industria. Su paso por la política convirtió su recuerdo en una figura pragmática, y a nadie se le ocurrió mejor emplazamiento para honrar su memoria que el tenue espacio abierto que se abre delante del Banco de Inglaterra.

La memoria de Nelson, por contra, se congeló en el heroísmo del vencedor que entrega su vida a cambio de la victoria. Se erige, siempre joven y vital, en el corazón del Londres monumental que lloró su muerte con aflicción al tiempo que celebró su triunfo con pasión desmedida. Su guerrera ensangrentada, se venera en el Museo Naval de Greenwich, con el rastro de sangre dejado por el balazo que le partió el espinazo.

Yo prefiero a Nelson. La épica de su victoria y las leyendas sobre su genio, me provocan un sentimiento amargo cuando rememoró a la legión de mis desgraciados compatriotas a los que mandó al fondo del mar a bordo de hermosos barcos mal dirigidos y peor adecentados para el combate desigual de la corrupta España de Godoy y Carlos IV.

No muy distinta de la actual, por cierto.

Al otro, Wellington, su paso por los avatares de la política le agrió el carácter, y su recuerdo entre los británicos, que decidieron bautizar con su mayor triunfo a una estación de trenes, nunca alcanzará la épica mesiánica de Lord Nelson.

En fin. Reflexiones a cuenta de la piedra inerte en una mañana gris en Londres.

Facebook Comments

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.